domingo, 19 de febrero de 2012

Ni Gordo, Ni Viejo

 

Hay ciertos padecimientos que uno espera, hasta cierto punto, tener en la vida.  No como un deseo en sí, obviamente, sino como una cuestión de probabilidad.  Es un simple y triste hecho de la vida que nuestros cuerpos se irán deteriorando poco a poco a partir de cierta edad—para muchos alrededor de los 25 a 30 años—y a partir de ahí todo se convertirá en un perpetuo control de daños.  La pérdida de la visión, de la condición física, de la memoria, de la capacidad de digerir; la aparición de quistes, verrugas, canas y hernias discales; los estragos del cáncer, el Alzheimer’s, el Parkinson’s y las cirugías que nos hicimos y que nunca quedaron del todo bien.  Todos estos males y más se van acumulando, inexorables, sigilosos, hasta que nuestro cuerpo queda convertido en un campo minado, con las minas entrelazadas de modo que la explosión de una desencadene la de las demás.

    Como niños, difícilmente apreciamos la gravedad de situaciones que nos describen nuestros tutores. “Tu abuela tiene cáncer” no significa casi nada, aparte de que está “enferma”.  Y desde que tenemos noción de la muerte, en nuestra infancia, la semilla de preocupación por estos malestares queda implantada por información como la frase anterior, aunque para muchos ésta no germina hasta décadas después, cuando varios de estos malestares se hacen presentes en la madurez.    Aun así, casi todos logramos posponer el crecimiento de esta semilla de preocupación, hasta el punto que pareciera estar congelada, durante la mayor parte de nuestras vidas adultas.  Prevalece el optimismo, la idea de que uno de algún modo es especial (o por lo menos afortunado) y no tendrá que enfrentarse con la descomposición del propio cuerpo como lo hicieron nuestros abuelos y desafortunados familiares de otras personas.

    Aunado a lo anterior, tenemos el hecho de que hay personas que simplemente son saludables.  No toman, no fuman, no se desvelan, hacen ejercicio, tienen niveles sanos de colesterol, azúcar y peso.  Ciertamente, estas personas tienen poco o nada qué temer a su porvenir, por lo menos por su entera vida adulta y, en muchos casos, hasta bien entrada su vejez.

*     *     *

El domingo 12 de febrero fue el inicio de una semana entera de días nublados, lluviosos y fríos en la ciudad de Guadalajara, México.  Había terminado de desayunar y me disponía a hacerme útil de algún modo mientras mi esposa preparaba lo que algunas horas más tarde sería la comida.  Sentado en el sillón de la sala, sentí sed como pocas veces en mi vida y tenía una sensación pastosa en la boca.  Al ponerme de pie, sentí un piqueteo en las piernas como de docenas de microscópicas agujas, y el cansancio de cien sentadillas.  En el transcurso de la semana anterior había tenido malestares de diversos tipos, incluyendo una tremenda contractura en la espalda baja que me tenía casi incapacitado, visión borrosa y tremenda sed.  Aun así había desarrollado mis actividades usuales de la semana sin demasiados contratiempos.  Pero esa mañana de febrero ya no podía más.

    —¿Quieres ir al doctor ahora—preguntó mi esposa—, o esperas a que termine de preparar?

    Quienes me conozcan sabrán que siempre he sido especialmente necio para ir con doctores.  Ya había acudido con el ortopedista y con el oculista esa semana, lo cuál para mí era todo un récord.  Y a pesar de mi renuencia general a acudir con un profesional de la salud, mi condición era tal que hasta yo aprecié la gravedad de la situación.

    —Mejor vamos ahorita—dije.  Dejamos la comida a medio preparar y salimos hacia el hospital.

*     *     *

Llevábamos casi una hora en un sencillo consultorio de la sala de urgencias del Jardines Hospital de Especialidades (de veras, así se llama), que quedaba a solo unas cinco cuadras de la casa.  Un doctor sumamente joven nos había recibido (probablemente no había terminado sus estudios todavía) y, después de hacernos preguntas, de inspeccionarme y darme dos litros de agua para beber, había mandado tomar muestras de sangre para analizar en el laboratorio.  Inicialmente dijo que tomarían unos 30 minutos en obtener resultados, pero ya había pasado mucho más que eso.  En el inter, yo había ido al baño a orinar por lo menos tres veces, y mi condición no estaba mejorando.  Mis manos temblaban y era incapaz de cerrarlas siquiera a la mitad para hacer un puño.

    Finalmente, el niño doctor entró al consultorio y, de manera casi triunfal y hasta jovial, declaró:

    —¡Ya sé por qué te sientes así!  Eres diabético, tienes 1140 de glucosa.  A los analistas no les daba, pero hicieron correcciones y ya a los dos les dio el mismo resultado.  Ahorita te vamos a canalizar.

    Si analizamos las palabras anteriores, sin duda lo más importante es la parte que dice “eres diabético”.  Pero yo no la escuché, o por lo menos no la tomé en cuenta.  El número 1140 fue lo que llamó mi atención y provocó que el resto de sus palabras e inclusive su espíritu jovial ante una situación tan grave pasaran a segundo plano.  Pensé: “1140 de glucosa.  ¡Eso suena muy alto!  ¿Qué no se supone que arriba de unos 500 debería estar inconsciente?”.  Más tarde encontraría que no estaba tan equivocado en mis cuentas.

    Antes de que pudiera llegar muy lejos en mis cálculos, fui llevado a una sala donde me canalizaron y, una vez que mi esposa hubo terminado el papeleo—y el pago correspondiente—fui formalmente internado y llevado a la habitación 102.

*     *     *

El siguiente texto describe la condición de un choque diabético (el estado previo al coma) como el que experimenté aquel domingo de febrero, y es tomado desde Wikipedia:

El coma diabético es precedido por un período de síntomas premonitorios que puede durar de algunas horas hasta varios días. La persona inicialmente pierde el apetito (síntoma poco habitual en los diabéticos), sufre nerviosismo, dolor de cabeza, debilidad o apatía que aumenta de forma progresiva, presentando en casos más severos sueño excesivo, desorientación y coma. También son frecuentes al inicio la sed intensa, micciones frecuentes y dolor abdominal, que llega incluso a confundirse con peritonitis o apendicitis. Los signos que se observan son principalmente de deshidratación: lengua y boca secas, ojos hundidos, pulso acelerado, respiración rápida, micciones frecuentes y una pérdida de peso visible.

    La evolución del coma en la hiperglucemia (glucosa alta) es habitualmente más lenta que en la hipoglucemia (glucosa baja). Sin embargo, no deja de considerarse una urgencia, ya que suele acompañarse de alteraciones como deshidratación, acidosis, infecciones, sepsis o choque, las cuales pueden volver impredecible y fatal su evolución.

    ¡Ciertamente tuve algunos de esos síntomas y complicaciones!  Además—y creo que debería aparecer en el artículo de Wikipedia—, los niveles altos de glucosa en la sangre pueden llevar a cambios en la visión.  De hecho, llegué a tomar prestados los lentes de mi esposa (quien padece una leve miopía), para poder manejar durante los días previos al episodio.  Fue esta la razón que había acudido al oculista, ya que la pérdida de la visión fue súbita, de un día para otro.  Inclusive durante mis días en el hospital tuve todavía una visión borrosa.

    De haber sabido estas cosas antes, me habría ahorrado la crisis que me llevó al hospital, aunque ya tuviera diabetes.

*     *     *

Hacia la tarde del lunes yacía yo en mi habitación, siempre acompañado de mi esposa, en espera de que apareciera el doctor al cual me habían encargado.  Era un hombre robusto y bien alimentado, grande, que vi solo brevemente al momento de ser internado y por la tarde del domingo también.  Había pasado toda mi estancia en el hospital hasta ese punto sin nada de alimento: tan solo el suero, medicamentos y botellas de agua.  En una de sus visitas anteriores, el doctor dijo que harían estudios para determinar qué tipo de diabetes tenía, a fin de definir el curso a seguir.  Habían tomado muestras de sangre, pero no aparecieron por varias horas.  En la habitación, teníamos la esperanza de que fuera otra cosa, solo una anomalía médica por la que sufrimos un susto pero nada más.

    Cuando finalmente apareció el doctor la tarde del lunes, fue escueto y fulminante:

    —Ya hicimos las pruebas.  Tienes diabetes tipo 1. La tienes desde hace tres meses.  Mañana te mandaré al nutriólogo para que te asesore.  Siento mucho que tengas esta enfermedad.

    Acto seguido salió de la habitación, y mi esposa y yo lloramos un poco.

*    *    *

Según nos explicó más tarde el doctor, y tal como he averiguado en mis investigaciones desde entonces, la diabetes tipo 1 resulta de una incapacidad del páncreas para producir insulina.  Dicha incapacidad surge probablemente de una infección viral, seguida de una reacción autoinmune en la que el propio cuerpo, en afán de derrotar al virus invasor, termina por destruir las células productoras de insulina en el páncreas también.  Una vez que esto sucede no se recupera la función del páncreas nunca más, y la insulina que haya quedado en el cuerpo (principalmente almacenada en los músculos) se consume a lo largo de semanas o meses, hasta que un día se termina y la persona acaba en una crisis como la que me tocó a mí.

    Cabe mencionar que no queda claro todavía si hay alguna predisposición genética a la diabetes tipo 1, a diferencia de la más común diabetes de tipo 2.  Lo que sí queda claro, es que no es algo que el paciente se provoque a sí mismo por sus descuidos en dieta y ejercicio.  En ocasiones, los que la padecen llevaban vidas medidas e inclusive ejemplares desde el punto de vista de su salud.  No es mi caso que fuera la persona más sana del mundo, pero definitivamente he estado muy lejos de ser la menos sana.  He sido deportista desde que tengo memoria, omnívoro y sin vicios aparte de unas pocas bebidas azucaradas que, a diferencia de la diabetes tipo 2, nada tuvieron que ver con mi infortunio.

    Si supusiéramos un estancamiento en la ciencia médica (lo que nuestros hermanos conservadores y religiosos luchan constantemente por lograr, a pesar de ignorar que lo hacen), de ahora en delante seré dependiente de inyecciones de insulina diarias por el resto de mi vida.  Además, deberé tener muchos cuidados en mi alimentación para controlar mis niveles de azúcar, tanto a la alza como a la baja.  El ejercicio moderado y constante se ha vuelto ahora obligatorio, así como mantener un peso bajo.  Un glucómetro se ha vuelto mi mejor nuevo amigo, y es necesario tomar muestras frecuentemente para cerciorarme que mis niveles de glucosa en la sangre sean los adecuados.

    Si bien pueden surgir graves complicaciones debido a la enfermedad, los cuidados anteriores pueden lograr que lleve una vida relativamente normal durante muchos años.  Las complicaciones suelen ser mala cicatrización, pérdida de la visión, pérdida de función renal y, en ocasiones, amputación de alguna extremidad.  Todos tenemos algún conocido, o inclusive pariente, que vive hasta edad avanzada con diabetes; por otro lado, todos tenemos otro conocido o familiar que tiene una muerte temprana por diabetes también.  Todo está en el cuidado que se tenga una vez que se haya contraído la enfermedad.  Por mi parte, suelo ser una persona muy cuidadosa.



miércoles, 25 de enero de 2012

Más Sobre la Omnipotencia

 

Hace unos meses escribí acerca de cómo la omnipotencia y la omnipresencia son incompatibles, y cómo eso ayudaba a darnos cuenta de que no podían ser ciertas.  Sin embargo, el argumento se centraba en la combinación de ambas propiedades para ilustrar su incompatibilidad. Sin embargo, la omnipotencia, por sí sola, puede analizarse para ilustrar cómo es un concepto necesariamente falso e inclusive es contraproducente para quienes la creen un atributo de su dios.

    En la lógica, los argumentos se construyen a partir de premisas, silogismos y conclusiones.  Para que un argumento sea considerado como plausible, debe estar absolutamente libre de errores lógicos, o falacias.  Una vez que se identifica una falacia en un argumento, éste queda considerado como erróneo a partir de ese punto.  Puede ser que una de las premisas esté mal, o alguno de los silogismos, o quizá las conclusiones mismas.  No importa dónde ocurra el error, el argumento como un todo queda descartado una vez que se identifica una falacia y ésta no es clarificada por quien hace el argumento. En el caso de los conceptos, las propiedades falaces indican una contradicción o inconsistencia.  Igual que los argumentos, se descarta por completo que un concepto pueda ser verdadero una vez que se identifica un atributo falaz.

    Entonces, primero hay que recordar que la omnipotencia es la capacidad de hacer absolutamente cualquier cosa.  Si podemos formular una pregunta como “¿Puede…”, entonces la respuesta debe ser sí.  En el caso del dios omnipotente de la Biblia, podríamos formular preguntas del tipo siguiente:

  • ¿Puede Dios hacer llover en cualquier momento?
  • ¿Puede Dios resucitar a los muertos?
  • ¿Puede Dios leer mis pensamientos?
  • ¿Puede Dios...?

…y así sucesivamente, para cualquier pregunta que se nos ocurra.  Dado que es omnipotente, en cada caso la respuesta a las preguntas anteriores debe ser “sí”.

    El problema clásico que se formula es el siguiente, y también toma la forma de una pregunta:

¿Puede Dios hacer una piedra tan grande que no pueda levantarla?

Aquí hemos llegado a una paradoja:  si la respuesta a la pregunta es sí, como se supone que debe ser, entonces Dios no es omnipotente porque no puede levantar la piedra.  Si la respuesta es no, entonces Dios tampoco es omnipotente, ya que no puede hacer la piedra.  En este punto, desde el punto estrictamente lógico, la omnipotencia está muerta como concepto, dado que se entra en una contradicción: si la premisa es que Dios es omnipotente, ésta es negada por cualquier respuesta a la pregunta que formulamos arriba.

    Desgraciadamente, los teólogos y apologistas “sofisticados” son incapaces de reconocer este sencillísimo ejercicio como una demostración de que la omnipotencia es un concepto falso.  En vez de eso, intentan aclarar la paradoja anterior, argumentando lo siguiente:

    Dentro de las características de Dios están, además de la omnipotencia, la perfección y la lógica.  Entonces, no está dentro de su naturaleza realizar actos ilógicos como en el ejemplo de la piedra.  Tampoco hace círculos cuadrados, ni sube hacia abajo, ni se mete afuera, ni ninguna otra acción ilógica.  Siempre maneja dentro del carril de la lógica.

    Aunque los teólogos apologistas suelen considerar esto como una defensa efectiva de la omnipotencia de Dios, lo que acaban de hacer es darse un disparo en sus pies conceptuales. 

    Primero, Dios queda limitado a lo que la lógica permite (obviamente, ellos no usan la palabra “limitado”, sino que lo maquillan diciendo que su “naturaleza” es ser lógico).  Pero, ¿qué hace Dios, que sea divino y que además siga las leyes de la lógica siempre?  Dado que la lógica de la naturaleza es la física, ¿Dios no hace nada que sea físicamente imposible?  ¿Qué puede hacer que no sea ya una consecuencia natural de las leyes de la física o, por extensión, la química y la biología?  ¿Qué lugar le queda a Dios para actuar en un universo lógico y, por ende, mecánico?

    Segundo, los apologistas acaban de caer en un deicidio total: Si Dios no hace nada ilógico, entonces no hace milagros.  ¿Qué es un milagro si no una suspensión—una contradicción, mejor dicho—de la lógica?  Si una persona está muerta varios días, no es lógico que vuelva a andar (¿son lógicos los zombis?).  De la misma manera, lo lógico es que una virgen no tenga hijos.  Lo mismo podemos decir de todos los supuestos milagros que se le atribuyen a Dios—y a su hijo—en la Biblia y, no olvidemos, en pleno siglo XXI.

    Juntos, los dos puntos anteriores son devastadores para el concepto de un Dios omnipotente.  No solamente demuestran que Dios no es omnipotente: demuestran qué, irónicamente, Dios no puede hacer nada.  Así, pasamos de un Dios que todo lo puede pero no existe, a un Dios que pudiera existir, pero no hace nada.  En conclusión: Dios no es omnipotente, porque no puede.

    ¿Y qué dicen los teólogos de esto?  Su reacción es la más irrisoria y reveladora de todas: encogen los hombros y dicen que “es un misterio” y lo creen de todos modos.  Todos sus malabares lógicos son tirados a la basura en favor de la “fe”.  Eso es lo que pasa cuando uno se obliga a creer cosas que no son ciertas, supongo.



sábado, 21 de enero de 2012

El Cardenal, Ignorante y Soberbio

 

interview-juan-sandoval-14[1] En su pasada columna editorial que escribe en el Semanario, el cardenal (sí, con minúscula) Juan Sandoval Íñiguez ahora arremetió contra los ateos, o lo que él cree que son.  Consistente con su estilo, el cardenal evidenció una mente cerrada y vacua al tratar el tema.  Si bien no pude resistir dejar un comentario en el artículo (igual que otra docena de ateos y uno que otro creyente que pasaban por la página también), me moderé mucho en mi discurso por la brevedad del espacio.  Entonces, aquí aprovecharé para entrar en un poco más de detalle.

    Para empezar, nos ofrece su artículo a propósito del tema de “explicar el ateísmo y la no creencia en Dios”.  Con esto, desde el primer párrafo, deja en evidencia que no sabe o no entiende que el ateísmo es la no creencia en Dios (ni más, ni menos).  A continuación, entra en una breve pero no por eso poco desastrosa disertación de lo que para él fue la Ilustración en el siglo XVIII, calificándola de “soberbia intelectual”.  Por si no quedó claro lo último que acabo de escribir, lo repito: el cardenal considera a la Ilustración (Voltaire, Rousseau, Locke, Descartes, Spinoza, el origen de los derechos humanos, el contrato social, la separación de iglesia y estado y otros detalles) como soberbia intelectual. 

    A continuación se lamenta de que, gracias a este terrible movimiento en que la gente se atrevió a pensar, “han florecido ateísmos de toda suerte”.  Ateísmo, para los lectores más frecuentes y los más ilustrados, ya habrá quedado claramente comprendido como la “no-creencia en dios”.  Hablar de “ateísmos” es un sinsentido; o se cree, o no.  Hablar de “ateísmos” es como hablar de muchas maneras de no coleccionar estampas, para usar un ejemplo frecuente entre ateos.

    Después de recordarnos a algunos supuestos “pensadores” de su miope filosofía, llega a lo siguiente:

“Yo, que soy creyente por un favor de Dios, no puedo imaginarme cómo sería la vida de quienes no creen, en un momento de tranquilidad y serenidad. Aunque, claro, están tan ocupados constantemente en las cosas del mundo, en negocios o diversiones, que no les queda tiempo para reflexionar; pero, si tuviesen algún momento de calma, ¿qué significado podría representarles su existencia tan breve, fugaz, efímera, engañosa y, a la postre, tan desilusionante por la ausencia de Dios, cuando se dieran cuenta de que todo lo que fueron logrando y recogiendo en la vida, al momento de su muerte se perderá y se volverá nada?

   ¿Será ésta una existencia digna del hombre, o hay algo más que dé razón a esos anhelos que tiene el corazón del hombre, como vivir, ser, permanecer para siempre, gracias a Dios?”

    En cuanto a la parte de que no puede imaginar como es la vida de un ateo, eso queda sobreentendido desde el primer párrafo de su texto; lo sorprendente hubiera sido que sí.  Sin embargo, a lo que quería llegar es a la noción común que tienen muchos creyentes acerca del “propósito” de una vida humana sin Dios.  Al parecer, la vida no vale nada para estas personas si no es que lo decreta su dictador omnipotente.  ¿Acaso necesitamos a un tirano imaginario para darnos cuenta de que una vida pasada haciendo el bien es buena?  ¿Qué pasaría el día que cambie su opinión y decrete que no vale nada?  Muchos creyentes suelen dar a entender que lo que importa es la vida que sigue, supuestamente en el cielo.  Pero, como dice Paula Kirby en su elocuente artículo acerca de precisamente este tema, no hay ninguna existencia más inane que la que tendría uno en el cielo.  Se le considera un premio a una eternidad de ser un adulador del Gran Líder, sin nada qué hacer para mejorar su condición, por encontrarse ya en una Corea del Norte Celestial, como diría Christopher Hitchens.

    Lo que nos preguntamos los ateos, es cómo puede ser que tantos creyentes  solamente encuentren sentido en su vida como siervos de un amigo, padre o tirano omnipotente.  Es por esto que dichas muestras de sumisión solemos tratarlas con tanto desprecio, y sobre todo cuando se nos sugieren como una alternativa viable para nosotros.  Las palabras anteriores del cardenal, para un ateo, tienen un sonido más o menos así:

¿Qué, acaso no quieres ser esclavo?  ¡Pero si someter tu mente es lo único que le da sentido a tu vida!  Vamos, tan solo deja de pensar, de dudar, de filosofar, y conviértete en un siervo también.  ¿Pero qué, es que acaso quieres ser libre? ¿Dices que te importa la verdad, aunque no te guste?  ¡Carajo, pero eso puede ser difícil y desagradable!  Mira, acá te tengo un libro que dice que nada de eso es necesario: basta con que dejes de pensar, y el Gran Líder se encargará de todo… Además, tiene un bonito parque de diversiones donde puedes pasar la eternidad lamiéndole el culo.  ¿No es grandioso?

    Si bien como ateo le doy significado y propósito a mi vida—yo mismo—, debo reconocer que aun si mi vida fuera de algún modo desprovista de éstos, todavía sería mejor pasada que la del cardenal.



martes, 10 de enero de 2012

El Cuento del Éxodo

moses01[1]Después de alternar la lectura de  la Biblia con otros textos más interesantes (dudo que alguien aguante leer los 70 libros uno tras otro), ahora pasé a darle una leída detenida al segundo libro, Éxodo.  Yo ya tenía ciertas dudas acerca de la veracidad del relato y la presencia Judía en Egipto en general, sembradas por pensadores como Christopher Hitchens y Sam Harris.  Bien, pues un poco de investigación ligera arrojó los siguientes resultados:
Nunca hubo judíos en Egipto: enlace aquí y aquí.
    Entonces, las pirámides egipcias no fueron construidas por esclavos judíos: acá.
    Bien, pues con el entendimiento de que no considero por ningún momento que el relato sea confiable desde el punto de vista histórico, va un breve recuento de lo que pasaba por mi mente leyendo este tomo de la Biblia.

Parte I: La Represión del Pueblo Judío en Egipto


Génesis nos había dejado con la historia de José, un judío descendiente de Israel que interpretó los sueños del Faraón egipcio en turno, logrando predecir periodos de extrema abundancia y escasez en su reino (nunca se nos dio el nombre del Faraón, lo cuál hubiera sido de suma utilidad para ubicarlo entre los cientos de faraones que los historiadores tienen cuidadosamente catalogados en gran detalle).  Sin embargo, se nos dice que a la muerte de este faraón anónimo el igualmente no identificado sucesor fue cruel con el pueblo israelita, obligándolos a trabajos forzados y exigiéndoles rendimientos altísimos.  En respuesta a esto, Dios castigó al Faraón y su gente mediante diez plagas, una tras otra, hasta que por fin el Faraón dejó ir a los israelitas.
    Pero hay un detalle incómodo: con cada plaga, una y otra vez, Dios mismo “endureció el corazón” del Faraón.  Inclusive hay ocasiones en que Dios habló con Moisés, como en el capítulo 4, para decirle desde antes de la plaga que endurecerá el corazón del monarca para que no los deje ir.  Esto, dice Dios, es para poder tener pretexto para mostrar su ira a través de las múltiples plagas que mandará.
    Esto lleva inevitablemente a preguntarse por qué Dios tiene que endurecer al Faraón.  ¿Pudiera ser que el Faraón era bueno, pero la sed de destrucción de Dios lo hizo endurecerlo?  ¿Qué razones tiene Dios para estar tan ansioso de hacerle mal a los egipcios?  (Los celos de los dioses egipcios pudieran ser una clave).
    Aquí, los apologistas cristianos se sacan de la manga, como en la misma nota al pie de la página de mi edición de la Biblia, que “endureceré el corazón del faraón” es solamente un decir, y que realmente el faraón fue el culpable de todo.  Básicamente, su explicación es que la Biblia no dice lo que dice.
    Alternativamente, los apologistas suelen justificar este comportamiento con la respuesta más irrisoria e inmoral de todas: “Es Dios, puede hacer lo que quiera”.  Como el propósito de Dios era intimidar y doblegar al Faraón y su pueblo desde el principio, por el hecho de ser Dios no hay nada qué cuestionar.  ¿Cómo mejora esto la situación?  ¿Se dan cuenta los creyentes que, al tratar de defender a un tirano omnipotente, solamente se exponen como auténticos cobardes e idiotas morales?  ¿Qué clase de mente podrida justifica esto y actos como la décima plaga, en donde Dios mata a todos los primogénitos de Egipto, incluyendo niños?  Bien, pues dejo un ejemplo aquí.
    Después de la décima plaga (y que Dios dejara de intervenir), el Faraón accedió a dejar a los israelitas salir de Egipto. Excepto que, cuando ya casi salían, de nuevo Dios manipuló al Faraón (capítulo 14) para que los persiguiera hasta el Mar Rojo y entonces Él pudiera destruir al Faraón y su ejército.

Parte II: Los Mandamientos y Otras Curiosidades


Después de merodear por el desierto un tiempo, finalmente los israelitas llegaron al pie del Monte Sinaí.  Una vez ahí, Dios llamó a Moisés para darle instrucciones en lo que los demás esperaban, y es en esta ocasión que le delegó la tarea de comunicarle a sus correligionarios los Diez Mandamientos (capítulo 20), entre otras muchas instrucciones.  Palabras más, palabras menos, dicen algo así:
1.  No tendrás dioses ajenos delante de mí. Qué tiene que ver esto con la ética o la moral, me elude.  Sin embargo, queda claro que Dios está consciente de que hay otros dioses (los de los egipcios, por ejemplo) y, ya sea que dichos dioses sean reales o no, no soporta la idea de que los humanos puedan venerar a ningún otro.  Como Dios mismo dice más delante, es un dios celoso (después de todo, hizo de ello su primer mandamiento).
    Por cierto y a propósito de otros dioses, en el capítulo 7 Moisés intenta impresionar al Faraón mostrándole milagros que Dios le dio el poder de hacer.  Sin embargo, los hechiceros del Faraón logran reproducir los milagros en un breve duelo que tienen con Moisés.  Al parecer, Dios no era el único que podía hacer proezas sobrenaturales en aquel tiempo.
2. No te harás imagen ni ninguna semejanza de lo que hay arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra.  No te inclinarás ante ninguna imagen, ni las honrarás; porque yo soy Yahveh Dios, fuerte, celoso, que castigo la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos. El mandamiento incómodo para el catolicismo.  Curiosamente, se distingue que hay más de una instrucción en este fragmento: primero está la prohibición sobre las imágenes del cielo, subsuelo y mar, y luego está la de los ídolos.  Además se nos recuerda, por si había duda, que Dios es celoso y castiga hasta los tataranietos por las ofensas de uno (¿Cómo es esto justo o virtuoso en alguna manera?  ¿En qué ayuda a la humanidad no hacer estas imágenes?).
3.  No tomarás el nombre de Yahveh tu Dios en vano; porque no dará por inocente Yahveh al que tomare su nombre en vano. ¿Y qué significa esto?  Cuando alguien dice “sabrá Dios…”, realmente es una manera de decir “nadie sabe”.  ¿Es esto un pecado?  Cuando un terrorista suicida grita “Dios es grande” antes de inmolarse, ¿le está haciendo honor al nombre de Dios, o lo está usando en vano?  Al igual que los dos anteriores, este mandamiento no tiene nada qué ver con ética.
4.  Acuérdate del día del sábado para santificarlo. Seis días trabajarás, y harás toda tu obra, mas el séptimo día es reposo para Yahveh tu Dios; no hagas en él obra alguna tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días hizo Yahveh los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, Yahveh bendijo el día de reposo y lo santificó. Nuevamente, no se hace ninguna referencia a cómo esto es bueno o malo, aparte de que Dios dice y ya.  Es sumamente revelador que la gramática del mandamiento indica a quiénes va dirigido: hombres que tienen propiedades.  Junto con el décimo, éste mandamiento es evidencia plena no solo de que es un invento humano, sino de varones. ¿Y por qué no simplemente decretar que un trabajador merece un descanso cada seis días? ¿Acaso solamente es importante el descanso para emular a Dios?
5.  Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Yahveh tu Dios te da. ¿Qué hay de honrarlos porque eso en sí es un buen acto?  Interesante, que se dé una orden y luego un incentivo para cumplirla que no tiene nada que ver.  Si acaso fueran los padres los que dieran la tierra, entonces tendría más sentido.  Por cierto, ¿dónde está el mandamiento de nunca lastimar a los hijos?
6.  No matarás. Poco qué comentar aquí, aparte de que es quizá el mandamiento menos original y más violado de toda la Biblia, usualmente por el mismo Yahvé.  Además, existen versiones de que la versión original dice “No asesinarás”, que no es lo mismo.
7.  No cometerás adulterio. Nuevamente poco novedoso, dado el contexto de la época (va ligado al décimo, como veremos).
8.  No robarás. Mismo comentario que los dos anteriores.  Irónico, dado el tema de prácticamente todo el Viejo Testamento: robar la tierra a quienes tienen la mala fortuna de estar en ella cuando Dios se la prometió a los judíos.
9.  No rendirás falso testimonio contra tu prójimo. Quizá el único mandamiento que vale la pena loar como algo bueno, original y virtuoso.
10.  No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo.  Por si no había quedado claro antes, estamos ante una sociedad en la que las mujeres eran consideradas objetos propiedad de los hombres, equivalentes a sus esclavos, su ganado y propiedad material.  Quizá sea el más irónico de los mandamientos (entre varios fuertes contendientes), pues lo único que hacen los israelitas en los primeros libros de la Biblia es, precisamente, codiciar las tierras de los otros pueblos, así como sus ganados y mujeres—eso sí, siempre auspiciados por Dios. 
    Además, en este mandamiento estamos ante una instancia de querer controlar los pensamientos de las personas: ni siquiera hay libertad en la privacidad de la mente.  Por si fuera poco, prohíbe un instinto natural a la humanidad, por lo que es inhumano pedir que se reprima (sobre todo si no llega a ninguna acción que lastime a alguien).  También hay quienes lo relacionan a la supresión del deseo de los pobres a tener las cosas de los ricos.
    Antes de hacer mayor análisis de estas instrucciones, vale la pena recomendar las discusiones que hace Christopher Hitchens sobre este tema: aquí y acá.  Además, también cabe mencionar que dicho decálogo aparece más de una vez, con diferencias a veces sutiles y a veces no tanto, en más de una ocasión en la Biblia.
    Por si fuera poco, los católicos suelen modificar esta lista y derogan y sustituyen el mandamiento de las imágenes, poniendo en su lugar algo así como “No consentirás pensamientos ni deseos impuros” (nuevamente, un intento de castigar los pensamientos de las personas).  Inclusive la nota al pie en la edición que poseo, aprobada por la Iglesia Católica, menciona que este mandamiento era “para los primitivos, no para las generaciones actuales ilustradas”.  Me parece sumamente interesante cómo, cuando algo es incómodo en la Biblia, los supuestos “intérpretes” se las arreglan para, entonces sí, reconocerlo como primitivo y decidir que no se deba tomar en cuenta.  ¿Qué pasaría si dijera uno que la Resurrección de Cristo fue un hecho exagerado por los narradores, tan solo un delirio primitivo de la época?

*   *   *

Justamente en el capítulo siguiente al de los mandamientos, Dios le dio a Moisés toda una letanía de instrucciones que se supone son leyes de convivencia.  Éstas consisten principalmente en las normas para golpear a los esclavos y apedrear animales que se han portado mal.  Por ejemplo, el verso 20 del capítulo 21:
El que golpee con un palo a su esclavo y éste muera, comete un crimen.  Si sobrevive un día o dos, no se le castigará, porque es propiedad suya.” (Menos mal.)
Todavía en el capítulo siguiente se dan más instrucciones:
No tolerarás hechiceros.”  (22:18.  Mandamiento que costó miles de vidas durante siglos, y aun tiene un gran costo en sociedades africanas.)
Los mandamientos que se dan pueden tener, a veces, tremenda especificidad e inutilidad, salvo quizá para los pastores de ovejas nómadas de la Edad de Bronce en Palestina:
No cocerás el cabrito en la leche de su madre.” (23:19.)
Ahora vale la pena un comentario acerca de los mandamientos en general, y en particular las instrucciones específicas que les siguen.  Para empezar, hay que señalar que poco tienen de moral o ético estas diversas instrucciones; más bien parecen ser diseñadas, en su mayoría, para cumplir con los caprichos de Yahvé.  Sin embargo, revelan algo importante: no contienen nada, en lo absoluto, que no se le pudiera haber ocurrido a un típico, primitivo pastor de ovejas del desierto palestino.  Para ser un dios, Yahvé parece actuar tal como uno de ellos.  Es como si alguien hubiera elegido a uno de estos primitivos pastores nómadas y lo hubiera hecho omnipotente.
    Si Dios es la fuente de moral absoluta, como dicen sus fans, ¿cómo es que aprueba de la esclavitud?  Aquí, los apologistas e “intérpretes” suelen recurrir al supuesto contexto de la época y nos dicen que, si la esclavitud era normal para los pobladores, entonces Dios les hablaba en términos que pudieran entender.
    Pero vimos unos capítulos antes que, cuando Dios se lo propone, tiene maneras de convencer a las personas de hacer lo que Él dice—si no, pregúntenle al Faraón.  No creo que estuviera más allá del Supremo, Perfecto, Omnipotente, Omnisciente, Omnibenevolente Señor Dios Creador del Universo decir algo así como:
“Yo soy el Señor tu Dios, no tendrás esclavos ante mí.”
    O quizá:
“No violarás.”
    Ciertamente, entre los mandamientos y la instrucción de no cocer al cabrito en la leche de su madre, podría haber algo bueno y útil para los humanos, tal como:
“No beberás agua que no haya sido hervida antes”.
    ¿Acaso es necesario explicar que esto hubiera sido infinitamente más útil que cualquiera de los supuestos mandamientos?  ¿Cabe alguna duda de que esto está dentro de las posibilidades de un supuesto dios?  ¿Qué tal decretar algo como “te lavarás las manos antes de comer”?
    La cuestión no es el contexto moral de los habitantes de estos relatos, sino la calidad moral del Dios que supuestamente está para hacer el bien y ayudarlos.  Si Dios les dijera que dejaran la esclavitud, seguramente le hubieran hecho caso.  Pero nunca lo hizo.  Por el contrario, la esclavitud, la violación y el genocidio están a punto de ser recomendados por Dios en los libros venideros.  De esto se nos da una premonición en el capítulo 23, versos 20 a 33, en los que Dios da instrucciones a Moisés de entrar a las tierras de los cananeos, amorreos, heteos, ferezeos, heveos y jebuseos, naciones que serán destruidas por Dios y que, según sabemos, no le han hecho ningún daño a los israelitas.

Parte III: Nada mejor qué hacer que adorar


Como Moisés se estaba tardando (pasó cuarenta días y noches conversando con Dios) los israelitas se impacientaron.  Juntaron todas su alhajas de oro, las fundieron, e hicieron un becerro de oro para ponerse a adorarlo.
    Cuando Moisés bajó del Monte Sinaí y los descubrió idolatrando al becerro, los mandó matarse entre ellos (dice el relato que murieron tres mil). Entonces destruyó el becerro y, en su ira, también destruyó las tablas en las que Dios había inscrito los mandamientos que le acababa de dar.
    Después de esto, Dios renovó su alianza con los israelitas ("aquí no pasó nada") y prometió destruir a los otros pueblos que estaban, por mala suerte, en las tierras que Él les prometió.  Casualmente, se nos volvió a recordar (34:26) que no hay que cocer al cabrito en la leche de su madre.  Moisés volvió a pasar otros cuarenta días y noches en el monte (durante los cuales se nos dice que no comió ni bebió nada) e hizo tablas nuevas.
    ¿Acaso no tienen nada mejor qué hacer los israelitas que ser lacayos de alguien en todo momento?  ¿De dónde viene este deseo de adorar algo a toda costa?  Ciertamente, está presente hoy en día pero no en todo mundo (yo nunca lo he tenido, y no soy el único).
    ¿Y qué hay del mandamiento de no matar?  ¿O acaso una vez que se rompió el segundo mandamiento está justificado castigar al infractor con la muerte?  ¿Y cómo es que Dios no está al tanto de lo que están haciendo los primitivos israelitas mientras conversa con Moisés?  Si está en todos lados, ciertamente es sumamente negligente.
    El libro concluye con unos tediosísimos capítulos acerca de cómo construyeron los israelitas el Arca del Testamento, el Tabernáculo, el Altar y las ropas sacerdotales de Moisés y su hermano, Aarón.


miércoles, 21 de diciembre de 2011

Sobre la Propaganda “Pro Vida”

Conducía por las calles de la bonita pero mocha ciudad de Guadalajara, en una de las colonias mejor acomodadas, cuando un joven se acercó a darme un volante.  El chavo tenía aspecto de preparatoriano, delgado, de piel clara, ojos claros y cabello castaño (información que más delante será importante).  El volante que me entregó parecía haberlo recortado él mismo con tijeras a partir de una fotocopia, y lo reproduzco a continuación, sin edición ni modificación alguna:

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Ciertamente, aunque he explorado algunas de las falacias, contradicciones, hipocresías y simples mentiras del movimiento pro vida, no he hecho un artículo específicamente de ello, enumerando y discutiendo todos los argumentos a favor y en contra del aborto; no pienso hacerlo aquí, pero sí creo que vale la pena discutir lo que vemos en este volante por lo menos.  Pueden encontrar otros artículos que he escrito acerca del tema aquí y acá.

Primero, para ser exactos y exigentes, vale la pena mencionar que los bebés, tales como el que se muestra en la imagen, sí están completamente protegidos por la ley, dado que su muerte intencional  (suponemos que es a lo que se refiere el volante) sería un delito.  Por qué poner la foto de un bebé y no la de un cigoto, embrión o feto es algo que solo puedo especular, pero probablemente sería porque los del movimiento pro vida no ven la diferencia.  Esto es un misterio para mí, ya que supongo que si pueden entender por qué una semilla no es un árbol, podrían entender por qué un bebé no es lo mismo que un feto, embrión o cigoto.  Quizá los esté sobreestimando, o quizá tienen acceso a información o entendimiento que yo no.

Segundo, vale la pena señalar la cruz en el centro de la propaganda, que delata por completo el razonamiento—o falta de—tras la misma.  Aquí planteo algo que todo mundo sabe pero no se atreve a decir: no existen argumentos racionales, ni mucho menos evidencia, para prohibir el aborto.  Tal cual.  Conozco personas inteligentes, morales y capaces que lo han intentado valientemente, pero fracasan como fracasaría el mismísimo Einstein si se propusiera argumentar que la tierra es plana.  Simplemente no se puede porque parten de premisas que no son ciertas.  De ahí que sea necesario darle “validez” a la posición pro-vida a través de la religión, todavía respetada en la sociedad mojigata y retrógrada que es la del Bajío mexicano.

Además, para este punto, vale la pena mencionar que tenemos separación entre la Iglesia y Estado en nuestro México (ver el artículo 130 de la Constitución), razón por la cual todo el argumento pro vida quedaría invalidado jurídicamente desde su concepción si abogados y jueces con pelotas siguieran la ley.

Tercero, la leyenda “A favor de la vida” es deshonesta: los espermatozoides y los óvulos están, técnicamente, tan vivos como el feto al que dan pie semanas después.  Cada eyaculación y cada menstruación son sinónimos de la muerte de seres vivos.  ¿Abogan por prohibir esto los mochos pro vida?  Por supuesto que no; cambian su discurso para decir “Bueno, realmente a lo que nos referimos es a la vida a partir de la concepción”.  Entonces podemos preguntar qué hay de la vida de la mujer: puede morir por hacerse un aborto clandestinamente, o pasar 20 años en la cárcel, o quedar sola y pobre en la calle con un bebé qué alimentar.  ¿Su vida no vale nada?  ¿Es ella dispensable?  Aunque los opositores al aborto legal hagan concesiones en estos puntos, a fin de cuentas se siguen identificando a sí mismos como “a favor de la vida”.  Además, la etiqueta tiene otra implicación adicional: que sus opositores no están a favor de la vida, lo cuál no puede ser más falso.

Por último, el punto con el que empecé: el joven de aspecto de niño bueno y acomodado que repartió la propaganda en primer lugar.  Como detalle, basta analizar la redacción del texto en el volante para detectar que no es precisamente un erudito de la lengua quien lo haya escrito.  Digo, yo no soy Octavio Paz, pero puedo acentuar palabras y redactar de manera más o menos competente.  Segundo, y a propósito de las “altas” clases socioeconómicas separadas de la realidad en nuestro país, este joven probablemente no tenga la menor idea de lo que es ser una mujer joven y pobre en México.  Obviamente, en su condición de varón se encuentra ya de por sí en desventaja.  Sus papás se encargarían, en caso necesario, de mandar a su hermana o prima embarazada “de vacaciones” a Houston por unos días a que le practiquen su aborto seguro allá; tal opción es imposible para la gran mayoría de las mexicanas hoy.

Como decía el recién fallecido Christopher Hitchens, héroe intelectual de nuestros tiempos, se conoce ya la cura para la pobreza. Se ha probado una y otra vez y es lo único que funciona: la liberación y empoderamiento de las mujeres.  Si podemos lograr que las mujeres quieran de sí mismas algo más que ser una incubadora de fieles para la iglesia, y si les damos los medios accesibles para que lo logren, podremos tener un país—y un mundo entero—mejor y más preparado para resolver los grandes problemas a los que nos enfrentamos como sociedad y especie.  Cabe mencionar que no hay religión—hasta ahora—que no se oponga a esta propuesta.