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miércoles, 30 de enero de 2013

Hitchens Sobre el Cáncer, Parte 0

Tópico de Cáncer

Christopher Hitchens (1949-2011)
Septiembre, 2010


El autor un par de meses después de su diagnóstico.

Más de una vez en mis tiempos me he despertado sintiéndome como la muerte. Pero nada me preparó para la mañana este pasado junio cuando llegué a la conciencia sintiendo como si estuviera encadenado a mi propio cadáver. Parecía que mi pecho y tórax habían sido vaciados y rellenados con cemento de secado lento. Podía apenas escucharme respirar, pero no lograba llenar mis pulmones del todo. Mi corazón parecía estar latiendo demasiado rápido o demasiado lento. Cualquier movimiento, por más sutil, requería anticipación y planificación. Me tomó un esfuerzo extenuante cruzar el cuarto de mi hotel neoyorquino y llamar a los servicios de emergencia. Arribaron con gran prontitud y actuaron con inmensa cortesía y profesionalismo. Tuve tiempo de preguntarme por qué tenían necesidad de tantas botas y cascos y equipo pesado, pero ahora que veo la escena en retrospectiva, la veo como una gentil y firme deportación, llevándome del país de los sanos a la dura frontera que marca la tierra de la enfermedad. Tras unas cuantas horas, habiendo tenido que hacer bastantes procedimientos de emergencia sobre mi corazón y mis pulmones, los doctores en este triste puesto fronterizo me mostraron algunas otras postales de su interior, y me dijeron que mi próxima escala inmediata debería ser con un oncólogo. Alguna clase de sombra se mostraba en torno a los negativos.
    La noche anterior, había estado lanzando mi más reciente libro en un evento exitoso en New Haven. La noche de la terrible mañana, se suponía que debía aparecer en el Daily Show con Jon Stewart y luego aparecer en un evento abarrotado en la Calle 92 Y, en el Lado Este Superior, en conversación con Salman Rushdie.  Mi campaña de negación de corta duración tomó la siguiente forma: no cancelaría estas apariciones, ni decepcionaría a mis amigos, ni perdería la oportunidad de vender un montón de libros. Logré librar ambos trabajos sin que nadie notara nada fuera de lugar, aunque sí vomité dos veces, con un grado extraordinario de precisión, pulcritud, violencia y profusión, justo antes de cada evento. Esto es lo que los ciudadanos del país enfermo hacen cuando todavía se aferran desesperadamente a su viejo domicilio.
    La nueva tierra es muy acogedora, a su modo. Todos sonríen tratando de dar ánimos y no parece haber absolutamente nada de racismo. Un espíritu generalmente igualitario prevalece, y aquellos que administran el lugar obviamente han llegado ahí a base de mérito y trabajo duro. Contraponiéndose, el humor es un poco enclenque y repetitivo, parece no haber nada de plática acerca de sexo, y la comida es la peor de cualquier destino que haya visitado jamás. El país tiene su propio lenguaje—una lingua franca que parece ser tanto aburrida como difícil, y que contiene tales nombres como ondansetron, para medicamento antináusea—así como algunos gestos a los que uno se tiene que acostumbrar. Por ejemplo, un oficial conocido por primera vez podría encajar sus dedos en tu cuello abruptamente. Fue así como descubrí que mi cáncer se había esparcido a mis nodos linfáticos, y que una de estas bellezas deformes—localizada en mi clavícula izquierda—era lo suficientemente grande como para verse y palparse. No es bueno cuando tu cáncer es palpable desde afuera. Especialmente, como en este caso, si no saben realmente dónde estaba su fuente principal. El carcinoma trabaja vivazmente de dentro hacia fuera. La detección y tratamiento suelen ser más lentos y laboriosos, desde fuera hacia dentro. Muchas agujas fueron encajadas en el área de mi clavícula—"tissue is the issue" ["el tejido es el asunto", N. del  T.] siendo un eslogan en el lenguaje de Villa Tumor—y me dijeron que los resultados de la biopsia podrían tomar una semana.
    A partir de los resultados que arrojaron estas células cancerosas, tomó más tiempo llegar a la desagradable verdad. La palabra "metástasis" en el reporte fue la que primero captó mi vista, y mi oído. El alienígena había colonizado parte de mi pulmón, así como buena parte de mi nodo linfático. Y su base de operaciones se ubicaba—desde hacía ya bastante tiempo—en mi esófago. Mi padre había muerto—y muy rápidamente, también—de cáncer del esófago. Él tenía 79. Yo tengo 61. En cualquier clase de "carrera" que pudiera ser la vida, me he convertido abruptamente en un finalista.
    La notable teoría de etapas de Elisabeth Kübler-Ross, en la que uno progresa de negación a la ira, de la negociación a la depresión y a la eventual alegría de la aceptación, no ha tenido mucha aplicación en mi caso. En un modo, supongo, he estado "en negación" por bastante tiempo, conscientemente quemando la vela por ambos lados, y encontrando que da una linda luz. Pero por precisamente esa razón, no puedo verme desgarrado por el shock o escucharme quejándome de cómo es todo tan injusto: he estado tentando a la Muerte a que diera un zarpazo con su hoz en mi dirección, y ahora he sucumbido a algo tan predecible y banal que me aburre inclusive a mí. La ira estaría fuera de lugar, por la misma razón. En vez, soy oprimido por una molesta sensación de desperdicio. Tenía grandes planes para la próxima década, y sentía que había trabajado lo suficientemente duro para ganármelos. ¿Realmente no viviré para ver a mis hijos casados? ¿Para ver el World Trade Center erguirse de nuevo? ¿Para leer—si no es que escribir—los obituarios de villanos ancianos como Henry Kissinger y Joseph Ratzinger? Pero asumo esta clase de no-pensamiento como lo que es: sentimentalismo y lástima propia. Por supuesto que mi libro llegó a la lista de best-sellers el día que recibí el boletín informativo más sombrío, y a propósito, el último vuelo que tomé como una persona sana (hacia una multitud en la Feria del Libro de Chicago) fue el que me acumuló un millón de millas en United Airlines, con una vida de promociones por delante. Pero la ironía es mi trabajo y simplemente no veo ironías aquí: ¿sería menos apropiado tener cáncer el día que mis memorias fueran un fracaso total, o en el que hubiera sido echado de un vuelo de clase turista y abandonado en la pista? Para la pregunta tonta de '¿Por qué a mí?', el cosmos apenas se molesta en contestar: ¿Por qué no?
    El estado de negociación, sin embargo. Tal vez haya alguna escapatoria por ahí. El trueque oncológico es que, a cambio de la oportunidad de unos pocos años útiles, accedes a someterte a quimioterapia y después, si te va bien con eso, a radiación y quizá hasta una cirugía. Esta es la apuesta: durarás un poco más de tiempo, pero a cambio vamos a necesitar algunas cosas de ti. Éstas pueden incluir sentido del gusto, tu habilidad para concentrarte, tu habilidad para digerir, y el cabello en tu cabeza. Esto parece ser un trueque razonable. Desafortunadamente, implica confrontar uno de los clichés más atractivos de nuestro lenguaje. Seguro que lo ha oído. La gente no padece cáncer: se reporta que batallan contra él. Nadie que dé sus buenos deseos omite el lenguaje combativo: puedes vencerlo. Inclusive está en los obituarios de los que han perdido contra el cáncer, como si uno pudiera decir razonablemente que murieron después de una larga y valiente batalla contra la mortalidad. No se oye esto al respecto de pacientes crónicos de enfermedades cardiacas o renales.
    Por mi parte, amo la imagen de una lucha. A veces quisiera estar sufriendo por una buena causa, o arriesgando mi vida por el bien de los demás, en vez de solo ser un paciente en grave peligro. Permítame informarle, sin embargo, que cuando te sientas en un cuarto con otros finalistas, y gente amable te trae bolsas transparentes de veneno y te las enchufa en el brazo, y te pones o no te pones a leer un libro mientras los contenidos del saco de veneno llenan tu sistema, la imagen de un ardiente soldado o revolucionario es la última que se te va a ocurrir. Te sientes empantanado en pasividad e impotencia: disolviéndote sin poder, como un terrón de azúcar en agua.
    Es impresionante, este quimio-veneno. Ha provocado que baje unas 14 libras, aunque sin hacerme sentir más ligero. Me quitó una tremenda erupción en mis espinillas que ningún doctor había siquiera podido explicar, mucho menos curar. (Tremendo veneno, para despachar esos furiosos puntos rojos sin problema alguno.) Que por favor sea así de despiadado con el alienígena y sus colonias muertas. Pero como en contra de eso, las cosas que dan vida y las que dan muerte me han hecho extrañamente neutral. Estaba más o menos reconciliado con la pérdida de mi cabello, que empezó a soltarse en la ducha en las primeras dos semanas de tratamiento, y el cuál guardé en una bolsa de plástico para poder ayudar a llenar un dique flotante en el Golfo de México. Pero no estaba del todo preparado para la forma en que mi rastrillo se deslizaría sin resistencia alguna por mi cara. O para la manera en que mi recién lampiño labio superior comenzaría a parecer como si hubiera pasado por electrólisis, causando que pareciera la tía cotorra del alguien. (El pelo en pecho que alguna vez fue el brindis de dos continentes no ha cedido todavía, pero mucho de él fue rasurado en incisiones hospitalarias, así que es un asunto algo parchado.) Me siento molestamente desnaturalizado. Si Penélope Cruz fuera alguna de mis enfermeras, ni lo notaría. En la guerra en contra de Tánatos, si debemos nombrarla una guerra, la inmediata pérdida de Eros es un enorme sacrificio inicial.
    Estas son mis primeras y crudas reacciones a mi aflicción. He resuelto resistir corporalmente todo lo que pueda, aunque sea solo pasivamente, y buscar los consejos más avanzados. Mi corazón y presión sanguínea y otros signos vitales están fuertes de nuevo: de hecho, se me ocurre que si no tuviera una constitución tan resistente hubiera llevado una vida más sana hasta ahora. En mi contra se encuentra el ciego alienígena sin emociones, alentado por algunos que desde hace mucho me han deseado mal. Pero del lado de mi vida continuada está un grupo de generosos y brillantes doctores, así como un gran número de grupos de oración. Espero escribir acerca de estos dos la próxima vez si—como invariablemente solía decir mi padre—vivo para ello.

Traducción: Héctor Mata

Parte 1
Parte 2
Parte 3
Parte 4
Parte 5

lunes, 7 de mayo de 2012

Hitchens Sobre el Cáncer, Parte 5


Prueba de la Voluntad
Christopher Hitchens
(Para publicarse en enero, 2012)
Se puede decir esto de la muerte:
No hay que salir de la cama por ella.
Donde sea que estés
Te la traen—gratis.
-Kingsley Amis

Amenazas intencionadas, blofean con desprecio
Comentarios suicidas son arrancados
Del cuerno hueco, la pieza áurea del tonto
Dice palabras desperdiciadas, demuestra advertir
Que aquel no ocupado con nacer está ocupado con morir.
-Bob Dylan, “Está bien, Ma (Solo estoy sangrando)”

Cuando llegó el momento, y el viejo Kingsley sufrió una desmoralizante y desorientante caída, sí acabó en la cama y ultimadamente se volvió hacia la pared. No fue todo reclinarse y esperar el servicio de habitación en el hospital después de eso—“¡Mátame, jodido idiota!” alguna vez le exclamó alarmado a su hijo Philip—pero esencialmente esperó el final pasivamente. Debidamente llegó, sin mucho alboroto y sin cargos adicionales.
    El señor Robert Zimmerman de Hibbing, Minnesota, ha tenido por lo menos un encuentro muy cercano con la muerte, más de una actualización y revisión de su relación con el Todopoderoso y las Últimas Cuatro Cosas, y se ve dispuesto a demostrar que hay muchas maneras diferentes de probar que uno está vivo. Después de todo, considerando las alternativas...
    Antes de ser diagnosticado con cáncer del esófago hace un año y medio, de modo ameno le dije a los lectores de mis memorias que, cuando fuese confrontado con mi extinción, quisiera estar completamente consciente y despierto, para poder “hacer” mi muerte de manera activa y no pasiva. Todavía intento nutrir esa pequeña flama de curiosidad y desafío: dispuesto a aguantar hasta lo último y deseando aprovechar todo lo que se pueda la vida. Sin embargo, algo que una enfermedad grave le hace a uno, es que examine principios conocidos y dichos aparentemente confiables. Y hay uno que encuentro que no estoy diciendo con la misma convicción que alguna vez le tuve: en particular, he dejado de anunciar que “Aquello que no me mata me hace más fuerte.”
    De hecho, ahora me pregunto por qué alguna vez lo consideré tan profundo. Usualmente se le atribuye a Nietzsche: Was mich nicht umbringt macht mich stärker. En alemán suena y se lee más como poesía, por lo cual parece más probable que Nietzsche lo haya tomado prestado de Goethe, quien estaba escribiendo un siglo antes. ¿Pero la rima sugiere razón? Quizá lo hace, o lo puede, en cuestiones de las emociones. Recuerdo pensar que, al haber sido puesto a prueba por momentos de amor y odio, había logrado salir adelante de ellos con algo de fortaleza ganada por la experiencia, que no pude haber obtenido de ninguna otra forma. Y entonces una o dos veces, al alejarme de un accidente automovilístico o un caos mientras reportaba del extranjero, experimenté una sensación fatua de haber sido reforzado por el encuentro. Pero, realmente, eso no es más que decir “Me salvé por la gracia de Dios,” que a su vez no es más que decir “La gracia de Dios me ha tocado a mí y se olvidó de aquel otro hombre desafortunado.”


En el mundo físico bruto, y el abarcado por la medicina, hay demasiadas cosas que podrían matarte, no lo hacen, y luego te dejan considerablemente más débil. Nietzsche estaba destinado a darse cuenta de esto en la forma más difícil, lo que hace más confuso que decidiera incluir la máxima anterior en su antología Ocaso de los Ídolos (1889). (En alemán esto se dice Götzen-Dämmerung, que hace un claro eco a la épica de Wagner. Posiblemente su gran descontento con el compositor, en el que criticó a Wagner por repudiar los clásicos en favor de leyendas y mitos alemanes, fue una de las cosas que le dio a Nietzsche fuerza moral. Ciertamente el subtítulo del libro—“Cómo filosofar con un martillo”—tiene bastante bravura.)
    El resto de su vida, sin embargo, Nietzsche parece haber contraído una dosis temprana de sífilis, probablemente durante su primer encuentro sexual, lo cuál le provocó aplastantes migrañas y ataques de ceguera, y esto derivó en demencia y parálisis. Esto, mientras que no lo mató inmediatamente, ciertamente contribuyó a su muerte y no pudo posiblemente, en el inter, hacerlo más fuerte. En el curso de su caída mental, se convenció de que la empresa cultural más importante sería demostrar que las obras de Shakespeare habían sido escritas por Bacon. Ésta es una inequívoca señal de postración mental e intelectual avanzada.
    (Tomo cierto interés en esto, porque no hace mucho fui invitado a una estación de radio cristiana en Dixie para debatir sobre religión. Mi interlocutor mantuvo una cuidadosa cortesía sureña todo el tiempo, siempre permitiéndome hacer todos mis puntos, y luego me sorprendió preguntándome si me consideraba de algún modo Nietzscheniano. Contesté que no, diciendo que estaba de acuerdo con algunos de los puntos hechos por el gran hombre, pero no le debía ninguna gran perspicacia, y no me agradaba su desprecio por la democracia. H.L. Mencken y otros, traté de agregar, también lo habían usado para argumentar en favor de un darwinismo social en torno a lo inútil de ayudar a los “no aptos.” Y su espeluznante hermana, Elisabeth, utilizó su caída para abusar su trabajo, como si hubiera sido escrito en apoyo al movimiento alemán antisemítico. Esto le dio a Nietzsche la no merecida reputación póstuma de fanático. Mi interlocutor presionó, preguntando si sabía que muchas de las obras de Nietzsche habían sido producidas mientras moría de sífilis. Nuevamente, respondí que había oído de esto y no conocía razón para dudarlo, ni para confirmarlo tampoco. ¡Justo cuando empezaba la música de salida y se terminaba el programa, mi anfitrión alcanzó a decir que se preguntaba cuánto de mi escritura sobre Dios quizá haya sido influenciada por una enfermedad similar! Debí haberlo visto antes, pero me quedé sin palabras.)


Finalmente, y en miserables circunstancias en la ciudad italiana de Turín, Nietzsche fue sobrecogido por la visión de un caballo siendo cruelmente golpeado en la calle. Apurado por poner sus brazos alrededor del cuello del caballo, sufrió de convulsiones y en delante quedó al cuidado de su madre y hermana por el resto de su vida llena de dolor. Ocurrió en 1889, y sabemos que en 1887 Nietzsche había sido influenciado poderosamente por las obras de Dostoyevski. Parece haber una misteriosa correspondencia entre el episodio en la calle y el horrible y gráfico sueño experimentado por Raskolnikov, la noche anterior a los asesinatos decisivos, en Crimen y Castigo. La pesadilla, que es imposible olvidar una vez que se ha leído, incluye la horrorosa golpiza de un caballo hasta la muerte. Su dueño le golpea a través de los ojos, le rompe la espalda con un palo, llama a los transeúntes a ayudar con la paliza... no se nos guarda nada. Si la horrible coincidencia fue suficiente para llevar a Nietzsche a perderlo todo, entonces debió haber quedado tremendamente debilitado, o apabullantemente vulnerable, por sus otras aflicciones. Éstas, entonces, no le sirvieron para hacerle más fuerte en lo absoluto. Lo más que pudo haber significado, creo, es que aprovechó al máximo sus pocos intervalos sin dolor y locura para plasmar sus colecciones de aforismos y paradojas. Esto le pudo haber dado la impresión eufórica de estar triunfando, y haciendo uso de la Voluntad del Poder. Ocaso de los Ídolos fue, de hecho, publicado casi de manera simultánea con el horror en Turín, así que la coincidencia fue llevada hasta donde razonablemente podía llegar.
    O tomemos un ejemplo de un distinto y más templado filósofo, más cercano a nuestros tiempos. El profesor Sidney Hook fue un famoso materialista y pragmatista, que escribió tratados sofisticados que sintetizaban las obras de John Dewey y Karl Marx. Él también fue un ateo empedernido. Hacia el fin de su larga vida enfermó y comenzó a reflexionar sobre la paradoja de que—basado en la meca médica de Stanford, California—pudo disponer de un nivel de cuidados sin precedentes, mientras al mismo tiempo fue expuesto a un grado de sufrimiento que generaciones anteriores no hubieran podido costear. Razonando sobre esto después de una experiencia particularmente severa de la que se recuperó, decidió que hubiera preferido haber muerto:
Estaba a punto de la muerte. Una falla cardiaca fue tratada por propósitos de diagnóstico con un angiograma, que detonó una embolia. Un hipo violento y doloroso, ininterrumpido por varios días y noches, prevenía la ingestión de comida. Mi lado izquierdo y una de mis cuerdas vocales quedaron paralizadas. Algún tipo de inflamación en mis pulmones ocurrió, y pensé que me estaba ahogando en un mar de baba. En uno de mis intervalos lúcidos en esos días de agonía, le pedí a mi médico que descontinuara todo servicio que me mantuviera vivo, o que me mostrara cómo hacerlo.
    El médico se negó a esto, y en vez le aseguró a Hook que “algún día apreciaría la tontería de esta petición.” Pero el filósofo estoico, desde el punto de vista de vida continuada, aun insistió que quisiera ser dejado morir. Dio tres razones. Otro derrame agonizante pudiera afligirlo, obligándolo a sufrir todo de nuevo. Su familia estaba pasando por una experiencia infernal. Recursos médicos se estaban gastando para nada. En el curso de su ensayo, usó una frase potente para describir la posición de otros que sufren así, refiriéndose a ellos como descansando en “colchones tumba.”
    ¿Si tener la vida restaurada no cuenta como algo que no te mata, qué sí? Y no obstante, parece no haber ningún sentido en el que a Hook lo hiciera “más fuerte.” Si acaso, se podría decir que concentró su atención en cómo cada debilitación se acumula a la anterior y provoca una miseria acumulada con solamente un desenlace posible. Después de todo, si fuera distinto, cada ataque, cada derrame, cada vil hipo, lograrían reforzarlo a uno y crear resistencia. Y esto es plenamente absurdo. Así que nos quedamos con algo inusual en los anuarios de aproximaciones estoicas a la extinción: no el deseo de morir con dignidad, sino el deseo de haber muerto.

El profesor Hook finalmente sucumbió en 1989, y soy una generación menor que él. No he llegado tan cerca del amargo final como él tuvo que hacerlo. Tampoco he tenido que tener una conversación tan ardua con un médico. Pero sí recuerdo yacer ahí y ver mi torso desnudo, que estaba cubierto con una rozadura roja por la radiación. Esto era producto de un mes de bombardeo con protones que había quemado el cáncer en mis nodos claviculares y paratraqueales, así como el tumor original en el esófago. Esto me puso en una rara categoría de pacientes que podían presumir haber recibido la experiencia avanzada del Centro del Cáncer MD Anderson, en Houston. Decir que la rozadura dolía sería un sinsentido. Lo difícil el describir cómo dolía por dentro. Yací por días a la vez, tratando en vano de posponer el momento en que tendría que tragar. Cada vez que sí tragaba, una infernal marea de dolor fluía por mi garganta, culminando con lo que se sentía como una patada de mula en mi espalda baja. Me preguntaba si las cosas se verían tan rojas e inflamadas por dentro como por fuera. Y luego tuve un pensamiento súbito: ¿Si me hubieran dicho de esto con anticipación, me hubiera sometido al tratamiento? Hubo varios momentos, en los que temblé, convulsioné y maldije, que lo dudaba seriamente.
    Probablemente sea algo misericordioso que el dolor sea imposible de describir de memoria. También es imposible advertir de él. Si mis doctores de protones hubieran intentado decirme desde antes, quizá hubieran mencionado un “gran malestar” o quizá una sensación de irritación. Yo solo sé que nada de me pudo haber preparado o tranquilizado para esto que parecía despreciar analgésicos y atacaba mis entrañas. Ahora parece que me he quedado sin opciones de radiación en estos lugares (tuve 35 días consecutivos de lo más que pueda aguantar alguien), y mientras que ésto no es para nada una buena noticia, me salva de tener que preguntarme si estaría dispuesto a enfrentar el mismo tratamiento de nuevo.
    Pero también es misericordioso que ahora ya no pueda encontrar el recuerdo de cómo me sentí durante esos lacerantes días y noches. Y desde entonces he tenido intervalos de robustez relativa. Así que como un actor racional, tomando la radiación junto con la recuperación, debo estar de acuerdo en que si hubiera declinado a la primer etapa, por lo tanto evitando la segunda y la tercera, ya estaría muerto. Y eso no tiene atractivo.
    Sin embargo, no se puede escapar al hecho de que estoy enormemente más débil que antes. Parece hace tanto el recuerdo de presentar al equipo de protones con champaña y luego subir casi ágilmente a un taxi. Durante mi siguiente estadía en un hospital, en Washington, D.C., la institución me regaló una maliciosa neumonía (y me mandó a casa con ella dos veces) que casi me acabó. La fatiga aniquiladora que cayó sobre mí en consecuencia también tenía la mortal amenaza de rendición ante lo inescapable: frecuentemente encontraba al fatalismo y resignación sobre mí a manera que fracasaba en pelear contra mi inanición general. Solo dos cosas me salvaron de traicionarme y dejarme ir: una esposa que no soportaba oír hablar en este modo aburrido e inútil, y varios amigos que también hablaron libremente. Oh, y el analgésico ocasional. Qué felizmente contemplaba mi día cuando veía que se preparaba la inyección. Contaba como todo un evento. Con algunos analgésicos, si se tiene suerte, se puede sentir el “golpe” cuando empieza a funcionar: un cosquilleo tibio seguido de una euforia idiota. El llegar a esto—como los tristes criminales que roban farmacias por OxyContin. Pero fue un alivio del aburrimiento, y un placer culposo (no hay muchos de esos en Pueblo Tumor), y no menos un alivio del dolor.
    En mi familia inglesa, el rol del poeta nacional fue tomado no por Philip Larkin, sino por John Betjeman, poeta de suburbios y la clase media, y una presencia mucho más mordaz que el aspecto de osito de peluche que a veces presentaba al mundo. Su poema “Sombra De Las Cinco” lo muestra por lo menos aterciopelado:
    Esta es la hora del día cuando nosotros en la sala de los Hombres
    Pensamos “Una oleada más del dolor y me rendiré en la pelea,”
    Cuando aquel que lucha por respirar puede luchar menos fuerte:
    Esta es la hora del día que es peor que la noche.
   He llegado a conocer ese sentimiento, ciertamente; la sensación y convicción de que el dolor nunca cederá y que la espera para la próxima dosis es injustamente larga. Entonces llega un ataque de falta de aliento, seguido de algo de tos sin sentido y luego—si es un mal día—más expectoración de la que puedo manejar. Tarros de saliva vieja, moco ocasional, y ¿para qué diablos quiero acidez en este momento exacto? No es como si hubiera comido algo: un tubo me da todos mis nutrientes. Todo esto, y el inmaduro resentimiento que va con ello, constituye un debilitamiento. También la sorprendente pérdida de peso que el tubo parece incapaz de combatir. Ahora he perdido casi un tercio de mi masa corporal desde que el cáncer fue diagnosticado: podrá no matarme, pero la atrofia muscular hace más difícil inclusive los ejercicios más sencillos, sin los cuales quedaría más endeble aun.


Estoy escribiendo esto acabando de tener una inyección para tratar de disminuir el dolor en mis brazos, manos y dedos. El principal efecto secundario de este dolor es adormecimiento en las extremidades, llenándome con el miedo no irracional de que pudiera perder la habilidad de escribir. Sin esa habilidad, me siento seguro ahora, mi “voluntad de vivir” sería atenuada. Suelo decir, algo grandiosamente, que escribir no solo es de lo que vivo, sino que es mi vida, y es cierto. Casi como la amenaza de perder la voz, que actualmente ha sido aliviada por unas inyecciones a mis cuerdas vocales, siento a mi personalidad e identidad disolviéndose mientras contemplo manos muertas, y la pérdida de los cinturones de transmisión que me conectan a la escritura y el pensamiento.
    Éstas son debilidades progresivas que en una vida más “normal” hubieran tomado décadas en ocurrirme. Pero, como con la vida normal, uno encuentra que cada día que pasa representa más y más siendo restado de menos y menos. En otras palabras, el proceso lo enferma a uno y lo mueve más cerca de la muerte. ¿Cómo pudiera ser de otro modo? Justo cuando empezaba a reflexionar sobre estas líneas, me encontré con un artículo sobre el tratamiento del estrés post-traumático. Ahora sabemos, por experiencia costosa, mucho más acerca de este malestar de lo que sabíamos. Aparentemente, uno de los síntomas por los que se identifica es que un rudo veterano dirá, buscando aligerar su experiencia, que “lo que no me mata me hace más fuerte.” Esta es una de las manifestaciones que “la negación” toma.
    Estoy atraído a la etimología de la palabra alemana “stark” [escueto, desnudo o descarnado, N. Del T.], y su pariente usada por Nietzsche, stärker, que significa “más fuerte.” En yídish, llamar a alguien un “starker” equivale a llamarlo militante, un tipo rudo, un trabajador duro. Hasta ahora, he decidido lidiar con todo lo que mi malestar me presente, y mantenerme combativo inclusivo al tomar la medida de mi propia disminución. Repito, esto no es más que lo que una persona sana tiene que hacer en cámara lenta. Es nuestro destino común. En cualquier caso, sin embargo, uno puede dispensar con las máximas amables que no le llegan a sus reputaciones.


lunes, 30 de abril de 2012

Hitchens Sobre el Cáncer, Parte 4


Verdades Calladas
Christopher Hitchens
Junio, 2011


He visto el momento de mi grandeza parpadear,
Y he visto al eterno Enterrador tomar mi abrigo, y burlarse,
Y, en breve, tuve miedo.
-T.S. Eliot, “La Canción de Amor de J. Alfred Prufrock.”


Como tantas de las variadas experiencias de la vida, la novedad de un diagnóstico de un cáncer maligno tiene una tendencia a desgastarse. Las cosas palidecen, e inclusive se vuelven banales. Uno puede acostumbrarse al espectro del eterno Enterrador, como un tipo viejo y aburrido acechando en el pasillo al final de la velada, esperando la oportunidad de tomar la palabra. Y no me quejo mucho de que me cuide el abrigo en esa manera, como si mudamente me recordara que es tiempo de que me vaya. No, es su burla lo que me deprime.
   De manera demasiado regular, la enfermedad me da un especial del día, o un sabor del mes. Pueden ser rozaduras o úlceras, en la lengua o en la boca. ¿O por qué no un toque de la neuropatía perimetral, incluyendo pies adormecidos y helados? La existencia diaria se vuelve una cosa infantil, medida no en cucharadas de café Prufrock's, sino en pequeñísimas dosis de nutrientes, acompañadas por alentadores sonidos de testigos, o solemnes discusiones sobre las operaciones del sistema digestivo llevadas con desconocidas maternales. En los días menos buenos, me siento como el puerquito con la pata de madera perteneciente a la sadísticamente sentimental familia que solamente aguantaba comérselo un pedazo a la vez. Excepto que el cáncer no es tan... considerado.
Lo que más me ha inducido a la depresión y alarma, por mucho, ha sido el momento en que mi voz se hizo tan aguda como la de un niño (o quizá un lechoncillo). Después comenzó a registrar por todos lados, desde un susurro gutural hasta un berrido melancólico. Y a veces amenazaba, y ahora amenaza casi diario, con desaparecer por completo. Acababa de regresar de dar un par de discursos en California, donde con la ayuda de morfina y adrenalina todavía pude “proyectar” mis pronunciaciones, cuando hice un intento de llamar un taxi desde fuera de mi casa—y nada sucedió. Me quedé congelado, como un gato que acababa de perder su maullido. Solía ser capaz de detener un taxi de Nueva York a 30 pasos. También podía, sin la ayuda de un micrófono, alcanzar la fila de atrás de un salón de debates abarrotado. Y puede no ser algo qué presumir, pero la gente me decía que si su televisión o radio estaban encendidos, inclusive en otra habitación, siempre podían reconocer mi voz.
    Como la propia salud, la pérdida de tal cosa no puede ser imaginada hasta que ocurre. Como todos los demás, he jugado versiones del juego juvenil “¿Qué preferirías?”, en el cuál se debate si la ceguera o la sordera sería la más represiva. Pero no recuerdo haber especulado acerca de quedar mudo. Estar privado de la habilidad de hablar es más como un ataque de impotencia, o la amputación de parte de la personalidad. En un alto grado, en público y en privado, yo “era” mi voz. Todos los rituales de etiqueta y conversación, desde aclarar la garganta en preparación para contar un chiste largo y desgastante, hasta (en días más jóvenes) tratar de hacer mis propuestas más persuasivas bajando de tono una octava, eran natos y esenciales para mí. Nunca he sido capaz de cantar, pero pude alguna vez recitar poesía y citar prosa y a veces hasta se me pedía hacerlo. Y la precisión es todo: el exquisito momento en que uno puede divagar para contar una historia, o hacer de una línea un chiste, o ridiculizar a un oponente. Yo vivía por momentos como esos. Ahora, si quiero entrar en conversación, debo atraer la atención de algún otro modo, y vivir con el horrible hecho de que la gente escucha “con simpatía”. Por lo menos no tienen que poner atención demasiado tiempo; no puedo durar mucho y de todos modos no lo soporto.


Cuando uno enferma, la gente manda discos. A menudo, en mi experiencia, éstos son de Leonard Cohen. Así que recientemente me aprendí una canción, llamada “Si Es Tu Voluntad.” Es un poco empalagosa, pero es interpretada hermosamente y comienza así:
    Si es tu voluntad,
    Que no hable más;
    Y que mi voz quede quieta,
    Como era antes...
    Encuentro que es mejor no escuchar esto cuando es tarde. Leonard Cohen es inimaginable sin, e indistinguible de, su voz. (Ahora dudo que pudiera soportar escuchar esa canción cantada por alguien más.) En cierto modo, me digo, podría arreglármelas comunicándome solo por escrito. Pero esto es solo por mi edad. Si hubiera sido robado de mi voz antes, dudo que hubiera podido lograr mucho en las páginas. Le debo mucho a Simon Hoggart de The Guardian (hijo del autor de Los Usos de la Alfabetización), quien hace unos 35 años me dijo que un artículo mío estaba bien argumentado pero aburrido, y me aconsejó que procurara “escribir más como hablas.” En aquel momento, quedé aturdido por la acusación de ser aburrido y nunca le agradecí apropiadamente, pero con el tiempo aprecié que mi temor a viciar la escritura con el pronombre personal era en sí una forma de vicio.
    A mis grupos de redacción les solía decir que cualquiera que pudiera hablar también podía escribir. Habiendo levantado sus ánimos con esta escalera fácil de asir, entonces la reemplacé con una enorme serpiente: “¿Cuánta gente en esta clase puede hablar? ¿Digo, realmente hablar?” Eso tenía su efecto debidamente desmoralizante. Les dije que leyeran cada composición en voz alta, preferiblemente a un amigo de confianza. Las reglas eran generalmente las mismas: evitar expresiones trilladas (como la plaga, diría William Safire) y las repeticiones. No decir que de niño su abuela les solía leer, a menos que en ese estado de su vida ella realmente fuera un niño, en cual caso seguramente habían desperdiciado una mejor introducción. Si algo vale la pena escuchar, muy probablemente vale la pena leer. Así que, sobre todo: encuentren su propia voz.


El cumplido más satisfactorio que un lector puede hacerme es decir que él o ella se siente aludido personalmente. Piense en sus propios autores favoritos y vea si no es precisamente esa una de las cosas que lo atraen, muchas veces sin que usted se dé cuenta. Una buena conversación es el único equivalente humano: el caer en cuenta de que se están logrando y entendiendo puntos decentes, que la ironía está en juego, y la elaboración, y que el comentario soso u obvio sería casi físicamente doloroso. Es así como la filosofía evolucionó en el simposium, antes de que fuera escrita. Y la poesía inició con la voz como su único reproductor y el oído como su única grabadora. De hecho, no sé de ningún escritor realmente bueno que estuviera sordo, tampoco. ¿Cómo uno podría llegar, inclusive con la inteligente autoría de Abbé de l'Épée, a apreciar las minúsculas punzadas y el éxtasis de sofisticación que la voz bien entonada imparte? Henry James y Joseph Conrad acabaron dictando sus últimas novelas—lo que debe contar como uno de los logros vocales más grandes de todos los tiempos, a pesar de que pudieran beneficiarse de que les leyeran algunos pasajes para verificar—y Saul Bellow dictó buena parte de El Regalo de Humboldt. Sin nuestro correspondiente sentido del idiolecto, la estampa de cómo un individuo realmente habla y, por lo tanto, escribe, seríamos privados de todo un continente de simpatía humana, y de sus placeres menores como la mímica y la parodia.


Más solemnemente: “Todo lo que tengo es una voz,” escribió W.H. Auden en “Septiembre 1, 1939,” su intento agonizado de comprender y resistir el triunfo de la maldad radical. “¿Quién puede alcanzar a los sordos?” preguntó desesperadamente. “¿Quién puede hablar por los mudos?” Casi al mismo tiempo, la Nobel judío-alemana Nelly Sachs encontró que la aparición de Hitler le había ocasionado quedar literalmente sin palabras: robada de su voz por la severa negación de todos sus valores. Nuestros propios idiomas cotidianos preservan la idea, cuan tenuamente: cuando un servidor público devoto muere, los obituarios frecuentemente dicen que era una “voz” para los no escuchados.
    De la garganta humana también pueden emerger terribles venenos: berridos, aburrimientos, quejidos, gritos, incitaciones (“la más huracanada basura militante,” como Auden lo fraseó en el mismo poema), e inclusive burlas. Es la oportunidad de oponer voces fijas y pequeñas contra este torrente de balbuceos y ruido, las voces del ingenio y modestia, por las cuales uno añora. Todos los mejores momentos de sabiduría y amistad, de la “Apología” de Platón para Sócrates hasta La Vida de Johnson de Boswelli, resuenan con los orados, improvisados momentos de interjuego de razón y especulación. Es en compromisos como estos, en competencia y comparación con otros, que uno puede esperar encontrar lo elusivo, un mot juste mágico. Para mí, recordar una amistad es recordar esas conversaciones que parecía un pecado interrumpir: aquellas que hacían del sacrificio del día siguiente algo trivial. Ésa fue la manera que Calimaco escogió recordar a su querido Heráclito:
    Me dijeron, Heráclito; me dijeron que estabas muerto.
    Me trajeron a escuchar amargas noticias, y lloré amargamente.
    Lloré cuando recordé qué tan seguido tú y yo 
    Habíamos cansado al sol conversando, y lo mandamos a su ocaso.
De hecho, aclama la inmortalidad de su amigo por la dulzura de sus tonos:
    Aún están tus voces agradables, tus ruiseñores, despiertos;
    Porque la Muerte, se ha llevado todo, pero a ellos no se los puede llevar.
    Quizá demasiada esperanza en esa línea concluyente...


En la literatura médica, la cuerda vocal es un mero doblez, una pieza de cartílago que intenta estirarse y tocar a su gemelo, así produciendo la posibilidad de efectos de sonido. Pero siento que debe haber una relación profunda con la palabra “cuerda”: la vibración resonante que puede revolver la memoria, producir música, evocar amor, traer lágrimas, mover públicos a la lástima y las masas a la pasión. Podremos no ser, como hemos presumido, los únicos animales capaces de hablar. Pero somos los únicos que pueden desplegar comunicación vocal por placer y recreación pura, combinándose con nuestras otras presunciones de razón y humor, para producir síntesis más elevadas. Perder esta habilidad es ser privado de todo un rango de facultades: es morirse más de un poco.
    Mi mayor consolación en este año de vivir muriendo ha sido la presencia de amigos. Ya no puedo comer o beber por pacer, así que cuando ofrecen darse una vuelta es solo por la bendecida oportunidad de hablar. Algunos de estos camaradas fácilmente pueden llenar un salón con clientes ávidos de oírlos hablar: son oradores con los que es un privilegio simplemente seguirles el paso. Ahora, por lo menos puedo escucharlos gratis. ¿Pueden venir a verme? Sí, pero solo en cierto modo. Ahora, todos los días voy a una sala de espera, y veo las terribles noticias desde Japón en el cable (generalmente con subtítulos, para torturarme un poco) y espero a que una alta dosis de protones sea proyectada a mi cuerpo a dos tercios la velocidad de la luz. ¿Qué esperanza tengo? Si no una cura, entonces una remisión. ¿Y qué quiero a cambio? En la más hermosa oposición de dos de las palabras más simples de nuestro lenguaje: libertad de expresión.


lunes, 23 de abril de 2012

Hitchens Sobre el Cáncer, Parte 3


La Señora Modales y la Gran C

Christopher Hitchens
Diciembre, 2010


Desde que fui abatido a media gira de libro este verano, he adorado y aprovechado todas las oportunidades de ponerme al corriente y mantener tantos compromisos como pueda. Debatir y dar conferencias son parte de mi aliento de vida, y tomo grandes bocanadas cada que me sea posible. También disfruto el tiempo cara a cara con usted, el lector, ya sea que traiga una factura por mis libros en mano o no. Pero esto es lo que me sucedió cuando estaba esperando firmar algunas copias de mis memorias en un evento en Manhattan hace unas semanas. Imagínese, si quiere, que estoy sentado en mi mesa, y se me aproxima una mujer de aspecto maternal (un constituyente clave de mi demografía):
    Ella: Siento mucho escuchar que está enfermo.
    Yo: Gracias por decir eso.
    Ella: Un primo mío tuvo cáncer.
    Yo: De veras siento oír eso.
    Ella: [Mientras la fila tras ella se alarga.] Sí, en su hígado.
    Yo: Eso nunca es bueno.
    Ella: Pero desapareció, después de que los doctores le dijeron que era incurable.
    Yo: Bueno, eso es lo que todos queremos.
   Ella: [Con aquellos más atrás de la fila ahora mostrando señales de impaciencia.] Sí. Pero luego regresó, mucho peor que antes.
    Yo: Oh, qué horroroso.
    Ella: Y luego se murió. Fue agonizante. Agonizante. Pareció tomar una eternidad.
    Yo: [Empezando a buscar palabras.]...
    Ella: Claro, él fue un homosexual toda su vida.
    Yo: [No logrando encontrar las palabras, ni queriendo sonar estúpido diciendo “Por supuesto.”]...
    Ella: Y toda su familia lo desheredó. Murió prácticamente solo.
    Yo: Vaya, la verdad no sé qué decir...
    Ella: En fin, quería que supiera que yo entiendo exactamente por lo que usted está pasando.
   Este encuentro me dejó sorprendentemente exhausto, y hubiera estado mejor sin él. Me hizo preguntarme si quizá hubiera lugar para un pequeño manual de etiqueta sobre el cáncer. Esto aplicaría para los que lo padecen y los que simpatizan. Después de todo, no he sido reservado acerca de mi propia enfermedad. Pero tampoco camino por doquier con una playera que diga: PREGÚNTAME SOBRE CÁNCER DEL ESÓFAGO METASTATIZADO DE ESTADO CUATRO, Y SOLO ESO. De hecho, si no me traen noticias de eso y solamente eso, y de qué pudiera pasar cuando también se involucran pulmones y nodos linfáticos, no estoy interesado ni sé nada al respecto. Uno casi desarrolla un cierto elitismo acerca de lo particular de su desorden personal. Entonces, si su historia de primera o segunda mano es de otros órganos, debería considerar contarla escuetamente, o por lo menos más selectivamente. Esta sugerencia aplica tanto para historias intensamente deprimentes—ver arriba—o cuando tengan la intención de generar optimismo: “Mi abuela fue diagnosticada con melanoma terminal del punto G y le dijeron que se iba a morir. Pero resistió y, tras algunas enormes dosis de quimioterapia y radiación, ahora nos mandó una postal desde la cima del Everest.” Nuevamente, su narrativa puede fracasar en su agarre si no se ha tomado el tiempo de averiguar cómo le está yendo (y se está sintiendo) su interlocutor.


Normalmente se considera que la pregunta “¿Cómo estás?” no lo pone a uno bajo juramento de dar una respuesta completa ni honesta. Así que cuando me preguntan en estos días, prefiero decir algo críptico como “Es pronto para decir.” (Si es alguien del personal de la clínica oncológica quien pregunta, a veces llego a decir algo como “Parece que hoy tengo cáncer.”) Nadie quiere que le cuenten los innumerables horrores menores y humillaciones que se convierten en hechos de la vida cuando tu cuerpo pasa de ser un amigo a un enemigo: el aburrido cambio de constipación crónica a su repentino y dramático contrario; la igualmente fea traición de sentir un hambre aguda y temer siquiera al olor de la comida; la miseria absoluta de nausea retorciente de las entrañas y el estómago completamente vacío; ni del descubrimiento patético que la pérdida del cabello se extiende a la pérdida de los vellos dentro de la nariz, y por lo tanto el irritante fenómeno de una nariz suelta permanentemente. Perdón, pero ustedes preguntaron. No es divertido el apreciar completamente la verdad de la propuesta materialista de que no tengo un cuerpo, sino que soy un cuerpo.
    Pero realmente no es posible adoptar una postura de “No preguntes y no te digo” tampoco. Esta es una prescripción para hipocresía y dobles estándares. Amigos y familiares, obviamente, realmente no tienen la opción de no preguntar amablemente. Una manera de calmarlos es ser tan franco con ellos como se pueda y no adoptar ningún eufemismo ni negación. Así que voy al grano y digo cuáles son las probabilidades. La manera más rápida de decir esto es hacerles notar que el problema del cáncer de Estado Cuatro es que no existe el Estado Cinco. Con razón, algunas personas me toman la palbra. Recientemente tuve que aceptar que no podría ir a la boda de mi sobrina, en mi viejo pueblo natal y universidad de Oxford. Esto me deprimió por varias razones, y un amigo especialmente cercano me preguntó: “¿Es porque no vas a volver a ver Inglaterra?” De hecho, él tenía toda la razón en preguntar, y había sido precisamente eso lo que me estaba molestando, pero estuve muy sorprendido por su franqueza. Yo enfrentaré la dura verdad, gracias. No lo vayas a hacer tú también. Y sin embargo, yo había invitado la pregunta. Diciéndole a alguien más que después de algunos análisis más y tratamientos, pudiera ser que los doctores me dijeran que solo bastaba “manejar” la situación, nuevamente fui fulminado cuando me dijeron “Sí, supongo que llega un momento en que te tienes que dejar ir.” Qué cierto, y qué conciso resumen de lo que yo acababa de decir. Pero de nuevo, hubo una irracional urgencia de tener un monopolio, una especie de poder de veto, sobre lo que se podía decir y lo que no. Ser víctima del cáncer tiene una tentación permanente de caer en el egocentrismo e inclusive el solipsismo.


Entonces, mi manual de etiqueta propuesto impondría deberes a mí además de a aquellos que dicen demasiado o demasiado poco, en un intento de cubrir la torpeza inevitable en las relaciones diplomáticas entre Pueblo Tumor y sus vecinos. Si quiere un ejemplo de cómo no ser un enviado del anterior, entonces le ofrezco el video y el libro de The Last Lecture [La Última Lectura, N. Del T.]. Sería de mal gusto decir que esto—un adiós pre-grabado por el profesor Randy Pausch—se volvió “viral” en el Internet, pero así ha sido. Debería tener su propia advertencia de salud: tan azucarado que podría necesitar una inyección de insulina para soportarlo. Pausch solía trabajar para Disney y se nota. Incluyó una sección en defensa del cliché, sin omitir: “Aparte de eso, señora Lincoln, ¿cómo estuvo la obra?” Las palabras “niño” o “niñez” y “sueño” se usan como si por primera vez. (“Cualquiera que use 'infancia' y 'sueño' en la misma oración usualmente se gana mi atención.”) Pausch enseñó en Carnegie Mellon, pero da la impresión de Dale Carnegie. (“Las paredes de ladrillo están ahí por una razón... para darnos una oportunidad de mostrar qué tanto queremos algo.”) Claro, uno no tiene que leer el libro de Pausch, pero muchos estudiantes y colegas sí tuvieron que ir a la plática, en la que Pausch hizo lagartijas, mostró algunos videos caseros, posó para la cámara y en general balbuceó sin fin. Pensé que sería una ofensa el ser atroz y antipático en circunstancias en las que el público está moralmente obligado a simpatizar. Esta fue tanto una intrusión, a su manera, como la de la maternal fiscal con la que comencé. A medida que las poblaciones de Pueblo Tumor y Pueblo Sano aumenten e “interactúen,” hay una creciente necesidad de reglas de juego que eviten que nos inflijamos uno sobre el otro.


lunes, 16 de abril de 2012

Hitchens sobre el cáncer, Parte 2


Pueblo Tumor

Christopher Hitchens
Noviembre, 2010


Supongo que ella debe cuidarse, ponerse en congelación, y dentro de uno o dos años seguramente habrá sido desarrollada una pastilla que cure esto como un resfriado. Ya tenemos, sabes, algunas de estas cortisonas; pero el doctor nos dice que no saben si los efectos secundarios puedan ser peores. Tú sabes, la gran C. Yo digo que hay que intentar, con tantos avances ya están por vencer al cáncer de todos modos, y con estos trasplantes pronto podrán reemplazar todas tus entrañas.
-El Sr. Angstrom, en la novela Rabbit Redux (1971) de John Updike.


La novela de Updike se situó en lo que se pudieran llamar los años optimistas de la administración de Nixon: los tiempos de la misión Apollo y el nacimiento de aquella expresión triunfal americana que comienza: “Si podemos poner un hombre en la luna...” En enero de 1971, los senadores Kennedy y Javits promovieron el “Acto de Conquista del Cáncer,” y para diciembre de ese año Richard Nixon había firmado algo parecido como ley, junto con enormes apropiaciones federales. Se hablaba de una “Guerra Contra el Cáncer.”
    Cuatro décadas después, aquellas otras guerras “gloriosas”, contra la pobreza, las drogas y el terrorismo, se combinan para mofarse de tal retórica y, tan seguido como se me alienta a “combatir” mi propio tumor, no puedo evadir la sensación de que es el cáncer el que me combate a mí. El temor con el que se discute—“la gran C”—es todavía casi supersticioso. También lo son las murmuradas esperanzas de un nuevo tratamiento o cura.
    En su famoso ensayo sobre Hollywood, Pauline Kael lo describió como un lugar en el que se podía morir de entusiasmo. Eso todavía puede ser cierto; en Pueblo Tumor, a veces uno siente que se va a morir de tantos consejos. Muchos vienen gratuitos y sin ser solicitados. Me dicen que, con premura, debo ingerir la esencia granulada de la pepita de durazno(¿o acaso chabacano?), un remedio conocido en civilizaciones antiguas pero suprimido por los ambiciosos doctores modernos. Otro corresponsal me urge a consumir grandes porciones de suplementos de testosterona, quizá para ayudar con la moral. O, también me dicen, debo encontrar maneras de abrir ciertos chakras y ponerme en el estado mental receptivo apropiado. Dietas completamente vegetarianas serían todo lo que requeriría para esta experiencia. Y no se rían del pobre Sr. Angstrom: alguien me ha escrito de una universidad famosa para sugerir que debo ser criogénicamente congelado y esperar el día de la cura. (Cuando no le respondí, recibí una segunda misiva, sugiriendo que por lo menos congelara mi cerebro para ser apreciado por la posteridad. Vaya, quiero decir, muchas gracias.) En contra de todo esto, recibí una nota de un amigo en Cheyenne, diciendo que todos aquellos que conoció que recurrieron a remedios tribales murieron casi inmediatamente, y sugirió que si se me ofrecían remedios indígenas debería “moverme en la dirección contraria rápidamente”. Algunos consejos sí pueden tomarse.
    Inclusive en el mundo de la sanidad y la modernidad, sin embargo, frecuentemente no se pueden tomar. Gente extremadamente bien informada se comunica para insistir en que solamente hay un doctor o una clínica. Estos doctores y clínicas están tan dispersos como Cleveland y Kyoto. Inclusive si tuviera un avión propio, nunca estaría seguro de haberlos probado todos. Los ciudadanos de Pueblo Tumor siempre son sosegados con curas y rumores de curas. De hecho, sí me llevé a un gran palacio de clínica en la parte más opulenta de una ciudad pobre que no nombraré, porque todo lo que obtuve fue una larga y tediosa exposición de cosas que ya sabía (mientras yacía en una de las camas de examinación de tan opulento establecimiento) y un piquete de algún bicho que brevemente duplicó el tamaño de mi mano izquierda; algo completamente sobrante inclusive a mis requerimientos pre-cancerosos, pero una gran irritación para alguien con un sistema inmune químicamente corroído.


Con todo y todo, este es un tiempo exhilarante y melancólico para tener cáncer como el que tengo. Exhilarante, porque mi oncólogo calmado y erudito, el Dr. Frederick Smith, puede diseñar un coctel químico que ya ha reducido algunos de mis tumores secundarios, y puede ajustar dicho coctel para minimizar ciertos feos malos efectos. Eso hubiera sido imposible cuando Updike escribió su libro, o cuando Nixon proclamó su “guerra”. Pero melancólicos, también, porque nuevas cimas en la medicina se están irguiendo y se avistan nuevos tratamientos, pero muy seguramente demasiado tarde para mí.
    Por ejemplo, me entusiasmó saber sobre un nuevo “protocolo de inmunoterapia,” desarrollado por los doctores Steven Rosenberg y Nicholas Restifo en el Instituto Nacional del Cáncer. De hecho, la palabra “entusiasmo” se queda corta. Estuve muy emocionado. Hoy es posible remover células T de la sangre, someterlas a un proceso de ingeniería genética, y luego reinyectarlas para atacar al tumor. “Algo de esto podría sonar como medicina de la era espacial,” escribió el Dr. Restifo, como si él también hubiera estado leyendo a Updike, “pero ya hemos tratado a más de 100 pacientes con células T modificadas genéticamente, incluyendo a 20 pacientes usando la misma estrategia que sugiero pueda aplicarse a su caso.” Había un problema, e involucraba una correspondencia. Mi tumor tenía que expresar una proteína llamada NY-ESO-1, y mis células inmunes debían tener una molécula llamada HLA-A2. Con este par, el sistema inmune se podría cargar para resistir el tumor. Las posibilidades se veían buenas, en cuanto a que la mitad de aquellos con genes europeos o caucásicos tienen esas moléculas. ¡Y mi tumor sí resultó tener la proteína! Pero mis células inmunes no resultaron ser lo suficientemente “caucásicas”. Otros experimentos están en revisión por la FDA, pero tengo algo de prisa, y no puedo olvidar la sensación de aplanamiento cuando me dieron la noticia.
    Quizá sea lo mejor dejar estas falsas esperanzas atrás pronto: fue en la misma semana que se me dijo que no tenía ninguna de las mutaciones en mi tumor de las necesarias para ser candidato a cualquier terapia “dirigida” actualmente disponible. Una o dos noches después, me escribieron unos 50 amigos, porque en el programa 60 Minutos había salido un segmento sobre “ingeniería de tejido,” por medio de células madre, de un hombre con cáncer en el esófago. Fue efectivamente conducido a “crearse” uno nuevo. Emocionado, contacté a mi amigo, el Dr. Francis Collins, padre del tratamiento genético, quien gentilmente pero con firmeza me dijo que mi cáncer estaba demasiado esparcido más allá de mi esófago para ser tratado por tales medios.
    Analizando la tristeza que desarrollé durante esos míseros siete días, descubrí que me sentí timado además que decepcionado. “Hasta que hayas hecho algo por la humanidad,” escribió el gran educador americano, Horace Mann, “deberías sentirte avergonzado de morir.” Felizmente me hubiera ofrecido como sujeto experimental para nuevas drogas o cirugías, claro, en parte por la esperanza de que pudieran salvarme, pero también por el principio de Mann. Y ni siquiera califiqué para esa aventura. Así que debo andar laboriosamente adelante con la rutina de quimioterapia y, si da resultado, agregarle radiación y quizá el muy discutido CiberKnife [CiberCuchillo, N. del T.] para una intervención quirúrgica: ambas de estas opciones son casi milagrosas comparadas con el pasado reciente.


Hay una esperanza más remota que quisiera intentar, aunque su eficacia está en los límites más lejanos de la probabilidad. Probaré tener todo mi ADN secuenciado, junto con el genoma de mi tumor. Francis Collins fue típicamente sobrio sobre su evaluación de la utilidad de esto. Si las dos secuencias podían obtenerse, me escribió, “podría ser claramente determinado qué mutaciones se presentaron en el cáncer y lo están haciendo crecer. El potencial de encontrar mutaciones que lleven a una nueva idea terapéutica es incierto—esto está en la frontera de la investigación sobre el cáncer.” Parcialmente por esa razón, me aconsejó, el costo de hacerlo también sería muy exorbitante por el momento. Pero al juzgar por mi correspondencia, prácticamente todo mundo en este país ha tenido cáncer o tiene un amigo o familiar que ha sido víctima de él. Así que quizá logre contribuir un poco a engrandecer el conocimiento que ayudará a generaciones futuras.


Digo “quizá” en parte porque Francis ahora ha tenido que dejar mucho de su trabajo pionero para defender a su profesión de un bloqueo legal de la línea más prometedora de sus esfuerzos. Inclusive mientras él y yo teníamos esas conversaciones en parte exhilarantes y en parte deprimentes, el mes de agosto pasado un juez federal en Washington, D.C., ordenó frenar todo gasto gubernamental en la investigación de células madre embrionales. El juez Royce Lamberth estaba respondiendo a una demanda de dos entusiastas de la llamada Enmienda Dickey-Wicker, nombrada así por el dúo republicano que en 1995 logró prohibir inversión federal en cualquier investigación que involucrara un embrión humano.
    Como un cristiano creyente, Francis es quisquilloso acerca de la creación de estos cúmulos de células no-conscientes para propósitos de investigación (como, si le importa a usted, también yo), pero estaba esperando que buenas obras salieran del uso de embriones ya existentes, creados originalmente para fertilización in vitro. Estos embriones no iban a ningún lado de todos modos. ¡Pero ahora, maniáticos religiosos luchan por prohibir inclusive su uso, que pudiera ayudar a lo que algunos de esos maniáticos considerarían los compañeros humanos de esos embriones! Los patrocinadores legales de estas tonterías pseudocientíficas deberían estar avergonzados de vivir, y sobre todo morir. Si usted quiere tomar parte en la “guerra” contra el cáncer, y contra otras terribles aflicciones también, entonces únase a la batalla contra su estupidez letal.


lunes, 9 de abril de 2012

Hitchens Sobre el Cáncer, Parte 1


Durante las últimas semanas he estado traduciendo textos de Christopher Hitchens, autor ateo que falleció el pasado 15 de diciembre a causa de cáncer en el esófago.  Durante su enfermedad, escribió artículos al respecto en Vanity Fair, que me dí a la tarea de traducir para compartirlos con ustedes.  Esto ha representado mucho más trabajo que cualquier artículo que haya publicado hasta ahora, espero que los disfruten.

--Héctor Mata

Plegarias Incontestables

Christopher Hitchens
Octubre, 2010

Cuando describí el tumor en mi esófago como un “ciego alienígena sin emociones,” supongo que ni siquiera yo pude evitar otorgarle algunas de las cualidades de un ser viviente. Esto por lo menos yo sé que es un error: una instancia de la “falacia patética” (nube enojada, montaña orgullosa) por la cuál atribuimos cualidades animadas a fenómenos inanimados. Para existir, un cáncer necesita un organismo viviente, pero nunca puede llegar a convertirse en uno. Toda su malicia—ahí voy de nuevo—yace en el hecho de que “lo mejor” que puede hacer es morir con su huésped. Eso, o su huésped encontrará los medios para extirparlo y sobrevivirlo.
    Pero, como sabía desde antes de enfermarme, hay algunas personas para las que esta explicación no es satisfactoria. Para ellos, un carcinoma roedor realmente es un agente dedicado y consciente—un asesino-suicida de acción lenta—con una misión consagrada desde el cielo. No se ha vivido, si puedo ponerlo así, hasta se han leído contribuciones como ésta en los sitios web de los fieles:
“¿Quién más siente que el cáncer en la garganta de Christopher Hitchens fue la venganza de Dios por haber usado su voz para blasfemar en contra de Él? A los ateos les gusta ignorar los HECHOS. Les gusta actuar como si todo es una 'coincidencia'. ¿De veras? ¿Solamente fue una 'coincidencia' que, de cualquier parte de su cuerpo, Christopher Hitchens desarrollara cáncer en la parte que usara para blasfemar? Claro, sigan creyendo eso, ateos. Va a retorcerse en dolor y agonía y extinguirse hacia la nada y morir una terrible muerte agonizante, y ENTONCES empezará la verdadera diversión, cuando será mandado al INFIERNO por siempre a ser torturado y quemado.”

    Hay numerosos pasajes en las escrituras y la tradición religiosa que por siglos han hecho de este tipo de morbo una creencia popular. Mucho antes de que me incumbiera a mí particularmente, había entendido las objeciones obvias. Primero, ¿qué mero primate puede estar tan malditamente seguro de saber la mente de Dios? Segundo, ¿quisiera este autor anónimo que su punto de vista sea leído por mis inofensivos hijos, quienes también están sufriendo por su parte, y debido al mismo dios? Tercero, ¿por qué no mejor un relámpago para su servidor, o algo similarmente impresionante? La deidad vengativa tiene un arsenal tristemente disminuido si todo lo que se le ocurre es el cáncer que mi edad y estilo de vida ya sugerían me iba a afligir. Cuarto, ¿por qué cáncer en lo absoluto? Casi todos los hombres desarrollan cáncer de próstata si viven lo suficiente: es un asunto indigno pero distribuido bastante equitativamente entre santos y pecadores, creyentes y no-creyentes. Si se mantiene que Dios castiga con los cánceres apropiados, también hay que tomar en cuenta los números de infantes que desarrollan leucemia. Personas devotas han muerto jóvenes y en agonía. Bertrand Russell y Voltaire, por el contrario, permanecieron vigorosos hasta el fin, así como muchos criminales psicóticos y tiranos también. Estas visitaciones, entonces, parecen terriblemente aleatorias. Mientras tanto, puedo asegurarle a mi corresponsal cristiano anterior, que mi hasta ahora no-cancerosa garganta no es el único órgano con el que he blasfemado... Y aunque perdiera la voz antes que la vida, seguiré escribiendo polémicas contra delirios religiosos, por lo menos hasta que sea tiempo de saludar a mi vieja amiga la oscuridad. En cualquier caso, ¿por qué no cáncer del cerebro? Como un atemorizado y atolondrado imbécil, quizá inclusive llame a un clérigo al final del asunto, aunque ahora declaro de antemano, mientras estoy cuerdo, que la entidad en ese caso humillándose no sería “yo”. (Tome esto en cuenta, en caso de posteriores rumores o fabricaciones.)

El hecho más absorbente de estar mortalmente enfermo, es que uno pasa bastante tiempo preparándose para morir con un cierto modo de estoicismo (y previsión por los seres amados), mientras simultáneamente se está altamente interesado en la supervivencia. Ésta es una bizarra manera de “vivir”—abogados por la mañana y doctores por la tarde—y significa que uno tiene que existir más de lo usual en un un doble estado mental. Lo mismo es cierto, parece ser, para aquellos que oran por mí. Y muchos de ellos son tan “religiosos” como el tipo que quiere que sea torturado en el aquí y ahora—lo cuál me pasará aun si me llegara a recuperar—y luego torturado por siempre si no me recupero o, posiblemente, inclusive si lo hago.
    Del sorprendente y adulante número de personas que me han escrito desde que enfermé tanto, pocos han omitido decir una de dos cosas. O me aseguran que no me ofenderán diciendo oraciones por mí, o tiernamente me insisten que lo harán de todos modos. Sitios web devocionales dedican espacio a la cuestión. (Si leyera esto a tiempo, tenga en cuenta que el 20 de septiembre ha sido designado “Día de Rezar por Hitchens”.) Pat Archbold, en el Registro Católico Nacional, y el diácono Greg Kandra fueron de los católicos romanos que me consideraron un objeto digno de oración. El rabino David Wolpe, autor de Por qué la fe importa y el líder de una congregación mayor en Los Ángeles, dijo lo mismo. Él ha sido un contrincante en debates conmigo, así como varios pastores evangélicos protestantes como Douglas Wilson de la Universidad de St. Andrews y Larry Taunton de la Fundación Fixed Point en Birmingham, Alabama. Ambos escribieron para decir que sus asambleas estaban pidiendo por mí. Y fue a ellos al los que primero se me ocurrió escribir de vuelta, preguntado: “¿Pidiendo por qué?”
    Como muchos de los católicos, que esencialmente rezan porque yo vea la luz tanto como para que me mejore, han sido muy sinceros. La Salvación ha sido el punto principal. “Estamos, ten por seguro, preocupados por tu salud también, pero esa es una consideración muy secundaria. '¿De qué sirve a un hombre ganar todo el mundo si pierde su alma [Mateo, 16:26]?'” Ése fue Larry Taunton. El pastor Wilson respondió que cuando oyó la noticia, se puso a rezar por tres cosas: que pudiera vencer la enfermedad, que me reconciliara con lo divino y que el proceso nos llevara a los dos de nuevo a contactarnos. No pudo evitar agregar, algo presumidamente, que la tercer petición ya había sido cumplida. Así que estos son algunos católicos, judíos y protestantes de reputación que consideran que, en cierta medida, vale la pena salvarme. La facción musulmana ha sido más callada. Un amigo iraní ha pedido que se ore por mí en la tumba de Omar Khayyám, poeta supremo de los librepensadores persas. El video en YouTube anunciando el día de intercesión por mí está acompañado por la canción “I Think I See The Light” (“Creo Que Veo La Luz”, N. del T.), interpretado por Cat Stevens—quien, con el nombre de “Yusuf Islam”, alguna vez promovió el histérico llamado teocrático a asesinar a mi amigo Salman Rushdie. (Los banales versos de esta pseudo-inspiradora canción, de paso, parecen ser destinados a una chava.) Y este ecumenismo aparente tiene otras contradicciones, también. Si anunciara que repentinamente me convertí al catolicismo, sé que Larry Taunton y Douglas Wilson considerarían que he cometido un gravísimo error. Por otro lado, si fuera a adherirme a cualquiera de sus grupos protestantes evangélicos, los seguidores de Roma no considerarían que mi alma estaría más a salvo de lo que está ahora. Mientras, una decisión de adherirme al Islam o al Judaísmo inevitablemente me haría perder las oraciones de ambas facciones. Simpatizo con el gran Voltaire quien, al ser molestado en su lecho de muerte, y siendo urgido a renunciar al Diablo, murmuró que ese no era el momento de hacer más enemigos.

El físico danés y ganador del Nobel, Niels Bohr, alguna vez colgó una herradura sobre su puerta. Amigos asombrados exclamaron que seguramente no creía en tal superstición tan patética. “No lo hago,” replicó con compostura, “pero aparentemente funciona ya sea que lo creas o no.” Esa puede ser la conclusión más segura. La investigación más exhaustiva del tema jamás llevada a cabo—el “Estudio Sobre los Efectos de la Oración Intercesoria, de 2006”—no pudo encontrar correlación alguna entre el número y constancia de las plegarias ofrecidas y la probabilidad de que la persona por la que se pedía tuviera una condición mejorada. Pero sí encontró una pequeña pero interesante correlación negativa, en cuanto a que algunos de los pacientes se sintieron un poco peor cuando no manifestaron mejoría: sentían que decepcionaban a sus devotos oradores. Y la moral es otro factor incuantificable para la supervivencia. Ahora lo entiendo mejor que cuando por primera vez lo leí. Un gran número de amigos laicos y ateos me han dicho cosas alentadoras y adulantes, tales como que si cualquiera puede vencer esto, soy yo; que el cáncer no tiene posibilidades ante alguien como yo; y que saben que puedo vencer esto. En los días malos, e inclusive en los mejores, tales exhortos pueden tener un efecto vagamente deprimente. Si sucumbo, estaré decepcionando a todos esos camaradas. Otro problema laico también me ocurre: ¿qué tal si me recupero y entonces los piadosos dicen que fue gracias a sus plegarias? Eso sería algo irritante.

He guardado lo mejor de los fieles para el final. El doctor Francis Collins es uno de los mejores americanos vivos. Es el hombre que trajo el Proyecto del Genoma Humano a su completitud, antes de tiempo y bajo presupuesto, y ahora dirige los Institutos Nacionales de la Salud. En su trabajo sobre los orígenes genéticos de enfermedades, ayudó a decodificar los “errores de copiado” que causan tales calamidades como fibrosis cística y la enfermedad de Huntington. Ahora está trabajando con las sorprendentes propiedades curativas latentes en las células madre y en tratamientos genéticos “dirigidos”. Este gran humanitario es también un devoto del trabajo de C.S. Lewis y, en su libro El Lenguaje de Dios, se ha propuesto hacer compatible la religión con la ciencia. (Este pequeño volumen contiene un capítulo admirablemente terso informado a los fundamentalistas que el argumento sobre la evolución se ha terminado, principalmente, porque no hay ningún argumento.) Conozco a Francis, también, de varios debates públicos y privados acerca de la religión. Ha tenido la gentileza de visitarme cuando tiene tiempo y discute conmigo todo tipo de nuevos tratamientos, apenas imaginables, que podrían aplicarse a mi caso. Y déjenme ponerlo de este modo: no ha sugerido rezar, y yo por mi parte no le he dado lata con eso. Así que aquellos que quieren que muera en agonía realmente están rezando por que los esfuerzos de nuestro más desinteresado cristiano sean frustrados. ¿Quién es el Dr. Collins para interferir con el plan divino? Por un giro similar, aquellos que quieren que arda en el infierno, también se están mofando de aquellos religiosos que no me consideran maligno y sin salvación. Le dejo estas paradojas a aquellos, tanto amigos como enemigos, que aún veneran lo sobrenatural.
    Siguiendo el hilo de la oración por el laberinto de la Web, eventualmente encontré un bizarro video de “Hagan Sus Apuestas”. Éste invita a potenciales jugadores a apostar dinero sobre si repudiaré mi ateísmo y aceptaré una religión para cierta fecha, o si continuaré afirmando incredulidad y enfrentaré las consecuencias. Esto no es, quizás, tan bajo y vulgar como suena. Uno de los más celebrados defensores del cristianismo, Blaise Pascal, redujo la cuestión a una apuesta en el siglo XVI. Si pones tu fe en el Señor, propuso, tienes todo por ganar. Declinar la oferta celestial puede resultar en perderlo todo, si resulta que se está equivocado. Aunque pueda ser ingenioso el razonamiento de su ensayo—fue uno de los fundadores de la teoría de probabilidad—Pascal asume un dios cínico y un humano sumiso y oportunista. Supongamos que desechara los principios de toda mi vida, en la esperanza de ganar favores en el último minuto. Espero que nadie que sea serio quede en lo absoluto impresionado por una movida tan estafadora. Además, el dios que recompensaría la cobardía y la deshonestidad, y que luego castigaría la duda irreconciliable, está entre los muchos dioses en los que (¿o en quienes?) yo no creo. No quiero despreciar intenciones tan amables, pero cuando llegue el 20 de septiembre, por favor no molesten a los cielos con sus aclamos por mí. A menos, claro, que los haga sentir mejor a ustedes.