martes, 26 de febrero de 2013

Carta Abierta a un Mormón

El verdadero enemigo del conocimiento no es la ignorancia, sino el conocimiento equivocado.
-Stephen Hawking

Querido hermano:

Yo estoy consciente de que en todas las religiones hay un gran espectro de diversidad en torno a las creencias particulares de sus adherentes. No todos los miembros de una religión creen en las mismas cosas y, en la medida que sí lo hacen, tienen distintos grados de certeza e interpretaciones distintas. Aun así, es posible generalizar un poco y describir a las religiones por sus preceptos o creencias generales—esto es extremadamente delicado pero, ante la imposibilidad de dirigirse individualmente a los millones de creyentes distintos, cada uno con creencias ligeramente (o no tan ligeramente) distintas entre sí, es también necesario.
    Antes de entrar de lleno en mis cuestionamientos, quiero dejar bien claro el tono de este texto. Ya me conoces bien, por lo que no debo explicar mucho que soy ateo. Lo que considero que sí vale la pena mencionar es que además no creo que todos los puntos de vista sean igual de válidos. No soy un relativista, pues. El enfoque de “cada quién lo suyo”, como lo conocemos en México, me parece mediocre y conformista, además de hipócrita y deshonesto. Algunas ideas son simplemente mejores que otras. También soy de la idea de que el primer propósito de la educación es poner en perspectiva cuánto no se sabe.
    Estos dos enfoques me llevan a ser bastante preguntón, quizá hasta el grado de ser molesto, o por lo menos incómodo. No es mi intención ser ofensivo o irrespetuoso, pero temo que es un efecto secundario inevitable de ser franco acerca de las dudas que uno tiene. Mi intención es comparar mis ideas con las de los demás, sabiendo de antemano que, cuando dos ideas mutuamente excluyentes se encuentran, ambas no pueden tener la razón, y admito la posibilidad de que pudiera estar en lo equivocado. Se siente muy bien tener la razón y ser vindicado, pero lo que me impulsa es más bien lo contrario: no soporto la idea de tener conocimiento equivocado o incompleto, y constantemente busco comparar mis ideas con las de los demás. No sé si pueda llegarse a la verdad absoluta en la práctica, pero sí me parece claro que algunas ideas tienen que estar equivocadas y que podemos identificar cuáles son e irlas descartando.
    A pesar de lo que tantos relativistas morales e intelectuales dicen, realmente no da igual qué religión tenga uno. Distintas religiones tienen distintos orígenes y preceptos. Así, sus miembros pueden llegar a determinar, basándose en sus creencias, qué es lo que consideran moral o inmoral, justo o injusto, obligatorio u opcional, prohibido o permitido. (Por ejemplo, si se necesita un trasplante o una transfusión de sangre, ser un Testigo de Jehová presenta complicaciones que otras religiones no.) Claro, existen personas que separan sus creencias religiosas particulares de su vida diaria en gran medida pero, ¿no es esto más bien señal de que en realidad no las creen? ¿Qué caso tiene tener una creencia que solo va a ser guardada bajo llave en un baúl mental (o espiritual, dirían algunos), y qué determina el momento en que se saca de ahí?
    Es tomando en cuenta estos dos puntos, de generalización y de no-relativismo, que quisiera preguntarte acerca de lo que pudieras o no creer. Verás, la religión mormona nace en una época relativamente cercana a comparación de otras, por lo que sabemos mucho más acerca de sus orígenes a través de evidencia directa. Los eventos y personajes que la protagonizan están bien documentados por sus contemporáneos (inclusive tenemos fotografías y reportajes periodísticos de muchos de ellos). Además, muchas de las creencias del mormonismo son en torno a eventos supuestamente reales, que pueden ser verificados fácilmente por disciplinas como la arqueología, la historia y la ciencia. Los resultados de estas averiguaciones, al ser comparadas con las creencias mormonas, deberían provocar lo que entre ateos solemos llamar “disonancia cognitiva”: unas ideas chocan con otras y producen un efecto desagradable, si es que se creen ambas por igual. Simplemente ir a la escuela y tomar clases de historia debería ser suficiente para originar esta disonancia, si se es mormón.
    Comenzando por éste último punto primero: ¿en verdad crees que los habitantes prehispánicos del continente americano son descendientes directos de una tribu perdida de Israel? Supuestamente, el Libro de Mormón cuenta los eventos que sucedían en América de manera paralela a los eventos en Palestina narrados por la Biblia. Relata desde la llegada al continente de los primeros habitantes desde Israel, por medio de embarcaciones que cruzaron el Atlántico, hasta numerosas divisiones y batallas que ocurrieron entre ellos. El primer punto notable es que nada de esto es mencionado por las culturas prehispánicas en sus propios documentos, que son extensos y detallados en tantos otros aspectos. ¿No sería de esperar, si fueran ciertos estos relatos, que sería un hecho al menos mencionado en las historias que cuentan—digamos—los olmecas o los mayas? ¿Por qué es que los incas y los teotihuacanos tampoco dicen nada al respecto, ni tampoco los indios norteamericanos? ¿Cómo es que los eventos y personajes relatados en el Libro de Mormón solamente aparecen ahí, pero no en los lugares donde realmente deberían estar? Si es cierto que son descendientes de Israel, ¿cómo es que en ninguna de estas culturas sobrevivió el lenguaje arameo, o el hebreo? No se encuentra ni una sola palabra, ni una sola letra, ni mucho menos la estructura gramatical correspondiente en los lenguajes prehispánicos—algunos de los cuales todavía se hablan hasta hoy.
    Adicionalmente, se han hecho estudios científicos acerca del origen de las culturas indígenas; empezando por las culturas más al sur del continente, resulta que cada una se parece, más que a nadie más, a sus vecinos del norte. Se puede recorrer así cada una hasta llegar al extremo norte del continente, y entonces cruzar por el Estrecho de Bering hacia Asia. Las culturas prehispánicas se parecen mucho más en su genética a los mongoles que a los palestinos.
    Pasando al siguiente punto: no hay manera realmente delicada ni diplomática de decir esto, así que lo diré tan directamente y sin rodeos como se pueda: Joseph Smith fue un notorio charlatán. Inclusive fue encontrado culpable de fraude en una corte de la época. Los relatos acerca de cómo encontró placas doradas en un cerro en Nueva York, convenientemente cerca de su casa, y de su posterior traducción del idioma original (“egipcio reformado”, según él) a inglés del siglo XVI (estando él en el XIX), francamente apestan a fraude. Convenientemente, las placas ya no están disponibles para ser analizadas por expertos (algunas versiones las dan por perdidas, mientras que otras las consideran “devueltas” a sus autores divinos) y nadie las vio mas que el propio Smith (otros "testigos" surgieron hasta ya pasados varios años de los hechos). Esto, a pesar de que—siendo analfabeta—tuvo que dictar su traducción a un sumiso e ingenuo escriba, que ni siquiera tenía permitido estar en la misma habitación. (Cabe mencionar que, dentro de la resultante “traducción”, se encuentran extensos pasajes plagiados directamente—e ineptamente—de la Biblia.) Todos los testigos y cooperadores de Smith fueron sus familiares y amigos cercanos y, a su muerte por linchamiento, no pudieron ponerse de acuerdo en muchos aspectos doctrinales, lo que provocó divisiones en la iglesia mormona que prevalecen hasta nuestros días. ¿Cómo reconcilias estos hechos con tu creencia de que Smith fue un profeta (suponiendo que tal cosa exista), de la misma estatura que Cristo o Mahoma, si es que en verdad tienes esta creencia? ¿Cómo enfrentan los mormones esta información acerca de su fundador?

En la lógica y en la ciencia se hecha mano de un principio sumamente útil conocido como La Navaja de Occam. Una caricatura cruda de éste principio es que “la explicación más sencilla tiende a ser la correcta”. Más bien, la Navaja de Occam dice así: no hay que incurrir en complicaciones lógicas innecesarias. Antes de proponer una explicación complicada a un problema, primero hay que verificar que las explicaciones más sencillas realmente no sean suficientes. Entre más complicada sea una explicación, más presión se tiene para producir evidencia que la respalde.
    Entonces, te pregunto ahora: ¿qué es más simple? Por un lado, tenemos una conspiración de la arqueología con la historia y con la ciencia, de modo que expertos de las tres ramas se ponen de acuerdo para dar la ilusión de que cada una independientemente falsifica la religión mormona rotundamente; por otro lado, tenemos la versión más simple de que la religión mormona es de hecho un fraude (no que otras religiones no lo sean, pero ciertamente no de forma tan descarada ni a pesar de tanta evidencia directa).
    Y luego están las otras cuestiones más prácticas (y más inmediatas) del mormonismo. ¿Qué me puedes decir acerca del racismo de tu religión, que hasta 1979 negaba a personas de color la posibilidad de aspirar a su obispado (y todavía se lo niega a las mujeres), y que durante tantos años fue considerada una organización racista, a la par del Ku Klux Klan y los neonazis? ¿Qué hay en torno a la homofobia promovida por la iglesia mormona, llegando al grado de financiar campañas anti-homosexuales en cada ciclo electoral en los Estados Unidos? ¿Y qué efecto tiene tu religión—si es que tiene alguno—en tu visión acerca de la masturbación y la pornografía? ¿Es solo una casualidad que el estado de Utah sea el estado que más paga por ver porno en toda la unión americana? (No que esto tenga nada de malo en sí, sino más bien desde el punto de vista de la hipocresía y la doble moral.) ¿En qué medida te deslindas tú, en lo particular, de estos puntos de vista?

He tenido la oportunidad de atender algunos de los servicios religiosos (“conferencias”, me parece que es el término más correcto) de la religión mormona. Y en estos servicios he notado que constantemente se recomiendan—mejor dicho, se exigen—la obediencia y el pago del diezmo a iglesia. Sobre todo me incomoda la obediencia. Verás, yo no la considero una virtud. De hecho, me parece un serio síntoma de debilidad intelectual y moral hacer algo solo porque se está obedeciendo. ¿Consideras a la obediencia como una virtud? ¿Eres buena persona solamente porque obedeces a quien te dice que hay que serlo? Y el pago del diezmo me parece extrañamente irónico, ya que uno pensaría que Dios podría hacerse cargo del financiamiento de sus seguidores, sin tener que requerir de ellos que mantengan a su iglesia dando una porción de su duramente obtenido ingreso (esto lo tienen en común con otras iglesias, ciertamente, pero en pocas se hace tanto énfasis en dar un porcentaje tan riguroso y tan constante).
    Y otro aspecto que me inquieta, ya que andamos por aquí: ¿por qué repiten tanto la frase “esta es la religión verdadera”? Verás, todas las religiones hacen esa suposición, pero pocas lo dicen tan textualmente, casi mecánicamente, a cada oportunidad que tienen. He conocido varios mormones, y muchos en algún momento mencionan que han investigado su fe y llegado a la conclusión de que es “la iglesia verdadera”. También parecen muy apurados por mencionar que fue completamente opcional, que nadie se las impuso—aunque, casualmente, sus padres casi siempre son mormones también—y que les gusta mucho. (Esta actitud contrasta con los casos de gente que quiere dejar la iglesia y no se les permite. ¿Has sabido de estos casos?) Nuevamente, esto no es precisamente nuevo en su contenido, pero sí en su presentación—compara con los judíos, por ejemplo, que se consideran el pueblo elegido de Dios, que creen que todos los demás ya nos jodimos, pero que rara vez le dan voz a estas convicciones, inclusive entre ellos mismos.

Yo entiendo que la religión le da significado a la vida de muchas personas, y que eso las hace felices—a muchos no se les nota, pero por lo menos eso dicen. Afirman que les es reconfortante creer que son parte de un plan hecho por alguien superior a ellos. Aun otros mencionan que su fe le da una dirección moral a sus vidas. Entiendo estas razones, pero no me parecen válidas. Verás, yo creo cosas porque considero que son ciertas—y nada más. Si me son agradables o no es irrelevante; la búsqueda de la verdad es lo que más me importa. Muchos creyentes, cuestionados en torno a este punto, básicamente cambian de tema y alegan que “hay que respetar” la religión de cada quién, o evaden y desvían la pregunta con frases como “¿y quién eres tú para...?” De ahí que el mormonismo sea tan particular, con su énfasis en la verdad de lo que dicen creer. ¿En verdad crees que es verdad? ¿Qué sentido tiene creer en una metáfora, sobre todo cuando la realidad la contradice? ¿Qué criterios usas para decir que algo es una metáfora, o que realmente sucedió? ¿No te inquieta que la verdad de tus creencias dependa de teorías de conspiración en su contra? ¿Qué evidencia tienes de estas conspiraciones, si es que crees en ellas?
    No espero una respuesta a cada una de las preguntas que acabo de hacerte. De hecho, me daría por bien servido con que siquiera encuentres este texto, aunque sea por equivocación.  Trato de pensar cosas como “si yo fuera mormón y leyera esto...”, pero en cuanto lo hago mi conciencia me dice que gente como yo nunca podría ser mormona—ni católica, ni cristiana, ni judía ni musulmana, ya que andamos en eso. No está en mi naturaleza. No te miento: si de esperanza se tratara, yo tendría la esperanza de que este pequeño texto te hiciera reflexionar un poco y, siendo muy optimista, que fuera el comienzo de tu renovada búsqueda por la verdad. Pero no soy bueno para la esperanza, ni para el optimismo tampoco. Así que escribo estas palabras, entonces, porque a mí me ha sucedido que las cosas que creo han sido cuestionadas, y me considero afortunado de que así haya sido. (Hay muchas cosas en las que he cambiado de opinión a través de los años, y muchas cosas acerca de las cuáles simplemente no sé mi posición todavía, y tal vez nunca la define por completo.)  No puedo demostrar que esto me haya hecho más feliz que un creyente—de hecho, estoy seguro que ellos son más felices—, y no me ha reconfortado en casi nada, ni mucho menos me ha dado paz. Pero considero que gracias a ello soy mejor persona.

Gracias por tu tiempo.

Es mucho mejor aceptar el universo como es realmente, que insistir en un delirio, por más satisfactorio o reconfortante que éste sea.
-Carl Sagan



La punta del iceberg:

Un invaluable recurso para el escéptico:
http://www.project-reason.org/scripture_project/

Un primer acercamiento, algo somero:
http://en.wikipedia.org/wiki/Mormon

Christopher Hitchens sobre el tema:
http://www.youtube.com/watch?v=5WNzWp73_cg                    (Extracto del libro God is Not Great)
http://www.slate.com/articles/news_and_politics/fighting_words/2007/11/mitt_the_mormon.html

Algunos ex-mormones y sus testimonios:
http://www.exmormon.org/
http://www.iamanexmormon.com/

Un poco sobre la genética y el mormonismo:
http://usatoday30.usatoday.com/tech/news/2004-07-26-dna-lds_x.htm
http://en.wikipedia.org/wiki/Genetics_and_the_Book_of_Mormon

Un poco sobre el racismo:
http://www.slate.com/articles/life/faithbased/2012/03/mormon_church_and_racism_a_new_controversy_about_old_teachings_.html
http://www.nytimes.com/2012/08/19/opinion/sunday/racism-and-the-mormon-church.html?_r=0

Sobre la pedofilia, adulterio y poligamia de Joseph Smith:
http://exmormon.org/d6/drupal/taxonomy/term/21
http://exmormon.org/d6/drupal/Joseph-Smith-was-a-Pedophile-Mormon-sources.

Sobre la misoginia y represión de las mujeres en general dentro de la iglesia:
http://www.exmormon.org/mormwomn.htm

Guía mormona para dejar de masturbarse:
http://www.moonmac.com/Mormon_masturbation.html

Sobre la homofobia:
http://www.prwatch.org/node/7999
http://archives.religionnews.com/blogs/jana-riess/mormons-and-homophobia-mormons-and-gay-pride



miércoles, 6 de febrero de 2013

A Un Año del Diagnóstico

Hace un año fui hospitalizado de urgencia y diagnosticado con diabetes tipo I. Recuerdo que en aquel momento pensé en las distintas “fases” del duelo que identifican los psicólogos: negación, ira, depresión, negociación y aceptación. Pensé en que, por lo menos, pondría a prueba aquel modelo. Recuerdo claramente que en mi caso la negación llegó en forma de incredulidad: tanto yo como mi familia teníamos la esperanza—aun estando en la cama del hospital y con los resultados de los análisis en mano—de que fuera alguna otra cosa la que estaba mal, y que tan solo parecía que la producción de insulina en mi páncreas había sido abruptamente cancelada. Tiene que ser otra cosa, pensé. Y es que las probabilidades de que uno desarrolle diabetes tipo I son tan minúsculas, que cualquier teoría de conspiración biológica parecía tener más posibilidades.
    En cuanto a la ira, no recuerdo haber pasado por ella. Ciertamente había sentido ira antes, por lo que la hubiera identificado; simplemente no se presentó. Quizá hubo algunas contramedidas racionales que la previnieron. ¿Ira contra qué, o contra quién? ¿Contra mi propio sistema inmune, por haber hecho cortocircuito y neutralizado mi páncreas? Después de 29 años exitosos de mantenerme vivo—y de seguir peleando contra invasores microscópicos desde entonces—no había nada qué reprocharle. Además, no es como si hubiera hecho cortocircuito a propósito ; no al menos que le atribuyera conciencia a un ente difuso, compuesto de pequeños robots biológicos que, hasta donde ellos “saben”, tan solo están haciendo su trabajo. ¿Ira contra un dios en el que no creo? No tenía sentido tampoco. Parecía que el modelo de los psicólogos se debilitaba un poco. 
    Ah, pero luego estuvo la depresión. Definitivamente pasé por eso. No fue una depresión quejosa ni lastimosa; más bien, fue una sobria reacción ante un duro recordatorio acerca de la mortalidad de uno mismo. Fue Sam Harris quien mencionó, en su plática Death and the Present Moment, que todos vivimos como si no supiéramos que vamos a morir. Sabemos que el momento se acerca cada vez más, y sin embargo actuamos como si no fuera a llegar nunca. Y cuando finalmente llegan esos últimos momentos—o duros recordatorios de ellos, como el que yo tuve—nos damos cuenta de que hemos perdido tanto, pero tanto tiempo, haciendo cosas tan, pero tan poco importantes. Ahora sabía de qué me iba a morir. Todos los planes que hiciera a partir de ese momento, y todas las consideraciones a futuro, serían bajo el entendido de que, como diabético, mis probabilidades de vivir lo suficiente no serían las mismas que las de una persona sana. Y eso lo deprime a uno, por supuesto. 
    Y claro que tengo planes a largo plazo, y compromisos. Llevaba solo cinco meses de casado al momento de ser diagnosticado, compromiso que hice con la intención de que durara toda la vida. Además, llevaba apenas dos meses de pagar la hipoteca de una nueva casa, con plazo a veinte años. Y había tantas cosas más que quería—quiero—hacer todavía. A todos los planes a mediano y largo plazo se les puso entonces un discreto pero notable asterisco. 
    Y por si fuera poco, justo recién salido del hospital, llegué a la casa y leí el instructivo que venía con la insulina que acababa de comprar. Después de alguna información técnica acerca de la fabricación de la insulina, aparece este fragmento: 
Su médico le ha explicado que usted padece diabetes. Usted ha aprendido que el tratamiento de la diabetes que padece requiere de inyecciones de insulina. 
    Para alguien recién diagnosticado y pasando por la fase de depresión, lo anterior es lo mismo que esto: Vaya que usted ya se jodió. Va a tener que inyectarse de por vida. Después de más información acerca de cómo administrar las inyecciones, aparecen unos apartados explicando las causas y los molestos síntomas tanto de la falta de azúcar en la sangre como de su exceso. En ambos casos, se termina con la siguiente frase: Llame de inmediato a su médico si experimenta cualquiera de estos síntomas, ya que después pueden presentarse el coma diabético, pérdida del conocimiento o la muerte.
    Estupendo, gracias. No solo se veía desolador el panorama a mediano y largo plazo, sino que ahora podía caer en coma y morir por un descuido cotidiano. ¿Cómo se suponía que iba a seguir adelante con mi vida? 
*    *    *

Pero justo en el mismo instructivo, presente en cada frasco de insulina que he comprado desde entonces, aparece la siguiente frase:
A pesar de la diabetes, usted puede llevar una vida activa, saludable y útil, si se alimenta con una dieta balanceada diariamente, hace ejercicio con regularidad y se aplica sus inyecciones de insulina exactamente como se las prescribió el médico.
    Y fue justamente eso lo que hice. Sobre todo, puse énfasis en hacerme útil y ocuparme. Fui dado de alta del hospital un miércoles por la tarde, y el jueves en la mañana ya estaba pidiendo informes en la universidad para empezar la maestría en física. La siguiente semana me puse en contacto con un médico nutriólogo, que diseñó un protocolo alimenticio específicamente para mí. Inclusive adquirí una máquina para hacer ejercicio—algo en lo que he fallado últimamente, debo admitir, pero que usé constantemente en un inicio. El caso es que el diagnóstico de diabetes acabó por darme un golpe de vigor y estámina. La depresión me duró unas semanas, o quizá uno que otro mes, pero fue una depresión provechosa y útil. En cuestión de meses logré no solamente controlar mis niveles de azúcar, sino que llegaron al punto en que, basándose solamente en las pruebas de laboratorio, la diabetes se volvió indetectable. Había bajado algo así como ocho kilos en los días que estuve hospitalizado, y hasta la fecha no los he vuelto a subir, a pesar de no estar haciendo todo el ejercicio que debería. La transición a la fase de negociación no salió nada mal. 
    Claro, hubo varias cosas que se negociaron. A cambio de niveles de azúcar perfectamente normales, y de no más de 40 unidades de insulina al día (en dos dosis, de 22 y 18 unidades cada una), tuve que renunciar por completo a ciertos alimentos, y sustituir otros por versiones para diabéticos. Los productos light se han vuelto parte de mi vida diaria ahora. Y la cantidad bruta de comida que ingiero es menos de la mitad de lo que era antes. No soy precisamente delgado, pero sí estoy más delgado que justo antes de ser diagnosticado y me ubico muy cerca de mi peso ideal. 
    Sólo hay dos indicadores que se resisten a ubicarse dentro de lo completamente normal y sano: mi función renal y mi colesterol. Precisamente, las dos principales causas de muerte entre los diabéticos son la insuficiencia renal y las enfermedades cardiovasculares. Pero aún tengo tiempo de ponerlos en sus niveles apropiados, y los métodos y medicamentos para hacerlo están a mi disposición.

*    *    *

Finalmente, llegamos a la fase de la aceptación. De algún modo la palabra parece inadecuada. ¿Acepta usted tener que inyectarse insulina de por vida? Por supuesto que no lo acepto, idiota; cada vez que me inyecto quisiera que no tuviera que hacerlo. ¿Acaso un paciente de cáncer acepta su quimioterapia? Ah, pero es que no se trata de esa clase de oferta; más bien, se trata de una oferta como las que haría El Padrino: una oferta que no puedes rechazar, porque realmente no te están preguntando. Puedes elegir qué vas a hacer a continuación—el control de daños, pues—, pero el daño ya está hecho, quieras o no. Cuando se le pone de esa forma, y cuando el no aceptar implica tener una muerte humillante, lenta y dolorosa, entonces sí, supongo que “acepto”. 
    (Aquí no puedo resistir hacer la analogía del dios cristiano al jefe mafioso, que le “ofrece” a algunos seres humanos semejantes condiciones como la diabetes, el cáncer, la idiotez, o la pobreza, mientras que a otros no, pero que al mismo tiempo se esmera en hacer que éstas parezcan surgir completamente a consecuencia de factores físicos, genéticos, sociales, familiares, demográficos o económicos, absolutamente fuera de su control y atropellando por completo su supuesto libre albedrío. Reconozco que soy justamente el irrespetuoso blasfemo al que semejante tirano mezquino como el dios bíblico quisiera castigar pero, ¿qué hay de tantos niños y niñas—fervientes creyentes en algunos casos—que a pesar de su fe y oraciones son afligidos con el mismo mal que yo, o cosas peores? ¿Qué clase de plan amoroso y perfecto requiere de “ofertas” tan caprichosas y nefastas como estas? Tal disonancia cognitiva habría de ser una verdadera fuente de confusión—y de ira—en un creyente y, una vez más, me alivio de no serlo.) 
    Haciendo un recuento de mis aflicciones, definitivamente pudiera ser peor. Ya quisiera un paciente de esclerosis múltiple o cáncer pancreático cambiar su padecimiento por el mío. Lo cual no significa, claro, que ya me liberé de estos u otros padecimientos. Nada impide que además de la diabetes me aflija el Alzheimer, o el Parkinson, o algún cáncer u otro; ni tampoco, por cierto, que me atropelle un autobús o que muera en un asalto a mano armada. Todos estos males y más, bien podrían suceder de todos modos. Así que no queda nada sino seguir adelante, aprovechar el tiempo que tengo, aprovechar que aun tengo mi dignidad y mi lucidez, y no hacer nada estúpido que ponga en peligro la de por sí frágil y valiosa vida que he tenido la fortuna de llevar hasta ahora.

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sábado, 2 de febrero de 2013

De Mozart a Mahler

El propósito de la educación no es validar la ignorancia, sino superarla.
-Lawrence Krauss

Estalla un estruendoso alarido de batalla, y luego una fanfarria, seguida de ecos de maldad; grito de batalla para una fuerza temible, de proporciones épicas; un enemigo—no, un ejército—que avanza con golpes, cañonazos, potentes pulsaciones de ira marcial. Está compuesto de todo tipo de seres perversos, pequeños y grandes, sofisticados y brutos, de los que atacan por enfrente y de los que sabotean a escondidas también. Una y otra vez suena el rugido del antihéroe, el enemigo que se acerca a hacer batalla y destrucción. Es de una maldad incesante, un torbellino de furia destructiva y despiadada que se avecina. Parece demasiado enérgico para su propio bien; semejante ira no puede durar tanto, y sin embargo lo hace. Cuando por fin comienza a ceder, lo hace en gritos y golpes y pulsos, y se va, desapareciendo gradualmente. Los tambores de batalla ceden en intensidad y se vuelven más espaciados, con una última fanfarria en la lejanía, algo entre un grito distante y un eco.
    Entonces aparecen otras pulsaciones, más como las de un latido—no, las de una respiración. Tras varios intentos, logra al fin convertirse en la más dulce voz; una voz femenina, sin duda, que bien pudiera ser la de una amante desolada, o la de una hija amada dejada atrás. Lo único claro es que a esta presencia femenina se le extraña con una pasión desgarradora, y que ella extraña también. Su llanto sube y baja, a veces dando saltos considerables, pero nunca llegando a lo grotesco. Entonces insiste, insiste, y luego cede, poco a poco, implorando. Regresa, regresa, regresa por favor. Me estoy muriendo de extrañarte y temer por ti. En un último suspiro desgarrador, lleno de dolor y pasión, pero también de esperanza, se extingue. Y luego de un corto interludio misterioso se avecinan de nuevo, a lo lejos, las tinieblas…
    Lo anterior es parte de lo que se le viene a la mente a su humilde servidor cuando escucha los primeros siete u ocho minutos—dependiendo del tempo que haya elegido el director—del movimiento final de la Sinfonía No. 1 'Titán', de Gustav Mahler. El movimiento completo dura más de veinte minutos, cada uno saturado de energía y pasión a su modo.  La sinfonía es seguramente la más fácil de escuchar del compositor, tanto por su lenguaje musical como por su duración. Y sin embargo, son pocas las personas que la conocen. Pensándolo bien, son pocas las personas que tan siquiera han oído hablar de ella, o del mismo Mahler, por cierto. Lamentablemente, forma parte de una categoría de expresión humana a la que la mayoría de las personas se cierra automáticamente, por considerarla a priori aburrida y sólo para intelectuales elitistas.

*    *    *

Todos han oído hablar de Mozart y Beethoven, pero pocos realmente conocen sus obras. Lo mismo sucede con intelectuales de otras ramas, como Shakespeare, Marx, Darwin y Einstein. Cuando las personas se encuentran con sus obras en su forma original, generalmente no hacen siquiera el intento de comprenderlas, aunque sea a través de alguna otra persona que haga el favor de dar una explicación o introducción. La mayoría de las personas llegan, cuando mucho, a simplemente dar por sentado el hecho de su genialidad—aunque a Darwin se la regatean más que a otros—y luego tratan de condensar el mérito del intelectual en cuestión con alguna frase que frecuentemente subestima, denigra o inclusive malinterpreta por completo la obra del genio en cuestión (un ejemplo claro de este grave vicio mental es atribuirle a Einstein el que “todo es relativo”).
    En el caso de la música clásica, como con cualquier obra intelectual, la clave está en poner atención y pensar. No se puede llegar de forma pasiva, como suele hacerse con música de carácter “comercial”. Aunque frecuentemente es utilizada como un adorno sonoro que se pone en el fondo, la música clásica está compuesta con la intención de ser escuchada por sí sola, dedicándole toda la atención posible y de forma activa. Si bien ayuda mucho tener una educación musical o alguien que sirva de guía, no es indispensable. Basta con tan solo poner atención, seguir lo que está pasando y de vez en cuando tratar de anticipar. Esto puede ser sumamente difícil al principio, pero aun el escucha más neófito puede desarrollar la habilidad de ‘captar’ lo que está escuchando con la práctica.
    Propongo que es precisamente la necesidad de hacer este esfuerzo intelectual lo que aleja a tanta gente de la música clásica. Ciertamente hay obras más fáciles de escuchar que otras, inclusive dentro del catálogo de un mismo compositor, pero en general el género clásico requiere un esfuerzo considerable a comparación de los otros (vale la pena señalar la excepción del jazz, que requiere similar esfuerzo para ser disfrutado plenamente, y que también es escuchado por muy pocos).
    En qué medida se vea involucrada solamente la pereza mental es difícil precisar, pero sospecho que en muchos casos hay presente también una actitud de anti-intelectualismo, en el que el escucha tiene cierto resentimiento de no poder captar una obra inmediatamente, por lo que la menosprecia o inclusive ignora por completo. Lo mismo pasa en la ciencia, la filosofía, la historia, la religión; en fin, en cualquier área de conocimiento humano en la que haya conocedores, expertos y genios. Este resentimiento hacia lo inteligente y sofisticado provoca que las personas se aíslen y se priven de experiencias y conocimientos que podrían resultarles sumamente iluminantes y gratificantes. Como señalara Isaac Asimov, parecieran decirle al intelectual: "mi ignorancia es tan valiosa como tu conocimiento" (léase, en este caso, “mi reggaetón es tan valioso como tu Mozart”). Vulgar relativismo intelectual, pues.

*    *    *

¿Por dónde empezar, entonces?  Ciertamente, yo no recomendaría a cualquiera a empezar a escuchar a compositores como Mahler, Wagner o Strauss inmediatamente; hay algunos, como Schoenberg o Berg, a los que inclusive recomendaría evitar por completo, en un principio.  Lo más fácil es comenzar con las obras más conocidas de los autores más conocidos: Mozart y Beethoven, por ejemplo.  De Beethoven, todo mundo conoce el primer movimiento de la quinta sinfonía.  Bien, pues adelante con los otros tres movimientos, entonces.  Pero poco a poco.  Un movimiento a la vez, inclusive uno por día, de preferencia sin ponerlo de fondo para hacer otra cosa.  Reitero que no es nada fácil al principio, sobre todo si no se tiene algún entrenamiento  musical.  Pero poco a poco se puede lograr mucho progreso, y la música se vuelve pegajosa.  Una vez logrado esto, se puede pasar a otras sinfonías, o quizá sonatas para piano (las tres más conocidas pueden ser buen punto de partida: Patética, Apasionada y Claro de Luna).  De Mozart, generalmente lo que la gente más ubica son la Pequeña Serenata Nocturna y la Sinfonía 40, aunque sea en fragmentos y de modo aislado.  Entonces, antes de pasar a otras obras, bien vale la pena digerir bien éstas primero.


Algunos puntos de partida útiles:

Sinfonía No.40, de Mozart
Sinfonía No.5, de Beethoven
Sinfonía No.1, de Mahler (pasar al minuto 35:37 para encontrar el pasaje mencionado arriba)
El Castillo del Rey de la Montaña, de Grieg



miércoles, 30 de enero de 2013

Hitchens Sobre el Cáncer, Parte 0

Tópico de Cáncer

Christopher Hitchens (1949-2011)
Septiembre, 2010


El autor un par de meses después de su diagnóstico.

Más de una vez en mis tiempos me he despertado sintiéndome como la muerte. Pero nada me preparó para la mañana este pasado junio cuando llegué a la conciencia sintiendo como si estuviera encadenado a mi propio cadáver. Parecía que mi pecho y tórax habían sido vaciados y rellenados con cemento de secado lento. Podía apenas escucharme respirar, pero no lograba llenar mis pulmones del todo. Mi corazón parecía estar latiendo demasiado rápido o demasiado lento. Cualquier movimiento, por más sutil, requería anticipación y planificación. Me tomó un esfuerzo extenuante cruzar el cuarto de mi hotel neoyorquino y llamar a los servicios de emergencia. Arribaron con gran prontitud y actuaron con inmensa cortesía y profesionalismo. Tuve tiempo de preguntarme por qué tenían necesidad de tantas botas y cascos y equipo pesado, pero ahora que veo la escena en retrospectiva, la veo como una gentil y firme deportación, llevándome del país de los sanos a la dura frontera que marca la tierra de la enfermedad. Tras unas cuantas horas, habiendo tenido que hacer bastantes procedimientos de emergencia sobre mi corazón y mis pulmones, los doctores en este triste puesto fronterizo me mostraron algunas otras postales de su interior, y me dijeron que mi próxima escala inmediata debería ser con un oncólogo. Alguna clase de sombra se mostraba en torno a los negativos.
    La noche anterior, había estado lanzando mi más reciente libro en un evento exitoso en New Haven. La noche de la terrible mañana, se suponía que debía aparecer en el Daily Show con Jon Stewart y luego aparecer en un evento abarrotado en la Calle 92 Y, en el Lado Este Superior, en conversación con Salman Rushdie.  Mi campaña de negación de corta duración tomó la siguiente forma: no cancelaría estas apariciones, ni decepcionaría a mis amigos, ni perdería la oportunidad de vender un montón de libros. Logré librar ambos trabajos sin que nadie notara nada fuera de lugar, aunque sí vomité dos veces, con un grado extraordinario de precisión, pulcritud, violencia y profusión, justo antes de cada evento. Esto es lo que los ciudadanos del país enfermo hacen cuando todavía se aferran desesperadamente a su viejo domicilio.
    La nueva tierra es muy acogedora, a su modo. Todos sonríen tratando de dar ánimos y no parece haber absolutamente nada de racismo. Un espíritu generalmente igualitario prevalece, y aquellos que administran el lugar obviamente han llegado ahí a base de mérito y trabajo duro. Contraponiéndose, el humor es un poco enclenque y repetitivo, parece no haber nada de plática acerca de sexo, y la comida es la peor de cualquier destino que haya visitado jamás. El país tiene su propio lenguaje—una lingua franca que parece ser tanto aburrida como difícil, y que contiene tales nombres como ondansetron, para medicamento antináusea—así como algunos gestos a los que uno se tiene que acostumbrar. Por ejemplo, un oficial conocido por primera vez podría encajar sus dedos en tu cuello abruptamente. Fue así como descubrí que mi cáncer se había esparcido a mis nodos linfáticos, y que una de estas bellezas deformes—localizada en mi clavícula izquierda—era lo suficientemente grande como para verse y palparse. No es bueno cuando tu cáncer es palpable desde afuera. Especialmente, como en este caso, si no saben realmente dónde estaba su fuente principal. El carcinoma trabaja vivazmente de dentro hacia fuera. La detección y tratamiento suelen ser más lentos y laboriosos, desde fuera hacia dentro. Muchas agujas fueron encajadas en el área de mi clavícula—"tissue is the issue" ["el tejido es el asunto", N. del  T.] siendo un eslogan en el lenguaje de Villa Tumor—y me dijeron que los resultados de la biopsia podrían tomar una semana.
    A partir de los resultados que arrojaron estas células cancerosas, tomó más tiempo llegar a la desagradable verdad. La palabra "metástasis" en el reporte fue la que primero captó mi vista, y mi oído. El alienígena había colonizado parte de mi pulmón, así como buena parte de mi nodo linfático. Y su base de operaciones se ubicaba—desde hacía ya bastante tiempo—en mi esófago. Mi padre había muerto—y muy rápidamente, también—de cáncer del esófago. Él tenía 79. Yo tengo 61. En cualquier clase de "carrera" que pudiera ser la vida, me he convertido abruptamente en un finalista.
    La notable teoría de etapas de Elisabeth Kübler-Ross, en la que uno progresa de negación a la ira, de la negociación a la depresión y a la eventual alegría de la aceptación, no ha tenido mucha aplicación en mi caso. En un modo, supongo, he estado "en negación" por bastante tiempo, conscientemente quemando la vela por ambos lados, y encontrando que da una linda luz. Pero por precisamente esa razón, no puedo verme desgarrado por el shock o escucharme quejándome de cómo es todo tan injusto: he estado tentando a la Muerte a que diera un zarpazo con su hoz en mi dirección, y ahora he sucumbido a algo tan predecible y banal que me aburre inclusive a mí. La ira estaría fuera de lugar, por la misma razón. En vez, soy oprimido por una molesta sensación de desperdicio. Tenía grandes planes para la próxima década, y sentía que había trabajado lo suficientemente duro para ganármelos. ¿Realmente no viviré para ver a mis hijos casados? ¿Para ver el World Trade Center erguirse de nuevo? ¿Para leer—si no es que escribir—los obituarios de villanos ancianos como Henry Kissinger y Joseph Ratzinger? Pero asumo esta clase de no-pensamiento como lo que es: sentimentalismo y lástima propia. Por supuesto que mi libro llegó a la lista de best-sellers el día que recibí el boletín informativo más sombrío, y a propósito, el último vuelo que tomé como una persona sana (hacia una multitud en la Feria del Libro de Chicago) fue el que me acumuló un millón de millas en United Airlines, con una vida de promociones por delante. Pero la ironía es mi trabajo y simplemente no veo ironías aquí: ¿sería menos apropiado tener cáncer el día que mis memorias fueran un fracaso total, o en el que hubiera sido echado de un vuelo de clase turista y abandonado en la pista? Para la pregunta tonta de '¿Por qué a mí?', el cosmos apenas se molesta en contestar: ¿Por qué no?
    El estado de negociación, sin embargo. Tal vez haya alguna escapatoria por ahí. El trueque oncológico es que, a cambio de la oportunidad de unos pocos años útiles, accedes a someterte a quimioterapia y después, si te va bien con eso, a radiación y quizá hasta una cirugía. Esta es la apuesta: durarás un poco más de tiempo, pero a cambio vamos a necesitar algunas cosas de ti. Éstas pueden incluir sentido del gusto, tu habilidad para concentrarte, tu habilidad para digerir, y el cabello en tu cabeza. Esto parece ser un trueque razonable. Desafortunadamente, implica confrontar uno de los clichés más atractivos de nuestro lenguaje. Seguro que lo ha oído. La gente no padece cáncer: se reporta que batallan contra él. Nadie que dé sus buenos deseos omite el lenguaje combativo: puedes vencerlo. Inclusive está en los obituarios de los que han perdido contra el cáncer, como si uno pudiera decir razonablemente que murieron después de una larga y valiente batalla contra la mortalidad. No se oye esto al respecto de pacientes crónicos de enfermedades cardiacas o renales.
    Por mi parte, amo la imagen de una lucha. A veces quisiera estar sufriendo por una buena causa, o arriesgando mi vida por el bien de los demás, en vez de solo ser un paciente en grave peligro. Permítame informarle, sin embargo, que cuando te sientas en un cuarto con otros finalistas, y gente amable te trae bolsas transparentes de veneno y te las enchufa en el brazo, y te pones o no te pones a leer un libro mientras los contenidos del saco de veneno llenan tu sistema, la imagen de un ardiente soldado o revolucionario es la última que se te va a ocurrir. Te sientes empantanado en pasividad e impotencia: disolviéndote sin poder, como un terrón de azúcar en agua.
    Es impresionante, este quimio-veneno. Ha provocado que baje unas 14 libras, aunque sin hacerme sentir más ligero. Me quitó una tremenda erupción en mis espinillas que ningún doctor había siquiera podido explicar, mucho menos curar. (Tremendo veneno, para despachar esos furiosos puntos rojos sin problema alguno.) Que por favor sea así de despiadado con el alienígena y sus colonias muertas. Pero como en contra de eso, las cosas que dan vida y las que dan muerte me han hecho extrañamente neutral. Estaba más o menos reconciliado con la pérdida de mi cabello, que empezó a soltarse en la ducha en las primeras dos semanas de tratamiento, y el cuál guardé en una bolsa de plástico para poder ayudar a llenar un dique flotante en el Golfo de México. Pero no estaba del todo preparado para la forma en que mi rastrillo se deslizaría sin resistencia alguna por mi cara. O para la manera en que mi recién lampiño labio superior comenzaría a parecer como si hubiera pasado por electrólisis, causando que pareciera la tía cotorra del alguien. (El pelo en pecho que alguna vez fue el brindis de dos continentes no ha cedido todavía, pero mucho de él fue rasurado en incisiones hospitalarias, así que es un asunto algo parchado.) Me siento molestamente desnaturalizado. Si Penélope Cruz fuera alguna de mis enfermeras, ni lo notaría. En la guerra en contra de Tánatos, si debemos nombrarla una guerra, la inmediata pérdida de Eros es un enorme sacrificio inicial.
    Estas son mis primeras y crudas reacciones a mi aflicción. He resuelto resistir corporalmente todo lo que pueda, aunque sea solo pasivamente, y buscar los consejos más avanzados. Mi corazón y presión sanguínea y otros signos vitales están fuertes de nuevo: de hecho, se me ocurre que si no tuviera una constitución tan resistente hubiera llevado una vida más sana hasta ahora. En mi contra se encuentra el ciego alienígena sin emociones, alentado por algunos que desde hace mucho me han deseado mal. Pero del lado de mi vida continuada está un grupo de generosos y brillantes doctores, así como un gran número de grupos de oración. Espero escribir acerca de estos dos la próxima vez si—como invariablemente solía decir mi padre—vivo para ello.

Traducción: Héctor Mata

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Parte 3
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martes, 22 de enero de 2013

Sobre las Fallas Morales Fundamentales del Cristianismo

Prácticamente existe un cristianismo distinto por cada persona que se dice cristiana.  Los tres grupos mayores son los católicos, los ortodoxos y los protestantes; entre ellos existen diferencias considerables.  Pero aun dentro de cada uno de éstos se encuentran más diferencias; por cada individuo que se dice cristiano, hay otro que dice que aquel no es un cristiano de verdad.  Sin embargo, existen algunas creencias de carácter fundamental comunes a la mayoría.
    Palabras más, palabras menos, los cristianos creen en un dios omnipotente, que todo lo sabe y que es perfectamente bueno.  Para lograr el perdón de los pecados de los humanos, este dios sacrificó a Cristo, su hijo (o él mismo, dependiendo del cristiano con el que se converse) y demostró la divinidad de éste resucitándolo al tercer día.  Cristo es considerado un ser humano moralmente ejemplar, si no es que el mejor de toda la historia.  Básicamente, eso es todo lo que se puede decir si se quiere abarcar la mayor cantidad de cristianismos posible.  Pudiéramos agregar, quizá, que muchos cristianos creen que la salvación de las personas--exactamente de qué, hay muchas creencias distintas--depende de que se acepte plenamente que este sacrificio se hizo teniéndolo a uno en cuenta, y la vida terrenal es básicamente una prueba.
    No quiero argumentar aquí acerca de la verdad o falsedad de éstas creencias; más bien, quiero analizarlas moralmente.  Mucha de la discusión en torno a la religión se centra en su veracidad, pero yo creo que vale la pena analizar más su desempeño moral, simplemente desde el punto de vista de una persona moralmente promedio que tiene algo de curiosidad al respecto.

*   *   *

Imaginemos al capitán de un barco al que le está entrando agua, quizá porque chocó con un iceberg, y que se hunde lentamente en aguas heladas e infestadas de tiburones.  El bote está bajo su responsabilidad, y toda la tripulación está dispuesta a seguir sus órdenes.  Para lograr salvar al barco, es necesario cerrar compuertas y escotillas para contener la inundación, cosa que el capitán puede ordenar.  El único problema es que, dentro del área que se va a aislar, se encuentra su hijo, quien moriría ahogado si procede.  ¿Cómo debe proceder?  Lamentablemente para el capitán, salvar su barco y las vidas de todos los demás tripulantes depende de que esté dispuesto a sacrificar a su hijo.  Su situación no es nada envidiable.
    Ahora, supongamos que el capitán de dicho barco es omnipotente.  ¿Cómo cambia la situación?  En primer lugar, podría simplemente reparar la fuga al instante, o evitar que sucediera en primer lugar.  Aun si optara por no repararla, podría encontrar una manera de sacar a su hijo del área que se inunda antes de que fuera indispensable sellarla.  Inclusive si sellara el área con su hijo dentro, podría todavía salvarlo de alguna manera.  Si agregamos que este capitán es perfectamente bueno, y que ama a su hijo y estima a su tripulación, necesariamente optaría por salvarlo y salvar al barco, por el método que fuera; la inacción sería lo único por lo que no optaría.
    Entonces, ¿porqué el sacrificio de Cristo?  ¿Acaso Dios no pudo  encontrar otra manera de perdonar los pecados de la humanidad mas que a través de un sacrificio humano (o de sí mismo)?  Al ser omnipotente y perfectamente bueno, hubiera podido lograr este propósito de una infinidad de maneras distintas que no implicaran la tortura y muerte de nadie.  "Hágase el perdón de los pecados" hubiera sido suficiente.  La conclusión debe ser que Dios no es omnipotente, o que no es perfectamente bueno.  Ambas opciones implicarían el derrumbe de la idea cristiana de Dios, pero la segunda también implicaría la inmoralidad de éste: teniendo el poder de evitar el sufrimiento, opta por él.  Pero hay una salida: quizá Dios simplemente no sabe cómo evitar el mal, aunque tenga el poder y la voluntad para hacerlo.  De cualquier manera, el supuesto sacrificio de Cristo--como ejemplo particular del Problema del Mal--demuestra una vez más cómo el dios cristiano pierde sentido cuando se ponen a prueba sus supuestos atributos de omnipotencia, omnisciencia y omnibenevolencia.
    ¿Y qué podemos decir de la tripulación?  En el caso del capitán común y corriente, los marineros obedecerían la orden de cerrar las compuertas, entendiendo que el sacrificio es por su bien, y admirando y compadeciendo al capitán.  Pero no es lo mismo si el capitán es omnipotente: al saber que su salvación no depende del sacrificio de nadie, se opondrían a tal sacrificio innecesario, aunque fuera por su bien.  Aunque alguno de ellos fuera responsable de poner al hijo del capitán en la zona de inundación, se opondría a su sacrificio, pues estaría consciente de que éste sería completamente innecesario.  Inclusive, podríamos decir que lo moral en ese caso sería que la tripulación se rehusara a cumplir la orden, y sobre todo a aceptar que el hijo del capitán está siendo sacrificado por culpa de ellos.*

*   *   *

Inclusive los seres humanos más sobresalientes son criticables en algún aspecto; es parte de su naturaleza humana ser imperfectos.  Tales son los casos de Isaac Newton, una de las mentes científicas más brillantes que ha dado la humanidad,  pero que era sumamente supersticioso e inclusive creía en la alquimia; los fundadores de Estados Unidos, hombres visionarios y auténticos intelectuales, autores de la primer constitución laica en la historia y también la primera en la que se estableció la libertad de expresión como un derecho fundamental, pero que dejaron pasar la oportunidad de abolir la esclavitud e inclusive la practicaron; o Ghandi, quien prácticamente inventó la resistencia civil, a pesar de ser un racista y fanático sectario.  Lo mismo aplica para personajes ficticios, tales como Hamlet o Fausto, a quienes vemos como más humanos gracias a sus defectos, y por ende valoramos y admiramos sus méritos.
    ¿Pero con qué estándar evaluamos a un personaje como Cristo?  Dejaré a un lado la cuestión de su dudosa existencia, al no ser necesaria para su evaluación moral, simplemente refiriendo al lector a que busque los trabajos de Richard Carrier, David Fitzgerald y Robert M. Price al respecto.  Para el próximo análisis basta suponerlo un personaje como Sócrates, que bien pudo existir solo en los Diálogos de Platón, pero a fin de cuentas son sus ideas las que importan.  Sin embargo, en este caso no se trata de un personaje histórico ni literario, sino uno religioso.  Por decir de sus seguidores, fue algo desde un humano sumamente iluminado hasta el mismísimo Dios hecho hombre (la naturaleza humana o divina de Cristo es una de las cuestiones que más dividen a los cristianos, inclusive a los teólogos más eruditos).  Bien, pues tomémosles la palabra.
    Dado que no existen fuentes históricas alternativas que hablen de Cristo (de nuevo refiero al lector a los autores antes mencionados, que abundan en este tema, además de Bart Ehrman), no queda opción mas que referirnos a los textos evangélicos, tal como nos referiríamos a los Diálogos de Platón para investigar las enseñanzas de Sócrates, y tal como supuestamente lo hacen los mismos cristianos.
    En primer lugar, Cristo nunca renuncia a las barbaridades del Viejo Testamento, desde las prohibiciones más absurdas hasta las órdenes más inhumanas; tan solo las recalca y las declara válidas para siempre, en Mateo 5:17-19:
"No creáis que he venido a anular la Ley o los Profetas.  No he venido a anularlos, sino a cumplirlos.  Porque yo os declaro solemnemente que aún cuando pasen el cielo y la tierra, ni una 'i' ni un puntito de la Ley pasará hasta que no se cumpla todo.  El que violare, pues, uno de esos pequeñísimos preceptos y enseñare eso a los hombres, pequeñísimo será considerado en el Reino de los Cielos..."
    Por si no había quedado claro, lo repite en Lucas 16:17: "Más fácil es que el cielo y la tierra se acaben, que anularse un solo punto de la Ley."  Quedan así validadas por Cristo la misoginia, la esclavitud, el genocidio, las ejecuciones por lapidación, el maltrato infantil y muchas otras barbaridades e inmoralidades que vimos por los cientos de páginas anteriores.
    Tomemos tan solo el caso de la esclavitud, tan promovida por Dios y practicada por los israelitas en el Viejo Testamento (y el Nuevo, por cierto).  Aquí se quedan cortos los pretextos usuales: que si eran otros tiempos, que si el contexto histórico, etcétera.  Se trata del hijo del omnipotente creador del universo.  Si tan solo les dijera a sus seguidores que la esclavitud estaba mal, le hubieran hecho caso.  De lo contrario, Dios podría mandar plagas o lo que fuera para hacer respetar la nueva ley; ciertamente era capaz.  Y vaya que hubiera ayudado al caso de Cristo como el perfecto redentor de la humanidad, si se hubiera adelantado siglos y proclamado a la esclavitud como un mal moral.  Pero Cristo no solamente no hizo esto, sino que hizo lo contrario.  Moralmente, reprobó.
    Otro ejemplo son sus enseñanzas en torno a la familia.  Contrario a lo que tantos cristianos dicen valorar, Cristo desprecia a las familias y se declara la causa de su ruptura (en eso sí ha tenido algo de éxito). Primero, da un incentivo a abandonar a los seres amados en Marcos 10:29:
"...En verdad os digo: no hay quien haya dejado casa, o  hermanos, o hermanas, o madre, o padre, o hijos, o tierras por mí y por el evangelio, que no reciba cien veces más ahora en esta vida, en casas y hermanos y hermanas y madre e hijos y tierras, con persecuciones, y la vida eterna en el otro mundo."
    Luego llega a lo siguiente, en Mateo 10:21:
"El hermano entregará a la muerte a su hermano, y el padre al hijo; y se levantarán los hijos contra los padres, y les darán muerte."
    Y remata enseguida, en 10:34: 
"No creáis que he venido a traer paz a la tierra.  No he venido a traer paz, sino guerra.  Porque he venido a dividir al hijo contra el padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra la suegra.  Y los enemigos del hombre, son los de su propia casa.  El que ame a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí.  Y el que ame a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí, y el que no tome su cruz y me siga, no es digno de mí."
    ¡El cordero de Dios, seguramente!  ¿Acaso es necesario abandonar a la familia para lograr la salvación?  (Vale la pena notar la sospechosa omisión de las esposas en estas proclamaciones.)  Recordemos la naturaleza del individuo del que estamos hablando: si fuera perfectamente bueno, y si fuera tan siquiera el hijo de un ser omnipotente, entonces encontraría una manera de acercar a la gente a él sin alejarla de sus seres queridos, y esto lo comunicaría de forma clara.  Moralmente vuelve a quedarse corto.
    Otro punto fundamental de debilidad moral en Cristo es la pasividad ante el mal que predicó.  En palabras de Edmund Burke, todo lo que se necesita para que triunfe el mal es que los hombres buenos no hagan nada.  ¿Qué hubiera sido de la Segunda Guerra Mundial si todos simplemente se rindieran ante los nazis?  Si Cristo fuera perfectamente bueno, entonces no soportaría la idea de que triunfara el mal, aunque fuera solo momentáneamente y solo en la vida terrenal.  Haría todo lo posible por evitarlo, aún cuando supiera que el bien triunfaría al final.
    Estos son tan solo unos pocos ejemplos de la inmoralidad de algunas de las enseñanzas de Cristo.  No todas son así, ciertamente, pero recordemos de quién estamos hablando.  Se supone que este fue un individuo tan puro y tan bueno, que su tortura y muerte valió más que la de cualquier persona que jamás haya existido.  De ser quien decía ser (o quienes sus creadores dijeron que era), no encontraríamos nada qué reprocharle en lo absoluto.  Aunque quizá haya sido moralmente novedoso para su época y su entorno, hoy el personaje de Cristo es moralmente primitivo.  Inclusive sus enseñanzas más benéficas fueron antecedidas--por varios siglos en algunos casos--por personajes más elocuentes y menos dogmáticos, tales como Sócrates, Demócrito, Epicuro y Confucio, por mencionar tan solo a unos pocos.

*   *   *

En cuanto a la salvación, las creencias varían bastante.   Para algunos cristianos, el alma de uno puede ir a dar al Infierno si no se acepta a Cristo plenamente antes de morir; para otros, el Infierno no es necesariamente un lugar real y quienes no crean son simplemente aniquilados.  Los criterios que determinan quién se salva y quién no son tantos como los hay cristianos, y las descripciones de lo que constituye a la salvación y a la perdición también.  Habiendo hecho esta concesión, analicemos la idea de la salvación un momento.**
    Primero, supongamos que Dios es omnipotente y que lo sabe todo.  Él determina los criterios para la salvación de las personas, sean los que sean.  Dado que lo sabe y lo puede todo, no hay nada que suceda sin que haya sido su intención.  Todo lo bueno que pasa, y todo lo malo, ya lo tiene previsto e inclusive planeado desde el inicio de los tiempos, pues lo sabe todo y lo puede todo.  Luego entonces, quienes rompan sus reglas lo están haciendo porque él lo planeó así; tan sólo están ejecutando su plan.
    ¿Qué sentido tiene entonces recompensar a los buenos y castigar a los malos?  ¿Podemos decir que un individuo merece la perdición, si fue diseñado así desde el principio, aunque él no lo quisiera?  Ciertamente, el dios bíblico es capaz de tal alevosía---continuamente manipula a las personas para luego castigarlas, por nada más que sadismo puro.  Pero la verdad es que la gran mayoría de los cristianos no creen en el dios bíblico, aunque digan que sí (esto es una consecuencia de que la mayoría de los cristianos simplemente no leen la Biblia; el dios en el que creen es perfectamente bueno, omnipotente y lo sabe todo, mientras que el dios bíblico no es ninguna de esas tres cosas).  La omnisciencia y omnipotencia de Dios automáticamente lo hacen responsable de todo; entonces, es injusto que él castigue a los individuos 'malos'.

*   *   *

¿Cuál es la importancia de estas conclusiones?  En general, los aspectos analizados aquí tienen poca relevancia para la vida práctica, inclusive la de un cristiano.  Las cuestiones que afectan más su visión moral son los detalles doctrinales secundarios, aquellos que son particulares de cada rama y denominación, e inclusive dependen del individuo.  Es cuando se consultan esos detalles que vemos que algunos cristianos sí consideran ciertas cosas como particularmente inmorales, como pudieran ser la homosexualidad, el aborto, la prostitución, la pornografía o la eutanasia.  Lo importante que hay que recalcar es que la mayoría de los cristianos son altamente éticos en su vida diaria a pesar de lo que dicen creer.  Esto se debe, quizá, a un alto grado de seccionamiento del pensamiento, en donde ciertas ideas están aisladas de la razón y la moral cotidianas, permitiendo al sujeto llevar una vida altamente funcional y ética, y rara vez dándose la disonancia cognitiva que debería surgir al criticar estas ideas con consistencia.



Un enlace sumamente útil: http://www.project-reason.org/scripture_project/

(*)La analogía del barco que se hunde tiene mucha tela de dónde cortar. Aquí dejo algunas consideraciones adicionales; seguramente puede sacársele aun más jugo, ejercicio que se le propone al amable lector.
    1. ¿Cómo cambiaría la situación si se tratara de un tripulante cualquiera al que se va a sacrificar, y no necesariamente al hijo del capitán, ya fuera el capitán común o el capitán omnipotente? ¿Acaso vale más la vida del hijo del capitán que la de otro tripulante que tuviera la mala suerte de encontrarse en el lugar equivocado, en el momento equivocado? El número total de vidas sacrificadas y salvadas sería el mismo.
    2. Suponiendo el caso del capitán omnipotente, ¿qué podemos decir acerca de un capitán que a propósito coloca a su hijo en el área de la inundación, sabiendo lo que iba a ocurrir y siendo esto innecesario para salvar al barco y al resto de la tripulación? ¿Y cómo afecta esto a la relación entre el capitán y el resto de la tripulación? Supongamos que la tripulación se negó a sacrificar a nadie, por ser esto innecesario para su salvación. Adicionalmente, supongamos que el capitán, haciendo uso de su omnipotencia, decidió cerrar las escotillas y compuertas él mismo--sin la tripulación--para sacrificar a su hijo y salvar al barco. Ciertamente, la tripulación le debe la vida al capitán, pero ¿es acaso responsable la tripulación por la muerte del hijo del capitán? Obviamente no.
    3. Acercando más la analogía a la situación que creen los cristianos, consideremos lo siguiente: solamente una porción pequeña de la tripulación sabe que (1) quien se encuentra en la mala posición de estar a punto de ser sacrificado es hijo del capitán y (2) que el capitán es omnipotente. Estas personas tendrían entonces el deber moral de oponerse al sacrificio y desobedecer las órdenes. Sin embargo, ninguna de estas personas se encuentra entre los que materialmente van a ejecutar la orden de sellar el área y contener la inundación, pues se encuentran en otra sección del barco o haciendo otras tareas. Los autores materiales de las órdenes sí saben que morirá alguien si obedecen, pero desconocen su relación con el capitán y desconocen la naturaleza omnipotente de éste. Hasta donde ellos saben, están siguiendo órdenes necesarias para salvar al barco, y la muerte de quien se encuentre en la zona inundada es un hecho trágico, pero necesario y éticamente justificado. ¿Qué responsabilidad puede atribuírsele a éstos tripulantes por el sacrificio del hijo del capitán (que además realmente es un sacrificio innecesario)? Acercando aún más la analogía a la creencia cristiana, ¿qué responsabilidad tienen las familias de los tripulantes, e inclusive sus descendientes, en las acciones de éstos? Acaso el tataranieto de alguno de ellos--que no estuvo presente en los hechos, que no tiene conocimiento de ellos y que, de haber estado presente e informado plenamente acerca de la situación, se hubiera opuesto al sacrificio innecesario--tiene alguna responsabilidad o culpa?
    4. Por último, supongamos que el capitán omnipotente se las ingenió para salvar a su hijo después de que sus tripulantes ingenuos cerraran las compuertas, y sin protesta de los pocos que estaban al tanto de lo que realmente estaba sucediendo. Supongamos que todo fue una simulación, planeada con anterioridad y alevosía, y que realmente el hijo del capitán alcanzó un bote salvavidas y escapó, e inclusive hubo gente que lo vio sano y salvo tres días después. ¿Qué pasaría si el sacrificio del hijo del capitán realmente no fuera un sacrificio? ¿Qué podría reclamarle el capitán entonces a su tripulación, tanto a los ingenuos como a los otros, en cuanto a que supuestamente su hijo murió por ellos? ¿Qué podría reclamarle a las familias de los tripulantes y sus descendientes, si todo fue un montaje para chantajearlos moralmente?
 
(**) Aquí vale la pena mencionar las condiciones que se imponen para lograr la salvación, según algunos cristianos.  Básicamente, Dios es como un jefe mafioso que hace a los humanos "una oferta que no puedan rechazar": por un lado les ofrece la salvación, a cambio de su sumisión/credulidad; por otro lado, les da la "libertad" de no someterse y de no creer, pero con la pena de pasar una eternidad en Infierno.  ¿Qué clase de libertad es esa?  En realidad no es más que una vil amenaza, tal como la haría un gángster, solo que en este caso es un gángster moral.  Por lo tanto, el perdón de los pecados que se ofrece no es un perdón auténtico, simple y llano; más bien es un perdón a medias, condicional y chantajista.