jueves, 12 de abril de 2012

Dos Meses de Ser Diabético


Fue el 12 de febrero pasado que fui a dar a un hospital cercano a mi casa, aquejado por diversos malestares. Desde ese mismo día sospecharon los médicos que era diabético, hecho que confirmaron al día siguiente con los resultados de varios estudios. Desde entonces—y para siempre—, mi vida ha cambiado en diversas maneras.
    Antes que nada, hay que señalar que soy diabético del tipo 1, que es, por mucho, menos común que el tipo 2 (algo así como 19 de cada 20 diabéticos son tipo 2). Esto significa que me he quedado sin producción de insulina en mi páncreas, debido a una reacción auto-inmune. No está claro qué la desencadenó, pero se sospecha de una infección viral. Mi sistema inmune no reaccionó apropiadamente y destruyó células del páncreas junto con el bicho invasor. No hay forma conocida de curar la diabetes—a pesar de varios mitos en la cultura popular—, y es una enfermedad que provoca, si no se controla adecuadamente, complicaciones severas a largo plazo. En el caso de diabéticos tipo 1 como yo, es necesario inyectar la insulina varias veces al día (desde dos hasta cuatro o más), para sustituir la insulina que el páncreas ha dejado de producir.

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Hay un aspecto irónico de mi enfermedad y subsecuente cambio en mi estilo de vida: ahora soy mucho más sano. De hecho, he cambiado mi alimentación de manera radical y tomo más en serio la necesidad de hacer ejercicio. No solamente están controlados mis niveles de glucosa, sino también mis triglicéridos y colesterol. Mi peso está prácticamente en su punto ideal, y pantalones que estaban al borde de ser retirados de circulación ahora tienen una esperanza de vida renovada, y hasta necesitan de un cinturón. Aparte de la diabetes, solamente hay un punto en donde no parece estar funcionando al cien por ciento mi cuerpo. Todavía es pronto para saber, por aquello de que mis niveles hormonales han estado fluctuando mucho últimamente, pero los análisis más recientes indican que mis riñones funcionan a tres cuartas partes de su funcionamiento mínimo ideal. Mi médico me dice que esto no es de preocuparse, que se pueden vivir muchos años sanos con esa función renal, y que además habría que hacer más exámenes en unos meses para poder estar seguros. Lo que es definitivo es que la causa no puede ser mi diabetes, porque apenas llevo unos meses y ese tipo de daño toma años. Así que solo queda esperar y no preocuparse. Se dice fácil, pero estamos hablando de mis riñones.

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Como dije, ha cambiado mi alimentación. Pero no solo eso: ha cambiado mi relación con la comida. Siempre estoy sacando cuentas, considerando mediciones de azúcar, recordando indicaciones de mi médico. Cada comida es una prueba: prueba de que pueda mantenerme dentro de los límites de lo que tengo permiso de comer; prueba de que la dosis de insulina sea la correcta; prueba de que las cuentas de carbohidratos que saqué fueron correctas; prueba de que el ejercicio haya disminuido la resistencia a la insulina. Para que se den una idea, ésta es una imagen de una típica cena mía ahora:


En este caso tenemos chayote, tomate, calabacitas, naranja, un sandwich de jamón y queso y un vaso de leche light. La cantidad de comida no es nada despreciable y rara vez quedo con hambre al finalizar. No es precisamente una delicia que anhelo durante todo el día, pero definitivamente podría ser peor. Procuro que todas mis comidas sean así. ¿Y cuántas personas sin diabetes comen así de sano? Dudo que sean siquiera pocas.

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Adicionalmente, ahora llevo conmigo a casi todos lados un kit, convenientemente contenido en una lonchera que me regalaron en el hospital. Éste kit se ha convertido en mi estuche de supervivencia:


    Consta de algodón, agujas, alcohol, una libreta para apuntes, insulina, medidor de glucosa y dulces para servir como contramedidas para las bajas de azúcar. (Existe un argot de diabéticos, en el que a las bajas de azúcar—hipoglucemias—se les conocen como “hipos”; similarmente, a los médicos endocrinólogos se les conoce como “endos”, y así sucesivamente.) Estas bajas son algo cotidiano y bastante desagradables. Resulta que el cerebro necesita una corriente continua no solamente de oxígeno sino también de azúcar para poder funcionar. Cuando el azúcar no es suficiente, se producen mareos, temblores, sudor frío, confusión e irritabilidad. De no ingerir alguna fuente de azúcar pronto, se puede tener un desmayo. Suelo tener una hipoglucemia al día, generalmente alrededor del medio día.
    Es por esto de las hipoglucemias que la medición de azúcar con el glucómetro es tan importante, en particular la de la noche antes de dormir. Nada impide que el nivel de glucosa en sangre disminuya hasta niveles críticos durante la noche, lo cual puede llevar a la imposibilidad de despertar al día siguiente, y el consiguiente pánico de mi esposa. Por lo tanto, procuro nunca omitir esta medición, y además trato de siempre tener una manzana o alguna otra fuente de azúcar al lado de la cama.

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Durante todo este tiempo, el tema de mi ateísmo no ha salido en ninguna conversación, ya sea con mi familia, mi esposa, mi familia política o los médicos. Creo que es lo mejor. Para empezar, no habla bien del dios supuestamente omnipotente, omnisciente y omnibenevolente que diseñó semejante bomba de tiempo. Cabe mencionar que muchas personas que desarrollan la diabetes tipo 1 lo hacen cuando son niños, razón por la cuál por mucho tiempo se le conoció como diabetes infantil. Entonces tenemos el caso de una bomba de tiempo sutil, que ataca niños y adultos indiscriminadamente, y supuestamente ha sido diseñada por el supremo creador del universo; eso, o éste mismo ha contribuido por omisión a su ocurrencia. Yo soy un blasfemo ateo, y quizá los creyentes pudieran decir que mi diabetes es un mensaje de Dios para que reconsidere mi posición, o inclusive que es un castigo. ¿Pero qué le pueden decir a los niños y niñas que la padecen, y que generalmente son creyentes? ¿Es su padecimiento el resultado de sus acciones? ¿Acaso es su culpa? Ya lo habían dicho el antiguo filósofo griego, Epicuro: en vista de los resultados, si dios es omnipotente, entonces no es bueno. Si es bueno, entonces no es omnipotente. Así de fácil.
    Así que seguramente ha sido bueno que mis interlocutores varios no hayan mencionado a Dios en estas semanas en cuanto concierne a mi diabetes; seguramente hubiera llevado a una conversación incómoda acerca de su maldad, indiferencia, impotencia o indiferencia omisa.

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Cabe mencionar también, por último pero con la mayor importancia, que mi esposa ha sido maravillosa durante estas primeras semanas de mi padecimiento. Siempre atenta, hace mucho más de lo necesario por velar por mi salud, tanto por mis alimentos como por mis hipos. Suele estar, como sucede con las mujeres, mucho más al pendiente de mis citas con los médicos que yo mismo, y no duda en llamar a un médico ante cualquier duda y para hacer cita. Las probabilidades de tener diabetes tipo 1 son microscópicas y a mí me tocó. Pero en el apoyo recibido por mi esposa, se ha más que compensado ese infortunio.  





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