lunes, 23 de abril de 2012

Hitchens Sobre el Cáncer, Parte 3


La Señora Modales y la Gran C

Christopher Hitchens
Diciembre, 2010


Desde que fui abatido a media gira de libro este verano, he adorado y aprovechado todas las oportunidades de ponerme al corriente y mantener tantos compromisos como pueda. Debatir y dar conferencias son parte de mi aliento de vida, y tomo grandes bocanadas cada que me sea posible. También disfruto el tiempo cara a cara con usted, el lector, ya sea que traiga una factura por mis libros en mano o no. Pero esto es lo que me sucedió cuando estaba esperando firmar algunas copias de mis memorias en un evento en Manhattan hace unas semanas. Imagínese, si quiere, que estoy sentado en mi mesa, y se me aproxima una mujer de aspecto maternal (un constituyente clave de mi demografía):
    Ella: Siento mucho escuchar que está enfermo.
    Yo: Gracias por decir eso.
    Ella: Un primo mío tuvo cáncer.
    Yo: De veras siento oír eso.
    Ella: [Mientras la fila tras ella se alarga.] Sí, en su hígado.
    Yo: Eso nunca es bueno.
    Ella: Pero desapareció, después de que los doctores le dijeron que era incurable.
    Yo: Bueno, eso es lo que todos queremos.
   Ella: [Con aquellos más atrás de la fila ahora mostrando señales de impaciencia.] Sí. Pero luego regresó, mucho peor que antes.
    Yo: Oh, qué horroroso.
    Ella: Y luego se murió. Fue agonizante. Agonizante. Pareció tomar una eternidad.
    Yo: [Empezando a buscar palabras.]...
    Ella: Claro, él fue un homosexual toda su vida.
    Yo: [No logrando encontrar las palabras, ni queriendo sonar estúpido diciendo “Por supuesto.”]...
    Ella: Y toda su familia lo desheredó. Murió prácticamente solo.
    Yo: Vaya, la verdad no sé qué decir...
    Ella: En fin, quería que supiera que yo entiendo exactamente por lo que usted está pasando.
   Este encuentro me dejó sorprendentemente exhausto, y hubiera estado mejor sin él. Me hizo preguntarme si quizá hubiera lugar para un pequeño manual de etiqueta sobre el cáncer. Esto aplicaría para los que lo padecen y los que simpatizan. Después de todo, no he sido reservado acerca de mi propia enfermedad. Pero tampoco camino por doquier con una playera que diga: PREGÚNTAME SOBRE CÁNCER DEL ESÓFAGO METASTATIZADO DE ESTADO CUATRO, Y SOLO ESO. De hecho, si no me traen noticias de eso y solamente eso, y de qué pudiera pasar cuando también se involucran pulmones y nodos linfáticos, no estoy interesado ni sé nada al respecto. Uno casi desarrolla un cierto elitismo acerca de lo particular de su desorden personal. Entonces, si su historia de primera o segunda mano es de otros órganos, debería considerar contarla escuetamente, o por lo menos más selectivamente. Esta sugerencia aplica tanto para historias intensamente deprimentes—ver arriba—o cuando tengan la intención de generar optimismo: “Mi abuela fue diagnosticada con melanoma terminal del punto G y le dijeron que se iba a morir. Pero resistió y, tras algunas enormes dosis de quimioterapia y radiación, ahora nos mandó una postal desde la cima del Everest.” Nuevamente, su narrativa puede fracasar en su agarre si no se ha tomado el tiempo de averiguar cómo le está yendo (y se está sintiendo) su interlocutor.


Normalmente se considera que la pregunta “¿Cómo estás?” no lo pone a uno bajo juramento de dar una respuesta completa ni honesta. Así que cuando me preguntan en estos días, prefiero decir algo críptico como “Es pronto para decir.” (Si es alguien del personal de la clínica oncológica quien pregunta, a veces llego a decir algo como “Parece que hoy tengo cáncer.”) Nadie quiere que le cuenten los innumerables horrores menores y humillaciones que se convierten en hechos de la vida cuando tu cuerpo pasa de ser un amigo a un enemigo: el aburrido cambio de constipación crónica a su repentino y dramático contrario; la igualmente fea traición de sentir un hambre aguda y temer siquiera al olor de la comida; la miseria absoluta de nausea retorciente de las entrañas y el estómago completamente vacío; ni del descubrimiento patético que la pérdida del cabello se extiende a la pérdida de los vellos dentro de la nariz, y por lo tanto el irritante fenómeno de una nariz suelta permanentemente. Perdón, pero ustedes preguntaron. No es divertido el apreciar completamente la verdad de la propuesta materialista de que no tengo un cuerpo, sino que soy un cuerpo.
    Pero realmente no es posible adoptar una postura de “No preguntes y no te digo” tampoco. Esta es una prescripción para hipocresía y dobles estándares. Amigos y familiares, obviamente, realmente no tienen la opción de no preguntar amablemente. Una manera de calmarlos es ser tan franco con ellos como se pueda y no adoptar ningún eufemismo ni negación. Así que voy al grano y digo cuáles son las probabilidades. La manera más rápida de decir esto es hacerles notar que el problema del cáncer de Estado Cuatro es que no existe el Estado Cinco. Con razón, algunas personas me toman la palbra. Recientemente tuve que aceptar que no podría ir a la boda de mi sobrina, en mi viejo pueblo natal y universidad de Oxford. Esto me deprimió por varias razones, y un amigo especialmente cercano me preguntó: “¿Es porque no vas a volver a ver Inglaterra?” De hecho, él tenía toda la razón en preguntar, y había sido precisamente eso lo que me estaba molestando, pero estuve muy sorprendido por su franqueza. Yo enfrentaré la dura verdad, gracias. No lo vayas a hacer tú también. Y sin embargo, yo había invitado la pregunta. Diciéndole a alguien más que después de algunos análisis más y tratamientos, pudiera ser que los doctores me dijeran que solo bastaba “manejar” la situación, nuevamente fui fulminado cuando me dijeron “Sí, supongo que llega un momento en que te tienes que dejar ir.” Qué cierto, y qué conciso resumen de lo que yo acababa de decir. Pero de nuevo, hubo una irracional urgencia de tener un monopolio, una especie de poder de veto, sobre lo que se podía decir y lo que no. Ser víctima del cáncer tiene una tentación permanente de caer en el egocentrismo e inclusive el solipsismo.


Entonces, mi manual de etiqueta propuesto impondría deberes a mí además de a aquellos que dicen demasiado o demasiado poco, en un intento de cubrir la torpeza inevitable en las relaciones diplomáticas entre Pueblo Tumor y sus vecinos. Si quiere un ejemplo de cómo no ser un enviado del anterior, entonces le ofrezco el video y el libro de The Last Lecture [La Última Lectura, N. Del T.]. Sería de mal gusto decir que esto—un adiós pre-grabado por el profesor Randy Pausch—se volvió “viral” en el Internet, pero así ha sido. Debería tener su propia advertencia de salud: tan azucarado que podría necesitar una inyección de insulina para soportarlo. Pausch solía trabajar para Disney y se nota. Incluyó una sección en defensa del cliché, sin omitir: “Aparte de eso, señora Lincoln, ¿cómo estuvo la obra?” Las palabras “niño” o “niñez” y “sueño” se usan como si por primera vez. (“Cualquiera que use 'infancia' y 'sueño' en la misma oración usualmente se gana mi atención.”) Pausch enseñó en Carnegie Mellon, pero da la impresión de Dale Carnegie. (“Las paredes de ladrillo están ahí por una razón... para darnos una oportunidad de mostrar qué tanto queremos algo.”) Claro, uno no tiene que leer el libro de Pausch, pero muchos estudiantes y colegas sí tuvieron que ir a la plática, en la que Pausch hizo lagartijas, mostró algunos videos caseros, posó para la cámara y en general balbuceó sin fin. Pensé que sería una ofensa el ser atroz y antipático en circunstancias en las que el público está moralmente obligado a simpatizar. Esta fue tanto una intrusión, a su manera, como la de la maternal fiscal con la que comencé. A medida que las poblaciones de Pueblo Tumor y Pueblo Sano aumenten e “interactúen,” hay una creciente necesidad de reglas de juego que eviten que nos inflijamos uno sobre el otro.


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