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miércoles, 21 de mayo de 2014

¿Qué es la ciencia, y por qué nos debería importar?—Parte 2

Alan Sokal

Ver Parte 1

Permítame pasar ahora al segundo conjunto de adversarios de la visión científica del mundo, que son los promotores de la pseudociencia. Esta es por supuesto un área enorme, así que me enfocaré en un aspecto socialmente importante de ella, que son las llamadas “terapias complementarias y alternativas” en la salud y medicina. Y dentro de esto, quisiera dar un vistazo en detalle a una de las terapias “alternativas” más usadas: la homeopatía—la cual es un caso interesante porque sus promotores a veces declaran que hay evidencia de análisis clínicos que indica que funciona.

    Ahora, un principio básico en toda la ciencia es GIGO (garbage in, garbage out): entra basura, sale basura. Este principio es particularmente importante en meta-análisis estadísticos, porque si tienes un montón de estudios metodológicamente pobres, cada uno con un tamaño de muestra pequeño, y si los sometes a un meta-análisis, lo que puede pasar es que los prejuicios sistemáticos de cada estudio—si apuntan principalmente en una misma dirección—pueden alcanzar valor estadístico significativo cuando los estudios son agrupados. Y esta posibilidad es particularmente relevante aquí, porque los meta-análisis de homeopatía invariablemente encuentran una correlación inversa entre la calidad metodológica y la efectividad observada de la homeopatía: esto es, que los estudios más descuidados encuentran la mayor evidencia a favor de la homeopatía [12]. Cuando uno presta atención solamente a los estudios metodológicamente rigurosos—aquellos que incluyen una adecuada aleatorización y doble control, medidas predefinidas de los resultados y un claro conteo de las deserciones del estudio—los meta-análisis no encuentran ningún efecto estadísticamente significativo (ni positivo ni negativo) de la homeopatía comparada con un placebo.

    Pero la falta de evidencia estadística convincente para la eficacia de la homeopatía no es, de hecho, la principal razón por la que yo y otros científicos somos escépticos (por ponerlo tibiamente) acerca de la homeopatía; y vale la pena tomarse unos momentos para explicar la razón principal, porque provee perspicacia hacia la naturaleza de la ciencia.

    La mayoría de las personas—quizá inclusive la mayoría de los que usan remedios homeopáticos—no entienden claramente lo que la es la homeopatía. Probablemente lo consideran algún tipo de medicina herbolaria. Claro que las plantas contienen una amplia variedad de substancias, algunas de las cuales pueden ser biológicamente activas (con efectos benéficos o dañinos, como aprendiera Sócrates). Pero los remedios homeopáticos, en contraste, son pura agua o almidón: el supuesto “ingrediente activo” está tan diluido que en la mayoría de los casos no hay ni una sola molécula en el producto final.

    Y así, la razón fundamental para rechazar la homeopatía es que no existe un mecanismo verosímil por el cual pudiera posiblemente funcionar, a menos que uno descarte todo lo que hemos aprendido en los últimos 200 años acerca de física y química: esto es, que la materia está hecha de átomos, y que las propiedades de la materia—incluyendo sus efectos químicos y biológicos—dependen de su estructura atómica. Simplemente no hay manera de que un “ingrediente” ausente pudiera tener un efecto terapéutico. Estudios clínicos de alta calidad no encuentran diferencias entre la homeopatía y los placebos porque los remedios homeopáticos son placebos.

    Ahora, promotores de la homeopatía a veces responden a esto aseverando que el efecto curativo de los remedios homeopáticos surge de una “memoria” del ingrediente activo desvanecido, que de alguna manera es retenida por el agua en el que fue disuelto (¡y luego por el almidón, cuando el agua es evaporada!). Pero la dificultad es, otra vez, no simplemente la falta de evidencia para tal “memoria del agua”. Más bien, el problema es que la existencia de tal fenómeno contradiría la ciencia bien probada, en este caso la mecánica estadística de fluidos. Las moléculas de un líquido constantemente chocan con otras moléculas—lo que los físicos llaman fluctuaciones térmicas—de modo que rápidamente pierden cualquier “recuerdo” de su configuración pasada (aquí, cuando digo “rápidamente” estoy hablando de picosegundos, no meses).

    En resumen, los millones de experimentos que confirman la física y química moderna también son un conjunto poderoso de evidencia contra la homeopatía. Por esta razón, la falla en la justificación de la homeopatía no es solamente la falta de evidencia estadística mostrando la eficacia de remedios homeopáticos, comparados contra placebos, al nivel de 95 o 99% de confianza. Inclusive un estudio al nivel de confianza de 99.99% no estaría preparado para competir contra la evidencia a favor de la física y la química moderna. Declaraciones extraordinarias requieren evidencia extraordinaria (y en el evento poco probable de que tal evidencia llegue, la persona que la proporcione seguramente ganará un triple Nobel en física, química y medicina, superando los dos que ganó Marie Curie).

    A pesar de la inverosimilitud científica de la homeopatía, los productos homeopáticos pueden venderse en los Estados Unidos sin tener que cumplir con los requerimientos de eficacia y seguridad que se exigen a otros medicamentos (porque se les dio permiso por parte de la Ley de Alimentos, Medicamentos y Cosméticos de 1938). De hecho, las regulaciones gubernamentales requieren que los remedios homeopáticos que se venden sin receta digan, en la etiqueta, al menos una condición médica que pretenden tratar—¡pero sin requerir evidencia de que el producto es realmente eficaz en tratar la condición [13]! Las leyes en otros países de occidente son igualmente escandalosas, si no es que más.

    Afortunadamente, parece que esta pseudociencia en particular ha hecho solo progreso modesto en los Estados Unidos—en contraste con su amplia penetración en Francia y Alemania, donde los productos homeopáticos son empacados como medicinas reales y vendidos lado a lado con éstas en virtualmente todas las farmacias. Pero otras y mayores pseudociencias son endémicas en Estados Unidos: prominente entre ellas está la negación de la evolución biológica.

    Es esencial comenzar nuestro análisis distinguiendo claramente entre tres asuntos muy distintos: primero, el hecho de la evolución de las especies biológicas; segundo, los mecanismos generales de esa evolución; y tercero, los detalles precisos de esos mecanismos. Por supuesto, una de las tácticas favoritas de los negacionistas de la evolución es confundir estos tres aspectos.

    Entre biólogos, y de hecho entre el público educado en general, el hecho de que las especies biológicas han evolucionado está establecido más allá de cualquier duda. La mayoría de las especies que han existido en el pasado ya no existen más; en cambio, la mayoría de las especies que existen hoy no existieron por la mayor parte del pasado de la Tierra. En particular, el Homo sapiens moderno no existió hace un millón de años; en cambio, otras especies de homínidos, como el Homo erectus, existieron entonces pero ya están extintos. El registro fósil es inequívoco en este punto, y esto ha sido bien entendido desde al menos el siglo XIX tardío.

    Una cuestión más sutil concierne a los mecanismos de evolución biológica; y aquí nuestro entendimiento científico tomó más tiempo en desarrollarse. Aunque la idea básica—herencia con modificaciones, combinada con selección natural—fue planteada con eminente claridad por Darwin en su libro de 1859, los mecanismos precisos subyacentes de la evolución darwiniana no se elucidaron completamente hasta el desarrollo de la genética y la biología molecular en la primer mitad del siglo XX. Hoy en día tenemos un buen entendimiento del proceso global: errores en el copiado del ADN durante la reproducción producen mutaciones; algunas de estas mutaciones aumentan o disminuyen el éxito del organismo en su supervivencia y reproducción; la selección natural actúa para aumentar la frecuencia en el grupo genético de aquellas mutaciones que aumentan el éxito reproductivo del organismo; como resultado, a lo largo del tiempo, las especies desarrollan adaptaciones a nichos ecológicos; especies viejas mueren y especies nuevas surgen. Este esquema general está establecido más allá de cualquier duda razonable hoy en día, no solo por la paleontología, sino también por experimentos de laboratorio.

    Claro, cuando se trata de los detalles precisos de la teoría evolucionaria, todavía hay un avivado debate entre especialistas (tal como lo hay en cualquier campo científico): por ejemplo, en cuanto a la importancia cuantitativa de la selección grupal o de la deriva genética. Pero estos debates de ningún modo siembran dudas sobre el hecho de la evolución, ni sobre sus mecanismos generales. Es más, como el celebrado genetista Theodosius Dobzhansky dijera en un ensayo de 1973: “nada en la biología tiene sentido excepto a la luz de la evolución [14].”

    Todo lo que acabo de decir es de conocimiento común para cualquiera que ha tomado un curso medianamente decente en biología de preparatoria. El problema es que cada vez menos personas hoy en día tienen la buena fortuna de ser expuestos a un curso medianamente decente en biología de preparatoria. Y la causa de ese analfabetismo científico es (¿acaso debo decirlo?) político: más precisamente, política combinada con religión. Algunas personas rechazan la evolución porque la encuentran incompatible con sus creencias religiosas. Y en países donde tales personas son numerosas o políticamente poderosas o ambos, los políticos son condescendientes con ellos y suprimen la enseñanza de la evolución en las escuelas públicas—con el resultado de que la generación más joven es negada la oportunidad de evaluar la evidencia científica por sí misma, y la ignorancia científica de la población se reproduce en las generaciones futuras.

    Los resultados de un estudio multicultural fascinante, llevado a cabo en 2005 en 32 países europeos junto con Estados Unidos y Japón es particularmente iluminante en este aspecto [15]. Se le leyó a los encuestados: “Los seres humanos, como los conocemos, descendieron de especies previas de animales” y se les preguntó si lo consideraban cierto, falso o si no estaban seguros. De los 34 países, Estados Unidos se ubicó en el lugar 33 en creencia en la evolución (más o menos dividido entre “verdadero” y “falso”). Solo Turquía—donde el estado laico está bajo continua presión por parte del gobierno islamista y sus promotores—muestra menos creencia en la evolución que los Estados Unidos. (Por favor note que esta pregunta concierne solamente al hecho de la evolución, no sus mecanismos.)

    Por supuesto, no toda la gente religiosa rechaza la evolución. Cristianos fundamentalistas sí la rechazan, al igual que muchos musulmanes y judíos ortodoxos; pero los católicos y protestantes liberales han llegado (después de mucho renegar) a aceptar la evolución, así como algunos pocos musulmanes y la mayoría de los judíos. Entonces, desde un punto de vista puramente táctico, la gente religiosa liberal es aliada de los científicos en su lucha por defender la enseñanza honesta de la ciencia.

    Así, si me enfocara en tácticas, enfatizaría—como la mayoría de los científicos—que la ciencia y religión no deben entrar en conflicto. Inclusive argumentaría, siguiendo a Stephen Jay Gould, que la ciencia y la religión deberían ser entendidos como “magisterios independientes”: la ciencia trata de cuestiones empíricas, y la religión con cuestiones de ética y significado. Pero no puedo de buena conciencia proceder así, por la simple razón de que no creo que los argumentos aguanten un examen lógico cuidadoso. ¿Por qué digo eso? Para los detalles, lo refiero a un capítulo de 75 páginas en mi libro [16]; pero trataré de esbozar las razones principales por las que creo que la ciencia y la religión son formas fundamentalmente incompatibles de ver el mundo.

    Al analizar la religión, es necesario hacer algunas distinciones. Para empezar, las doctrinas filosóficas típicamente tienen dos componentes: una parte fáctica, consistiendo de declaraciones acerca del universo y su historia; y una parte ética, consistiendo de un conjunto de prescripciones sobre cómo vivir. Además, todas las religiones hacen, al menos implícitamente, declaraciones epistemológicas acerca de los métodos mediante los cuales los humanos pueden llegar a conocimiento confiable de cuestiones empíricas o éticas. Estos tres aspectos de cada religión obviamente tienen que ser evaluados por separado. Más aún, al discutir un conjunto de ideas, es importante distinguir entre el mérito intrínseco de éstas, el rol objetivo que juegan en el mundo, y las razones subjetivas por las que varias personas las defienden o atacan.

    Lamentablemente, mucha discusión de la religión fracasa en hacer estas distinciones elementales: por ejemplo, confundir el mérito de una idea con los buenos o malos efectos que pudiera tener en el mundo. Aquí quiero referirme solo a la cuestión más elemental, que es el mérito intrínseco de las doctrinas empíricas de las distintas religiones. Y dentro de eso, quiero enfocarme a la cuestión epistemológica—en lenguaje menos barroco, la relación entre la creencia y la evidencia. Después de todo, aquellos que creen en los supuestos hechos de sus doctrinas, presuntamente lo hacen por lo que consideran que son buenas razones. Así que es sensato preguntar: ¿cuáles son estas presuntas buenas razones?

    Cada religión hace múltiples aseveraciones supuestamente verídicas acerca de todo desde la creación del universo hasta la vida después de la muerte. ¿Pero con qué base pueden los creyentes presumir que saben que tales aseveraciones son ciertas? Las razones que dan son variadas, pero la justificación ultimadamente suele ser simple: creemos lo que creemos porque nuestras santas escrituras lo dicen. Pero, entonces, ¿cómo sabemos que nuestras escrituras son acertadas? Porque las escrituras lo dicen. Los teólogos se especializan en tejer redes elaboradas de verbosidad para evitar decirlo tan burdamente, pero esta gema del razonamiento circular es realmente el fondo epistemológico en el que se basa toda la “fe”. En palabras de Juan Pablo II: “Por la autoridad de su trascendencia absoluta, Dios que se hace presente es también la fuente de la veracidad de lo que revela [17]”. Sobra decir que esto clama la pregunta de si los textos en cuestión realmente fueron escritos o inspirados por Dios, y en qué se basa uno para saber esto. La “fe” no es realmente el rechazo de la razón, sino simplemente una aceptación perezosa de mal razonamiento. La “fe” es la pseudo-justificación que la gente usa cuando quieren hacer declaraciones sin tener que presentar la evidencia necesaria.

    Claro que nunca aplicamos estos laxos estándares de evidencia a las declaraciones religiosas de las escrituras de los demás: cuando se trata de otras religiones, los creyentes son tan racionales como cualquiera. Solo su propia religión, sea la que sea, parece merecer una exención especial de los estándares de evidencia generales.

    Y es aquí, me parece, que se ubica el punto decisivo del conflicto entre la ciencia y la religión. La cuestión no es el rechazo religioso de teorías científicas en específico (sean heliocentrismo en el siglo XVII o biología evolucionaria hoy); con el tiempo, la mayoría de las religiones encuentra alguna manera de hacer las paces con la ciencia bien establecida. Más bien, la visión científica del mundo entra en conflicto con la visión religiosa al tratarse de una cuestión mucho más fundamental: lo que cuenta como evidencia.

    La ciencia depende de experiencia sensorial públicamente reproducible (esto es, experimentos y observaciones) combinada con la reflexión racional acerca de esas observaciones empíricas. La gente religiosa reconoce la validez del método, pero luego dicen poseer métodos adicionales para obtener conocimiento acerca de cuestiones empíricas—métodos que van más allá de la simple consideración de la evidencia—tales como la intuición, revelación o los textos sagrados. Pero el problema es este: ¿qué buena razón tenemos para pensar que tales métodos funcionan, en el sentido de llevarnos sistemáticamente (si no es que invariablemente) hacia creencias ciertas en vez de erróneas? Al menos en los dominios que hemos podido poner estos métodos a prueba—astronomía, geología e historia, por ejemplo—no han resultado ser muy confiables. ¿Por qué esperaríamos que funcionen mejor al aplicarlos a problemas aún más difíciles, tales como la naturaleza fundamental del universo?

    Por último, pero no menos importante, estos métodos no-empíricos sufren de un problema lógico insuperable: ¿Qué debemos hacer cuando las revelaciones o intuiciones de distintas personas entran en conflicto? ¿Cómo podemos saber cuál de los supuestos textos sagrados—cuyas afirmaciones frecuentemente se contradicen entre sí—es realmente el sagrado?

Traducción: Héctor Mata

Artículo original en Scientia Salon

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Alan Sokal es profesor de física en la Universidad de Nueva York y profesor de matemáticas en el University College de Londres. Su libro más reciente es Beyond the Hoax: Science, Philosophy and Culture (Más Allá de la Estafa: Ciencia, Filosofía y Cultura).

[12] Shang, Aijing, Karin Huwiler-Muntener, Peter Juni, Stephan Dorig, Jonathan A.C. Sterne, Daniel Pewsner and Matthias Egger. 2005. “Are the clinical effects of homoeopathy placebo effects? Comparative study of placebo-controlled trials of homoeopathy and allopathy.” The Lancet 366:726–732.

[13] U.S. Food and Drug Administration. 2010. Compliance Policy Guide Section 400.400: Con- ditions Under Which Homeopathic Drugs May be Marketed.

[14] Dobzhansky, Theodosius. 1973. “Nothing in biology makes sense except in the light of evolution.” American Biology Teacher 35:125–129.

[15] Miller, Jon D., Eugenie C. Scott and Shinji Okamoto. 2006. “Public acceptance of evolution.” Science 313:765–766 (11 August).

[16] Sokal, Alan. 2008. Beyond the Hoax: Science, Philosophy and Culture. Oxford University Press.

[17] John Paul II. 1998. Encyclical Letter Fides et Ratio of the Supreme Pontiff John Paul II to the Bishops of the Catholic Church on the Relationship between Faith and Reason, September 14, 1998. United States Catholic Conference.



jueves, 13 de marzo de 2014

El compatiblismo más soso

 

Nunca he hablado con un sacerdote jesuita en mi vida y estoy sorprendido por la audacia para contar tales mentiras acerca de mí.  Desde el punto de vista de un sacerdote jesuita yo soy, por supuesto, y siempre he sido, un ateo.
—Albert Einstein, después de que un sacerdote jesuita dijera que lo había convertido al catolicismo.

Decir que la ciencia y la religión son compatibles porque algunos científicos son religiosos, es como decir que el catolicismo y la pederastia son compatibles porque algunos sacerdotes son pederastas.
—Jerry Coyne, biólogo.

En realidad, con estas dos citas debería bastar para dejar clara la cuestión de la compatibilidad entre ciencia y religión, y confieso que al comenzar a escribir esto me da tentación de dejarlo ahí.  Aunque es un tema apasionante, no es necesariamente un tema profundo ni sofisticado: puede llegarse a la respuesta rápidamente con un poco de contemplación y perspicacia.  Claro que ayuda leer algo acerca del tema, para clarificar a qué se está refiriendo uno por ciencia y religión, o el término más nebuloso, fe.  Pero una vez que los  conceptos están claros, la respuesta es clara y contundente.

    Resulta curioso, entonces, que un supuesto divulgador de la ciencia, y que además tiene formación científica en sí, no se hubiera dado a la tarea de hacer la investigación ni la observación mínimas antes de escribir un artículo al respecto, por más breve que este fuera.  Y sin embargo en eso cayó Juan Nepote en su pieza que aparece en la edición más reciente de Magis,  la revista editada por el ITESO.  Con el presuntuoso título La fe de los científicos, sorprende todo lo que Nepote logra ignorar, distorsionar, confundir y difamar en apenas poco más de 400 palabras, que uno se pregunta cómo es que fueron a dar a la publicación en primer lugar, y si pasarían un proceso de edición y crítica serios como los que se dan en la ciencia, la cuál obviamente el autor no practica ni entiende.

    Primeramente, Nepote nos da la siguiente premisa:

Y, sin embargo, la ciencia no es lo mismo que los científicos; mientras que es posible diferenciar, con toda contundencia, el actuar religioso de la metodología científica…

    Buen comienzo, al decir verdad, el diferenciar entre el  método de la ciencia y las personas que son científicos.  El problema es que, al final, después de una somera y desatinada discusión del tema, en la que básicamente se nombra lista de algunos científicos religiosos, el propio autor confunde los términos que definió al principio y concluye:

Solemos recordar los desencuentros entre ciencia y religión, pero nos olvidamos de sus puntos de convergencia.

    ¿Entonces cuál es?  ¿La ciencia y la religión, o los científicos y la religión?  Y es que en verdad no son lo mismo: por un lado, la  ciencia es un método de validar la razón usando la evidencia, mientras que los científicos son personas que pudieran o no utilizar ese método consistentemente.  Y la gran omisión del autor es, precisamente, que resulta ser que los científicos realmente son bastante consistentes cuando se refiere al rigor del pensamiento y su comparación contra el mundo real; es solamente una pequeña minoría (del orden de 7%, según un estudio) que es religioso.  No estoy haciendo un argumento ad populum, sino que más bien mi punto es este: si vas a contar a los científicos religiosos como evidencia de que la ciencia y la religión son compatibles, entonces también tienes que contar a científicos irreligiosos como evidencia de que no lo son (jaque mate #1).

    Como siguiente punto, está la incompatibilidad intrínseca de la ciencia y la religión.  Mientras que la ciencia deduce conclusiones a partir de la evidencia, la religión comienza por las conclusiones y luego discrimina la evidencia según le convenga; donde la ciencia busca ante todo la honestidad intelectual, la fe es inherentemente una forma de deshonestidad, pues se afirma saber cosas que no se saben; cuando en la ciencia todas las ideas están disponibles para ser cuestionadas y no hay tal cosa como una autoridad, la religión se basa en que hay cosas que no se pueden cuestionar, porque algún libro sagrado o un Teólogo SofisticadoTM así lo dijo; en las ocasiones en las que la ciencia es humilde y curiosa, dispuesta a avanzar y corregir, la religión afirma ya tener todas las respuestas, si tan solo se deja de hacer preguntas.  La ciencia avanza gracias a la curiosidad; la religión se derrumba con ella (jaque mate #2).

    Agregado a esto, vale la pena una aclaración acerca de los científicos religiosos, sobre todo los de antaño: solo ha sido en los últimos cien años que se ha vuelto, si  no el ser aceptado ser ateo, al menos ser tolerado por la sociedad.  En los tiempos antes de la Ilustración, era prácticamente suicidio expresar puntos de vista contarios a los de las autoridades, y especialmente las religiosas.  Además, debido al mismo oscurantismo y represión de la religión hacia la ciencia, ésta se encontraba estancada en un estado naciente, con poco qué ofrecer en términos de explicaciones acerca del mundo natural.  Muchos filósofos naturales—los científicos de aquellas épocas—realmente no tenían opción más que ser—o al menos fingir ser—creyentes.  Los avances científicos desde Galileo hasta nuestros tiempos se han hecho a pesar de la religión, nunca gracias a ella (jaque mate #3).

    Nadie niega que haya científicos religiosos: lo que sí es evidente es que, cuando están viendo a través de un telescopio, o cuando observan con un microscopio, o cuando hacen cálculos estequiométricos en el laboratorio, o al hacer una derivación o demostración en el pintarrón, ciertamente actúan como ateos.  Dios simplemente no es una hipótesis relevante en la ciencia.  Es por eso que inclusive científicos eminentes como Francis Collins y Ken Miller pueden hacer ciencia y creer tonterías el domingo durante una hora: existe un alto grado de compartimentalización.  El gran Isaac Newton es otro ejemplo de la convivencia de la superstición y el genio en una misma mente, sin aparente disonancia cognitiva.  La ciencia y la superstición sobreviven en la misma mente no porque sean compatibles, sino porque realmente están rigurosamente separadas (jaque mate #4).

    Finalmente, pero quizá el punto más bajo del artículo es el  siguiente, en el que Nepote muerde el anzuelo del hombre de paja:

Pero también están los científicos que asumen su trabajo como un apostolado y pretenden convencer a todos de que la ciencia es la única interpretación válida de la realidad: Richard Dawkins y Stephen Hawking, por ejemplo, empeñados en usar la ciencia para demostrar la inexistencia de un Dios, con tal vehemencia que se aproximan al fanatismo de las sectas que ellos mismos condenan.

    Este es un argumento muy común entre fanáticos religiosos: si te acusan de fanático e intolerante, pues los acusas a ellos de lo mismo.  ¿Pero cómo puede uno ser un fanático del buen pensamiento, o inclusive del ateísmo?  ¿Hay tal cosa como un fanático del no-racismo?    ¿Hay un fanático del no coleccionar estampas?  ¿Qué es lo fanático de decir que las cosas son como son, y que hay métodos mejores que otros para averiguar?  Acusar a Dawkins o Hawking de decir que “…la ciencia es la única interpretación válida de la realidad…” claramente indica que Nepote no ha leído, ni al menos visto charlas en internet, de ninguno de los dos (Dawkins en particular es sumamente humilde acerca del alcance de la ciencia, y tiene altísima simpatía por disciplinas como la filosofía y las artes, en particular la música y la literatura; Hawking tiende a estar muy ocupado haciendo ciencia de vanguardia como para andar clarificando su posición ante la menor provocación de pseudointelectuales que no le entienden). (jaque mate #5).


Enlaces de interés:

El artículo de Juan Nepote

Breves biografías del autor aquí y acá

Sobre los puntos de vista religiosos de Einstein

El artículo acerca del tema en Wiki

Blog de Jerry Coyne, biólogo.

Estudios sobre las creencias religiosas de científicos contemporáneos: 1, 2, 3.

Sobre el Nuevo Ateísmo, movimiento al que se asocia a Dawkins como co-fundador.



domingo, 9 de marzo de 2014

El pontificado homeopático

Jorge Mario Bergoglio aprendió la lección que no aprendió Joseph Ratzinger: cuando lo que vendes no es realmente un producto ni un servicio, lo único que te queda es vender una imagen.  Como lo hacen los más eficientes charlatanes de la supuesta “medicina” alternativa, y tal como lo hiciera Karol Wojtyła desde 1978 hasta 2005, el más reciente autonombrado representante de Cristo en la Tierra se ha dedicado a hacer no solo que su estafa pase desapercibida, sino que sus clientes le agradezcan y lo defiendan por venderles absolutamente nada.  Mientras por un lado ofrece un semblante sonriente y humilde, por otro lado mantiene las políticas que tanto han mantenido en rezago no solo a los miembros de su rebaño sino, por influencia de éstos en la sociedad y política, al mundo entero.

    El problema de Benedicto XVI era que se dedicaba a decir lo que el resto de la curia dirigente pensaba, pero consideraba prudente callar.  Cierto, era una pesadilla mediática (o un festín, dependiendo del lado que se viera), pero al menos era congruente su decir con su actuar:  ¿Decenas de miles de niños violados alrededor del mundo, y sus violadores protegidos?  ¡Bah, exageraciones de una conspiración internacional contra la Iglesia VerdaderaTM!  ¿Millones de enfermos y muertos de SIDA en África?  ¡Peor sería que usaran condones!  ¿Parejas que se aman tratadas como ciudadanos de segunda clase en todos los continentes?  ¡Se lo merecen, pues son ellos precisamente los conspiradores!  ¿Derechos de las mujeres?  ¡Ni que estuviéramos en el siglo XXI!

    La iglesia sufrió enormemente en los años de Benedicto XVI, precisamente porque por primera vez en más de veinte años se mostró tal como era.  Los números de creyentes aceleraron su  disminución en todo el mundo en términos porcentuales, y las únicas estadísticas a la alza que podía presumir el Vaticano eran—como siempre—las de bautizos totales que, cada vez es más aceptado, son en sí una forma de abuso infantil.

    Y es entonces que, argumentando desgaste y deterioro de salud, Ratzinger se bajó del caballo y acabó siendo nombrado Bergoglio—de ahí en delante, Francisco—como relevo.  Entre los escépticos no se esperaba gran cosa: ya sabíamos que en el Vaticano los sucesores siempre son de continuidad, nunca de cambio.  Sin embargo, entre los creyentes de a pie se notó un renovado vigor.  Yo mismo lo veo con frecuencia en mis redes sociales: que si el papa es muy humilde, que si está renovando la iglesia, que si la está defendiendo, que si es muy conciliador…  Noam Chomsky, habiendo observado el mismo fenómeno en Barack Obama, apuntó: “Lo que importa no es lo que dice, sino lo que hace.  Y en eso, [Obama] ha sido peor que Bush”.   Entonces, ¿qué es lo que ha hecho Bergoglio?

    Para empezar, no se ha dado ningún cambio de doctrina en lo absoluto dentro de la iglesia desde que tomó posesión; las mujeres, los homosexuales, los pederastas y el SIDA siguen en las mismas condiciones de negación y negligencia de siempre.  Desde hace tiempo, los zombis defensores de la fe promueven la idea de que las estadísticas son exageradas y, además, que son los malditos gays los que conspiran para difamar a la iglesia.  Por otro lado, los mismos zombis preparan la nueva estrategia de negacionismo gay (sí, tal como lo lee), en vista del fracaso obtenido hasta ahora (es fascinante y muy triste la disonancia cognitiva por la que ha de pasar este grupo de gente).

    Predeciblemente, los cruzados no entienden los argumentos en su contra.  Por ejemplo, nadie está diciendo que los índices de pederastia sean mayores entre la curia que entre la población general.  Lo que se está diciendo es que es solamente en la curia donde se le da protección al violador del niño en vez de al niño.  Anticipando esto, el papa Francisco ha tomado una medida homeopática al respecto: aumentó la pena por pederastia hasta la asombrosa cantidad de—prepárese,  que esto es altamente revolucionario—doce años, aplicable solamente para casos que se den dentro del Vaticano (es decir, ninguno).  Y sin embargo, es justo el placebo que los cruzados necesitan para sentir que se está transformando radicalmente a la iglesia.  (Es de notar que, en el mismo paquete legislativo que promulgó el papa, se encontró también una ley que aumentaba la pena por revelar secretos del Vaticano.)

    Francisco ha adoptado estrategias similares en las otras áreas: dice una cosa bonita, pero cuando actúa deja claro que no habrá ningún cambio.  Cuando por un lado se pronunció por no marginalizar a los homosexuales—llegando al grado de decir no ser nadie para juzgarlos—, por otro lado excomunicó a un sacerdote pro-gay en Australia.  Tan solo un día después de decir que hay cosas más importantes que el aborto en las que debería enfocarse la iglesia, presionó a doctores para que se rehúsen a efectuarlos.  Igualmente, un día después de decir que ateos y agnósticos podían ser redimidos por sus buenos actos, uno de sus lacayos oficiales lo desmintió, aclarando torpemente: “Bueno, lo que quiso decir su Santidad…” (Por cierto: ¿quién carajos está a cargo?  ¿Es infalible el tipo o no?  ¿Tiene diálogo privilegiado con dios o no?)

    Pero quizá el aspecto más notorio del pontificado de Francisco ha sido su enfoque en proyectar una imagen de humildad—y asegurarse que todos sepan de ello:  ahora no usa los zapatos lujosos rojos que presumía Ratzinger, sino solo zapatos lujosos comunes; optó por vivir en unos departamentos ostentosos que no son los ultra-ostentosos que usaban otros papas; se dejó su crucifijo de plata en vez de adoptar uno de oro; y claro, ha participado en cientos de actos de relaciones públicas donde se toma la foto con todo tipo de gente desafortunada, a la que otorga el placebo de su bendición y nada más, al mismo tiempo que defiende las políticas que mantienen a esa gente en su desesperación y pobreza.  Al menos con Ratzinger uno sabía lo que (no) le estaban vendiendo.


Enlaces de interés:

Un lobo vestido de papa

Típica sentencia por pederastia en el mundo laico

Reporte de la ONU sobre pederastia

Lo mejor de lo peor de Herr Ratzinger

Epidemiología del SIDA

Negación católica de la homosexualidad

Excomunicación de sacerdote liberal

No hay que obsesionarse con el aborto, excepto que…

Palabras conciliadoras, actos no tanto



lunes, 4 de marzo de 2013

Sobre la Incompatibilidad de Ciencia y Religión

Soy un hombre de un solo libro.
-Tomás de Aquino

Sacrificamos el intelecto a Dios.
-Ignacio de Loyola

La razón es la ramera del Diablo; nada hace más que calumniar y maldecir las cosas buenas que Dios hace.
-Martín Lutero

Siempre me ha parecido claro que la ciencia y la religión son mutuamente excluyentes. Es decir, estoy en desacuerdo con Stephen Jay Gould cuando dijo que consistían en non-overlapping magisteria, que no se tocan y que tratan asuntos distintos. Por el contrario, me parece que una necesariamente debilita y corroe a la otra. Fue con esta idea que asistí a un debate, hace unas pocas semanas, en el que el tema fue la compatibilidad de la ciencia y la religión. En el evento participaron un doctor en física que además es teólogo y franciscano; un ingeniero en sistemas que es obispo en la iglesia mormona; y un doctor en neurociencias que tomó la postura de “librepensador” (una forma disimulada y a mi consideración un tanto vanidosa, si bien no necesariamente incorrecta, de llamarse a uno mismo ateo). Aunque la labor del “librepensador” me pareció altamente decorosa, sobre todo considerando el formato y tiempo del debate, creo que hubo varios puntos que quedaron pendientes. El debate se descarriló rápidamente hacia una plática sobre la existencia de dios y los orígenes de las creencias en él, y quedó en plano secundario la manera en la que la ciencia y la religión realmente interactúan. (Sí quedó demostrado, por otro lado, en la sesión de preguntas del público, que hay gente a las que no debe acercársele un micrófono.)
   Antes que nada, hay que señalar que la teología no es una disciplina que pueda llamarse intelectual (ver las citas de arriba). Por el contrario, a través de su historia ha sido cuidadosa de distanciarse de todo “conocimiento” ajeno al suyo, por considerarlo como una posible fuente de corrupción de lo que pudiera muy generosamente llamarse su “pensamiento”. Su modo de operación es justamente el contrario al que se hace en las ramas de estudio propiamente intelectuales: primero da por verdadera la conclusión y luego busca argumentos y evidencia que la respalden—y rechaza o ignora todo lo demás. No tiene procesos de autocrítica, ni de validación, ni mucho menos de competencia entre colaboradores. Más bien, supone que una autoridad—sea un libro sagrado o un teólogo anterior—tiene que estar en lo correcto, y parte de ahí hacia atrás.
    Cuando la religión era más fuerte, se preocupó principalmente por suprimir pensamiento contrario al suyo (de hecho esto lo podemos ver todavía en las teocracias musulmanas), más que en producir pensamiento propio. En el caso particular del cristianismo en Europa, particularmente el de la iglesia de Roma, esta represión intelectual tomó la forma de la Inquisición. Miles de personas fueron aprehendidas, torturadas y ejecutadas por el hecho mismo de pensar, o ser sospechadas de ello. Vale la pena recordar el caso de Giordano Bruno, quien se atrevió a especular no solamente que la Tierra giraba alrededor del Sol, sino que las estrellas eran otros soles y planetas como el nuestro, y que inclusive en algunos de ellos pudiera haber vida. Bruno fue juzgado por tener “puntos de vista contrarios a los de la iglesia” y luego quemado en la hoguera.
    Las obras de decenas de filósofos y científicos griegos, a su vez, fueron censuradas y destruidas en todo el dominio de la Iglesia Católica. (Irónicamente, fue en el Medio Oriente en el que muchas de estas obras fueron preservadas en aquel entonces y, de no ser por ello, seguramente habrían desaparecido para siempre. La excepción fueron algunos textos de Aristóteles, por ser considerados fundamentales para los intentos lógicos de Tomás de Aquino). Esta censura y destrucción se debió a que las autoridades eclesiásticas no consideraron que hubiera filosofía ni ética alguna, previa a la de Cristo, que valiera la pena. (Esto por sí mismo es una tragedia intelectual de proporciones épicas, dada la profunda mediocridad e inmoralidad de la “filosofía” cristiana, comparada con corrientes anteriores como la de los griegos.) Junto con los textos filosóficos, también se censuró conocimiento verdaderamente científico; por ejemplo, el filósofo y matemático Eratóstenes no solamente dedujo ingeniosamente que la Tierra debía ser redonda, sino que inclusive calculó su circunferencia con un alto grado de precisión—esto, 300 años antes de la supuesta llegada del nazareno.
    Fue con las observaciones celestiales de Galileo que la astronomía se convirtió por fin en una ciencia—de hecho, sus obras son consideradas por muchos científicos como el punto preciso en el que nació la ciencia moderna. A través de él, quedaron vindicadas las anteriores conjeturas de Bruno y de Copérnico. ¿Y quién suprimió este nuevo conocimiento? Nuevamente, la iglesia de Roma: declaró tales puntos de vista como heréticos y obligó a Galileo a retractarse. (“Aún así se mueve,” dijo Galileo acerca de la Tierra, en voz baja, después de su recantación.)
    Es ante estos eventos y más, que muchos religiosos todavía tienen el descaro de afirmar que el surgimiento de la ciencia en occidente de algún modo se debió al cristianismo. Toda la evidencia apunta, sin embargo, a que la ciencia logró florecer a pesar del cristianismo, y no gracias a él. La punta de lanza fueron precisamente hombres como Bruno, Copérnico y Galileo, aunados a la invención de la imprenta, que rápidamente contribuyó a multiplicar la propagación del pensamiento. No es de sorprenderse, entonces, que entre la aristocracia del Renacimiento—en cierto grado protegida de la iglesia—surgieran los primeros verdaderos filósofos, no vistos desde tiempos de los griegos, y que entre ellos algunos se dedicaran también a la “filosofía natural”, o lo que hoy conocemos como ciencia. Fue de esta nueva camada de pensadores heréticos, en gran medida protegidos de la censura clerical, que surgieron grandes avances en las matemáticas y la física—en particular la física de los cuerpos celestes—culminando con Kepler, Brahe, Liebniz y Newton.
    Hay que señalar que la represión del conocimiento científico por parte de los religiosos sigue hasta tiempos modernos, y se extiende por diversas causas en diversos países, y es perpetrado por creyentes de todas las religiones.  Por un lado, por ejemplo, el cristianismo insiste en mentir acerca de la efectividad del uso de condones en África para prevenir el SIDA; mientras tanto, en el mundo musulmán se tiene completamente prohibida la enseñanza de la evolución; en la India, los musulmanes se han unido a los hindús para oponerse a la vacunación de los niños, lo que ha contribuido a que la poliomelitis no haya podido ser erradicada aún, habiendo estado tan cerca.  Y en Estados Unidos, aparte de las tonterías creacionistas que continuamente se tratan de enseñar en las escuelas, existe una corriente altamente religiosa de negadores del cambio climático. 


Fue durante los siglos de la Ilustración y la Revolución Industrial que el declive de la religión ante la ciencia y la filosofía se hizo más pronunciado. En el frente filosófico, Marx identificó a la religión como un síntoma de la ignorancia y la represión, señaló su derrota como una condición necesaria para el progreso de la civilización, y consideró inevitable su decadencia a medida que la gente se hiciera más próspera y educada. Por el lado de la ciencia, sin embargo, había un ámbito donde parecía no haber progreso: el origen y la diversidad de la vida. Los filósofos y científicos más escépticos y ateos no podían hacer más que encogerse de hombros al ser cuestionados al respecto—una actitud honesta, pero poco gratificante. Era en este último terreno donde la religión parecía tener ventaja sobre la ciencia.
    De manera casi paralela a Marx, Charles Darwin propuso un mecanismo simple y elegante mediante el cual las especies eran moldeadas por su entorno natural, y por otras especies, sin necesidad de intervención divina. Irónicamente, las observaciones de Darwin originalmente tenían la intención de vindicar al punto de vista religioso. Sin embargo, haciendo uso de gran honestidad y valentía intelectual, Darwin atinó en darse cuenta de que no era necesario un dios para dar origen a la diversidad y alta especialización de las especies. Con su publicación de El Origen de Las Especies, Darwin liberó a la biología de la religión para siempre, e hizo posible ser un ateo intelectualmente satisfecho.
    En el caso particular de los tres grandes monoteísmos, la evolución tiene implicaciones desastrosas desde el punto de vista que sea (un punto mencionado pero evadido en el debate al que atendí). Por un lado, los relatos del Génesis acerca de la creación en seis días tenían que ser falsos, si es que antes se creía en ellos como verdad literal. Por otro lado, y más importantemente, la idea del “pecado original” queda expuesta como un sinsentido religioso: ¿en qué momento decidió Dios implantarle el pecado al hombre, a lo largo de su evolución, y por qué? Si el hombre es básicamente un animal—en particular, un primate—¿tienen los otros animales la capacidad de pecar? En el caso de que Dios hubiera decidido utilizar a la evolución como su medio para crear a las especies distintas, ¿significa esto que Dios tuvo la intención de hacer al hombre un ser pecador desde el principio, solo para poder castigarlo después si no superaba su propia naturaleza? ¿Cómo se reconcilia esto con la idea de un Dios perfectamente bueno que todo lo puede y todo lo sabe? ¿Y en cuál gen se encuentra, precisamente, tal inclinación a hacer el mal? (Aquí vale la pena mencionar que yo no creo que tal inclinación exista, o por lo menos no que sea natural a la mayoría de los humanos, y sugiero además al lector investigar el trabajo de científicos cognitivos al respecto, particularmente el libro The Better Angels of Our Nature, de Steven Pinker. De hecho, la evidencia indica una correlación inversa entre la educación y la prosperidad de las sociedades, al compararse con su religiosidad; para esto, ver el estudio de Phil Zuckerman.)


El método científico es altamente corrosivo a la religión, precisamente porque es una manera de pensar basada en la evidencia y la honestidad. En primer lugar, el punto de partida es la evidencia, es decir, alguna observación de un fenómeno natural. Entonces le sigue la teoría, que es una explicación del fenómeno que puede ponerse a prueba. Una vez formulada la teoría, se diseña un experimento en donde se busque un resultado que demuestre que la teoría es falsa—este paso es crucial. Para que una teoría sea científica, quien la propone debe estar dispuesto a decir: “Si hacemos este experimento y no obtenemos este resultado, entonces estoy equivocado.” Una vez hecho el experimento y recolectados los datos, se comparan con lo predicho por la teoría y solo entonces se llega a la conclusión. Pero este no es el último paso.
    A diferencia de la religión, en la ciencia se comparten y comparan los resultados con los de otros colegas—y también con competidores. Todo el proceso, desde la observación original hasta las conclusiones, es expuesto al más riguroso escrutinio y crítica despiadada. Inclusive si todo parece andar bien, los revisores procuran repetir el experimento ellos mismos para comprobar que se obtienen los mismos resultados que el experimentador original reporta. ¿Es un método perfecto? Lamentablemente, no. Pero es por mucho el mejor que se tiene, y ha logrado resultados que los teólogos más eruditos ni siquiera hubieran podido imaginar. El mérito epistémico del conocimiento científico es altísimo, precisamente porque parte de la realidad y se valida contra ella.
    Ahora imagínese, amable lector, a un teólogo cristiano formulando un tratado erudito acerca de, digamos, la Santísima Trinidad. A continuación, imagine que ese teólogo lleva su tratado, para ser revisado, con sus colegas cristianos. Una vez hecho eso, le lleva su trabajo a un rabino. Ya con las aportaciones de éste, ahora acude a la crítica de un musulmán. Y para añadirle rigor, compara su trabajo con otro, acerca del mismo tema, escrito por un budista, e inclusive entra en correspondencia con él. ¿Cómo se vería el producto final?


Para concluir, quisiera retomar el debate al que asistí; en particular, quisiera revisar el caso del doctor en física que además es teólogo franciscano. En más de una ocasión, dijo explícitamente que no se podía llegar desde la ciencia a una corroboración de la fe (lo cuál me pareció admirable de su parte, debo admitir).  Por otro lado, hizo una distinción entre la religión popular—a la cuál consideró completamente infundada y hasta supersticiosa—y la religión de élite (presumiblemente, la suya). Entonces procedió, a lo largo del debate, a argumentar que el dios de los teólogos es un dios mucho más sofisticado y complicado que el dios de los creyentes comunes, inclusive llegando a articular el punto de vista—siempre de manera cuidadosa e indirecta—de que no había razón para creer que los textos de la Biblia fueran verdad literal, ni que se hubieran escrito con esa intención. La fe, concluyó, era un acto puramente opcional y voluntario, e inclusive era innecesaria para llevar una vida plena y ética(!).
    Lo que el buen doctor hizo, quizá sin que fuera su intención, fue demostrar que el conocimiento y el método científico orillan a los teólogos a creer en un dios indetectable y que no hace nada; un dios abstracto, escurridizo, ambiguo, que existe solo en los límites del conocimiento, y que continuamente se vuelve más y más difuso (él diría “sofisticado”), en vez de más y más nítido, a medida que la ciencia avanza. Propuso un argumento para dios desde la especulación en la ignorancia, pues. Y ese ha sido el punto de partida—y de llegada—para los teólogos desde siempre.