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lunes, 4 de junio de 2012

El Mito del Caos Moral Secular

Sam Harris

Uno no puede criticar el dogmatismo religioso por mucho tiempo sin encontrarse con la siguiente aclamación, avanzada como si fuera un hecho evidente de la naturaleza: que no hay una base secular para la moralidad. Violar y matar niños solo puede estar mal, dice la idea, si hay un Dios que dice que así es. De otro modo, el bien y el mal serían solamente cuestiones de construcción social, y cualquier sociedad podría estar en libertad de decidir que violar y matar niños es realmente una sana forma de diversión familiar. En la ausencia de Dios, John Wayne Gacy podría ser una mejor persona que Albert Schweitzer, si tan solo más gente estuviera de acuerdo con él.

Es simplemente sorprendente qué extendido es este miedo al caos moral secular, dadas cuántas ideas falsas sobre la moral y naturaleza humana se necesitan para lograr que dé vueltas en el cerebro de una persona. Hay, sin duda, mucho qué decir en contra del espurio enlace entre la fe y la moral, pero los siguientes tres puntos deberán ser suficientes.

1.  Si un libro como la Biblia fuera el único plano confiable para la decencia humana que tenemos, sería imposible (tanto prácticamente como lógicamente) criticarlo en términos morales. Pero es extraordinariamente fácil criticar la moral que uno encuentra en la Biblia, ya que la mayor parte es simplemente odiosa e incompatible con una sociedad civilizada.

La noción de que la Biblia es una guía perfecta para la moral es realmente sorprendente, dado el contenido del libro. Sacrificio humano, genocidio, esclavitud y misoginia son consistentemente celebrados. Por supuesto, el consejo de Dios para los padres es refrescantemente directo: si nuestros hijos se comportan mal, deberemos golpearlos con una vara (Proverbios 13:24, 20:30 y 23:13-14). Si son tan desvergonzados como para atreverse a respondernos, debemos matarlos (Éxodo 21:15, Levítico 20:9, Deuteronomio 21:18-21, Marcos 7:9-14, Mateo 15:4-7). También debemos lapidar gente por herejía, adulterio, homosexualidad, trabajar en el Sábado, adorar imágenes grabadas, practicar brujería y gran variedad de otros crímenes imaginarios.

Muchos cristianos imaginan que Jesús se deshizo de todo este barbarismo y nos dio una doctrina de puro amor y tolerancia. No lo hizo. (Ver Mateo 5:18-19, Lucas 16:17, 2 Timoteo 3:16, 2 Pedro 20-21, Juan 7:19). Cualquiera que crea que Jesús solo enseñó la Regla de Oro y amar al prójimo debería volver a leer el Nuevo Testamento. Debe poner particular atención a la moral que estará en despliegue si Jesús regresa a la tierra en nubes de Gloria (por ejemplo, 2 Tesalonicenses 1:7-9; Hebreos 10:28-29; 2 Pedro 3:7; y todo Revelaciones).

No es un accidente que Santo Tomás de Aquino creyera que los herejes deberían ser matados y que San Agustín enseñara que debían ser torturados. (Pregúntese: ¿cuales son las probabilidades de que estos buenos doctores de la iglesia no hubieran leído el Nuevo Testamento como para descubrir un error en sus creencias?) Como una fuente de moral objetiva, la Biblia es uno de los peores libros que tenemos. Pudiera de hecho ser el peor, de no ser porque también tenemos el Corán.

Es importante señalar que nosotros decidimos lo que es bueno en El Buen Libro. Hemos leído la Regla de Oro y la juzgamos ser una destilación brillante de muchos de nuestros impulsos éticos; leemos que una mujer que no es virgen en su boda debe ser lapidada y, si somos civilizados, decidimos que ésta es una vil locura. Nuestras propias intuiciones éticas son, por lo tanto, primarias. Así que la elección ante nosotros es simple: podemos tener una conversación del siglo XXI acerca de la ética—avalándonos con todos los argumentos y descubrimientos científicos de los últimos dos mil años—o podemos tener una conversación del siglo I, como se presenta en la Biblia.

2.  Si la religión fuera necesaria para la moral, debería haber algo de evidencia de que los ateos son menos morales que los creyentes. La gente de fe regularmente alega que el ateísmo es responsable de algunos de los peores crímenes del siglo XX. ¿Son los ateos realmente menos morales que los creyentes? Mientras es cierto que los regímenes de Hitler, Mao, Stalin y Pol Pot fueron irreligiosos en varios grados, no eran precisamente racionales. De hecho, sus posturas en público eran poco más que letanías delirantes—delirantes en cuanto a raza, economía, identidad nacional, el paso de la historia, o los peligros morales del intelectualismo. En muchos sentidos, la religión fue culpable inclusive aquí. Considere el Holocausto: el antisemitismo que construyó las cámaras de gas nazis ladrillo por ladrillo fue una herencia directa del cristianismo medieval. Por siglos, los europeos cristianos habían considerado a los judíos como la peor especie de herejes, y le atribuyeron todos los malestares sociales a su presencia entre los fieles.

Mientras que el odio hacia los judíos en Alemania se expresó principalmente en forma laica, sus raíces fueron sin duda religiosas—y la demonización explícitamente religiosa de los judíos de Europa continuó por todo el periodo. (El Vaticano en sí perpetuó la responsabilidad por la muerte de Cristo a los judíos en sus periódicos hasta 1914.) Auschwitz, el Gulag y los campos de muerte no son ejemplos de lo que pasa cuando la gente se vuelve crítica de creencias injustificadas; por el contrario, estos horrores testifican contra los peligros de no pensar con suficiente crítica acerca de ideologías seculares específicas. Sobra decir que un argumento racional contra la fe religiosa no es un argumento a favor de la aceptación ciega del ateísmo como un dogma. El problema que el ateo expone es ni más ni menos que el problema del dogmatismo en sí—del cual todas las religiones tienen su parte. No sé de ninguna sociedad en la historia que sufrió porque sus habitantes se volvieron demasiado racionales.

De acuerdo con el Reporte de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas (2005), las sociedades más ateístas—países como Noruega, Australia, Canadá, Suecia, Suiza, Bélgica, Japón, Holanda, Dinamarca y el Reino Unido—son de las más sanas, según los índices de esperanza de vida, alfabetismo, ingreso por persona, escolaridad, equidad de género, tasa de homicidios y mortalidad infantil. Por otro lado, los cincuenta países peor clasificados por la ONU en términos de desarrollo humano son religiosos sin titubeos. Por supuesto, datos correlacionales como estos no resuelven cuestiones de causalidad—creer en Dios puede llevar a disfunción social, la disfunción social puede llevar a creer en Dios, cada factor puede propiciar al otro, o ambos pueden surgir de otra fuente. Dejando de lado la cuestión de causa y efecto, estos hechos prueban que el ateísmo es perfectamente compatible con las aspiraciones básicas de una sociedad civilizada; también prueban, contundentemente, que la fe religiosa no hace nada para asegurar la salud de una sociedad.

3.  Si la religión realmente provee la única fuente concebible de moral, debería ser imposible proponer una base ateísta para la moralidad. Pero no es imposible; de hecho, es bastante sencillo.

Claramente, podemos pensar en fuentes objetivas de orden moral que no requieren de la existencia de un Dios que proclama leyes. En El Fin de la Fe, propongo que las cuestiones de moral son realmente cuestiones de felicidad y sufrimiento. Si hay formas objetivas mejores y peores de vivir para maximizar la felicidad en el mundo, éstas serían verdades objetivas morales que vale la pena saber. Si estaremos en posición de descubrir estas verdades y de estar de acuerdo en torno a ellas, no puede ser sabido de antemano (y este es el caso para todas las cuestiones de verdad científica). Pero si hay leyes psicofísicas que subrayan el bienestar humano--¿y por qué no las habría?--entonces estas leyes pueden ser descubiertas potencialmente. Conocimiento de estas leyes nos daría una base duradera para la moral objetiva. Mientras tanto, todo acerca de la experiencia humana parece sugerir que el amor es mejor que el odio para propósitos de vivir felizmente en este mundo. Ésta es una evaluación objetiva acerca de la mente humana, la dinámica de las relaciones sociales, y el orden moral de nuestro mundo. Mientras que no tenemos algo como un enfoque científico para maximizar la felicidad humana, parece ser seguro decir que violar y matar niños no sería uno de sus pilares.

Uno de los mayores retos a los que se enfrenta la civilización en el siglo XXI es que los humanos aprendan a hablar acerca de sus preocupaciones éticas más profundas—acerca de la ética, la experiencia espiritual y la inevitabilidad del sufrimiento humano—en formas que no sean flagrantemente irracionales. Nada se opone a este proyecto más que el respeto que le damos a la fe religiosa. Doctrinas religiosas incompatibles han balcanizado nuestro mundo en comunidades morales separadas, y estas divisiones se han convertido en una fuente continua de conflicto humano. La idea de que hay un enlace necesario entre la fe religiosa y la moral es uno de los principales mitos manteniendo a la religión en buenos ojos ante gente de otro modo racional. Y sin embargo, es un mito que es fácilmente disipado.

 

Traducción por Héctor Mata



miércoles, 21 de diciembre de 2011

Sobre la Propaganda “Pro Vida”

Conducía por las calles de la bonita pero mocha ciudad de Guadalajara, en una de las colonias mejor acomodadas, cuando un joven se acercó a darme un volante.  El chavo tenía aspecto de preparatoriano, delgado, de piel clara, ojos claros y cabello castaño (información que más delante será importante).  El volante que me entregó parecía haberlo recortado él mismo con tijeras a partir de una fotocopia, y lo reproduzco a continuación, sin edición ni modificación alguna:

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Ciertamente, aunque he explorado algunas de las falacias, contradicciones, hipocresías y simples mentiras del movimiento pro vida, no he hecho un artículo específicamente de ello, enumerando y discutiendo todos los argumentos a favor y en contra del aborto; no pienso hacerlo aquí, pero sí creo que vale la pena discutir lo que vemos en este volante por lo menos.  Pueden encontrar otros artículos que he escrito acerca del tema aquí y acá.

Primero, para ser exactos y exigentes, vale la pena mencionar que los bebés, tales como el que se muestra en la imagen, sí están completamente protegidos por la ley, dado que su muerte intencional  (suponemos que es a lo que se refiere el volante) sería un delito.  Por qué poner la foto de un bebé y no la de un cigoto, embrión o feto es algo que solo puedo especular, pero probablemente sería porque los del movimiento pro vida no ven la diferencia.  Esto es un misterio para mí, ya que supongo que si pueden entender por qué una semilla no es un árbol, podrían entender por qué un bebé no es lo mismo que un feto, embrión o cigoto.  Quizá los esté sobreestimando, o quizá tienen acceso a información o entendimiento que yo no.

Segundo, vale la pena señalar la cruz en el centro de la propaganda, que delata por completo el razonamiento—o falta de—tras la misma.  Aquí planteo algo que todo mundo sabe pero no se atreve a decir: no existen argumentos racionales, ni mucho menos evidencia, para prohibir el aborto.  Tal cual.  Conozco personas inteligentes, morales y capaces que lo han intentado valientemente, pero fracasan como fracasaría el mismísimo Einstein si se propusiera argumentar que la tierra es plana.  Simplemente no se puede porque parten de premisas que no son ciertas.  De ahí que sea necesario darle “validez” a la posición pro-vida a través de la religión, todavía respetada en la sociedad mojigata y retrógrada que es la del Bajío mexicano.

Además, para este punto, vale la pena mencionar que tenemos separación entre la Iglesia y Estado en nuestro México (ver el artículo 130 de la Constitución), razón por la cual todo el argumento pro vida quedaría invalidado jurídicamente desde su concepción si abogados y jueces con pelotas siguieran la ley.

Tercero, la leyenda “A favor de la vida” es deshonesta: los espermatozoides y los óvulos están, técnicamente, tan vivos como el feto al que dan pie semanas después.  Cada eyaculación y cada menstruación son sinónimos de la muerte de seres vivos.  ¿Abogan por prohibir esto los mochos pro vida?  Por supuesto que no; cambian su discurso para decir “Bueno, realmente a lo que nos referimos es a la vida a partir de la concepción”.  Entonces podemos preguntar qué hay de la vida de la mujer: puede morir por hacerse un aborto clandestinamente, o pasar 20 años en la cárcel, o quedar sola y pobre en la calle con un bebé qué alimentar.  ¿Su vida no vale nada?  ¿Es ella dispensable?  Aunque los opositores al aborto legal hagan concesiones en estos puntos, a fin de cuentas se siguen identificando a sí mismos como “a favor de la vida”.  Además, la etiqueta tiene otra implicación adicional: que sus opositores no están a favor de la vida, lo cuál no puede ser más falso.

Por último, el punto con el que empecé: el joven de aspecto de niño bueno y acomodado que repartió la propaganda en primer lugar.  Como detalle, basta analizar la redacción del texto en el volante para detectar que no es precisamente un erudito de la lengua quien lo haya escrito.  Digo, yo no soy Octavio Paz, pero puedo acentuar palabras y redactar de manera más o menos competente.  Segundo, y a propósito de las “altas” clases socioeconómicas separadas de la realidad en nuestro país, este joven probablemente no tenga la menor idea de lo que es ser una mujer joven y pobre en México.  Obviamente, en su condición de varón se encuentra ya de por sí en desventaja.  Sus papás se encargarían, en caso necesario, de mandar a su hermana o prima embarazada “de vacaciones” a Houston por unos días a que le practiquen su aborto seguro allá; tal opción es imposible para la gran mayoría de las mexicanas hoy.

Como decía el recién fallecido Christopher Hitchens, héroe intelectual de nuestros tiempos, se conoce ya la cura para la pobreza. Se ha probado una y otra vez y es lo único que funciona: la liberación y empoderamiento de las mujeres.  Si podemos lograr que las mujeres quieran de sí mismas algo más que ser una incubadora de fieles para la iglesia, y si les damos los medios accesibles para que lo logren, podremos tener un país—y un mundo entero—mejor y más preparado para resolver los grandes problemas a los que nos enfrentamos como sociedad y especie.  Cabe mencionar que no hay religión—hasta ahora—que no se oponga a esta propuesta.



miércoles, 12 de octubre de 2011

Del Activismo Ateo y la Separación Iglesia-Estado

Una de las preguntas más frecuentes que enfrenta un ateo activo es: ¿por qué pasar tanto tiempo y dedicar tanto esfuerzo a algo en lo que no crees?  ¿No deberían ser los ateos más bien apáticos en cuestiones de religión?

Bien, vale la pena hacer algunas aclaraciones.  Ciertamente, un ateo escéptico no pasa la mayor parte de su tiempo discutiendo la no-existencia de dragones, unicornios, hadas madrinas ni duendes; sin embargo, le suele dedicar bastantes neuronas a la no-existencia de Dios.  Personalmente, no le he dedicado nada de tiempo a una demostración lógica para la no-existencia de las hadas, aunque no dudo que pudiera valer la pena como cuestión didáctica y de gimnasia mental.  ¿Por qué, entonces, dedico tanto tiempo de cómputo en mi cerebro a Dios, si tampoco existe?

La respuesta es relativamente sencilla: los que sí creen en Dios están empeñados en jodernos la vida a todos por ello.  Así de simple.  Los problemas que enfrentan nuestras sociedades son, sin excepción, complicados por creyentes de algún tipo u otro.  En vez de dedicarnos a resolver los grandes problemas que enfrentamos como país y como especie—tales como el calentamiento global, el tamaño y rol adecuado de los gobiernos, la investigación científica, entre otros—estamos perdiendo valioso tiempo y recursos legales en decidir si el cuerpo de las mujeres realmente es suyo, o si los homosexuales realmente son personas o no.

Las respuestas a estas preguntas y muchas más ya las tenemos o se encuentran a tan solo algunos pocos años de buena investigación en el futuro.  Sin embargo, la implementación de tales soluciones no puede tomar lugar, dado que un gran sector de la población valora lo que cree por encima de lo que realmente es cierto; esto es lo que hace la religión.  El activista ateo, entonces, se ocupa de darle solución a este problema desde la raíz: demostrar que no es cierto que Dios existe.  Es por ello que tanto esfuerzo es dedicado a un ente en el que no se cree; en realidad, es una lucha por liberar las mentes de quienes son rehenes de esta creencia y que gracias a ella hacen un daño completamente real y tangible en la sociedad.

A un ateo como yo le bastaría que las personas reconozcan la diferencia entre lo que realmente es cierto y lo que creen solo por fe; si los creyentes fueran así, definitivamente no habría la necesidad de escribir estas palabras, ni de hacer demostraciones, ni poner espectaculares en carreteras y autobuses.  ¿Pero puede una persona “olvidar” sus creencias religiosas momentáneamente mientras desempeña un cargo público? ¿Pueden siquiera distinguir la diferencia entre la fe y la razón los servidores públicos?  La experiencia nos dice que no es posible.  Por el lado de los gobernados, los fieles rara vez se contentan con mantener sus creencias en casa tampoco; cuanto más ferviente es su creencia, más es su necesidad de hacer proselitismo e inclusive cabildeo legislativo.  Dada la imposibilidad de separar la fe de otras creencias que sí están sustentadas, el ateo no tiene opción más que enfrentarla en su origen.

De hecho, la lucha por la separación entre iglesia y estado es más de cuesta arriba de lo que parece inicialmente.  Aunque la constitución claramente establece que el gobierno deber ser laico, esto fue desde la perspectiva única de la libertad religiosa.  Sin embargo, nunca se tuvo contemplado como objetivo la vida libre de religión, quizá por ser el número de no-creyentes tan minúsculo en tiempos de antaño.  La separación surgió de una cuestión práctica: para que el estado no sea favoritista hacia una religión en particular sobre las demás, se acordó que mejor no tratara con ninguna, más que en maneras muy informales y por debajo del agua.  Además, la legislación de las creencias resultaría en un altísimo grado impráctica, ya que se caería en el absurdo de tener prácticamente una constitución distinta para cada credo.

Sin embargo, nunca se tomó en cuenta la perspectiva atea: no se debe legislar en torno a la fe porque esta no es cierta.  ¡Vaya enfoque tan distinto que sería ese!  El argumento es así:  dado que los servidores públicos tienen que tomar decisiones que afectan las vidas de todos en el mundo real—el que realmente importa a todos—, deberían legislar utilizando solamente conocimiento que se sabe es cierto.  Por lo tanto, creencias que no son respaldadas por evidencia no pueden ser tomadas en cuenta, y las que contienen contradicciones lógicas son descartadas por completo también.  Entonces, en la privacidad de su propia vida, cualquiera tendría derecho a creer cualquier disparate siempre que no afecte a nadie más.  El católico que crea que no deben casarse los homosexuales, por ejemplo, tendría la libertad de creer eso… así como la de no casarse con uno.  Su libertad de culto quedaría intacta (queja irrisoria del clero católico en el México actual), mientras que la libertad de los homosexuales de casarse en el mundo real quedaría respetada también.

¿Hay libertad para estar libres de culto, especialmente el de otras personas?  Definitivamente, la gente en democracia puede creer cualquier imbecilidad que le plazca; sin embargo, el país entero es rehén de los disparates de algunos, bajo el pretexto de la libertad religiosa de estos.  En realidad, la libertad que abogan es la de imponer sus creencias a los demás por medio de la ley—y por ende, por medio de la fuerza.  Es por esto que el activismo a favor del estado laico es tan importante.  El activismo ateo lleva la pelea a un nivel más. Además de recalcar que nadie tiene el derecho de imponer sus creencias medievales a los demás en detrimento de la civilización y progreso, el ateo da un paso más: atacar a las ideas mismas, exponiendo su naturaleza falaz.  Es por esto que el activismo secular, en particular el ateo, tiene una labor importantísima en la sociedad: la depuración de las ideas.