lunes, 7 de mayo de 2012

Hitchens Sobre el Cáncer, Parte 5


Prueba de la Voluntad
Christopher Hitchens
(Para publicarse en enero, 2012)
Se puede decir esto de la muerte:
No hay que salir de la cama por ella.
Donde sea que estés
Te la traen—gratis.
-Kingsley Amis

Amenazas intencionadas, blofean con desprecio
Comentarios suicidas son arrancados
Del cuerno hueco, la pieza áurea del tonto
Dice palabras desperdiciadas, demuestra advertir
Que aquel no ocupado con nacer está ocupado con morir.
-Bob Dylan, “Está bien, Ma (Solo estoy sangrando)”

Cuando llegó el momento, y el viejo Kingsley sufrió una desmoralizante y desorientante caída, sí acabó en la cama y ultimadamente se volvió hacia la pared. No fue todo reclinarse y esperar el servicio de habitación en el hospital después de eso—“¡Mátame, jodido idiota!” alguna vez le exclamó alarmado a su hijo Philip—pero esencialmente esperó el final pasivamente. Debidamente llegó, sin mucho alboroto y sin cargos adicionales.
    El señor Robert Zimmerman de Hibbing, Minnesota, ha tenido por lo menos un encuentro muy cercano con la muerte, más de una actualización y revisión de su relación con el Todopoderoso y las Últimas Cuatro Cosas, y se ve dispuesto a demostrar que hay muchas maneras diferentes de probar que uno está vivo. Después de todo, considerando las alternativas...
    Antes de ser diagnosticado con cáncer del esófago hace un año y medio, de modo ameno le dije a los lectores de mis memorias que, cuando fuese confrontado con mi extinción, quisiera estar completamente consciente y despierto, para poder “hacer” mi muerte de manera activa y no pasiva. Todavía intento nutrir esa pequeña flama de curiosidad y desafío: dispuesto a aguantar hasta lo último y deseando aprovechar todo lo que se pueda la vida. Sin embargo, algo que una enfermedad grave le hace a uno, es que examine principios conocidos y dichos aparentemente confiables. Y hay uno que encuentro que no estoy diciendo con la misma convicción que alguna vez le tuve: en particular, he dejado de anunciar que “Aquello que no me mata me hace más fuerte.”
    De hecho, ahora me pregunto por qué alguna vez lo consideré tan profundo. Usualmente se le atribuye a Nietzsche: Was mich nicht umbringt macht mich stärker. En alemán suena y se lee más como poesía, por lo cual parece más probable que Nietzsche lo haya tomado prestado de Goethe, quien estaba escribiendo un siglo antes. ¿Pero la rima sugiere razón? Quizá lo hace, o lo puede, en cuestiones de las emociones. Recuerdo pensar que, al haber sido puesto a prueba por momentos de amor y odio, había logrado salir adelante de ellos con algo de fortaleza ganada por la experiencia, que no pude haber obtenido de ninguna otra forma. Y entonces una o dos veces, al alejarme de un accidente automovilístico o un caos mientras reportaba del extranjero, experimenté una sensación fatua de haber sido reforzado por el encuentro. Pero, realmente, eso no es más que decir “Me salvé por la gracia de Dios,” que a su vez no es más que decir “La gracia de Dios me ha tocado a mí y se olvidó de aquel otro hombre desafortunado.”


En el mundo físico bruto, y el abarcado por la medicina, hay demasiadas cosas que podrían matarte, no lo hacen, y luego te dejan considerablemente más débil. Nietzsche estaba destinado a darse cuenta de esto en la forma más difícil, lo que hace más confuso que decidiera incluir la máxima anterior en su antología Ocaso de los Ídolos (1889). (En alemán esto se dice Götzen-Dämmerung, que hace un claro eco a la épica de Wagner. Posiblemente su gran descontento con el compositor, en el que criticó a Wagner por repudiar los clásicos en favor de leyendas y mitos alemanes, fue una de las cosas que le dio a Nietzsche fuerza moral. Ciertamente el subtítulo del libro—“Cómo filosofar con un martillo”—tiene bastante bravura.)
    El resto de su vida, sin embargo, Nietzsche parece haber contraído una dosis temprana de sífilis, probablemente durante su primer encuentro sexual, lo cuál le provocó aplastantes migrañas y ataques de ceguera, y esto derivó en demencia y parálisis. Esto, mientras que no lo mató inmediatamente, ciertamente contribuyó a su muerte y no pudo posiblemente, en el inter, hacerlo más fuerte. En el curso de su caída mental, se convenció de que la empresa cultural más importante sería demostrar que las obras de Shakespeare habían sido escritas por Bacon. Ésta es una inequívoca señal de postración mental e intelectual avanzada.
    (Tomo cierto interés en esto, porque no hace mucho fui invitado a una estación de radio cristiana en Dixie para debatir sobre religión. Mi interlocutor mantuvo una cuidadosa cortesía sureña todo el tiempo, siempre permitiéndome hacer todos mis puntos, y luego me sorprendió preguntándome si me consideraba de algún modo Nietzscheniano. Contesté que no, diciendo que estaba de acuerdo con algunos de los puntos hechos por el gran hombre, pero no le debía ninguna gran perspicacia, y no me agradaba su desprecio por la democracia. H.L. Mencken y otros, traté de agregar, también lo habían usado para argumentar en favor de un darwinismo social en torno a lo inútil de ayudar a los “no aptos.” Y su espeluznante hermana, Elisabeth, utilizó su caída para abusar su trabajo, como si hubiera sido escrito en apoyo al movimiento alemán antisemítico. Esto le dio a Nietzsche la no merecida reputación póstuma de fanático. Mi interlocutor presionó, preguntando si sabía que muchas de las obras de Nietzsche habían sido producidas mientras moría de sífilis. Nuevamente, respondí que había oído de esto y no conocía razón para dudarlo, ni para confirmarlo tampoco. ¡Justo cuando empezaba la música de salida y se terminaba el programa, mi anfitrión alcanzó a decir que se preguntaba cuánto de mi escritura sobre Dios quizá haya sido influenciada por una enfermedad similar! Debí haberlo visto antes, pero me quedé sin palabras.)


Finalmente, y en miserables circunstancias en la ciudad italiana de Turín, Nietzsche fue sobrecogido por la visión de un caballo siendo cruelmente golpeado en la calle. Apurado por poner sus brazos alrededor del cuello del caballo, sufrió de convulsiones y en delante quedó al cuidado de su madre y hermana por el resto de su vida llena de dolor. Ocurrió en 1889, y sabemos que en 1887 Nietzsche había sido influenciado poderosamente por las obras de Dostoyevski. Parece haber una misteriosa correspondencia entre el episodio en la calle y el horrible y gráfico sueño experimentado por Raskolnikov, la noche anterior a los asesinatos decisivos, en Crimen y Castigo. La pesadilla, que es imposible olvidar una vez que se ha leído, incluye la horrorosa golpiza de un caballo hasta la muerte. Su dueño le golpea a través de los ojos, le rompe la espalda con un palo, llama a los transeúntes a ayudar con la paliza... no se nos guarda nada. Si la horrible coincidencia fue suficiente para llevar a Nietzsche a perderlo todo, entonces debió haber quedado tremendamente debilitado, o apabullantemente vulnerable, por sus otras aflicciones. Éstas, entonces, no le sirvieron para hacerle más fuerte en lo absoluto. Lo más que pudo haber significado, creo, es que aprovechó al máximo sus pocos intervalos sin dolor y locura para plasmar sus colecciones de aforismos y paradojas. Esto le pudo haber dado la impresión eufórica de estar triunfando, y haciendo uso de la Voluntad del Poder. Ocaso de los Ídolos fue, de hecho, publicado casi de manera simultánea con el horror en Turín, así que la coincidencia fue llevada hasta donde razonablemente podía llegar.
    O tomemos un ejemplo de un distinto y más templado filósofo, más cercano a nuestros tiempos. El profesor Sidney Hook fue un famoso materialista y pragmatista, que escribió tratados sofisticados que sintetizaban las obras de John Dewey y Karl Marx. Él también fue un ateo empedernido. Hacia el fin de su larga vida enfermó y comenzó a reflexionar sobre la paradoja de que—basado en la meca médica de Stanford, California—pudo disponer de un nivel de cuidados sin precedentes, mientras al mismo tiempo fue expuesto a un grado de sufrimiento que generaciones anteriores no hubieran podido costear. Razonando sobre esto después de una experiencia particularmente severa de la que se recuperó, decidió que hubiera preferido haber muerto:
Estaba a punto de la muerte. Una falla cardiaca fue tratada por propósitos de diagnóstico con un angiograma, que detonó una embolia. Un hipo violento y doloroso, ininterrumpido por varios días y noches, prevenía la ingestión de comida. Mi lado izquierdo y una de mis cuerdas vocales quedaron paralizadas. Algún tipo de inflamación en mis pulmones ocurrió, y pensé que me estaba ahogando en un mar de baba. En uno de mis intervalos lúcidos en esos días de agonía, le pedí a mi médico que descontinuara todo servicio que me mantuviera vivo, o que me mostrara cómo hacerlo.
    El médico se negó a esto, y en vez le aseguró a Hook que “algún día apreciaría la tontería de esta petición.” Pero el filósofo estoico, desde el punto de vista de vida continuada, aun insistió que quisiera ser dejado morir. Dio tres razones. Otro derrame agonizante pudiera afligirlo, obligándolo a sufrir todo de nuevo. Su familia estaba pasando por una experiencia infernal. Recursos médicos se estaban gastando para nada. En el curso de su ensayo, usó una frase potente para describir la posición de otros que sufren así, refiriéndose a ellos como descansando en “colchones tumba.”
    ¿Si tener la vida restaurada no cuenta como algo que no te mata, qué sí? Y no obstante, parece no haber ningún sentido en el que a Hook lo hiciera “más fuerte.” Si acaso, se podría decir que concentró su atención en cómo cada debilitación se acumula a la anterior y provoca una miseria acumulada con solamente un desenlace posible. Después de todo, si fuera distinto, cada ataque, cada derrame, cada vil hipo, lograrían reforzarlo a uno y crear resistencia. Y esto es plenamente absurdo. Así que nos quedamos con algo inusual en los anuarios de aproximaciones estoicas a la extinción: no el deseo de morir con dignidad, sino el deseo de haber muerto.

El profesor Hook finalmente sucumbió en 1989, y soy una generación menor que él. No he llegado tan cerca del amargo final como él tuvo que hacerlo. Tampoco he tenido que tener una conversación tan ardua con un médico. Pero sí recuerdo yacer ahí y ver mi torso desnudo, que estaba cubierto con una rozadura roja por la radiación. Esto era producto de un mes de bombardeo con protones que había quemado el cáncer en mis nodos claviculares y paratraqueales, así como el tumor original en el esófago. Esto me puso en una rara categoría de pacientes que podían presumir haber recibido la experiencia avanzada del Centro del Cáncer MD Anderson, en Houston. Decir que la rozadura dolía sería un sinsentido. Lo difícil el describir cómo dolía por dentro. Yací por días a la vez, tratando en vano de posponer el momento en que tendría que tragar. Cada vez que sí tragaba, una infernal marea de dolor fluía por mi garganta, culminando con lo que se sentía como una patada de mula en mi espalda baja. Me preguntaba si las cosas se verían tan rojas e inflamadas por dentro como por fuera. Y luego tuve un pensamiento súbito: ¿Si me hubieran dicho de esto con anticipación, me hubiera sometido al tratamiento? Hubo varios momentos, en los que temblé, convulsioné y maldije, que lo dudaba seriamente.
    Probablemente sea algo misericordioso que el dolor sea imposible de describir de memoria. También es imposible advertir de él. Si mis doctores de protones hubieran intentado decirme desde antes, quizá hubieran mencionado un “gran malestar” o quizá una sensación de irritación. Yo solo sé que nada de me pudo haber preparado o tranquilizado para esto que parecía despreciar analgésicos y atacaba mis entrañas. Ahora parece que me he quedado sin opciones de radiación en estos lugares (tuve 35 días consecutivos de lo más que pueda aguantar alguien), y mientras que ésto no es para nada una buena noticia, me salva de tener que preguntarme si estaría dispuesto a enfrentar el mismo tratamiento de nuevo.
    Pero también es misericordioso que ahora ya no pueda encontrar el recuerdo de cómo me sentí durante esos lacerantes días y noches. Y desde entonces he tenido intervalos de robustez relativa. Así que como un actor racional, tomando la radiación junto con la recuperación, debo estar de acuerdo en que si hubiera declinado a la primer etapa, por lo tanto evitando la segunda y la tercera, ya estaría muerto. Y eso no tiene atractivo.
    Sin embargo, no se puede escapar al hecho de que estoy enormemente más débil que antes. Parece hace tanto el recuerdo de presentar al equipo de protones con champaña y luego subir casi ágilmente a un taxi. Durante mi siguiente estadía en un hospital, en Washington, D.C., la institución me regaló una maliciosa neumonía (y me mandó a casa con ella dos veces) que casi me acabó. La fatiga aniquiladora que cayó sobre mí en consecuencia también tenía la mortal amenaza de rendición ante lo inescapable: frecuentemente encontraba al fatalismo y resignación sobre mí a manera que fracasaba en pelear contra mi inanición general. Solo dos cosas me salvaron de traicionarme y dejarme ir: una esposa que no soportaba oír hablar en este modo aburrido e inútil, y varios amigos que también hablaron libremente. Oh, y el analgésico ocasional. Qué felizmente contemplaba mi día cuando veía que se preparaba la inyección. Contaba como todo un evento. Con algunos analgésicos, si se tiene suerte, se puede sentir el “golpe” cuando empieza a funcionar: un cosquilleo tibio seguido de una euforia idiota. El llegar a esto—como los tristes criminales que roban farmacias por OxyContin. Pero fue un alivio del aburrimiento, y un placer culposo (no hay muchos de esos en Pueblo Tumor), y no menos un alivio del dolor.
    En mi familia inglesa, el rol del poeta nacional fue tomado no por Philip Larkin, sino por John Betjeman, poeta de suburbios y la clase media, y una presencia mucho más mordaz que el aspecto de osito de peluche que a veces presentaba al mundo. Su poema “Sombra De Las Cinco” lo muestra por lo menos aterciopelado:
    Esta es la hora del día cuando nosotros en la sala de los Hombres
    Pensamos “Una oleada más del dolor y me rendiré en la pelea,”
    Cuando aquel que lucha por respirar puede luchar menos fuerte:
    Esta es la hora del día que es peor que la noche.
   He llegado a conocer ese sentimiento, ciertamente; la sensación y convicción de que el dolor nunca cederá y que la espera para la próxima dosis es injustamente larga. Entonces llega un ataque de falta de aliento, seguido de algo de tos sin sentido y luego—si es un mal día—más expectoración de la que puedo manejar. Tarros de saliva vieja, moco ocasional, y ¿para qué diablos quiero acidez en este momento exacto? No es como si hubiera comido algo: un tubo me da todos mis nutrientes. Todo esto, y el inmaduro resentimiento que va con ello, constituye un debilitamiento. También la sorprendente pérdida de peso que el tubo parece incapaz de combatir. Ahora he perdido casi un tercio de mi masa corporal desde que el cáncer fue diagnosticado: podrá no matarme, pero la atrofia muscular hace más difícil inclusive los ejercicios más sencillos, sin los cuales quedaría más endeble aun.


Estoy escribiendo esto acabando de tener una inyección para tratar de disminuir el dolor en mis brazos, manos y dedos. El principal efecto secundario de este dolor es adormecimiento en las extremidades, llenándome con el miedo no irracional de que pudiera perder la habilidad de escribir. Sin esa habilidad, me siento seguro ahora, mi “voluntad de vivir” sería atenuada. Suelo decir, algo grandiosamente, que escribir no solo es de lo que vivo, sino que es mi vida, y es cierto. Casi como la amenaza de perder la voz, que actualmente ha sido aliviada por unas inyecciones a mis cuerdas vocales, siento a mi personalidad e identidad disolviéndose mientras contemplo manos muertas, y la pérdida de los cinturones de transmisión que me conectan a la escritura y el pensamiento.
    Éstas son debilidades progresivas que en una vida más “normal” hubieran tomado décadas en ocurrirme. Pero, como con la vida normal, uno encuentra que cada día que pasa representa más y más siendo restado de menos y menos. En otras palabras, el proceso lo enferma a uno y lo mueve más cerca de la muerte. ¿Cómo pudiera ser de otro modo? Justo cuando empezaba a reflexionar sobre estas líneas, me encontré con un artículo sobre el tratamiento del estrés post-traumático. Ahora sabemos, por experiencia costosa, mucho más acerca de este malestar de lo que sabíamos. Aparentemente, uno de los síntomas por los que se identifica es que un rudo veterano dirá, buscando aligerar su experiencia, que “lo que no me mata me hace más fuerte.” Esta es una de las manifestaciones que “la negación” toma.
    Estoy atraído a la etimología de la palabra alemana “stark” [escueto, desnudo o descarnado, N. Del T.], y su pariente usada por Nietzsche, stärker, que significa “más fuerte.” En yídish, llamar a alguien un “starker” equivale a llamarlo militante, un tipo rudo, un trabajador duro. Hasta ahora, he decidido lidiar con todo lo que mi malestar me presente, y mantenerme combativo inclusivo al tomar la medida de mi propia disminución. Repito, esto no es más que lo que una persona sana tiene que hacer en cámara lenta. Es nuestro destino común. En cualquier caso, sin embargo, uno puede dispensar con las máximas amables que no le llegan a sus reputaciones.


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