Mostrando las entradas con la etiqueta Dios. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Dios. Mostrar todas las entradas

viernes, 1 de agosto de 2014

La apuesta que apesta


En la larga lista de argumentos para creer en un dios u otro, existen solo dos categorías: los argumentos malos y los argumentos peores.  Dentro de una muestra de fuertes competidores por el título del Peor Argumento de Todos, provoca gran desilusión observar que el proponente del ganador fuera un hombre de otros modos sumamente racional y productivo.  Comenzando desde sus años adolescentes, Blaise Pascal inventó la calculadora, describió los coeficientes de las potencias binomiales, e inauguró lo que se convertirían después en las ramas de la probabilidad en las matemáticas y la mecánica de fluidos en la física.  Pascal fue católico y aún en los tiempos de relativo oscurantismo y superstición que le tocó vivir existían los no-creyentes en su dios, y fue a ellos que les planteó la siguiente apuesta:
Si crees en Dios erróneamente no pierdes nada, mientras que si correctamente crees en Él, lo ganas todo.  Pero si correctamente dudas en Dios no ganas nada, mientras que si dudas erróneamente lo pierdes todo.
    Me cuesta trabajo pensar que en la actualidad este argumento no solamente sobrevive, sino que es de los más citados, usualmente en la forma “No se pierde nada con creer” o, en dirección al ateo: “¿Y qué si estás equivocado?”.  En forma gráfica, toma la forma de una matriz de decisiones de la siguiente forma:
Opción Dios realmente existe Dios realmente no existe
Sí se cree en Dios Yupi Meh
No se cree en Dios Buu Meh
    El argumento plantea que, si se cumple que Dios existe, el costo de no creer puede ser severo si se está equivocado, mientras que la recompensa puede ser inmensa; por otro lado, si no existe no pasa nada en ambos casos.  Entonces, Pascal aconseja al ateo creer, a manera de una apuesta inteligente.  Lamentablemente su apuesta fracasa en múltiples maneras, que procuraré enunciar y explicar brevemente a continuación.
    Primero, en cuanto a las categorías en las que se pudiera clasificar el argumento, hay que recalcar que no es un argumento que busque demostrar o al menos fortalecer la idea de que Dios existe, sino solo de que es conveniente creer en Él.  La búsqueda de la verdad es sacrificada por completo o, en el mejor de los casos, relegada a ser solo una cuestión secundaria según esta línea de pensamiento.
    La siguiente falla radica en que el argumento tiene como premisa implícita que se pueden escoger las creencias, cuando es un hecho elemental que éstas se forman por procesos independientes a la voluntad del individuo.  Uno puede fingir creer una cosa u otra, o inclusive reprimirla si es el caso, pero no puede convencerse a sí mismo de que algo es cierto o falso meramente presionando un botón en el cerebro (o el alma, dirían algunos).
    Lo que la apuesta asume éticamente del dios y de los creyentes involucrados debería ser una señal de alerta clara para quienes lo proponen.  Primero, supone un dios que castiga la razón y la duda sincera, que recompensa la sumisión y la credulidad—aunque éstas sean fingidas—y que no tiene más criterios para premiar o castigar que eso.  El dios que propone Pascal no recompensa la vida virtuosa, sino solamente la fe (que no es una virtud, por cierto).  Por otro lado, supone un creyente deshonesto que cínicamente finge lo que le conviene—¿es esto lo que pensaba Pascal de sí mismo o de sus correligionarios?
    Siguiendo con las premisas implícitas en el argumento, se puede identificar una falacia de petición de principio: se supone que Dios recompensará a los que crean en Él, pero eso es precisamente un punto que un ateo consideraría como pendiente de demostrar, a lo que se le agregaría además la inevitable pregunta: ¿cómo sabe Pascal cuál dios existe?  No es como si en algún momento algún teólogo católico hubiera demostrado que los demás dioses no existen y el dios cristiano sí; pudiera haber una multitud de dioses, o ningún dios, o un dios heterodoxo que recompensa a los que dudan y castiga a los que creen, u otro dios que recompensa a los musulmanes pero no a los cristianos, o un dios deísta que no castiga ni recompensa, o un dios que existe pero una post-vida que no, o múltiples reencarnaciones, y así hasta el infinito.
    Esto lleva a la contra-apuesta que pudiera proponer el ateo, en donde se supone un dios virtuoso que recompensa la vida bien vivida.  Si el dios que asume Pascal es perfectamente bueno (los creyentes nos repiten esto ad nauseaum), tiene que valorar las buenas acciones por encima de la sumisión interesada—entonces, la matriz de decisiones da resultados equivalentes para creyentes y no-creyentes por igual, y básicamente los primeros están perdiendo su tiempo con los rituales y normas religiosas que siguen.  Extendiendo el escenario un poco más, bien pudiera ser que los creyentes estén haciendo mal en sus prácticas religiosas sin saberlo, lo que pudiera llevarlos a la perdición si el supuesto dios valora lo bueno y castiga lo malo.
    Desgraciadamente ninguno de los anteriores es, por mucho, el peor aspecto del argumento: para eso compiten los siguientes dos puntos.  Primero—y más obviamente, diría yo—está el hecho transparentemente claro de que las creencias religiosas tienen costos.  Dependiendo de la religión que se practique, éstos pudieran llegar desde los medianamente inconvenientes (no poder comer ciertos alimentos) hasta los fatales (negación de tratamientos médicos).  Todos los días podemos ver los costos sociales de la religión y otras supersticiones tan solo leyendo las noticias.  No voy a enumerar aquí todos los problemas que la humanidad se pudiera ahorrar si adoptara una visión racional de la realidad—no me alcanzaría el espacio y ya he escrito sobre ello en otros artículos.  No voy a decir tampoco que todos los problemas tengan su origen en la superstición necesariamente; lo que estoy diciendo es que no hay un solo ejemplo en la historia de la humanidad en la que una civilización cayera en caos y maldad porque sus habitantes se volvieron demasiado razonables.
    Finalmente, la apuesta de Pascal en sus varias formas demuestra una apabullante falta de reflexión e introspección por parte de quien la propone.  Todos los puntos anteriores están perfectamente al alcance de la comprensión de cualquier persona, creyente o no, y sin embargo los fieles que dicen  que “No se pierde nada con creer” demuestran que no los han considerado ni remotamente; esto habla muy mal de su esfuerzo para informarse acerca de la cuestión y, si de por sí el ateo tiene la ventaja en cuestión de argumentos, con éste el religioso le concede varios puntos éticos y teológicos también.  Por si esto no fuera suficiente, además nos pone a los ateos en defensiva, y con buena razón: si nos acercáramos a los fieles diciéndoles que tenemos un argumento que los va a convencer de no creer, y si el argumento tuviera implícita la premisa de que los creyentes son cínicos interesados y deshonestos, se nos acusaría de toda cantidad de cosas:  insensibles, ofensivos, arrogantes (de hecho ya se nos acusa de eso por hacer mucho menos, como tan solo hacer preguntas).  Por último, el que promueve la apuesta de Pascal en cualquiera de sus formas como un buen argumento demuestra que no ha reflexionado en las razones por las que él mismo cree, ni mucho menos las razones por las que otros no creen.  Es decir, en este caso, que el creyente debería preguntarse a sí mismo antes de preguntar al ateo: “¿Y si yo estoy equivocado, qué? ¿Este argumento me convencería a ?  ¿Es esto por lo que creo yo?”


Enlaces de interés:
Discusión filosófica extensa y sofisticada sobre el tema.
El punto de vista estrictamente ateo: aquí y acá.

martes, 22 de enero de 2013

Sobre las Fallas Morales Fundamentales del Cristianismo

Prácticamente existe un cristianismo distinto por cada persona que se dice cristiana.  Los tres grupos mayores son los católicos, los ortodoxos y los protestantes; entre ellos existen diferencias considerables.  Pero aun dentro de cada uno de éstos se encuentran más diferencias; por cada individuo que se dice cristiano, hay otro que dice que aquel no es un cristiano de verdad.  Sin embargo, existen algunas creencias de carácter fundamental comunes a la mayoría.
    Palabras más, palabras menos, los cristianos creen en un dios omnipotente, que todo lo sabe y que es perfectamente bueno.  Para lograr el perdón de los pecados de los humanos, este dios sacrificó a Cristo, su hijo (o él mismo, dependiendo del cristiano con el que se converse) y demostró la divinidad de éste resucitándolo al tercer día.  Cristo es considerado un ser humano moralmente ejemplar, si no es que el mejor de toda la historia.  Básicamente, eso es todo lo que se puede decir si se quiere abarcar la mayor cantidad de cristianismos posible.  Pudiéramos agregar, quizá, que muchos cristianos creen que la salvación de las personas--exactamente de qué, hay muchas creencias distintas--depende de que se acepte plenamente que este sacrificio se hizo teniéndolo a uno en cuenta, y la vida terrenal es básicamente una prueba.
    No quiero argumentar aquí acerca de la verdad o falsedad de éstas creencias; más bien, quiero analizarlas moralmente.  Mucha de la discusión en torno a la religión se centra en su veracidad, pero yo creo que vale la pena analizar más su desempeño moral, simplemente desde el punto de vista de una persona moralmente promedio que tiene algo de curiosidad al respecto.

*   *   *

Imaginemos al capitán de un barco al que le está entrando agua, quizá porque chocó con un iceberg, y que se hunde lentamente en aguas heladas e infestadas de tiburones.  El bote está bajo su responsabilidad, y toda la tripulación está dispuesta a seguir sus órdenes.  Para lograr salvar al barco, es necesario cerrar compuertas y escotillas para contener la inundación, cosa que el capitán puede ordenar.  El único problema es que, dentro del área que se va a aislar, se encuentra su hijo, quien moriría ahogado si procede.  ¿Cómo debe proceder?  Lamentablemente para el capitán, salvar su barco y las vidas de todos los demás tripulantes depende de que esté dispuesto a sacrificar a su hijo.  Su situación no es nada envidiable.
    Ahora, supongamos que el capitán de dicho barco es omnipotente.  ¿Cómo cambia la situación?  En primer lugar, podría simplemente reparar la fuga al instante, o evitar que sucediera en primer lugar.  Aun si optara por no repararla, podría encontrar una manera de sacar a su hijo del área que se inunda antes de que fuera indispensable sellarla.  Inclusive si sellara el área con su hijo dentro, podría todavía salvarlo de alguna manera.  Si agregamos que este capitán es perfectamente bueno, y que ama a su hijo y estima a su tripulación, necesariamente optaría por salvarlo y salvar al barco, por el método que fuera; la inacción sería lo único por lo que no optaría.
    Entonces, ¿porqué el sacrificio de Cristo?  ¿Acaso Dios no pudo  encontrar otra manera de perdonar los pecados de la humanidad mas que a través de un sacrificio humano (o de sí mismo)?  Al ser omnipotente y perfectamente bueno, hubiera podido lograr este propósito de una infinidad de maneras distintas que no implicaran la tortura y muerte de nadie.  "Hágase el perdón de los pecados" hubiera sido suficiente.  La conclusión debe ser que Dios no es omnipotente, o que no es perfectamente bueno.  Ambas opciones implicarían el derrumbe de la idea cristiana de Dios, pero la segunda también implicaría la inmoralidad de éste: teniendo el poder de evitar el sufrimiento, opta por él.  Pero hay una salida: quizá Dios simplemente no sabe cómo evitar el mal, aunque tenga el poder y la voluntad para hacerlo.  De cualquier manera, el supuesto sacrificio de Cristo--como ejemplo particular del Problema del Mal--demuestra una vez más cómo el dios cristiano pierde sentido cuando se ponen a prueba sus supuestos atributos de omnipotencia, omnisciencia y omnibenevolencia.
    ¿Y qué podemos decir de la tripulación?  En el caso del capitán común y corriente, los marineros obedecerían la orden de cerrar las compuertas, entendiendo que el sacrificio es por su bien, y admirando y compadeciendo al capitán.  Pero no es lo mismo si el capitán es omnipotente: al saber que su salvación no depende del sacrificio de nadie, se opondrían a tal sacrificio innecesario, aunque fuera por su bien.  Aunque alguno de ellos fuera responsable de poner al hijo del capitán en la zona de inundación, se opondría a su sacrificio, pues estaría consciente de que éste sería completamente innecesario.  Inclusive, podríamos decir que lo moral en ese caso sería que la tripulación se rehusara a cumplir la orden, y sobre todo a aceptar que el hijo del capitán está siendo sacrificado por culpa de ellos.*

*   *   *

Inclusive los seres humanos más sobresalientes son criticables en algún aspecto; es parte de su naturaleza humana ser imperfectos.  Tales son los casos de Isaac Newton, una de las mentes científicas más brillantes que ha dado la humanidad,  pero que era sumamente supersticioso e inclusive creía en la alquimia; los fundadores de Estados Unidos, hombres visionarios y auténticos intelectuales, autores de la primer constitución laica en la historia y también la primera en la que se estableció la libertad de expresión como un derecho fundamental, pero que dejaron pasar la oportunidad de abolir la esclavitud e inclusive la practicaron; o Ghandi, quien prácticamente inventó la resistencia civil, a pesar de ser un racista y fanático sectario.  Lo mismo aplica para personajes ficticios, tales como Hamlet o Fausto, a quienes vemos como más humanos gracias a sus defectos, y por ende valoramos y admiramos sus méritos.
    ¿Pero con qué estándar evaluamos a un personaje como Cristo?  Dejaré a un lado la cuestión de su dudosa existencia, al no ser necesaria para su evaluación moral, simplemente refiriendo al lector a que busque los trabajos de Richard Carrier, David Fitzgerald y Robert M. Price al respecto.  Para el próximo análisis basta suponerlo un personaje como Sócrates, que bien pudo existir solo en los Diálogos de Platón, pero a fin de cuentas son sus ideas las que importan.  Sin embargo, en este caso no se trata de un personaje histórico ni literario, sino uno religioso.  Por decir de sus seguidores, fue algo desde un humano sumamente iluminado hasta el mismísimo Dios hecho hombre (la naturaleza humana o divina de Cristo es una de las cuestiones que más dividen a los cristianos, inclusive a los teólogos más eruditos).  Bien, pues tomémosles la palabra.
    Dado que no existen fuentes históricas alternativas que hablen de Cristo (de nuevo refiero al lector a los autores antes mencionados, que abundan en este tema, además de Bart Ehrman), no queda opción mas que referirnos a los textos evangélicos, tal como nos referiríamos a los Diálogos de Platón para investigar las enseñanzas de Sócrates, y tal como supuestamente lo hacen los mismos cristianos.
    En primer lugar, Cristo nunca renuncia a las barbaridades del Viejo Testamento, desde las prohibiciones más absurdas hasta las órdenes más inhumanas; tan solo las recalca y las declara válidas para siempre, en Mateo 5:17-19:
"No creáis que he venido a anular la Ley o los Profetas.  No he venido a anularlos, sino a cumplirlos.  Porque yo os declaro solemnemente que aún cuando pasen el cielo y la tierra, ni una 'i' ni un puntito de la Ley pasará hasta que no se cumpla todo.  El que violare, pues, uno de esos pequeñísimos preceptos y enseñare eso a los hombres, pequeñísimo será considerado en el Reino de los Cielos..."
    Por si no había quedado claro, lo repite en Lucas 16:17: "Más fácil es que el cielo y la tierra se acaben, que anularse un solo punto de la Ley."  Quedan así validadas por Cristo la misoginia, la esclavitud, el genocidio, las ejecuciones por lapidación, el maltrato infantil y muchas otras barbaridades e inmoralidades que vimos por los cientos de páginas anteriores.
    Tomemos tan solo el caso de la esclavitud, tan promovida por Dios y practicada por los israelitas en el Viejo Testamento (y el Nuevo, por cierto).  Aquí se quedan cortos los pretextos usuales: que si eran otros tiempos, que si el contexto histórico, etcétera.  Se trata del hijo del omnipotente creador del universo.  Si tan solo les dijera a sus seguidores que la esclavitud estaba mal, le hubieran hecho caso.  De lo contrario, Dios podría mandar plagas o lo que fuera para hacer respetar la nueva ley; ciertamente era capaz.  Y vaya que hubiera ayudado al caso de Cristo como el perfecto redentor de la humanidad, si se hubiera adelantado siglos y proclamado a la esclavitud como un mal moral.  Pero Cristo no solamente no hizo esto, sino que hizo lo contrario.  Moralmente, reprobó.
    Otro ejemplo son sus enseñanzas en torno a la familia.  Contrario a lo que tantos cristianos dicen valorar, Cristo desprecia a las familias y se declara la causa de su ruptura (en eso sí ha tenido algo de éxito). Primero, da un incentivo a abandonar a los seres amados en Marcos 10:29:
"...En verdad os digo: no hay quien haya dejado casa, o  hermanos, o hermanas, o madre, o padre, o hijos, o tierras por mí y por el evangelio, que no reciba cien veces más ahora en esta vida, en casas y hermanos y hermanas y madre e hijos y tierras, con persecuciones, y la vida eterna en el otro mundo."
    Luego llega a lo siguiente, en Mateo 10:21:
"El hermano entregará a la muerte a su hermano, y el padre al hijo; y se levantarán los hijos contra los padres, y les darán muerte."
    Y remata enseguida, en 10:34: 
"No creáis que he venido a traer paz a la tierra.  No he venido a traer paz, sino guerra.  Porque he venido a dividir al hijo contra el padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra la suegra.  Y los enemigos del hombre, son los de su propia casa.  El que ame a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí.  Y el que ame a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí, y el que no tome su cruz y me siga, no es digno de mí."
    ¡El cordero de Dios, seguramente!  ¿Acaso es necesario abandonar a la familia para lograr la salvación?  (Vale la pena notar la sospechosa omisión de las esposas en estas proclamaciones.)  Recordemos la naturaleza del individuo del que estamos hablando: si fuera perfectamente bueno, y si fuera tan siquiera el hijo de un ser omnipotente, entonces encontraría una manera de acercar a la gente a él sin alejarla de sus seres queridos, y esto lo comunicaría de forma clara.  Moralmente vuelve a quedarse corto.
    Otro punto fundamental de debilidad moral en Cristo es la pasividad ante el mal que predicó.  En palabras de Edmund Burke, todo lo que se necesita para que triunfe el mal es que los hombres buenos no hagan nada.  ¿Qué hubiera sido de la Segunda Guerra Mundial si todos simplemente se rindieran ante los nazis?  Si Cristo fuera perfectamente bueno, entonces no soportaría la idea de que triunfara el mal, aunque fuera solo momentáneamente y solo en la vida terrenal.  Haría todo lo posible por evitarlo, aún cuando supiera que el bien triunfaría al final.
    Estos son tan solo unos pocos ejemplos de la inmoralidad de algunas de las enseñanzas de Cristo.  No todas son así, ciertamente, pero recordemos de quién estamos hablando.  Se supone que este fue un individuo tan puro y tan bueno, que su tortura y muerte valió más que la de cualquier persona que jamás haya existido.  De ser quien decía ser (o quienes sus creadores dijeron que era), no encontraríamos nada qué reprocharle en lo absoluto.  Aunque quizá haya sido moralmente novedoso para su época y su entorno, hoy el personaje de Cristo es moralmente primitivo.  Inclusive sus enseñanzas más benéficas fueron antecedidas--por varios siglos en algunos casos--por personajes más elocuentes y menos dogmáticos, tales como Sócrates, Demócrito, Epicuro y Confucio, por mencionar tan solo a unos pocos.

*   *   *

En cuanto a la salvación, las creencias varían bastante.   Para algunos cristianos, el alma de uno puede ir a dar al Infierno si no se acepta a Cristo plenamente antes de morir; para otros, el Infierno no es necesariamente un lugar real y quienes no crean son simplemente aniquilados.  Los criterios que determinan quién se salva y quién no son tantos como los hay cristianos, y las descripciones de lo que constituye a la salvación y a la perdición también.  Habiendo hecho esta concesión, analicemos la idea de la salvación un momento.**
    Primero, supongamos que Dios es omnipotente y que lo sabe todo.  Él determina los criterios para la salvación de las personas, sean los que sean.  Dado que lo sabe y lo puede todo, no hay nada que suceda sin que haya sido su intención.  Todo lo bueno que pasa, y todo lo malo, ya lo tiene previsto e inclusive planeado desde el inicio de los tiempos, pues lo sabe todo y lo puede todo.  Luego entonces, quienes rompan sus reglas lo están haciendo porque él lo planeó así; tan sólo están ejecutando su plan.
    ¿Qué sentido tiene entonces recompensar a los buenos y castigar a los malos?  ¿Podemos decir que un individuo merece la perdición, si fue diseñado así desde el principio, aunque él no lo quisiera?  Ciertamente, el dios bíblico es capaz de tal alevosía---continuamente manipula a las personas para luego castigarlas, por nada más que sadismo puro.  Pero la verdad es que la gran mayoría de los cristianos no creen en el dios bíblico, aunque digan que sí (esto es una consecuencia de que la mayoría de los cristianos simplemente no leen la Biblia; el dios en el que creen es perfectamente bueno, omnipotente y lo sabe todo, mientras que el dios bíblico no es ninguna de esas tres cosas).  La omnisciencia y omnipotencia de Dios automáticamente lo hacen responsable de todo; entonces, es injusto que él castigue a los individuos 'malos'.

*   *   *

¿Cuál es la importancia de estas conclusiones?  En general, los aspectos analizados aquí tienen poca relevancia para la vida práctica, inclusive la de un cristiano.  Las cuestiones que afectan más su visión moral son los detalles doctrinales secundarios, aquellos que son particulares de cada rama y denominación, e inclusive dependen del individuo.  Es cuando se consultan esos detalles que vemos que algunos cristianos sí consideran ciertas cosas como particularmente inmorales, como pudieran ser la homosexualidad, el aborto, la prostitución, la pornografía o la eutanasia.  Lo importante que hay que recalcar es que la mayoría de los cristianos son altamente éticos en su vida diaria a pesar de lo que dicen creer.  Esto se debe, quizá, a un alto grado de seccionamiento del pensamiento, en donde ciertas ideas están aisladas de la razón y la moral cotidianas, permitiendo al sujeto llevar una vida altamente funcional y ética, y rara vez dándose la disonancia cognitiva que debería surgir al criticar estas ideas con consistencia.



Un enlace sumamente útil: http://www.project-reason.org/scripture_project/

(*)La analogía del barco que se hunde tiene mucha tela de dónde cortar. Aquí dejo algunas consideraciones adicionales; seguramente puede sacársele aun más jugo, ejercicio que se le propone al amable lector.
    1. ¿Cómo cambiaría la situación si se tratara de un tripulante cualquiera al que se va a sacrificar, y no necesariamente al hijo del capitán, ya fuera el capitán común o el capitán omnipotente? ¿Acaso vale más la vida del hijo del capitán que la de otro tripulante que tuviera la mala suerte de encontrarse en el lugar equivocado, en el momento equivocado? El número total de vidas sacrificadas y salvadas sería el mismo.
    2. Suponiendo el caso del capitán omnipotente, ¿qué podemos decir acerca de un capitán que a propósito coloca a su hijo en el área de la inundación, sabiendo lo que iba a ocurrir y siendo esto innecesario para salvar al barco y al resto de la tripulación? ¿Y cómo afecta esto a la relación entre el capitán y el resto de la tripulación? Supongamos que la tripulación se negó a sacrificar a nadie, por ser esto innecesario para su salvación. Adicionalmente, supongamos que el capitán, haciendo uso de su omnipotencia, decidió cerrar las escotillas y compuertas él mismo--sin la tripulación--para sacrificar a su hijo y salvar al barco. Ciertamente, la tripulación le debe la vida al capitán, pero ¿es acaso responsable la tripulación por la muerte del hijo del capitán? Obviamente no.
    3. Acercando más la analogía a la situación que creen los cristianos, consideremos lo siguiente: solamente una porción pequeña de la tripulación sabe que (1) quien se encuentra en la mala posición de estar a punto de ser sacrificado es hijo del capitán y (2) que el capitán es omnipotente. Estas personas tendrían entonces el deber moral de oponerse al sacrificio y desobedecer las órdenes. Sin embargo, ninguna de estas personas se encuentra entre los que materialmente van a ejecutar la orden de sellar el área y contener la inundación, pues se encuentran en otra sección del barco o haciendo otras tareas. Los autores materiales de las órdenes sí saben que morirá alguien si obedecen, pero desconocen su relación con el capitán y desconocen la naturaleza omnipotente de éste. Hasta donde ellos saben, están siguiendo órdenes necesarias para salvar al barco, y la muerte de quien se encuentre en la zona inundada es un hecho trágico, pero necesario y éticamente justificado. ¿Qué responsabilidad puede atribuírsele a éstos tripulantes por el sacrificio del hijo del capitán (que además realmente es un sacrificio innecesario)? Acercando aún más la analogía a la creencia cristiana, ¿qué responsabilidad tienen las familias de los tripulantes, e inclusive sus descendientes, en las acciones de éstos? Acaso el tataranieto de alguno de ellos--que no estuvo presente en los hechos, que no tiene conocimiento de ellos y que, de haber estado presente e informado plenamente acerca de la situación, se hubiera opuesto al sacrificio innecesario--tiene alguna responsabilidad o culpa?
    4. Por último, supongamos que el capitán omnipotente se las ingenió para salvar a su hijo después de que sus tripulantes ingenuos cerraran las compuertas, y sin protesta de los pocos que estaban al tanto de lo que realmente estaba sucediendo. Supongamos que todo fue una simulación, planeada con anterioridad y alevosía, y que realmente el hijo del capitán alcanzó un bote salvavidas y escapó, e inclusive hubo gente que lo vio sano y salvo tres días después. ¿Qué pasaría si el sacrificio del hijo del capitán realmente no fuera un sacrificio? ¿Qué podría reclamarle el capitán entonces a su tripulación, tanto a los ingenuos como a los otros, en cuanto a que supuestamente su hijo murió por ellos? ¿Qué podría reclamarle a las familias de los tripulantes y sus descendientes, si todo fue un montaje para chantajearlos moralmente?
 
(**) Aquí vale la pena mencionar las condiciones que se imponen para lograr la salvación, según algunos cristianos.  Básicamente, Dios es como un jefe mafioso que hace a los humanos "una oferta que no puedan rechazar": por un lado les ofrece la salvación, a cambio de su sumisión/credulidad; por otro lado, les da la "libertad" de no someterse y de no creer, pero con la pena de pasar una eternidad en Infierno.  ¿Qué clase de libertad es esa?  En realidad no es más que una vil amenaza, tal como la haría un gángster, solo que en este caso es un gángster moral.  Por lo tanto, el perdón de los pecados que se ofrece no es un perdón auténtico, simple y llano; más bien es un perdón a medias, condicional y chantajista.


martes, 26 de junio de 2012

Los Nuevos Mandamientos

Christopher Hitchens

¿Qué decimos cuando queremos volver a visitar una política o esquema de antaño que ya no parece estar sirviéndonos, o que ha dejado de producir resultados útiles? Comenzamos por decir tentativamente: “Bueno, no está escrito en piedra.”

Por eso, la gente se refiere a que no es una de las inmutables Tablas de la Ley. Por tanto, fetiches más recientes tales como el estándar de oro, o la supuestas leyes del libre mercado, pueden ser descartadas por no estar inscritas en granito o marfil. ¿Pero y qué si es la versión original, escrita en piedra, la que necesita una reedición? ¿Quién tomará un cincel revisionista?

Hay, de hecho, un buen precedente bíblico para hacer justamente eso, dado que la dación de las Leyes Divinas por parte de Moisés aparece en tres o cuatro descripciones grandemente distintas en las escrituras. (Cuando escuche que la gente quiere que los Diez Mandamientos sean inscritos en juzgados y escuelas, siempre asegúrese de preguntar cuáles. Siempre funciona.) El primer y más conocido conjunto aparece en Éxodo, capítulo 20, pero termina con el mismísimo Moisés rompiendo lo que serían los artefactos más sagrados en la historia del hombre: los paneles originales de Escritura Sagrada escritos por Dios mismo. La segunda edición ocurre en Éxodo, capítulo 34, cuando nuevas tablas son presentadas después de una sesión celestial de re-escritura y por primera vez se les refiere como “Los Diez Mandamientos”. En el quinto capítulo de Deuteronomio, Moisés vuelve a convocar a su gente y vuelve a recitar el discurso del Sinaí, si bien con una alteración altamente significativa (las justificaciones para el mandamiento sobre el Sábado difieren enormemente). Pero, descontento con el efecto de esto, convoca al rebaño otra vez 22 capítulos después, a la vez que el río Jordán se vislumbra, y da un conjunto adicional de órdenes—principalmente maldiciones tersas—que también son inscritas en piedra. Tal como con las placas de oro en las que Joseph Smith encontró el Libro de Mormón, no sobrevive ningún trazo de ninguna de estas tablas originales.

Por tanto, estamos completamente justificados en considerarlas una obra en proceso. ¿Pudiera ser que hay algunos viejos mandamientos que pudieran ser retirados, así como unos nuevos que pudiéramos adoptar? Tomando los “Top 10” en orden, encontramos (estoy usando la versión del Rey James, o la versión “Autorizada” del texto):

I y II

Estos mandamientos son realmente una mezcla de órdenes relacionadas. “Yo soy el Señor tu Dios... no tendrás otros dioses ante mí”. El uso de mayúsculas lleva la intrigante implicación de que quizá haya otros dioses, pero no tan merecedores de respeto y asombro. (Los estudiosos difieren acerca de la época en la que los Judíos se decidieron por el monoteísmo.) Entonces le sigue la prohibición sobre las “imágenes talladas”, y de hecho de “cualquier representación de lo que está en el cielo, o debajo de la tierra, o bajo el mar.” Esto parece prohibir el arte sacro, tal como algunos musulmanes interpretan al Corán como prohibitivo de cualquier forma humana, sobre todo las sagradas. (Ciertamente parece desincentivar la iconografía cristiana, con sus crucifijos y estatuas de vírgenes y santos.) Pero la prohibición es claramente enfática, ya que viene acompañada del recordatorio de que “yo el Señor soy un Dios celoso, castigando las iniquidades de los padres sobre sus hijos, hasta la tercera y cuarta generaciones.” El castigo colectivo de niños futuros, por el pecado de lèse-majesté, no le puede parecer a cualquiera una promesa especialmente moral.

III

“No tomarás el nombre del Señor en vano, porque el Señor no considerará libre de culpa a quien tome su nombre en vano.” Aquí se toca una nota ligeramente quejumbrosa y repetitiva, como de vanidad herida. Nadie sabe cómo obedecer este mandamiento, o cómo evitar la blasfemia o la profanidad. Por ejemplo, yo digo “sabrá Dios” cuando realmente quiero decir que “nadie sabe”. ¿Es esto ontológicamente peligroso? ¿No deberían ser las leyes inalterables más claras e inequívocas?

IV

“Recuerda santificar el sábado”. Éste mandamiento ostensiblemente breve se prolonga mucho—cuatro versos, de hecho—y enfatiza la importancia de un día dedicado al Señor, durante el cuál ni los niños, ni los siervos, ni los animales de uno deben tener permitido hacer ninguna tarea. (Pregunta: ¿Por qué se dirige específicamente a gente que tiene servidumbre?)

Nadie se opone a un día de descanso. El movimiento comunista internacional comenzó proclamando un paro en favor de una jornada de ocho horas el primero de mayo de 1886, en contra de patrones cristianos que usaban labores infantiles siete días a la semana. Pero en Éxodo 20:8-11, la razón para el día de descanso es que “en seis días el Señor hizo el cielo y la tierra, y todo lo que hay en ellos, y descansó en el séptimo.” Sin embargo, en Deuteronomio 5:15 se da una razón distinta para observar el asueto: “Recuerda que eras un sirviente en la tierra de Egipto, y que el Señor tu Dios te sacó de ahí con su mano poderosa: por lo tanto el Señor tu Dios te manda a tener un día de asueto”. Aunque esto pueda ser preferible, con su recordatorio de una servidumbre previa, nuevamente encontramos señales mixtas aquí. ¿Por qué no se puede descansar por su propio mérito? Además, ¿por qué no puede el infalible y omnisciente decidirse sobre cuál es la razón?

V

“Honra a tu padre y a tu madre”. Inocuo como parece ser, éste es el único mandamiento que viene con un aliciente en vez de una amenaza. Las versiones en Éxodo y Deuteronomio son las mismas: “para que tus días puedan ser largos en la tierra que el Señor tu Dios te da.” Esto quizá tiene la ligera sugerencia de ser respetuoso a Papá y Mamá para obtener una herencia—los Israelitas ya fueron prometidos a éstas alturas las tierras de los cananitas, así que el futuro botín de bienes raíces parece cuantioso. De nuevo, ¿por qué no proponer el amor a los padres como algo bueno por sí mismo?

VI

“No matarás”. Éste mandamiento tan celebrado obviamente no puede significar lo que parece decir en la traducción. En el hebreo original, resulta ser algo más equivalente a “No cometerás asesinato.” Podemos estar más bien seguros de que la intención original no es de ninguna manera pacifista porque, inmediatamente después de romper las tablas en un episodio de ira, Moisés convoca a su facción levita y le dice (Éxodo 32:27-28):

Dijo el Señor Dios de Israel, que cada hombre tome su espada, y que vaya de puerta en puerta por el campamento, y mate cada hombre a su hermano, y cada hombre a su amigo, y cada hombre a su vecino. Y los hijos de Leví hicieron como dijo Moisés; y murieron de la gente ahí aproximadamente tres mil hombres.

Con su introducción de seis palabras, ésa orden también constituía una clase de “mandamiento”. Todo el libro de Éxodo es un entorno rico en mandamientos, contaminado con otras feroces órdenes de matar gente por todo tipo de ofensas menores (incluyendo violaciones del Sábado) y también incluye el siniestro, ominoso verso “No tolerarás a los hechiceros,” que fue tomado por cristianos como una instrucción divina hasta hace poco en la historia humana. Algo de trabajo se requiere aquí: ¿Qué es asesinato en primer o tercer grado y qué no? Distinguir matar de asesinar no es un trabajo fácilmente apto para mortales: ¿qué vamos a hacer si Dios mismo no puede determinar la diferencia?

VII

“No cometerás adulterio”. Por alguna razón, “el séptimo” es el único de los mandamientos que es todavía bien conocido por su número. El conocimiento carnal extramarital probablemente era una amenaza mayor para la sociedad cuando las familias y tribus eran más cercanas y más unidas por estrictos códigos de honor. Habiendo proveído la materia prima para la mayoría de las obras de teatro y novelas publicadas fuera del Medio Oriente, el adulterio sigue siendo una gran fuente de miseria, júbilo y fascinación. La mayoría de los códigos criminales ya han dejado a un lado el intento de castigarlo por ley: sus recompensas y castigos son cuidadosamente administradas por sus practicantes y víctimas. Quizá no merezca estar agrupado con el asesinato y el perjurio, lo que nos lleva a:

VIII

“No robarás.” Nada qué alegar aquí. Aquellos que han trabajado duro para adquirir un poco de propiedad están justificados en resentir a aquellos que roban en vez de laborar, y cuando la sociedad evolucione a un punto en el que haya riqueza que no le pertenece a nadie—propiedad pública o social—aquellos que la saquean para obtener beneficio privado serán merecidamente tratados con odio y desprecio. Admitidamente, la prosperidad de algunas familias y haciendas también está fundada en un robo original, pero en ese caso el mismo principio de desaprobación puede aplicar.

IX

“No levantarás falso testimonio en contra de tu prójimo.” Ésta es quizás la ley más sofisticada en el Decálogo. La sociedad humana es inconcebible a menos que las palabras tengan un valor, y en disputas legales demandamos rigurosamente el tomar juramentos que conllevan serias penas por el perjurio. Hasta recientemente, mucho testimonio ante el Congreso se tomaba sin que los testigos “juraran”: esto llevó a muchas mentiras oficiales. Nada enfoca más la atención que un recordatorio de que uno está bajo juramento. La palabra “testigo” expresa uno de nuestros conceptos más nobles. “Atestiguar” es una alta responsabilidad moral.

Nótese también, cómo este mandamiento es relativamente flexible. Su fulcro es la frase “en contra”. Si se está bastante seguro de la inocencia de alguien, y se oscurece la verdad tan solo un poco en el estrado, se es entonces técnicamente culpable de perjurio y puede uno sentirse inquieto en privado. Pero si se miente de manera consciente para lograr culpar a alguien que no es culpable, se ha hecho algo irremediablemente profano.

X

“No codiciarás la casa de tu prójimo, ni su esposa, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea suyo.” Hay varios detalles que hacen de este quizá el más cuestionable de los mandamientos. Uno no puede evitar notar de nuevo que, tal como el mandamiento sobre el asueto, está dirigido a la clase poseedora de esclavos y propiedad. Además, se agrupa a la esposa con el resto de las pertenencias (y en una época donde además podía haber más de una esposa por cada prójimo).

Nótese también que no se está sancionando ni promoviendo un acto en específico. En vez de ello, esta es la primera—pero no la última—introducción en la Biblia del concepto totalitario del “crimen de pensamiento”. Se le está diciendo a uno, en efecto, que ni siquiera piense algo. (Jesús de Nazareth en el Nuevo Testamento lleva esto a otro nivel, anunciando que aquellos con lujuria en su corazón ya han cometido el pecado del adulterio. En ese caso, a uno lo podrían colgar—o lapidar—por un pensar en un buey o un asno.) Legisladores sabios saben que es un error promulgar legislación que es imposible obedecer.

Hay más cosas qué objetar. Desde el punto de vista “de izquierda”, ¿cómo es moral prohibirle a la gente que considere las ganancias de los ricos como indebidas, o de demandar una distribución más justa de la riqueza? Desde el punto de vista “de derecha”, ¿por qué es perverso el ser ambicioso y adquisitivo? ¿Y acaso no es la envidia un gran motivador de emulación y competencia? Alguna vez tuve un debate sobre estos puntos con el rabino Harold Kushner, autor de aquel texto consolador, Cuando Cosas Malas le Pasan a Gente Buena, y él me dijo que hay un argumento erudito Talmúdico, o midrash, que mantiene que “prójimo” en este caso realmente se refiere solamente al vecino de la casa de al lado. A propósito, hay argumentos persuasivos de que “prójimo” en la mayor parte de la Biblia se refiere solamente a “otros Judíos”. Pero parece un desperdicio de mandamiento si se acota solamente a los Joneses o los Semitas.

*   *   *

Lo que emerge de este primer repaso es esto: los Diez Mandamientos fueron derivados de ética situacional. Muestran todos los síntomas de haber sido hechos por hombres e improvisados bajo presión. Se dirigen a una tribu nómada cuya principal economía es la agricultura primitiva, y cuya riqueza se cuenta en unidades de gente y también de animales. También son dirigidos a un grupo que ha sido prometido las tierras y rebaños de otras tribus: los amalecitas y medianitas y otros a los que Dios ordena matar, violar, esclavizar o exterminar. Y esto también es importante, porque en cada paso de su arduo viaje se le recuerda a los israelitas apegarse a las leyes; no porque son justas en sí, sino porque les llevarán a ser conquistadores (de la única parte del Medio Oriente que no tiene petróleo, por cierto).

Entonces: ¿cómo podar y cómo enmendar? Los números del I al III pueden simplemente suprimirse, ya que no tienen nada que ver con moralidad y son solamente una largo despeje de la garganta por un dictador excéntrico. El mero temor de una autoridad invisible no es una buena base para la ética. La prohibición sobre la escultura y arte pictóricos también debe ser levantada. El número IV pudiera quizá quedarse, aunque los periodos de descanso no son exactamente un imperativo ético y son demandados tanto por lo práctico como por lo divino. Por lo menos, si se remueven los redundantes versos primero, tercero y cuarto (ninguno de los cuales puede posiblemente aplicar para los no-judíos), el número IV sí parece implicar que hay derechos así como obligaciones. Para millones de personas por miles de años, el Sábado se convirtió en un pesado yugo de obligación y observación estricta, en vez de un día de recreación y ocio. También llevó a hipocresías absurdas que parecen tratar a Dios como un tonto: no se dará cuenta si hacemos que el elevador se detenga automáticamente en cada piso, para que ningún judío piadoso tenga que presionar un botón. Esto es malsano y excesivo.

En cuanto al número V, por supuesto que hay que respetar a los mayores, pero ¿por qué no hay nada prohibiendo el abuso infantil? (La insolencia por parte de los niños se castiga con la muerte, de acuerdo a Levítico 20:9; tan solo unos cuantos versos antes de que se dé la pena de muerte por la homosexualidad también.) Un niño cruel o grosero es algo molesto, pero un padre cruel o brutal puede hacer infinitamente más daño. Y aun así, en una larga y exhaustiva lista de prohibiciones, la negligencia o sadismo parentales nunca se condenan. Nota para el Sinaí: corregir esta omisión.

Número VI: Nótese que los sistemas meramente humanos han progresado desde que distinguen distintas escalas morales de homicidio. Nota para el Sinaí: ¿Eres moralmente absoluto o no? Si sí, ¿qué hay de los pobres medianitas masacrados?

Número VII: Me parece bien si es necesario, pero ¿es adulterio la poligamia? Además, ¿no pudo ser que la monogamia permanente fuera más consonante con la naturaleza humana? ¿Por qué crear gente con lujuria en sus corazones? Por otro lado, ¿qué hay de la violación? Parece ser muy recomendada, junto con el genocidio, esclavitud e infanticidio en Números 31:1-18, y seguramente parece una versión extrema del sexo fuera del matrimonio.

Números VIII y IX: Admirables. También cortos y al grano, con un matiz útil en el uso de la frase clave, “en contra”.

Número X: Le hace mal a las mujeres al considerarlas propiedad, y también requiere espionaje permanente de los pensamientos privados. Es siniestro y tiránico en cuanto a que no puede ser obedecido, y por lo tanto hace pecadores inclusive a gente atenta.

*   *   *

Intento lo más que puedo el no ver las cosas a través de un cómodo prisma posterior. Sólo el Todopoderoso puede evaluar cuestiones sub specie aeternitatis: desde el punto de vista de la eternidad. Uno también debe evitar el relativismo cultural e histórico: no tiene caso pedirle retroactivamente a los Hijos de Israel que desarrollen una teoría de los gérmenes (para que dejen de confundir las enfermedades con castigos divinos) o que entiendan astronomía (para que no se hagan predicciones tontas y presumidas basadas en las estrellas y los planetas). Aun así, si pensamos de los males que pueden aquejar a la humanidad hoy en día, y que son creados por el hombre y no por la naturaleza, seríamos moralmente insensibles si no nos opusiéramos al genocidio, la esclavitud, la violación, el abuso infantil, la represión sexual, el crimen de las clases élites, la destrucción desconsiderada del mundo natural, y la gente que se la pasa parloteando en su celular en restaurantes. (Además, para la gente que se mata a sí misma y a otros mientras grita “Dios es grande”: ¿es eso tomar el nombre de Dios en vano o no?)

Es difícil tomarse a uno mismo con seriedad suficiente cuando empieza una frase con las palabras “No has de.” Pero uno puede decir con confianza:

  • No condenes gente en base a su etnicidad o color.
  • Nunca uses gente como popiedad privada.
  • Desprecia a aquellos que usan o amenazan violencia en una relación sexual.
  • Oculta tu rostro y llora si te atreves a lastimar a un niño.
  • No condenes a las personas por su naturaleza innata--¿por qué crearía Dios a tantos homosexuales, tan solo para torturarlos y destruirlos?
  • Sé consciente que tú también eres un animal y dependes de la red de la naturaleza, y piensa y actúa de acuerdo con ello.
  • No imagines que puedes escapar ser juzgado si le robas a la gente con un falso prospecto en vez de un cuchillo.
  • Apaga tu maldito celular—no tienes idea lo no importante de tu llamada para nosotros.
  • Denuncia a todos los yijadis y cruzados por lo que son: criminales psicóticos con feos delirios.
  • Estate dispuesto a renunciar a cualquier dios o religión si sus mandamientos contradicen cualquiera de los anteriores. En breve: no se trague su código moral en forma de tabletas.

 

Traducción: Héctor Mata

Conferencia de Hitchens sobre el Tema:

Video para la revista Vanity Fair (lugar original de publicación del artículo):



miércoles, 20 de junio de 2012

El Antiteísmo: Felicidad Y Alivio De Que Dios No Existe

Comúnmente, las razones para dudar de la existencia de Dios son más bien del tipo intelectual.  Por medio de un análisis lógico riguroso de los argumentos, aunado a un escrutinio de la evidencia, en conjunción con algo de honestidad intelectual, concluir que el Dios de Abraham no existe es no solamente fácil sino, para muchos, inevitable.  Sin embargo, existe un gran número de ateos y agnósticos—difícil saber exactamente qué proporción—que quisieran que fuera cierto que Dios existe.  Inclusive llegan al punto de expresar decepción en sí mismos por no ser capaces de creer, y de admirar y respetar a la “gente de fe”.
    Sin embargo, existimos muchos ateos más para los cuales este no es el caso—también es difícil estimar cuántos somos, pero definitivamente no somos la mayoría.  Para algunos cuantos, la existencia de Dios les es indiferente desde un punto de vista emotivo o moral una vez que se concluye que no existe (Después de todo, ¿cuánta gente está “feliz” de que no exista, digamos, Drácula?).  Para otros, sin embargo, nos provoca auténtica felicidad y alivio nuestra conclusión.  Sobra decir que no tenemos ni el menor deseo de “poder creer” como los fieles e, inclusive, nos atrevemos a despreciar y faltar el respeto a la “fe”.  Ésta posición, rara vez articulada en voz alta o medios impresos por inclusive los más atrevidos de los ateos, es conocida como antiteísmo.
*   *   *
¿Qué lleva a uno a sentir tal alivio?  ¿Es acaso consolador el pensar en que esta vida es la única, y en que nuestros seres amados desaparecerán de nuestras vidas para siempre, y nosotros de las de ellos, sin posibilidad de una reunión?  ¿Es reconfortante el prospecto de la aniquilación definitiva?  ¿Tiene propósito una vida a la que no le sigue nada al final, sin ninguna evaluación, premio, castigo, ni rendición de cuentas?  Éstas y muchas preguntas más son lo que lleva a muchos creyentes a pensar que los ateos somos seres deprimidos, atormentados, pesimistas y nihilistas; que somos psicópatas latentes al borde de pegarse un tiro en la boca después de hacer explotar un autobús lleno de niños; o bien, libertinos económicos y depravados maniáticos sexuales, sin amor ni respeto por nada más que el placer hedonista más vulgar, así sea a costa del bienestar de los demás.
    Sin embargo, los ateos somos tan morales—o más, diría yo, por razones que mencionaré más delante—que cualquier creyente.  Como mencionó Sam Harris—y como es bien sabido en la tradición de la filosofía y la ética desde hace miles de años—la moral humana precede por mucho a la religión.  (Para empezar, amable lector, considere el siguiente experimento mental: ¿Hubieran llegado los supuestos israelitas al Monte Sinaí pensando que el asesinato, robo y perjurio estaban bien?  ¿Acaso se sintieron sorprendidos y decepcionados de que resultara que ya no debían matar a su prójimo?)  Es precisamente este sentido moral el que nos permite evaluar—juzgar, inclusive—no solamente a los religiosos, sino a su Dios también.
    El hecho de no creer en Dios no es obstáculo para poder estudiarlo, del mismo modo que podemos estudiar a los personajes de los grandes clásicos de la literatura, por ejemplo.  Que Hamlet haya sido una invención de Shakespeare no trivializa—ni mucho menos invalida—los dilemas morales a los que se enfrenta, ni reduce el aprendizaje y disfrute del lector.  Así mismo, son los creyentes mismos los que nos cuentan la historia de su Dios y sus profetas; que Dios hizo esto, que Dios dijo aquello, que Moisés fue a tal lugar, que Jesús murió por tal razón.  Y tal como con un buen libro—o uno malo—podemos pensar en la trama, en los personajes, en las ironías, en los simbolismos; todo sin tener que creer que realmente sucedió.
    Es tan grande y constante la insistencia de los creyentes acerca de la verdad de sus religiones, que es para mí inevitable pensar en ello.  Desde que era niño y me di cuenta de que todos mis compañeritos en la escuela creían y yo no, me preguntaba qué pasaría si fuera cierto.  Diálogos internos como el siguiente merodeaban mi mente:
¿Y si fuera cierto que Dios me ama?  Yo no lo amo de regreso; ni siquiera creo en Él.  Suena como un tipo al que más vale amar, porque si no, te va a mandar al infierno.  Un momento: ¿por qué me manda al infierno si me ama?  Si el amor es incondicional, ¿por qué me pone la condición de que me someta a él?  Mi amigo Fulanito dice que es nuestra libre decisión, pero me suena más bien a una amenaza o un chantaje.  ¿Quién “escoge” irse al infierno?  ¿Y quién carajos “escoge” amar? Y si Dios todo lo puede y todo lo sabe, ¿puede alguien irse al infierno por error, contra sus planes? Evidentemente no.  Entonces, Él tiene previsto—no, planeado—desde un principio que ciertas personas no se van a salvar.  ¿Y cómo es eso entonces mi libre decisión, si Él sabe de antemano lo que voy a decidir?  ¿Y así es como me ama? Lo siento, mejor yo paso.

La lectura de la Biblia

Los creyentes cristianos, por tomar los más conocidos para un servidor, continuamente lo remiten a uno a leer la Biblia.  Supuestamente, dicho libro es una representación confiable—si no es que exacta, según algunos de ellos—de la naturaleza y carácter de Dios.  Por eso es frustrante que uno, cuando se pone a leer dicho largo y tediosísimo volumen, les mencione cosas incómodas y entonces empiecen a poner todo tipo de pretextos.  Considere el siguiente diálogo, basado en conversaciones reales que he tenido en mi vida con cristianos:
Yo: Oye, en la Biblia dice que Dios es amor.
Cristiano: Sí.
Yo: En la Biblia dice que Jesús murió por mis pecados y resucitó al tercer día.
Cristiano: Efectivamente, eso es lo que dice.
Yo: Acá en la Biblia dice que Dios creó el universo y todo lo que hay en él, incluyendo al hombre.
Cristiano: Sí, eso creemos.
Yo: OK, bien.  También dice en el Segundo Libro de Reyes, segundo capítulo, versos 23 en adelante, que unos niños se burlaron de un profeta porque estaba pelón.  Entonces, el profeta le pidió a Dios que interviniera—los maldijo en su nombre—y Dios mandó dos osos a despedazar 42 niños.
En ese momento, el cristiano ofrece cualquiera de los siguientes pretextos, en un intento ahora de decir que la Biblia no dice lo que dice:
  • Es que no estás leyendo el contexto. (Como si hubiera situaciones en las que está justificado despedazar niños.)
  • Es que eran otros tiempos. (Sócrates y Confucio también eran de otros tiempos, y no hubieran hecho eso.)
  • Es que eso es del Viejo Testamento. (Los Diez Mandamientos también: ¿entonces no cuentan tampoco?)
  • Es que tienes que interpretarlo, quizá solo fue una muerte espiritual. (Oh, vaya.  Qué consuelo.  ¿Y qué es eso del “espíritu”, exactamente? ¿Me lo puede mostrar?)
  • Es que tienes que ver el idioma original. (Como si la muerte en otro idioma fuera más agradable.)
  • Es que no tienes los conocimientos teológicos para interpretar. (¿Interpretar qué? Como si uno no supiera leer y ver que dice lo que dice.  ¿Y qué tal si le pregunto a un “teólogo” musulmán, o a un budista? ¿Acaso no son estudiosos ellos también?).
  • Es que como Dios es infinito, su justicia es infinita. (Entonces hubiera matado a una infinidad de niños.  ¿Y desde cuándo es más y más justo dar un castigo más y más desproporcionado?)
  • Y cuando se delatan por completo es cuando contestan con una pregunta, usualmente ésta: ¿Y quién eres para cuestionar a Dios?
    Digo que se delatan, porque ponen en evidencia que ellos no cuestionan a Dios.  Ese es el origen la religión y tantos otros problemas: que la gente no cuestiona.  Demasiadas veces, demasiada gente está contenta con ser ovejas; harán lo que sea, con tal de que El Gran Líder se haga cargo de ellas.  Pueden aniquilar a los pueblos vecinos (véanse los primeros 50 libros de la Biblia para muchos ejemplos); pueden estar dispuestos a matar a su propio hijo por capricho del Líder (véase la historia del idiota moral llamado Abraham); pueden quemar gente viva por pensar diferente (véase la Inquisición); en fin, abandonan no solamente su intelecto, sino también su moral, con tal de que el Gran Líder les dé un premio o no los castigue.  Y si no hay un Gran Líder, pues entonces a inventarlo.
    Y nótese también la disposición a poner el pretexto que sea para justificar la inmoralidad que sea, siempre que sea cometida por el Gran Líder.  Si un mortal cualquiera despedaza 42 niños, es un monstruo; pero si lo hace Dios, entonces es “infinitamente justo”.  Es el más descarado y vil relativismo moral masoquista.  (Es como si Dios dijera, cual jefe mafioso: “Haz lo que se te dice, no lo que se te muestra.  Yo te hice, yo te puede deshacer.  Sin mí no eres nada.”  Y entonces el idiota moral que es el religioso agacha la cabeza—o se pone de rodillas, más bien—y crea apologías para las atrocidades de su amo.)

El Dictador Omnipotente


¿Y cómo se compara la maldad del dios de Abraham con la de, digamos, los grandes genocidas de la historia?  Bien, una rápida búsqueda en Google de la frase “cuántos muertos en la biblia” es un buen punto para empezar, si no se ha leído la Biblia (algo que recomiendo enormemente; es la manera más rápida y confiable de crear ateos).  Dos de los enlaces más inmediatos están aquí y aquí.  Vale la pena mencionar que no son solo muertos; son gente que Dios mató Él mismo (si es omnipotente y omnisciente, en cierto modo Él es responsable de matar a todos, pero ese es otro artículo).
    En resumidas cuentas lo que quiero comunicarle al lector es lo siguiente: imagine al dictador más despiadado y cruel de la historia (Husein, Stalin, Hitler, Pol Pot, Mao) y entonces hágalo omnipotente.  Ése es el Dios de la Biblia.  ¿No es acaso un alivio saber que no existe?


martes, 12 de junio de 2012

El dios cristiano se disuelve con el Problema del Mal

 
…el personaje más despreciable de toda la ficción; celoso y orgulloso de ello; un mezquino, injusto, inclemente adicto al control; un limpiador étnico vengativo y sediento de sangre; un bravucón misógino, homofóbico, racista, infanticida, genocida, filicida, pestilente, megalómano, sadomasoquista y caprichosamente malévolo.
-Richard Dawkins, en El Delirio de Dios

¿Dios es bueno?

Yahvé es descrito por los cristianos como poseedor de ciertos atributos, como el ser perfectamente bueno (omnibenevolente), todo sabedor (omnisciente) y todo poderoso (omnipotente).  Pero los atributos del dios Yahvé, como es descrito en la Biblia, presentan un dios que no solamente no es todo amor, sino que también es iracundo, celoso, vengativo y simplemente perverso.  Si Yahvé es un dios omnibenevolente, omnipotente y omnisciente, esto es inconsistente con un mundo en el que exista el sufrimiento, y a esto se le conoce como el Problema del Mal.  El dilema para los cristianos es que si Yahvé lo puede y lo sabe todo, podría lograr cualquier tarea sin necesidad de sufrimiento; de lo contrario, no sería todopoderoso ni omnisciente. Si fuera omnibenevolente, querría crear un mundo sin dolor y sufrimiento, ya que estaría dentro de su poder y conocimiento hacerlo.  Pero claramente el dolor y sufrimiento existen en el mundo.  Por lo tanto, Yahvé no puede ser a la vez omnisciente, omnibenevolente, y omnipotente.
    Los cristianos enfrentan otro dilema en cuanto al Problema del Mal:  de acuerdo con la visión escatológica cristiana, nuestro dolor y sufrimiento son resultado del pecado cometido por Adán y Eva en el jardín del Edén.  Sin embargo, si se supone que Yahvé creó al Cielo sin dolor ni sufrimiento, también pudo entonces crear un mundo en el que Adán y Eva fuesen libres de ellos y sin la posibilidad de experimentarlos.  Si pudo crear tal mundo, pero decidió no hacerlo, entonces la mejor explicación para nuestro dolor y sufrimiento es que Yahvé es un sádico.  El hecho de que exista el Cielo sin pecado, dolor ni sufrimiento, es prueba de que Yahvé también pudo crear a la Tierra del mismo modo, pero eligió no hacerlo; en vez, optó porque a sus hijos los aquejaran el dolor y el sufrimiento.
 

La Naturaleza Divina

A los apologistas cristianos se les ha preguntado: “¿Cómo podemos ser libres en el cielo y no pecar?”.  Su respuesta ha sido que el hombre retiene su libre albedrío en el Cielo, pero pierde su capacidad para pecar.  ¿Cómo funciona esto? (Y qué conveniente, además.)  Nos dicen los apologistas que el dios cristiano le da a los humanos una nueva naturaleza divina cuando son “salvados”.  En ese momento se les inunda con el Espíritu Santo y se les da una nueva naturaleza, según 2 Pedro 1:4:
Porque por esto nos ha concedido sus promesas preciosas y magníficas, de modo que por ellas uno pueda ser parte de su naturaleza divina.
    Entonces, podemos ver que quienes son salvados tienen una naturaleza que es radicalmente distinta a la naturaleza pecadora que supuestamente se hereda de Adán y Eva.  Esta idea se basa en la concepción de San Agustín acerca del pecado original.  Supuestamente, esta nueva naturaleza es divina, acorde a todos los preceptos y leyes de Dios y—ya que obedece completamente a Dios—sin pecado alguno, tal como Jesús (Corintios 3:21; Mateo 5:17).  En referencia al problema del mal, el punto más significativo es que esta “naturaleza” Dios se la da a los hombres para que dejen de pecar, pero aún así se les considera como libres.  Esto apuntala el hecho de que Dios pudo haber creado al hombre de modo que fuese libre en la tierra y sin pecado en primer lugar—evitando así el dolor y sufrimiento.  Pudo habernos creado con naturaleza “divina” desde el principio pero, de acuerdo a los cristianos y la Biblia, optó por no hacerlo.  Nuevamente, la mejor explicación para esto es que, si Yahvé existe como se describe por los cristianos y la Biblia, entonces es un sádico y además egoísta porque—como algunos cristianos me han dicho—Yahvé creó al mundo para satisfacer sus necesidades—no las nuestras. 
    Parece ser, entonces, que Yahvé necesita el dolor y sufrimiento de sus hijos para satisfacer necesidades que Él tiene.  Dado que pudo haber creado un mundo libre de dolor, estas necesidades tendrían que ser de un corte sádico-masoquista.  Recordemos que todo el sufrimiento pudo haber sido evitado, si tan solo Dios hubiera creado un mundo en el que los humanos estuvieran “salvados”, poseedores de esta naturaleza divina, desde el principio.  Ciertamente, un dios sádico.
 

El Conocimiento del Bien y el Mal

Ahora, los cristianos pueden decir que si no viviéramos el dolor y sufrimiento, entonces no tendríamos conocimiento del “bien”.  Si este fuera el caso, entonces Yahvé no sería todo sabedor ni todo poderoso; porque si lo fuera, entonces pudo habernos creado con naturaleza divina, y entonces darnos el conocimiento del bien desde el principio sin tener que hacernos sufrir. 
    Con esto en mente, ¿cómo es que Dios sabe la diferencia entre el bien y el mal cuando, según los cristianos, Él tiene este conocimiento, pero no ha pecado?  ¿Cómo supo Yahvé acerca del dolor y sufrimiento antes de la caída del hombre?  No hubiera tenido experiencia del sufrimiento, pero debió saber lo que era ya que, supuestamente, él creó todo.  Por lo tanto, pudo habernos creado con una naturaleza divina, con todo y el conocimiento del bien y el mal, sin que tuviéramos que sufrir para ello.  La idea de que existe el dolor en la Tierra pero no en el Cielo es especialmente perversa si consideramos que entonces no hay nada qué aprender del dolor que se experimenta en la Tierra, ya que no se va a sufrir en el Cielo.  ¿Para qué hacernos sufrir si su intención y plan es que no suframos?
    Algunos cristianos explican el dilema diciendo que el propósito de Dios no es que las personas tengan vidas felices en la tierra.  Claramente, si nos basamos en la Biblia este punto de vista tiene algo de cierto.  De hecho, la Biblia nos dice que Yahvé es responsable de mucho en cuanto a la miseria del mundo se refiere (Él mismo admite haber creado el mal en primer lugar, en Isaías 45:7).  Vemos entonces cómo, según algunos de los propios cristianos, Yahvé es un sádico egoísta.  La siguiente es la explicación que alguna vez me dio un cristiano acerca del Problema del Mal:
Él sabía desde el principio que el hombre caería en pecado y que esto le dolería, pero creó al hombre de todos modos porque sabe el desenlace final y la alegría.  De un modo limitado, una persona puede advertirle a sus hijos acerca de los peligros de ciertas situaciones, sabiendo que algún día caerán en alguna.  En esos momentos uno sentirá arrepentimientos, aun sabiendo que ciertos sufrimientos son temporales.
    Esto, sin embargo, significa que Yahvé permite que niñas sean violadas, madres matadas a golpes, y gente inocente torturada—todo en nombre de la “alegría” que vendrá al final (el fin justifica los medios, pues).  ¿Esto significa, entonces, que Yahvé requiere el sufrimiento para poder experimentar la alegría?  Si Yahvé requiere que suframos para poder llegar a un “bien mayor”, cuando Él mismo podría detener el sufrimiento y aun así permitirnos la felicidad (de lo contrario no sería omnipotente), la cita anterior de todos modos dejaría a Dios como un sádico de proporciones épicas.
    Si es Yahvé el que “orquesta un mundo que cumple sus necesidades”, como algunos cristianos dicen, entonces esto también significaría que Yahvé necesita que se viole a pequeñas y se mate a golpes a mujeres.  De nuevo, estas no son las acciones de un dios amoroso, sino las de un dios egoísta y sádico.  Yahvé podría elegir que desaparecieran el dolor y el sufrimiento—pero elige no hacerlo.  Yahvé también pudo evitar el mal por completo si no lo hubiera creado en primer lugar. ¡Si no, entonces no sería omnipotente, omnisciente ni omnibenevolente!

La Formulación Lógica del Problema del Mal

Una de las muchas formulaciones del Problema del Mal es la siguiente, que se atribuye frecuentemente al antiguo filósofo griego, Epicuro:
Premisa 1: Si un dios perfectamente bueno existe, entonces no hay maldad en el mundo.
Premisa 2: La ausencia de maldad no existe en el mundo.
Conclusión: Por lo tanto, un dios perfectamente bueno no existe.
El argumento es de la forma lógica válida modus tollens, esto es: “Si P, entonces Q.  Si no Q, entonces no P”.  En este ejemplo, “P” es “Dios existe” y “Q” es “la ausencia de maldad”.  Otra versión más detallada:
Premisa 1: Dios existe.
Premisa 2: Dios es omnipotente, omnisciente y perfectamente bueno.
Premisa 3: Un ser perfectamente bueno querría prevenir todas las maldades.
Premisa 4: Un ser omnisciente sabe todas las maneras en que puede haber maldad.
Premisa 5: Un ser omnipotente que sabe todas las maneras que puede haber maldad, tiene todo el poder de prevenir que haya maldad.
Premisa 6: Un ser que sabe todas las maneras en que pueda haber maldad, y que pueda prevenir toda la maldad, y que quiera hacerlo, evitaría entonces que ocurriera la maldad.
Conclusión 1: Si existe un ser omnipotente, omnisciente y perfectamente bueno, entonces no debería existir la maldad.
Premisa 7: Existe la maldad (contradicción lógica).
Conclusión 2: No existe un ser omnipotente, omnisciente y perfectamente bueno (Dios).
    Como las fórmulas anteriores demuestran, dado que existe la maldad, es inconcebible pensar en Yahvé como un dios perfectamente bueno, todopoderoso y sabedor de todo.  (Además, si Yahvé es omnisciente, entonces sabe qué va a hacer a continuación.  Si es omnipotente, entonces puede cambiar de parecer; ¿pero qué pasa con su omnisciencia si cambia de parecer?  Sería inconsistente para un dios que lo sabe todo cambiar de parecer.)  Los cristianos intentan explicar esto argumentando lo siguiente:
1. Un ser bueno no siempre prevendrá la maldad.
2. No podemos saber lo que pasa en la mente de Dios.
3. El propósito del sufrimiento es un bien mayor.
    Dean Overman, en su libro Un Argumento para la Existencia de Dios dio el siguiente argumento contra el Problema del Mal:
El argumento asume que un ser bueno siempre va a prevenir el mal.  Pero esta suposición obviamente no es cierta en nuestras propias experiencias.  La gente buena no siempre previene el mal.  Por ejemplo, los padres pueden evitar que sus hijos anden en autos, porque los autos pueden tener accidentes.   Quizás una suposición más factible sea que un ser bueno siempre previene el mal, a menos que prevenir ese mal produzca que se evite un bien mayor o que se provoque un mal mayor.
    Lo que el Sr. Overman y muchos cristianos no reconocen en tales analogías, es que estamos hablando de Dios y no de seres humanos.  Se dice de Dios que es todo bueno, todo sabedor y todo poderoso, y nosotros como humanos no tenemos ni decimos tener estas propiedades divinas.  Estamos hablando de Dios, y si Dios fuera todopoderoso, podría prevenir el mal; si fuera todo sabedor, sabría cómo crear un mundo sin mal; y si fuera perfectamente bueno, no hubiera creado el mal en primer lugar.  Como indicó René Descartes, los cristianos tienen que dejar uno de los atributos de Yahvé, o de lo contrario su dios sucumbe ante al Problema del Mal.

Culpando a las Víctimas

Yahvé y el Problema del Mal también nos puede llevar en nuestro análisis a lo que se le conoce como “culpar a la víctima”.  Esto se da cuando la víctima de un crimen, accidente o cualquier tipo de maltrato abusivo es completa o parcialmente culpada por los hechos desafortunados que le suceden.  Tradicionalmente se practica en un contexto sexista o racista; sin embargo, también se presenta en el cristianismo.  El cristiano considera que, dado que su dios lo sabe y lo puede todo, y que es infinitamente justo y bueno, los problemas de las personas seguramente debieron ser provocados por ellas mismas.
    Si el dios cristiano es perfecto, entonces es lógico que hubiera creado un mundo perfecto también; pero esto se contrapone al mundo a veces perverso e injusto que habitamos.  Lo que es peor, es que si un dios perfecto no puede cometer errores, entonces creó un mundo imperfecto, con todo y maldad, a propósito.  La Biblia nos indica que esta es la situación, gracias a pasajes como “..toda decisión es del Señor” en Proverbios, 16:33.  Esto significa que no existe el libre albedrío, y que inclusive Adán y Eva no fueron responsables de traer el pecado al mundo, ya que fue parte del plan de Yahvé desde el principio.  Claro, esto es, si se cree que la Biblia es “palabra de Dios”.
Los problemas no terminan ahí: un dios que lo sabe y lo puede todo, también es entonces responsable por los desastres naturales que ocurren en el mundo: enfermedades, huracanes, terremotos y tsunamis que matan a millones de personas inocentes.  Los apologistas suelen decir que los desastres naturales son para el bien del planeta.  Pero nuevamente, un ser perfectamente bueno que lo puede y lo sabe todo encontraría una manera de lograr esos bienes sin tener que sacrificar vidas inocentes.
    Muchos cristianos también dicen que las enfermedades son resultado del pecado—inclusive el cáncer y otros males en bebés.  Esto, por supuesto, es ridículo, ya que sabemos que las enfermedades son causadas por diversas razones, incluyendo químicos en nuestro entorno—muchos de los cuales han sido puestos ahí por gente que cree que tiene dominio sobre la tierra (por ejemplo, cristianos) y que pueden hacer con ella lo que les plazca.  Decir que la enfermedad es causada por el pecado, sin embargo, significaría que los niños inocentes que mueren de cáncer tuvieron que haber pecado.  Esto significa que Yahvé está castigando niños inocentes por un supuesto pecado, mientras le permite a reclusos creyentes llevar una vida sana en la cárcel.











lunes, 12 de marzo de 2012

Hasta Luego A Un Enano Intelectual

Sobre el “Pensamiento” de Sandoval

Desde hace varias semanas quería escribir esto, pero dificultades de salud y de horarios me han estado limitando en mis publicaciones. Sin embargo, creo que es útil y apropiado decir algunas palabras acerca del pequeño alivio que hemos tenido los tapatíos en cuanto a la contaminación intelectual cotidiana se refiere.

    Sabrán, estimados lectores, que doy un vistazo general a publicaciones como el Semanario de vez en cuando, a manera de un ejercicio intelectual, para mantener mis habilidades de crítica constantemente entrenadas y mis argumentos actualizados. Esto es tremendamente difícil para mí, y requiero darle latigazos a mi cerebro tan sólo para teclear la dirección de la página en mi navegador de Internet. Sin embargo, el ejercicio intelectual lo vale, y encuentro que frecuentemente estoy más al tanto de la religión que inclusive los que se dicen religiosos. Generalmente se tratan temas de poco interés para mí, pero en el Semanario ocasionalmente salen algunas auténticas joyas del pensamiento mezquino, masoquista y retrógrado que es el de la religión católica. Así que imaginarán mi reacción al momento que el “Cavernal” Sandoval escribió un par de artículos irrisorios (aquí y aquí) acerca de un tema que sí me interesa y del cual—ante riesgo de sonar presumido—estoy bastante bien informado (ciertamente más que él).

    Sin embargo, quisiera no abordar necesariamente el contenido de estas muestras de basura intelectual, sino más bien la razón por la que son basura. Ya dediqué otra publicación, que podrán encontrar aquí, a desmenuzar las falacias en los “argumentos” de este supuesto “pensador”. Más bien, creo que es importante señalar por qué toda la teología es en sí una falacia y por lo tanto condenada al pensamiento equivocado y, por ende, a la falsedad.

    Primeramente, hay que señalar algo que nos indica el estilo de argumentación del cardenal. Le pido al lector enorme paciencia en lo que analizamos un fragmento de uno de sus artículos, reproducido aquí sin interrupciones ni edición. Como contexto agrego que el título de la publicación es “El ateísmo, por ignorancia o soberbia” (la ironía es deliciosa):

“Es una cuestión de vida o muerte para el hombre saber si existe Dios o no, porque en ello va su destino.

    Las Sagradas Escrituras nos dan pistas para investigar, y una de ellas es la Naturaleza. El Libro de la Sabiduría, en el Capítulo XIII, dice: ‘Las obras del Señor, las maravillas del Señor, proclaman su gloria, y por ellas el hombre puede llegar hasta su Creador’.

    San Pablo, en su Carta a los Romanos, en el Capítulo I, dice: ‘Son inexcusables los idólatras, porque, aunque no hayan tenido la Revelación, sí tuvieron ante sus ojos las obras de Dios, y por ellas puede llegar el hombre, razonando, hasta su Hacedor’.

    También San Pablo -que habla en Los Hechos de los Apóstoles de cómo estamos envueltos en Dios- manifiesta: ‘En Él vivimos, nos movemos y existimos’; es decir, que nuestra vida depende, como seres frágiles que somos, de una mano misteriosa que nos envuelve y nos sostiene.

    San Agustín dijo algo verdaderamente importante que nos conduce al camino interior y, tal vez, al camino más apropiado para buscar a Dios… ya sea en tu propio corazón, y qué es lo que tu corazón anhela y desea.

    El mismo San Agustín -quien anduvo muchos años en la búsqueda ansiosa de Dios, de la verdad y la belleza absolutas- afirmó: ‘Nos hiciste para Ti, y nuestro corazón andará inquieto hasta que descanse en Ti’.”

    El patrón es claro: citas de diversas fuentes para decir lo mismo que él quiere decir una tras otra. ¿Pero qué tiene de falaz esto? Bien, pues que con el uso de las citas no está creando ni un solo argumento. Esto es que no hay premisas, ni silogismos, ni aclaración de falacias aparentes, ni nada; tan solo llega a su conclusión desde el primer párrafo y luego cita a muchas personas “importantes” que dijeron lo mismo que él hace muchos años. Para ilustrar mejor el problema, consideremos un “argumento” que va así:

1. Yo soy Fulanito y digo que “X”.
2. Hace muchos años, el sabio Sutanito dijo “X” también.
3. Aún antes de eso Menganito, que es muy listo, dijo que “X” también.
4. Más años atrás de eso, Perenganito, que es mi ídolo, dijo “X” y hasta lo dijo dos veces y por escrito.
5. Por lo tanto, “X” es cierto y yo tengo razón.

    Nada tiene de malo citar autoridades en un argumento; el problema es cuando se hace para evitar un argumento o cuando no son realmente autoridades (más acerca de este punto más adelante). Consideremos, entonces, una estructura distinta, quizás así:

1. Menganito, que es un experto, dijo “A”.
2. Sutanito, que también sabe del tema, dijo “Si A, entonces B”.
3. Perenganito, que no es nada tonto, dijo “Si B, podemos descartar C y D para deducir E”.
4. … y así sucesivamente, hasta que llegamos a que:
5. Yo, Fulanito, concluyo entonces que “X”.

    ¡Mucho mejor! Notemos, también, que podemos quitar por completo todas las menciones de nombres y posiciones de autoridad, y aun así la conclusión “X” está sustentada por una cadena de pensamiento. Claro, ésta cadena todavía podría contener errores, pero por lo menos la elemental falacia de autoridad ha sido evitada.

*   *   *

Y ahora el punto más importante, que es el que más quiero subrayar en este artículo: ¿y quién dice que estos pensadores son autoridades?  Verán, cuando nos dicen que ocho de cada diez dentistas recomiendan la pasta de dientes Z, lo aceptamos sin consideración mayor.  Pero si nos dicen que ocho de cada diez dentistas recomiendan el jabón Y, entonces algo está mal.  ¿Qué tienen que decir los teólogos acerca de cómo funciona la realidad?  ¿Qué observaciones, hipótesis, experimentos y conclusiones han formulado para sustentar sus “conocimientos”? Y más importante, ¿cómo podemos verificar que lo que dicen sea no solo bonito, sino cierto?

    Ejemplifico: si un cardiólogo me dice que sabe y entiende más de cardiología de lo que yo siquiera imagino, y que por dicho conocimiento sofisticado es una autoridad en la materia ante mí, le creo.  No porque simplemente sea su palabra, sino porque el tipo abre personas por el pecho, saca el corazón, lo arregla, lo vuelve a acomodar en su lugar, los cose y quedan como nuevos.  Esa es una demostración de conocimiento y justificación de autoridad que hasta un aprendiz de plomero podría hacer en su materia.  ¿Qué pueden hacer los teólogos, así sean el mismísimo San Agustín, que se aproxime siquiera remotamente a esto?

    Verán, la teología es realmente un argumento circular desde la ignorancia, en el que se asume la conclusión en las premisas: primero se da por hecho que Dios existe y se sigue desde ahí.  Sin embargo, hacen una serie de saltos lógicos que lo dejan a uno atónito si está poniendo tan solo un poco de atención y cuenta siquiera con lógica intuitiva: primero, asumen que Dios existe (lo que ya de por sí demuestra que no han investigado mucho la cuestión); luego, que es el Dios de la Biblia; después, que la Biblia es una representación confiable del carácter y naturaleza de Dios; y entonces, suponen que la “interpretan” correctamente—lo cuál es sumamente dudoso dado el hecho que todas las distintas ramas del cristianismo afirman que ellos tienen la interpretación correcta, y que son todos los demás los que están mal.

    ¿Y cuánto tiempo del currículum se dedica en seminarios a lavar el cerebro de los estudiosos para ignorar estos problemitas?  Aparentemente, no mucho; poco preocupa a un creyente que otros crean algo distinto y, por lo tanto, que alguien definitivamente esté creyendo algo falso.  En vez de enfrentar el hecho de que su estudio es el estudio de fabricaciones e inventos circulares, prefieren dar virtud a su credulidad y pereza intelectual llamándola “fe”.

    Pues yo no tengo fe, y creo que quienes consideren estas cuestiones y la sigan teniendo están siendo fundamentalmente deshonestos y con ello contribuyen a gran parte de los males que nos aquejan como sociedad y civilización.  Debido a la “fe” de las personas, estamos desperdiciando valiosísimos recursos económicos y legales en debatir no-problemas como el aborto, la homosexualidad y derechos reproductivos elementales.  Mientras tanto, los problemas realmente difíciles como el control de población, el calentamiento global y el apropiado tamaño y rol del gobierno quedan en lista de espera.  ¡Y además se nos dice que debemos respetar esto!

*   *   *

    Bien, pues hemos sido librados, por lo menos temporalmente, de este tipo de “pensamiento” y sus consecuencias con la partida de Juan Sandoval hacia su retiro.  Sin embargo, escogí las palabras “hasta luego” y no adiós por la alta influencia que este nefasto personaje tiene todavía en nuestra vida pública—particularmente en círculos políticos—y no me sorprendería en lo más mínimo que volviéramos a oír de él.  Además, en su lugar todavía quedan muchos que estarán promoviendo el mismo no-pensamiento para avanzar su agenda.  Aún así, es un alivio que esta persona ya no esté en los reflectores y, me atrevo a decir, el mundo es un poquito mejor gracias a eso.



miércoles, 25 de enero de 2012

Más Sobre la Omnipotencia

 

Hace unos meses escribí acerca de cómo la omnipotencia y la omnipresencia son incompatibles, y cómo eso ayudaba a darnos cuenta de que no podían ser ciertas.  Sin embargo, el argumento se centraba en la combinación de ambas propiedades para ilustrar su incompatibilidad. Sin embargo, la omnipotencia, por sí sola, puede analizarse para ilustrar cómo es un concepto necesariamente falso e inclusive es contraproducente para quienes la creen un atributo de su dios.

    En la lógica, los argumentos se construyen a partir de premisas, silogismos y conclusiones.  Para que un argumento sea considerado como plausible, debe estar absolutamente libre de errores lógicos, o falacias.  Una vez que se identifica una falacia en un argumento, éste queda considerado como erróneo a partir de ese punto.  Puede ser que una de las premisas esté mal, o alguno de los silogismos, o quizá las conclusiones mismas.  No importa dónde ocurra el error, el argumento como un todo queda descartado una vez que se identifica una falacia y ésta no es clarificada por quien hace el argumento. En el caso de los conceptos, las propiedades falaces indican una contradicción o inconsistencia.  Igual que los argumentos, se descarta por completo que un concepto pueda ser verdadero una vez que se identifica un atributo falaz.

    Entonces, primero hay que recordar que la omnipotencia es la capacidad de hacer absolutamente cualquier cosa.  Si podemos formular una pregunta como “¿Puede…”, entonces la respuesta debe ser sí.  En el caso del dios omnipotente de la Biblia, podríamos formular preguntas del tipo siguiente:

  • ¿Puede Dios hacer llover en cualquier momento?
  • ¿Puede Dios resucitar a los muertos?
  • ¿Puede Dios leer mis pensamientos?
  • ¿Puede Dios...?

…y así sucesivamente, para cualquier pregunta que se nos ocurra.  Dado que es omnipotente, en cada caso la respuesta a las preguntas anteriores debe ser “sí”.

    El problema clásico que se formula es el siguiente, y también toma la forma de una pregunta:

¿Puede Dios hacer una piedra tan grande que no pueda levantarla?

Aquí hemos llegado a una paradoja:  si la respuesta a la pregunta es sí, como se supone que debe ser, entonces Dios no es omnipotente porque no puede levantar la piedra.  Si la respuesta es no, entonces Dios tampoco es omnipotente, ya que no puede hacer la piedra.  En este punto, desde el punto estrictamente lógico, la omnipotencia está muerta como concepto, dado que se entra en una contradicción: si la premisa es que Dios es omnipotente, ésta es negada por cualquier respuesta a la pregunta que formulamos arriba.

    Desgraciadamente, los teólogos y apologistas “sofisticados” son incapaces de reconocer este sencillísimo ejercicio como una demostración de que la omnipotencia es un concepto falso.  En vez de eso, intentan aclarar la paradoja anterior, argumentando lo siguiente:

    Dentro de las características de Dios están, además de la omnipotencia, la perfección y la lógica.  Entonces, no está dentro de su naturaleza realizar actos ilógicos como en el ejemplo de la piedra.  Tampoco hace círculos cuadrados, ni sube hacia abajo, ni se mete afuera, ni ninguna otra acción ilógica.  Siempre maneja dentro del carril de la lógica.

    Aunque los teólogos apologistas suelen considerar esto como una defensa efectiva de la omnipotencia de Dios, lo que acaban de hacer es darse un disparo en sus pies conceptuales. 

    Primero, Dios queda limitado a lo que la lógica permite (obviamente, ellos no usan la palabra “limitado”, sino que lo maquillan diciendo que su “naturaleza” es ser lógico).  Pero, ¿qué hace Dios, que sea divino y que además siga las leyes de la lógica siempre?  Dado que la lógica de la naturaleza es la física, ¿Dios no hace nada que sea físicamente imposible?  ¿Qué puede hacer que no sea ya una consecuencia natural de las leyes de la física o, por extensión, la química y la biología?  ¿Qué lugar le queda a Dios para actuar en un universo lógico y, por ende, mecánico?

    Segundo, los apologistas acaban de caer en un deicidio total: Si Dios no hace nada ilógico, entonces no hace milagros.  ¿Qué es un milagro si no una suspensión—una contradicción, mejor dicho—de la lógica?  Si una persona está muerta varios días, no es lógico que vuelva a andar (¿son lógicos los zombis?).  De la misma manera, lo lógico es que una virgen no tenga hijos.  Lo mismo podemos decir de todos los supuestos milagros que se le atribuyen a Dios—y a su hijo—en la Biblia y, no olvidemos, en pleno siglo XXI.

    Juntos, los dos puntos anteriores son devastadores para el concepto de un Dios omnipotente.  No solamente demuestran que Dios no es omnipotente: demuestran qué, irónicamente, Dios no puede hacer nada.  Así, pasamos de un Dios que todo lo puede pero no existe, a un Dios que pudiera existir, pero no hace nada.  En conclusión: Dios no es omnipotente, porque no puede.

    ¿Y qué dicen los teólogos de esto?  Su reacción es la más irrisoria y reveladora de todas: encogen los hombros y dicen que “es un misterio” y lo creen de todos modos.  Todos sus malabares lógicos son tirados a la basura en favor de la “fe”.  Eso es lo que pasa cuando uno se obliga a creer cosas que no son ciertas, supongo.