Mostrando las entradas con la etiqueta propósito. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta propósito. Mostrar todas las entradas

lunes, 28 de julio de 2014

De vuelta al mundo real

Ya vamos en la segunda mitad del año y hasta ahora he tenido solo una meta cumplida: terminar la maestría en Física a tiempo y de manera decorosa. Digo decorosa, porque cuando la comencé tuve verdaderas dificultades para ponerme al corriente con lo que se suponía que ya tenía que saber de física y matemáticas para poder empezar; a decir verdad, la mayor parte de la maestría me ha servido para hacerme una idea del plan de estudios que tendré que adoptar si es que pretendo seguir al doctorado, y en retrospectiva me siento afortunado de siquiera haber sido admitido en primer lugar.
    En el pequeño estudio que me he confeccionado en mi casa hay una pared entera ocupada por dos pintarrones blancos, que a lo largo del semestre han llevado la bitácora de pendientes pertinentes a la maestría y algunas anotaciones sobre pagos y trámites que tiene que hacer uno cuando se espera que sea un adulto responsable. Ahora que estoy más desocupado, uno de los dos pintarrones está completamente en blanco y el otro tiene pendientes que son más bien recordatorios de tareas ociosas que quiero realizar, tales como nueve (sí, 9) artículos para publicar aquí, una presentación sobre pseudociencia, otra sobre ciencia y religión, y una consigna escrita por mi esposa que dice Debo hacer ejercicio, en alusión a mi fastidiosa espalda baja que, si me porto bien y hago los ejercicios, será operada más tarde que temprano.
    Me detengo y volteo a mi alrededor por primera vez en más de dos años y me pongo a reflexionar sobre dónde estoy en mi vida, a dónde he llegado, a dónde quiero ir, qué quiero hacer con los años que me quedan. Y es que, aunque suene pesimista o hasta fatalista, procuro planear mi vida siempre tomando en cuenta que voy contra reloj y no habrá otra oportunidad—este no es un ensayo para lo que sigue; esto es lo que sigue. Fue con esta mentalidad que, tan pronto salí del hospital hace dos años y medio, después de acercarme peligrosamente a la falla de mis órganos por choque diabético—1140mg/dl de glucosa, para que busquen en internet eso qué implica—, me dirigí a la universidad pública más cercana sin saber prácticamente nada y les dije: —Quiero ser físico. Quiero entrar a la maestría. Díganme qué tengo que hacer—y entonces lo hice.
    Había sido demasiado fácil tomar una actitud complaciente: soy joven y la vida es larga, ya habrá tiempo para lo que quiero hacer después, ahorita me la llevo tranquilo. Hizo falta la pérdida total de la función insulínica de mi páncreas para hacerme reaccionar—y sin embargo me siento afortunado de haber recibido el mensaje cuando lo recibí; parte de mí inclusive quisiera que hubiera llegado antes. Y es que no es para menos: mi vida por fin apunta, si bien todavía no camina mucho, en la dirección que imaginé alguna vez cuando era un jovenzuelo.
    Ahora tengo que enfrentarme con que el mundo y el tiempo no se detuvieron mientras estuve ocupado tratando de ser físico: la deuda de mi hipoteca ha bajado una cantidad irrisoria; la del coche efectivamente acaba de subir, por aquello de que se terminó el año de seguro gratis; y estoy en busca de un trabajo adicional (si no es que uno completamente nuevo) para tan solo salir tablas en los estados de cuenta, ahora que se acaba la beca de la maestría. Por si no fuera suficiente, me enteré de que me había estado controlando la diabetes de la manera más anticuada y riesgosa posible todo este tiempo—titubeo en tomarlo en cuenta como “control”—y el cambio de doctor y de protocolo de tratamiento me ha regresado prácticamente al principio (cómo me enteré de las deficiencias en mi tratamiento es una historia larga, quizá para otra ocasión). En unas semanas se agregará a esta lista el ser padre. Así que sí, como me han comentado en un par de ocasiones, estoy más delgado y, sobre todo, canoso.
    En este momento es importante hacer una aclaración sobre el tono de lo que escribo, y es que lo que más quiero evitar aquí es provocar un sentimiento de tedio en el amable lector ante mi lastimoso recuento de que la vida no es fácil. Al contrario, quienes me conocen sabrán que no soy precisamente optimista, pero me gustan los retos y es difícil que me rinda en lo que sea. Por primera vez en mucho tiempo, quizá desde que hace algunos años intentara también ser músico, me siento genuinamente entusiasmado por el porvenir. Sé que las estadísticas a largo plazo no me favorecen—45 años de esperanza de vida a partir del diagnóstico para diabéticos tipo 1 diagnosticados a los 20 (en mi caso tenía 29), lo que sugiere que tal vez no llegue siquiera a jubilarme—pero también sé que pudo ser mucho, pero mucho peor.
    Aquí se antoja el cliché de la “segunda oportunidad a la vida” que tantas personas en situaciones como la mía y mucho peores evocan, solo que creo que el dicho está equivocado. En realidad, es la misma oportunidad—desde que uno nace la está viviendo. Más bien prefiero pensar que mi preciada oportunidad no la perdí en una tragedia, una tontería o, lo peor de todo, en el conformismo y la apatía. Esta renovación de mi empuje por vivir ha resultado en que me he vuelto menos tolerante en algunas cosas—“radicalizado”, diría mi esposa—y más comprensivo en otras.
    Es así que ahora espero llenar los pintarrones de muchas cosas próximamente—habrá una predominancia de matemáticas y física, tan pronto le ponga “palomitas” a los otros pendientes—pero seguramente aumentaré el ritmo de estas y otras masturbaciones mentales también.  Por ahora me despido; tengo cosas qué hacer.








sábado, 21 de enero de 2012

El Cardenal, Ignorante y Soberbio

 

interview-juan-sandoval-14[1] En su pasada columna editorial que escribe en el Semanario, el cardenal (sí, con minúscula) Juan Sandoval Íñiguez ahora arremetió contra los ateos, o lo que él cree que son.  Consistente con su estilo, el cardenal evidenció una mente cerrada y vacua al tratar el tema.  Si bien no pude resistir dejar un comentario en el artículo (igual que otra docena de ateos y uno que otro creyente que pasaban por la página también), me moderé mucho en mi discurso por la brevedad del espacio.  Entonces, aquí aprovecharé para entrar en un poco más de detalle.

    Para empezar, nos ofrece su artículo a propósito del tema de “explicar el ateísmo y la no creencia en Dios”.  Con esto, desde el primer párrafo, deja en evidencia que no sabe o no entiende que el ateísmo es la no creencia en Dios (ni más, ni menos).  A continuación, entra en una breve pero no por eso poco desastrosa disertación de lo que para él fue la Ilustración en el siglo XVIII, calificándola de “soberbia intelectual”.  Por si no quedó claro lo último que acabo de escribir, lo repito: el cardenal considera a la Ilustración (Voltaire, Rousseau, Locke, Descartes, Spinoza, el origen de los derechos humanos, el contrato social, la separación de iglesia y estado y otros detalles) como soberbia intelectual. 

    A continuación se lamenta de que, gracias a este terrible movimiento en que la gente se atrevió a pensar, “han florecido ateísmos de toda suerte”.  Ateísmo, para los lectores más frecuentes y los más ilustrados, ya habrá quedado claramente comprendido como la “no-creencia en dios”.  Hablar de “ateísmos” es un sinsentido; o se cree, o no.  Hablar de “ateísmos” es como hablar de muchas maneras de no coleccionar estampas, para usar un ejemplo frecuente entre ateos.

    Después de recordarnos a algunos supuestos “pensadores” de su miope filosofía, llega a lo siguiente:

“Yo, que soy creyente por un favor de Dios, no puedo imaginarme cómo sería la vida de quienes no creen, en un momento de tranquilidad y serenidad. Aunque, claro, están tan ocupados constantemente en las cosas del mundo, en negocios o diversiones, que no les queda tiempo para reflexionar; pero, si tuviesen algún momento de calma, ¿qué significado podría representarles su existencia tan breve, fugaz, efímera, engañosa y, a la postre, tan desilusionante por la ausencia de Dios, cuando se dieran cuenta de que todo lo que fueron logrando y recogiendo en la vida, al momento de su muerte se perderá y se volverá nada?

   ¿Será ésta una existencia digna del hombre, o hay algo más que dé razón a esos anhelos que tiene el corazón del hombre, como vivir, ser, permanecer para siempre, gracias a Dios?”

    En cuanto a la parte de que no puede imaginar como es la vida de un ateo, eso queda sobreentendido desde el primer párrafo de su texto; lo sorprendente hubiera sido que sí.  Sin embargo, a lo que quería llegar es a la noción común que tienen muchos creyentes acerca del “propósito” de una vida humana sin Dios.  Al parecer, la vida no vale nada para estas personas si no es que lo decreta su dictador omnipotente.  ¿Acaso necesitamos a un tirano imaginario para darnos cuenta de que una vida pasada haciendo el bien es buena?  ¿Qué pasaría el día que cambie su opinión y decrete que no vale nada?  Muchos creyentes suelen dar a entender que lo que importa es la vida que sigue, supuestamente en el cielo.  Pero, como dice Paula Kirby en su elocuente artículo acerca de precisamente este tema, no hay ninguna existencia más inane que la que tendría uno en el cielo.  Se le considera un premio a una eternidad de ser un adulador del Gran Líder, sin nada qué hacer para mejorar su condición, por encontrarse ya en una Corea del Norte Celestial, como diría Christopher Hitchens.

    Lo que nos preguntamos los ateos, es cómo puede ser que tantos creyentes  solamente encuentren sentido en su vida como siervos de un amigo, padre o tirano omnipotente.  Es por esto que dichas muestras de sumisión solemos tratarlas con tanto desprecio, y sobre todo cuando se nos sugieren como una alternativa viable para nosotros.  Las palabras anteriores del cardenal, para un ateo, tienen un sonido más o menos así:

¿Qué, acaso no quieres ser esclavo?  ¡Pero si someter tu mente es lo único que le da sentido a tu vida!  Vamos, tan solo deja de pensar, de dudar, de filosofar, y conviértete en un siervo también.  ¿Pero qué, es que acaso quieres ser libre? ¿Dices que te importa la verdad, aunque no te guste?  ¡Carajo, pero eso puede ser difícil y desagradable!  Mira, acá te tengo un libro que dice que nada de eso es necesario: basta con que dejes de pensar, y el Gran Líder se encargará de todo… Además, tiene un bonito parque de diversiones donde puedes pasar la eternidad lamiéndole el culo.  ¿No es grandioso?

    Si bien como ateo le doy significado y propósito a mi vida—yo mismo—, debo reconocer que aun si mi vida fuera de algún modo desprovista de éstos, todavía sería mejor pasada que la del cardenal.