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lunes, 28 de julio de 2014

De vuelta al mundo real

Ya vamos en la segunda mitad del año y hasta ahora he tenido solo una meta cumplida: terminar la maestría en Física a tiempo y de manera decorosa. Digo decorosa, porque cuando la comencé tuve verdaderas dificultades para ponerme al corriente con lo que se suponía que ya tenía que saber de física y matemáticas para poder empezar; a decir verdad, la mayor parte de la maestría me ha servido para hacerme una idea del plan de estudios que tendré que adoptar si es que pretendo seguir al doctorado, y en retrospectiva me siento afortunado de siquiera haber sido admitido en primer lugar.
    En el pequeño estudio que me he confeccionado en mi casa hay una pared entera ocupada por dos pintarrones blancos, que a lo largo del semestre han llevado la bitácora de pendientes pertinentes a la maestría y algunas anotaciones sobre pagos y trámites que tiene que hacer uno cuando se espera que sea un adulto responsable. Ahora que estoy más desocupado, uno de los dos pintarrones está completamente en blanco y el otro tiene pendientes que son más bien recordatorios de tareas ociosas que quiero realizar, tales como nueve (sí, 9) artículos para publicar aquí, una presentación sobre pseudociencia, otra sobre ciencia y religión, y una consigna escrita por mi esposa que dice Debo hacer ejercicio, en alusión a mi fastidiosa espalda baja que, si me porto bien y hago los ejercicios, será operada más tarde que temprano.
    Me detengo y volteo a mi alrededor por primera vez en más de dos años y me pongo a reflexionar sobre dónde estoy en mi vida, a dónde he llegado, a dónde quiero ir, qué quiero hacer con los años que me quedan. Y es que, aunque suene pesimista o hasta fatalista, procuro planear mi vida siempre tomando en cuenta que voy contra reloj y no habrá otra oportunidad—este no es un ensayo para lo que sigue; esto es lo que sigue. Fue con esta mentalidad que, tan pronto salí del hospital hace dos años y medio, después de acercarme peligrosamente a la falla de mis órganos por choque diabético—1140mg/dl de glucosa, para que busquen en internet eso qué implica—, me dirigí a la universidad pública más cercana sin saber prácticamente nada y les dije: —Quiero ser físico. Quiero entrar a la maestría. Díganme qué tengo que hacer—y entonces lo hice.
    Había sido demasiado fácil tomar una actitud complaciente: soy joven y la vida es larga, ya habrá tiempo para lo que quiero hacer después, ahorita me la llevo tranquilo. Hizo falta la pérdida total de la función insulínica de mi páncreas para hacerme reaccionar—y sin embargo me siento afortunado de haber recibido el mensaje cuando lo recibí; parte de mí inclusive quisiera que hubiera llegado antes. Y es que no es para menos: mi vida por fin apunta, si bien todavía no camina mucho, en la dirección que imaginé alguna vez cuando era un jovenzuelo.
    Ahora tengo que enfrentarme con que el mundo y el tiempo no se detuvieron mientras estuve ocupado tratando de ser físico: la deuda de mi hipoteca ha bajado una cantidad irrisoria; la del coche efectivamente acaba de subir, por aquello de que se terminó el año de seguro gratis; y estoy en busca de un trabajo adicional (si no es que uno completamente nuevo) para tan solo salir tablas en los estados de cuenta, ahora que se acaba la beca de la maestría. Por si no fuera suficiente, me enteré de que me había estado controlando la diabetes de la manera más anticuada y riesgosa posible todo este tiempo—titubeo en tomarlo en cuenta como “control”—y el cambio de doctor y de protocolo de tratamiento me ha regresado prácticamente al principio (cómo me enteré de las deficiencias en mi tratamiento es una historia larga, quizá para otra ocasión). En unas semanas se agregará a esta lista el ser padre. Así que sí, como me han comentado en un par de ocasiones, estoy más delgado y, sobre todo, canoso.
    En este momento es importante hacer una aclaración sobre el tono de lo que escribo, y es que lo que más quiero evitar aquí es provocar un sentimiento de tedio en el amable lector ante mi lastimoso recuento de que la vida no es fácil. Al contrario, quienes me conocen sabrán que no soy precisamente optimista, pero me gustan los retos y es difícil que me rinda en lo que sea. Por primera vez en mucho tiempo, quizá desde que hace algunos años intentara también ser músico, me siento genuinamente entusiasmado por el porvenir. Sé que las estadísticas a largo plazo no me favorecen—45 años de esperanza de vida a partir del diagnóstico para diabéticos tipo 1 diagnosticados a los 20 (en mi caso tenía 29), lo que sugiere que tal vez no llegue siquiera a jubilarme—pero también sé que pudo ser mucho, pero mucho peor.
    Aquí se antoja el cliché de la “segunda oportunidad a la vida” que tantas personas en situaciones como la mía y mucho peores evocan, solo que creo que el dicho está equivocado. En realidad, es la misma oportunidad—desde que uno nace la está viviendo. Más bien prefiero pensar que mi preciada oportunidad no la perdí en una tragedia, una tontería o, lo peor de todo, en el conformismo y la apatía. Esta renovación de mi empuje por vivir ha resultado en que me he vuelto menos tolerante en algunas cosas—“radicalizado”, diría mi esposa—y más comprensivo en otras.
    Es así que ahora espero llenar los pintarrones de muchas cosas próximamente—habrá una predominancia de matemáticas y física, tan pronto le ponga “palomitas” a los otros pendientes—pero seguramente aumentaré el ritmo de estas y otras masturbaciones mentales también.  Por ahora me despido; tengo cosas qué hacer.








miércoles, 6 de febrero de 2013

A Un Año del Diagnóstico

Hace un año fui hospitalizado de urgencia y diagnosticado con diabetes tipo I. Recuerdo que en aquel momento pensé en las distintas “fases” del duelo que identifican los psicólogos: negación, ira, depresión, negociación y aceptación. Pensé en que, por lo menos, pondría a prueba aquel modelo. Recuerdo claramente que en mi caso la negación llegó en forma de incredulidad: tanto yo como mi familia teníamos la esperanza—aun estando en la cama del hospital y con los resultados de los análisis en mano—de que fuera alguna otra cosa la que estaba mal, y que tan solo parecía que la producción de insulina en mi páncreas había sido abruptamente cancelada. Tiene que ser otra cosa, pensé. Y es que las probabilidades de que uno desarrolle diabetes tipo I son tan minúsculas, que cualquier teoría de conspiración biológica parecía tener más posibilidades.
    En cuanto a la ira, no recuerdo haber pasado por ella. Ciertamente había sentido ira antes, por lo que la hubiera identificado; simplemente no se presentó. Quizá hubo algunas contramedidas racionales que la previnieron. ¿Ira contra qué, o contra quién? ¿Contra mi propio sistema inmune, por haber hecho cortocircuito y neutralizado mi páncreas? Después de 29 años exitosos de mantenerme vivo—y de seguir peleando contra invasores microscópicos desde entonces—no había nada qué reprocharle. Además, no es como si hubiera hecho cortocircuito a propósito ; no al menos que le atribuyera conciencia a un ente difuso, compuesto de pequeños robots biológicos que, hasta donde ellos “saben”, tan solo están haciendo su trabajo. ¿Ira contra un dios en el que no creo? No tenía sentido tampoco. Parecía que el modelo de los psicólogos se debilitaba un poco. 
    Ah, pero luego estuvo la depresión. Definitivamente pasé por eso. No fue una depresión quejosa ni lastimosa; más bien, fue una sobria reacción ante un duro recordatorio acerca de la mortalidad de uno mismo. Fue Sam Harris quien mencionó, en su plática Death and the Present Moment, que todos vivimos como si no supiéramos que vamos a morir. Sabemos que el momento se acerca cada vez más, y sin embargo actuamos como si no fuera a llegar nunca. Y cuando finalmente llegan esos últimos momentos—o duros recordatorios de ellos, como el que yo tuve—nos damos cuenta de que hemos perdido tanto, pero tanto tiempo, haciendo cosas tan, pero tan poco importantes. Ahora sabía de qué me iba a morir. Todos los planes que hiciera a partir de ese momento, y todas las consideraciones a futuro, serían bajo el entendido de que, como diabético, mis probabilidades de vivir lo suficiente no serían las mismas que las de una persona sana. Y eso lo deprime a uno, por supuesto. 
    Y claro que tengo planes a largo plazo, y compromisos. Llevaba solo cinco meses de casado al momento de ser diagnosticado, compromiso que hice con la intención de que durara toda la vida. Además, llevaba apenas dos meses de pagar la hipoteca de una nueva casa, con plazo a veinte años. Y había tantas cosas más que quería—quiero—hacer todavía. A todos los planes a mediano y largo plazo se les puso entonces un discreto pero notable asterisco. 
    Y por si fuera poco, justo recién salido del hospital, llegué a la casa y leí el instructivo que venía con la insulina que acababa de comprar. Después de alguna información técnica acerca de la fabricación de la insulina, aparece este fragmento: 
Su médico le ha explicado que usted padece diabetes. Usted ha aprendido que el tratamiento de la diabetes que padece requiere de inyecciones de insulina. 
    Para alguien recién diagnosticado y pasando por la fase de depresión, lo anterior es lo mismo que esto: Vaya que usted ya se jodió. Va a tener que inyectarse de por vida. Después de más información acerca de cómo administrar las inyecciones, aparecen unos apartados explicando las causas y los molestos síntomas tanto de la falta de azúcar en la sangre como de su exceso. En ambos casos, se termina con la siguiente frase: Llame de inmediato a su médico si experimenta cualquiera de estos síntomas, ya que después pueden presentarse el coma diabético, pérdida del conocimiento o la muerte.
    Estupendo, gracias. No solo se veía desolador el panorama a mediano y largo plazo, sino que ahora podía caer en coma y morir por un descuido cotidiano. ¿Cómo se suponía que iba a seguir adelante con mi vida? 
*    *    *

Pero justo en el mismo instructivo, presente en cada frasco de insulina que he comprado desde entonces, aparece la siguiente frase:
A pesar de la diabetes, usted puede llevar una vida activa, saludable y útil, si se alimenta con una dieta balanceada diariamente, hace ejercicio con regularidad y se aplica sus inyecciones de insulina exactamente como se las prescribió el médico.
    Y fue justamente eso lo que hice. Sobre todo, puse énfasis en hacerme útil y ocuparme. Fui dado de alta del hospital un miércoles por la tarde, y el jueves en la mañana ya estaba pidiendo informes en la universidad para empezar la maestría en física. La siguiente semana me puse en contacto con un médico nutriólogo, que diseñó un protocolo alimenticio específicamente para mí. Inclusive adquirí una máquina para hacer ejercicio—algo en lo que he fallado últimamente, debo admitir, pero que usé constantemente en un inicio. El caso es que el diagnóstico de diabetes acabó por darme un golpe de vigor y estámina. La depresión me duró unas semanas, o quizá uno que otro mes, pero fue una depresión provechosa y útil. En cuestión de meses logré no solamente controlar mis niveles de azúcar, sino que llegaron al punto en que, basándose solamente en las pruebas de laboratorio, la diabetes se volvió indetectable. Había bajado algo así como ocho kilos en los días que estuve hospitalizado, y hasta la fecha no los he vuelto a subir, a pesar de no estar haciendo todo el ejercicio que debería. La transición a la fase de negociación no salió nada mal. 
    Claro, hubo varias cosas que se negociaron. A cambio de niveles de azúcar perfectamente normales, y de no más de 40 unidades de insulina al día (en dos dosis, de 22 y 18 unidades cada una), tuve que renunciar por completo a ciertos alimentos, y sustituir otros por versiones para diabéticos. Los productos light se han vuelto parte de mi vida diaria ahora. Y la cantidad bruta de comida que ingiero es menos de la mitad de lo que era antes. No soy precisamente delgado, pero sí estoy más delgado que justo antes de ser diagnosticado y me ubico muy cerca de mi peso ideal. 
    Sólo hay dos indicadores que se resisten a ubicarse dentro de lo completamente normal y sano: mi función renal y mi colesterol. Precisamente, las dos principales causas de muerte entre los diabéticos son la insuficiencia renal y las enfermedades cardiovasculares. Pero aún tengo tiempo de ponerlos en sus niveles apropiados, y los métodos y medicamentos para hacerlo están a mi disposición.

*    *    *

Finalmente, llegamos a la fase de la aceptación. De algún modo la palabra parece inadecuada. ¿Acepta usted tener que inyectarse insulina de por vida? Por supuesto que no lo acepto, idiota; cada vez que me inyecto quisiera que no tuviera que hacerlo. ¿Acaso un paciente de cáncer acepta su quimioterapia? Ah, pero es que no se trata de esa clase de oferta; más bien, se trata de una oferta como las que haría El Padrino: una oferta que no puedes rechazar, porque realmente no te están preguntando. Puedes elegir qué vas a hacer a continuación—el control de daños, pues—, pero el daño ya está hecho, quieras o no. Cuando se le pone de esa forma, y cuando el no aceptar implica tener una muerte humillante, lenta y dolorosa, entonces sí, supongo que “acepto”. 
    (Aquí no puedo resistir hacer la analogía del dios cristiano al jefe mafioso, que le “ofrece” a algunos seres humanos semejantes condiciones como la diabetes, el cáncer, la idiotez, o la pobreza, mientras que a otros no, pero que al mismo tiempo se esmera en hacer que éstas parezcan surgir completamente a consecuencia de factores físicos, genéticos, sociales, familiares, demográficos o económicos, absolutamente fuera de su control y atropellando por completo su supuesto libre albedrío. Reconozco que soy justamente el irrespetuoso blasfemo al que semejante tirano mezquino como el dios bíblico quisiera castigar pero, ¿qué hay de tantos niños y niñas—fervientes creyentes en algunos casos—que a pesar de su fe y oraciones son afligidos con el mismo mal que yo, o cosas peores? ¿Qué clase de plan amoroso y perfecto requiere de “ofertas” tan caprichosas y nefastas como estas? Tal disonancia cognitiva habría de ser una verdadera fuente de confusión—y de ira—en un creyente y, una vez más, me alivio de no serlo.) 
    Haciendo un recuento de mis aflicciones, definitivamente pudiera ser peor. Ya quisiera un paciente de esclerosis múltiple o cáncer pancreático cambiar su padecimiento por el mío. Lo cual no significa, claro, que ya me liberé de estos u otros padecimientos. Nada impide que además de la diabetes me aflija el Alzheimer, o el Parkinson, o algún cáncer u otro; ni tampoco, por cierto, que me atropelle un autobús o que muera en un asalto a mano armada. Todos estos males y más, bien podrían suceder de todos modos. Así que no queda nada sino seguir adelante, aprovechar el tiempo que tengo, aprovechar que aun tengo mi dignidad y mi lucidez, y no hacer nada estúpido que ponga en peligro la de por sí frágil y valiosa vida que he tenido la fortuna de llevar hasta ahora.

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jueves, 12 de abril de 2012

Dos Meses de Ser Diabético


Fue el 12 de febrero pasado que fui a dar a un hospital cercano a mi casa, aquejado por diversos malestares. Desde ese mismo día sospecharon los médicos que era diabético, hecho que confirmaron al día siguiente con los resultados de varios estudios. Desde entonces—y para siempre—, mi vida ha cambiado en diversas maneras.
    Antes que nada, hay que señalar que soy diabético del tipo 1, que es, por mucho, menos común que el tipo 2 (algo así como 19 de cada 20 diabéticos son tipo 2). Esto significa que me he quedado sin producción de insulina en mi páncreas, debido a una reacción auto-inmune. No está claro qué la desencadenó, pero se sospecha de una infección viral. Mi sistema inmune no reaccionó apropiadamente y destruyó células del páncreas junto con el bicho invasor. No hay forma conocida de curar la diabetes—a pesar de varios mitos en la cultura popular—, y es una enfermedad que provoca, si no se controla adecuadamente, complicaciones severas a largo plazo. En el caso de diabéticos tipo 1 como yo, es necesario inyectar la insulina varias veces al día (desde dos hasta cuatro o más), para sustituir la insulina que el páncreas ha dejado de producir.

* * *

Hay un aspecto irónico de mi enfermedad y subsecuente cambio en mi estilo de vida: ahora soy mucho más sano. De hecho, he cambiado mi alimentación de manera radical y tomo más en serio la necesidad de hacer ejercicio. No solamente están controlados mis niveles de glucosa, sino también mis triglicéridos y colesterol. Mi peso está prácticamente en su punto ideal, y pantalones que estaban al borde de ser retirados de circulación ahora tienen una esperanza de vida renovada, y hasta necesitan de un cinturón. Aparte de la diabetes, solamente hay un punto en donde no parece estar funcionando al cien por ciento mi cuerpo. Todavía es pronto para saber, por aquello de que mis niveles hormonales han estado fluctuando mucho últimamente, pero los análisis más recientes indican que mis riñones funcionan a tres cuartas partes de su funcionamiento mínimo ideal. Mi médico me dice que esto no es de preocuparse, que se pueden vivir muchos años sanos con esa función renal, y que además habría que hacer más exámenes en unos meses para poder estar seguros. Lo que es definitivo es que la causa no puede ser mi diabetes, porque apenas llevo unos meses y ese tipo de daño toma años. Así que solo queda esperar y no preocuparse. Se dice fácil, pero estamos hablando de mis riñones.

* * *

Como dije, ha cambiado mi alimentación. Pero no solo eso: ha cambiado mi relación con la comida. Siempre estoy sacando cuentas, considerando mediciones de azúcar, recordando indicaciones de mi médico. Cada comida es una prueba: prueba de que pueda mantenerme dentro de los límites de lo que tengo permiso de comer; prueba de que la dosis de insulina sea la correcta; prueba de que las cuentas de carbohidratos que saqué fueron correctas; prueba de que el ejercicio haya disminuido la resistencia a la insulina. Para que se den una idea, ésta es una imagen de una típica cena mía ahora:


En este caso tenemos chayote, tomate, calabacitas, naranja, un sandwich de jamón y queso y un vaso de leche light. La cantidad de comida no es nada despreciable y rara vez quedo con hambre al finalizar. No es precisamente una delicia que anhelo durante todo el día, pero definitivamente podría ser peor. Procuro que todas mis comidas sean así. ¿Y cuántas personas sin diabetes comen así de sano? Dudo que sean siquiera pocas.

* * *

Adicionalmente, ahora llevo conmigo a casi todos lados un kit, convenientemente contenido en una lonchera que me regalaron en el hospital. Éste kit se ha convertido en mi estuche de supervivencia:


    Consta de algodón, agujas, alcohol, una libreta para apuntes, insulina, medidor de glucosa y dulces para servir como contramedidas para las bajas de azúcar. (Existe un argot de diabéticos, en el que a las bajas de azúcar—hipoglucemias—se les conocen como “hipos”; similarmente, a los médicos endocrinólogos se les conoce como “endos”, y así sucesivamente.) Estas bajas son algo cotidiano y bastante desagradables. Resulta que el cerebro necesita una corriente continua no solamente de oxígeno sino también de azúcar para poder funcionar. Cuando el azúcar no es suficiente, se producen mareos, temblores, sudor frío, confusión e irritabilidad. De no ingerir alguna fuente de azúcar pronto, se puede tener un desmayo. Suelo tener una hipoglucemia al día, generalmente alrededor del medio día.
    Es por esto de las hipoglucemias que la medición de azúcar con el glucómetro es tan importante, en particular la de la noche antes de dormir. Nada impide que el nivel de glucosa en sangre disminuya hasta niveles críticos durante la noche, lo cual puede llevar a la imposibilidad de despertar al día siguiente, y el consiguiente pánico de mi esposa. Por lo tanto, procuro nunca omitir esta medición, y además trato de siempre tener una manzana o alguna otra fuente de azúcar al lado de la cama.

* * *

Durante todo este tiempo, el tema de mi ateísmo no ha salido en ninguna conversación, ya sea con mi familia, mi esposa, mi familia política o los médicos. Creo que es lo mejor. Para empezar, no habla bien del dios supuestamente omnipotente, omnisciente y omnibenevolente que diseñó semejante bomba de tiempo. Cabe mencionar que muchas personas que desarrollan la diabetes tipo 1 lo hacen cuando son niños, razón por la cuál por mucho tiempo se le conoció como diabetes infantil. Entonces tenemos el caso de una bomba de tiempo sutil, que ataca niños y adultos indiscriminadamente, y supuestamente ha sido diseñada por el supremo creador del universo; eso, o éste mismo ha contribuido por omisión a su ocurrencia. Yo soy un blasfemo ateo, y quizá los creyentes pudieran decir que mi diabetes es un mensaje de Dios para que reconsidere mi posición, o inclusive que es un castigo. ¿Pero qué le pueden decir a los niños y niñas que la padecen, y que generalmente son creyentes? ¿Es su padecimiento el resultado de sus acciones? ¿Acaso es su culpa? Ya lo habían dicho el antiguo filósofo griego, Epicuro: en vista de los resultados, si dios es omnipotente, entonces no es bueno. Si es bueno, entonces no es omnipotente. Así de fácil.
    Así que seguramente ha sido bueno que mis interlocutores varios no hayan mencionado a Dios en estas semanas en cuanto concierne a mi diabetes; seguramente hubiera llevado a una conversación incómoda acerca de su maldad, indiferencia, impotencia o indiferencia omisa.

* * *

Cabe mencionar también, por último pero con la mayor importancia, que mi esposa ha sido maravillosa durante estas primeras semanas de mi padecimiento. Siempre atenta, hace mucho más de lo necesario por velar por mi salud, tanto por mis alimentos como por mis hipos. Suele estar, como sucede con las mujeres, mucho más al pendiente de mis citas con los médicos que yo mismo, y no duda en llamar a un médico ante cualquier duda y para hacer cita. Las probabilidades de tener diabetes tipo 1 son microscópicas y a mí me tocó. Pero en el apoyo recibido por mi esposa, se ha más que compensado ese infortunio.  





domingo, 19 de febrero de 2012

Ni Gordo, Ni Viejo

 

Hay ciertos padecimientos que uno espera, hasta cierto punto, tener en la vida.  No como un deseo en sí, obviamente, sino como una cuestión de probabilidad.  Es un simple y triste hecho de la vida que nuestros cuerpos se irán deteriorando poco a poco a partir de cierta edad—para muchos alrededor de los 25 a 30 años—y a partir de ahí todo se convertirá en un perpetuo control de daños.  La pérdida de la visión, de la condición física, de la memoria, de la capacidad de digerir; la aparición de quistes, verrugas, canas y hernias discales; los estragos del cáncer, el Alzheimer’s, el Parkinson’s y las cirugías que nos hicimos y que nunca quedaron del todo bien.  Todos estos males y más se van acumulando, inexorables, sigilosos, hasta que nuestro cuerpo queda convertido en un campo minado, con las minas entrelazadas de modo que la explosión de una desencadene la de las demás.

    Como niños, difícilmente apreciamos la gravedad de situaciones que nos describen nuestros tutores. “Tu abuela tiene cáncer” no significa casi nada, aparte de que está “enferma”.  Y desde que tenemos noción de la muerte, en nuestra infancia, la semilla de preocupación por estos malestares queda implantada por información como la frase anterior, aunque para muchos ésta no germina hasta décadas después, cuando varios de estos malestares se hacen presentes en la madurez.    Aun así, casi todos logramos posponer el crecimiento de esta semilla de preocupación, hasta el punto que pareciera estar congelada, durante la mayor parte de nuestras vidas adultas.  Prevalece el optimismo, la idea de que uno de algún modo es especial (o por lo menos afortunado) y no tendrá que enfrentarse con la descomposición del propio cuerpo como lo hicieron nuestros abuelos y desafortunados familiares de otras personas.

    Aunado a lo anterior, tenemos el hecho de que hay personas que simplemente son saludables.  No toman, no fuman, no se desvelan, hacen ejercicio, tienen niveles sanos de colesterol, azúcar y peso.  Ciertamente, estas personas tienen poco o nada qué temer a su porvenir, por lo menos por su entera vida adulta y, en muchos casos, hasta bien entrada su vejez.

*     *     *

El domingo 12 de febrero fue el inicio de una semana entera de días nublados, lluviosos y fríos en la ciudad de Guadalajara, México.  Había terminado de desayunar y me disponía a hacerme útil de algún modo mientras mi esposa preparaba lo que algunas horas más tarde sería la comida.  Sentado en el sillón de la sala, sentí sed como pocas veces en mi vida y tenía una sensación pastosa en la boca.  Al ponerme de pie, sentí un piqueteo en las piernas como de docenas de microscópicas agujas, y el cansancio de cien sentadillas.  En el transcurso de la semana anterior había tenido malestares de diversos tipos, incluyendo una tremenda contractura en la espalda baja que me tenía casi incapacitado, visión borrosa y tremenda sed.  Aun así había desarrollado mis actividades usuales de la semana sin demasiados contratiempos.  Pero esa mañana de febrero ya no podía más.

    —¿Quieres ir al doctor ahora—preguntó mi esposa—, o esperas a que termine de preparar?

    Quienes me conozcan sabrán que siempre he sido especialmente necio para ir con doctores.  Ya había acudido con el ortopedista y con el oculista esa semana, lo cuál para mí era todo un récord.  Y a pesar de mi renuencia general a acudir con un profesional de la salud, mi condición era tal que hasta yo aprecié la gravedad de la situación.

    —Mejor vamos ahorita—dije.  Dejamos la comida a medio preparar y salimos hacia el hospital.

*     *     *

Llevábamos casi una hora en un sencillo consultorio de la sala de urgencias del Jardines Hospital de Especialidades (de veras, así se llama), que quedaba a solo unas cinco cuadras de la casa.  Un doctor sumamente joven nos había recibido (probablemente no había terminado sus estudios todavía) y, después de hacernos preguntas, de inspeccionarme y darme dos litros de agua para beber, había mandado tomar muestras de sangre para analizar en el laboratorio.  Inicialmente dijo que tomarían unos 30 minutos en obtener resultados, pero ya había pasado mucho más que eso.  En el inter, yo había ido al baño a orinar por lo menos tres veces, y mi condición no estaba mejorando.  Mis manos temblaban y era incapaz de cerrarlas siquiera a la mitad para hacer un puño.

    Finalmente, el niño doctor entró al consultorio y, de manera casi triunfal y hasta jovial, declaró:

    —¡Ya sé por qué te sientes así!  Eres diabético, tienes 1140 de glucosa.  A los analistas no les daba, pero hicieron correcciones y ya a los dos les dio el mismo resultado.  Ahorita te vamos a canalizar.

    Si analizamos las palabras anteriores, sin duda lo más importante es la parte que dice “eres diabético”.  Pero yo no la escuché, o por lo menos no la tomé en cuenta.  El número 1140 fue lo que llamó mi atención y provocó que el resto de sus palabras e inclusive su espíritu jovial ante una situación tan grave pasaran a segundo plano.  Pensé: “1140 de glucosa.  ¡Eso suena muy alto!  ¿Qué no se supone que arriba de unos 500 debería estar inconsciente?”.  Más tarde encontraría que no estaba tan equivocado en mis cuentas.

    Antes de que pudiera llegar muy lejos en mis cálculos, fui llevado a una sala donde me canalizaron y, una vez que mi esposa hubo terminado el papeleo—y el pago correspondiente—fui formalmente internado y llevado a la habitación 102.

*     *     *

El siguiente texto describe la condición de un choque diabético (el estado previo al coma) como el que experimenté aquel domingo de febrero, y es tomado desde Wikipedia:

El coma diabético es precedido por un período de síntomas premonitorios que puede durar de algunas horas hasta varios días. La persona inicialmente pierde el apetito (síntoma poco habitual en los diabéticos), sufre nerviosismo, dolor de cabeza, debilidad o apatía que aumenta de forma progresiva, presentando en casos más severos sueño excesivo, desorientación y coma. También son frecuentes al inicio la sed intensa, micciones frecuentes y dolor abdominal, que llega incluso a confundirse con peritonitis o apendicitis. Los signos que se observan son principalmente de deshidratación: lengua y boca secas, ojos hundidos, pulso acelerado, respiración rápida, micciones frecuentes y una pérdida de peso visible.

    La evolución del coma en la hiperglucemia (glucosa alta) es habitualmente más lenta que en la hipoglucemia (glucosa baja). Sin embargo, no deja de considerarse una urgencia, ya que suele acompañarse de alteraciones como deshidratación, acidosis, infecciones, sepsis o choque, las cuales pueden volver impredecible y fatal su evolución.

    ¡Ciertamente tuve algunos de esos síntomas y complicaciones!  Además—y creo que debería aparecer en el artículo de Wikipedia—, los niveles altos de glucosa en la sangre pueden llevar a cambios en la visión.  De hecho, llegué a tomar prestados los lentes de mi esposa (quien padece una leve miopía), para poder manejar durante los días previos al episodio.  Fue esta la razón que había acudido al oculista, ya que la pérdida de la visión fue súbita, de un día para otro.  Inclusive durante mis días en el hospital tuve todavía una visión borrosa.

    De haber sabido estas cosas antes, me habría ahorrado la crisis que me llevó al hospital, aunque ya tuviera diabetes.

*     *     *

Hacia la tarde del lunes yacía yo en mi habitación, siempre acompañado de mi esposa, en espera de que apareciera el doctor al cual me habían encargado.  Era un hombre robusto y bien alimentado, grande, que vi solo brevemente al momento de ser internado y por la tarde del domingo también.  Había pasado toda mi estancia en el hospital hasta ese punto sin nada de alimento: tan solo el suero, medicamentos y botellas de agua.  En una de sus visitas anteriores, el doctor dijo que harían estudios para determinar qué tipo de diabetes tenía, a fin de definir el curso a seguir.  Habían tomado muestras de sangre, pero no aparecieron por varias horas.  En la habitación, teníamos la esperanza de que fuera otra cosa, solo una anomalía médica por la que sufrimos un susto pero nada más.

    Cuando finalmente apareció el doctor la tarde del lunes, fue escueto y fulminante:

    —Ya hicimos las pruebas.  Tienes diabetes tipo 1. La tienes desde hace tres meses.  Mañana te mandaré al nutriólogo para que te asesore.  Siento mucho que tengas esta enfermedad.

    Acto seguido salió de la habitación, y mi esposa y yo lloramos un poco.

*    *    *

Según nos explicó más tarde el doctor, y tal como he averiguado en mis investigaciones desde entonces, la diabetes tipo 1 resulta de una incapacidad del páncreas para producir insulina.  Dicha incapacidad surge probablemente de una infección viral, seguida de una reacción autoinmune en la que el propio cuerpo, en afán de derrotar al virus invasor, termina por destruir las células productoras de insulina en el páncreas también.  Una vez que esto sucede no se recupera la función del páncreas nunca más, y la insulina que haya quedado en el cuerpo (principalmente almacenada en los músculos) se consume a lo largo de semanas o meses, hasta que un día se termina y la persona acaba en una crisis como la que me tocó a mí.

    Cabe mencionar que no queda claro todavía si hay alguna predisposición genética a la diabetes tipo 1, a diferencia de la más común diabetes de tipo 2.  Lo que sí queda claro, es que no es algo que el paciente se provoque a sí mismo por sus descuidos en dieta y ejercicio.  En ocasiones, los que la padecen llevaban vidas medidas e inclusive ejemplares desde el punto de vista de su salud.  No es mi caso que fuera la persona más sana del mundo, pero definitivamente he estado muy lejos de ser la menos sana.  He sido deportista desde que tengo memoria, omnívoro y sin vicios aparte de unas pocas bebidas azucaradas que, a diferencia de la diabetes tipo 2, nada tuvieron que ver con mi infortunio.

    Si supusiéramos un estancamiento en la ciencia médica (lo que nuestros hermanos conservadores y religiosos luchan constantemente por lograr, a pesar de ignorar que lo hacen), de ahora en delante seré dependiente de inyecciones de insulina diarias por el resto de mi vida.  Además, deberé tener muchos cuidados en mi alimentación para controlar mis niveles de azúcar, tanto a la alza como a la baja.  El ejercicio moderado y constante se ha vuelto ahora obligatorio, así como mantener un peso bajo.  Un glucómetro se ha vuelto mi mejor nuevo amigo, y es necesario tomar muestras frecuentemente para cerciorarme que mis niveles de glucosa en la sangre sean los adecuados.

    Si bien pueden surgir graves complicaciones debido a la enfermedad, los cuidados anteriores pueden lograr que lleve una vida relativamente normal durante muchos años.  Las complicaciones suelen ser mala cicatrización, pérdida de la visión, pérdida de función renal y, en ocasiones, amputación de alguna extremidad.  Todos tenemos algún conocido, o inclusive pariente, que vive hasta edad avanzada con diabetes; por otro lado, todos tenemos otro conocido o familiar que tiene una muerte temprana por diabetes también.  Todo está en el cuidado que se tenga una vez que se haya contraído la enfermedad.  Por mi parte, suelo ser una persona muy cuidadosa.