lunes, 26 de marzo de 2012

Cuando Un Ateo Se Casa Por La Iglesia

 

El sábado 20 de agosto del año pasado me casé en un templo católico con una mujer católica. Para los lectores no tan frecuentes, esto pudiera ser desconcertante. La mayor parte de lo que escribo es en contra de la religión, y el catolicismo ha sido el blanco particular de mucho de eso. Más aun, el lector recordará que, para poder pasar por tal ritual, debí estar apropiadamente confirmado dentro de la religión, o por lo menos llevar un rito distinto en caso de no estarlo. Aquí les puedo confirmar que, efectivamente, estoy bautizado y confirmado en la Iglesia Católica (no tienen idea de lo difícil que es admitirlo) y que es algo que medito todos los días de mi vida.

El Abuso Que Es El Bautizo

Cuando tenía unos seis o siete años, se me dio la opción de ir al catecismo para poder hacer mi Primera Comunión (celebración conocida más formalmente como Eucaristía). Inclusive desde esa edad ya me había identificado como un no-creyente, y especialmente como un no-católico. Le dije enfáticamente a mi madre, que hizo la propuesta, que no lo haría porque no creía en esas cosas. Agregué, además, que ni siquiera estaba bautizado y por lo tanto no era procedente la comunión. Fue entonces que ella me dijo que sí había sido bautizado cuando era un bebé.  Me mostró los documentos que avalaban mi bautizo, y recuerdo haberme molestado mucho.

    Mi padre y mi madre no son personas religiosas en lo absoluto. Alguna vez mi madre se consideró católica, pero dudo que lo siga siendo dadas sus posiciones tan radicalmente opuestas a la Iglesia y su laicidad evidente. Mi padre definitivamente es ateo. Por lo tanto, hubiera pensado que les parecería obvio que bautizar a un bebé es algo abusivo, que marca para siempre al niño en cuestión poniéndole una etiqueta que sólo se debería adoptar personalmente en edad adulta. No existe tal cosa como un bebé católico, musulmán o judío. Para ilustrar este concepto, basta con pensar en un bebé objetivista, marxista o kantiano. Absurdo. ¿Y qué pensaríamos de los padres que pusieran tales etiquetas a sus hijos? Ciertamente, ésta es una forma de abuso infantil. Puedo entender por qué mi madre, siendo católica en aquel entonces, hubiera querido bautizarme. Pero dudo que, siendo como ella es hoy, lo volviera a hacer. Por qué mi padre no se opuso, o si lo hizo pero no lo suficiente, no lo sé.

    Desde aquella temprana edad, el bautizo ha sido una marca que he deseado no tener, tratando de racionalizarlo con pensamientos como “es sólo un papel” o “basta con no creer y ya”. Y aunque la Iglesia Católica no es para nada una autoridad de ningún tipo ante mí, me molesta que en algún lado algún burócrata violador de niños en El Vaticano me esté contando como uno de ellos. ¿Pero qué se puede hacer? He encontrado algunos textos en la Web, principalmente de origen español, que hablan de la Apostasía como un trámite posible para gente como yo. Básicamente, consta en solicitar a la Iglesia la baja de su padrón de fieles mediante una anotación en el libro de bautizos donde está uno. En mi caso sería algo engorroso, ya que el trámite se hace en persona y vivo en una ciudad distinta a la que fui bautizado, y viajar no es tan fácil como para darme una vuelta y solicitar mi baja. Sin embargo, presiento que algún día lo acabaré haciendo.

La Dama en Cuestión

En México la gran mayoría de las personas son católicas. Ese número ha ido a la baja desde 98% en los 60 hasta apenas 82% el día de hoy, pero siguen siendo una abrumadora mayoría. El número de ateos es difícil de estimar, pero suele considerarse en menos de 5%. Por lo tanto, dos personas que se conocen tienen una alta probabilidad de ser de la misma religión y que además esa religión sea la católica. Así que, siendo miembro de una minoría tan reducida, casi todas las mujeres que he conocido han sido católicas. Desde que conocí a mi actual esposa le hice saber que era ateo, y ella me dejó claro que era una católica seria (a diferencia de tantos mexicanos que se identifican como católicos pero son esencialmente laicos). Inclusive uno de sus hermanos es sacerdote católico. En fin, eso no detuvo que comenzáramos un noviazgo y decidiéramos casarnos.

    Y aquí tomé una decisión sumamente difícil. Es posible, dentro de los ritos de matrimonio católicos, que uno de los contrayentes no sea de la fe. Sin embargo, para que el matrimonio proceda, debe renunciar por escrito a su fe al momento de casarse para efectos de la educación de los hijos. Obviamente, la Iglesia no tiene manera efectiva de asegurarse que esto vaya a ser así una vez que la pareja sale del templo, pero el infiel por lo menos lo pone por escrito. Además, el matrimonio debe ser aprobado previamente por las autoridades eclesiásticas una vez que se cuenta con dicha concesión.

    Teniendo esta opción, opté mejor por lo contrario. Le propuse a mi futura esposa seguir adelante con el proceso de mi Eucaristía y Confirmación (teniendo ya 28 años cumplidos) para tener la boda dentro de la Iglesia como si fuera católico, aprovechando mi bautizo. Esto lo hice principalmente para procurar que en la boda los protagonistas fuéramos nosotros dos, en vez de mi ateísmo. Obviamente, ella tendría que ser mi cómplice en mantener anónimo mi ateísmo durante el trámite (y ante su hermano sacerdote, que fue quién nos casó), y yo no haría ni una pizca más de lo absolutamente necesario para guardar las apariencias (me rehusé a confesarme, por ejemplo).

    Una amiga de ella, que es catecista y que se convirtió en amiga mía también, me ayudó con mi “preparación”. Esta amiga ignoraba (y todavía ignora, hasta donde sé) que yo soy ateo. Esta parte es muy molesta para mí, pero no había manera de ser completamente honesto sin poner en juego todo. Afortunadamente, ella siempre supuso que yo era creyente y nunca preguntó directamente si lo era. Si hubiera preguntado seguramente le habría dicho todo y es muy probable (y comprensible) que no hubiera aceptado ayudarme con mi preparación después de eso. Quisiera algún día aclarar todo y seguramente lo haré, pero no he decidido cuándo ni cómo. Como el lector sospechará, por otro lado, abusar cínicamente del sistema de la Iglesia Católica para poder casarme me tiene sin cuidado.

En Conclusión

Decidí escribir de esto porque me ayuda a desahogarme, y probablemente sea un primer paso hacia una mayor apertura acerca de mi ateísmo. Además, es un hecho que miles o quizá de millones de personas que estadísticamente cuentan como católicas realmente no lo son, aunque no necesariamente sean ateas.  Por más que escribo en Internet, en la vida diaria soy más bien discreto acerca de mi no-creencia. Pero debo admitir que quisiera participar en activismo en torno al tema, tal como lo son debates, manifestaciones y conferencias. También quisiera dejar de tener que cuidar absolutamente todo lo que digo en público por miedo a ofender a otros. ¡Como si lo que otras personas creen no me ofendiera a mí! Si lo que digo molesta a otros, ése es su problema: ¿quién los manda a creer cosas que no son ciertas?



lunes, 12 de marzo de 2012

Hasta Luego A Un Enano Intelectual

Sobre el “Pensamiento” de Sandoval

Desde hace varias semanas quería escribir esto, pero dificultades de salud y de horarios me han estado limitando en mis publicaciones. Sin embargo, creo que es útil y apropiado decir algunas palabras acerca del pequeño alivio que hemos tenido los tapatíos en cuanto a la contaminación intelectual cotidiana se refiere.

    Sabrán, estimados lectores, que doy un vistazo general a publicaciones como el Semanario de vez en cuando, a manera de un ejercicio intelectual, para mantener mis habilidades de crítica constantemente entrenadas y mis argumentos actualizados. Esto es tremendamente difícil para mí, y requiero darle latigazos a mi cerebro tan sólo para teclear la dirección de la página en mi navegador de Internet. Sin embargo, el ejercicio intelectual lo vale, y encuentro que frecuentemente estoy más al tanto de la religión que inclusive los que se dicen religiosos. Generalmente se tratan temas de poco interés para mí, pero en el Semanario ocasionalmente salen algunas auténticas joyas del pensamiento mezquino, masoquista y retrógrado que es el de la religión católica. Así que imaginarán mi reacción al momento que el “Cavernal” Sandoval escribió un par de artículos irrisorios (aquí y aquí) acerca de un tema que sí me interesa y del cual—ante riesgo de sonar presumido—estoy bastante bien informado (ciertamente más que él).

    Sin embargo, quisiera no abordar necesariamente el contenido de estas muestras de basura intelectual, sino más bien la razón por la que son basura. Ya dediqué otra publicación, que podrán encontrar aquí, a desmenuzar las falacias en los “argumentos” de este supuesto “pensador”. Más bien, creo que es importante señalar por qué toda la teología es en sí una falacia y por lo tanto condenada al pensamiento equivocado y, por ende, a la falsedad.

    Primeramente, hay que señalar algo que nos indica el estilo de argumentación del cardenal. Le pido al lector enorme paciencia en lo que analizamos un fragmento de uno de sus artículos, reproducido aquí sin interrupciones ni edición. Como contexto agrego que el título de la publicación es “El ateísmo, por ignorancia o soberbia” (la ironía es deliciosa):

“Es una cuestión de vida o muerte para el hombre saber si existe Dios o no, porque en ello va su destino.

    Las Sagradas Escrituras nos dan pistas para investigar, y una de ellas es la Naturaleza. El Libro de la Sabiduría, en el Capítulo XIII, dice: ‘Las obras del Señor, las maravillas del Señor, proclaman su gloria, y por ellas el hombre puede llegar hasta su Creador’.

    San Pablo, en su Carta a los Romanos, en el Capítulo I, dice: ‘Son inexcusables los idólatras, porque, aunque no hayan tenido la Revelación, sí tuvieron ante sus ojos las obras de Dios, y por ellas puede llegar el hombre, razonando, hasta su Hacedor’.

    También San Pablo -que habla en Los Hechos de los Apóstoles de cómo estamos envueltos en Dios- manifiesta: ‘En Él vivimos, nos movemos y existimos’; es decir, que nuestra vida depende, como seres frágiles que somos, de una mano misteriosa que nos envuelve y nos sostiene.

    San Agustín dijo algo verdaderamente importante que nos conduce al camino interior y, tal vez, al camino más apropiado para buscar a Dios… ya sea en tu propio corazón, y qué es lo que tu corazón anhela y desea.

    El mismo San Agustín -quien anduvo muchos años en la búsqueda ansiosa de Dios, de la verdad y la belleza absolutas- afirmó: ‘Nos hiciste para Ti, y nuestro corazón andará inquieto hasta que descanse en Ti’.”

    El patrón es claro: citas de diversas fuentes para decir lo mismo que él quiere decir una tras otra. ¿Pero qué tiene de falaz esto? Bien, pues que con el uso de las citas no está creando ni un solo argumento. Esto es que no hay premisas, ni silogismos, ni aclaración de falacias aparentes, ni nada; tan solo llega a su conclusión desde el primer párrafo y luego cita a muchas personas “importantes” que dijeron lo mismo que él hace muchos años. Para ilustrar mejor el problema, consideremos un “argumento” que va así:

1. Yo soy Fulanito y digo que “X”.
2. Hace muchos años, el sabio Sutanito dijo “X” también.
3. Aún antes de eso Menganito, que es muy listo, dijo que “X” también.
4. Más años atrás de eso, Perenganito, que es mi ídolo, dijo “X” y hasta lo dijo dos veces y por escrito.
5. Por lo tanto, “X” es cierto y yo tengo razón.

    Nada tiene de malo citar autoridades en un argumento; el problema es cuando se hace para evitar un argumento o cuando no son realmente autoridades (más acerca de este punto más adelante). Consideremos, entonces, una estructura distinta, quizás así:

1. Menganito, que es un experto, dijo “A”.
2. Sutanito, que también sabe del tema, dijo “Si A, entonces B”.
3. Perenganito, que no es nada tonto, dijo “Si B, podemos descartar C y D para deducir E”.
4. … y así sucesivamente, hasta que llegamos a que:
5. Yo, Fulanito, concluyo entonces que “X”.

    ¡Mucho mejor! Notemos, también, que podemos quitar por completo todas las menciones de nombres y posiciones de autoridad, y aun así la conclusión “X” está sustentada por una cadena de pensamiento. Claro, ésta cadena todavía podría contener errores, pero por lo menos la elemental falacia de autoridad ha sido evitada.

*   *   *

Y ahora el punto más importante, que es el que más quiero subrayar en este artículo: ¿y quién dice que estos pensadores son autoridades?  Verán, cuando nos dicen que ocho de cada diez dentistas recomiendan la pasta de dientes Z, lo aceptamos sin consideración mayor.  Pero si nos dicen que ocho de cada diez dentistas recomiendan el jabón Y, entonces algo está mal.  ¿Qué tienen que decir los teólogos acerca de cómo funciona la realidad?  ¿Qué observaciones, hipótesis, experimentos y conclusiones han formulado para sustentar sus “conocimientos”? Y más importante, ¿cómo podemos verificar que lo que dicen sea no solo bonito, sino cierto?

    Ejemplifico: si un cardiólogo me dice que sabe y entiende más de cardiología de lo que yo siquiera imagino, y que por dicho conocimiento sofisticado es una autoridad en la materia ante mí, le creo.  No porque simplemente sea su palabra, sino porque el tipo abre personas por el pecho, saca el corazón, lo arregla, lo vuelve a acomodar en su lugar, los cose y quedan como nuevos.  Esa es una demostración de conocimiento y justificación de autoridad que hasta un aprendiz de plomero podría hacer en su materia.  ¿Qué pueden hacer los teólogos, así sean el mismísimo San Agustín, que se aproxime siquiera remotamente a esto?

    Verán, la teología es realmente un argumento circular desde la ignorancia, en el que se asume la conclusión en las premisas: primero se da por hecho que Dios existe y se sigue desde ahí.  Sin embargo, hacen una serie de saltos lógicos que lo dejan a uno atónito si está poniendo tan solo un poco de atención y cuenta siquiera con lógica intuitiva: primero, asumen que Dios existe (lo que ya de por sí demuestra que no han investigado mucho la cuestión); luego, que es el Dios de la Biblia; después, que la Biblia es una representación confiable del carácter y naturaleza de Dios; y entonces, suponen que la “interpretan” correctamente—lo cuál es sumamente dudoso dado el hecho que todas las distintas ramas del cristianismo afirman que ellos tienen la interpretación correcta, y que son todos los demás los que están mal.

    ¿Y cuánto tiempo del currículum se dedica en seminarios a lavar el cerebro de los estudiosos para ignorar estos problemitas?  Aparentemente, no mucho; poco preocupa a un creyente que otros crean algo distinto y, por lo tanto, que alguien definitivamente esté creyendo algo falso.  En vez de enfrentar el hecho de que su estudio es el estudio de fabricaciones e inventos circulares, prefieren dar virtud a su credulidad y pereza intelectual llamándola “fe”.

    Pues yo no tengo fe, y creo que quienes consideren estas cuestiones y la sigan teniendo están siendo fundamentalmente deshonestos y con ello contribuyen a gran parte de los males que nos aquejan como sociedad y civilización.  Debido a la “fe” de las personas, estamos desperdiciando valiosísimos recursos económicos y legales en debatir no-problemas como el aborto, la homosexualidad y derechos reproductivos elementales.  Mientras tanto, los problemas realmente difíciles como el control de población, el calentamiento global y el apropiado tamaño y rol del gobierno quedan en lista de espera.  ¡Y además se nos dice que debemos respetar esto!

*   *   *

    Bien, pues hemos sido librados, por lo menos temporalmente, de este tipo de “pensamiento” y sus consecuencias con la partida de Juan Sandoval hacia su retiro.  Sin embargo, escogí las palabras “hasta luego” y no adiós por la alta influencia que este nefasto personaje tiene todavía en nuestra vida pública—particularmente en círculos políticos—y no me sorprendería en lo más mínimo que volviéramos a oír de él.  Además, en su lugar todavía quedan muchos que estarán promoviendo el mismo no-pensamiento para avanzar su agenda.  Aún así, es un alivio que esta persona ya no esté en los reflectores y, me atrevo a decir, el mundo es un poquito mejor gracias a eso.



martes, 6 de marzo de 2012

Levítico: ¿Así, o más primitivo?

 

images[1] La mayoría de las personas que se dicen creyentes en Dios, al ser cuestionadas sobre las cosas que sustentan su creencia, hacen referencia a uno u otro libro supuestamente sagrado. Éste libro, se nos dice, es de lo mejor que se ha escrito en toda la historia, pues ha sido inspirado—si no es que dictado—directamente por quien creen es el Supremo Creador del Universo. Es sumamente irónico, entonces, que muchos de estos creyentes nunca hayan leído dicho libro, sobre todo entre las distintas ramas del cristianismo. Inclusive la lectura más somera revelará centenas de errores y absurdos científicos e históricos y, ante todo, morales. Demos, pues, un breve repaso de lo que corresponde al tercer libro del Pentateuco: Levítico.

Primera Parte: A Dios le Gusta el Olor a Quemado

Desde el primer capítulo, se nos presenta el concepto de un “chivo expiatorio”: aquel animal, usualmente de ganado vacuno u ovino, que se sacrificará degollándolo, descuartizándolo y quemándolo para purificar la ofensa de alguien más (de aquí viene el término “holocausto”).  Esto, se nos dice, es porque a Dios le gusta el olor a carne quemada.  Cuál es precisamente el mecanismo en que el pecado queda absuelto queda en misterio; ¿pudiera ser acaso un químico como el dióxido de carbono que provoca una reacción en Dios y hace que perdone?  Básicamente, los primeros siete capítulos hablan de cómo cortar animalitos en pedazos y quemarlos.  ¡Divino!

     ¿En qué situaciones debe hacerse un sacrificio?  En el capítulo 4 encontramos lo siguiente:

4:12: “Cuando una persona de la comunidad del pueblo peque por un error contraviniendo alguno de los preceptos del Señor de cosas que no deben hacerse, de tal manera que cometa una falta…”

     Básicamente, son para todo.  Cabe mencionar que ciertas ofensas, como robar, requieren alguna reparación del daño además del sacrificio del animal.

     Pero lo más interesante son las implicaciones morales de dicho holocausto, sobre todo pensando en que dentro de unas docenas de libros nos toparemos con el chivo expiatorio humano que es Cristo, así que vale la pena cavilar sobre el tema.  ¿Qué se logra, moralmente hablando, con castigar a un ser por las infracciones de otro?  ¿Qué tan justa es esta acción?  ¿De qué manera “borra” o “corrige” la ofensa que se hizo?  Supongamos, por ejemplo, que un israelita cocina a una cabrito en la leche de su madre, desafiando la prohibición al respecto que aparece en Éxodo.  Dado que esto es una ofensa para Dios y Él es un tirano monstruoso—como ya vimos en los dos libros anteriores—, pudiera ser que castigue a la persona con alguna plaga, la muerte de su primogénito o convertirlo en una pila de sal.  Es curioso, entonces, que después de varias generaciones de hacer justo esto, cambie de opinión y esté dispuesto a olvidarlo todo por oler el humo que emana de tripas de animal quemadas.  Saldo final: un cabrito hervido en la leche de su madre y otro (quizá la madre cabra) destazada y quemada.  ¡Dios podría ser más eficiente! 

     ¿Qué tal, por ejemplo, perdonar al individuo y ya?  ¿No sería eso bueno?  ¿Qué tal desechar preceptos tan primitivos y estúpidos por completo en primer lugar, y darle libertad a las personas?  Este es un tema de suma importancia por anteceder al holocausto de Cristo algunas generaciones después, situación en la que Dios pudo ahorrarnos a todos el cristianismo si tan solo dejara las cosas ir y perdonara; en vez de eso, se sacrifica a sí mismo, para sí mismo, nos dice que es por los pecados de nosotros, y lo anota a nuestra cuenta.  ¿Y cómo repara esto algún daño?  ¿Cómo revive esto al asesinado?  ¿Cómo devuelve lo robado?  ¿Cómo restituye a lo violado?  ¿Cómo se hace responsable al infractor en cualquier capacidad? “No es necesario,” dice el cristianismo, “todo estará bien porque matamos a alguien que no tenía nada que ver.”  Quien diga que esto es un modelo de moral, no sabe qué es la moral y no merece ser llamado “humano”.

Segunda Parte: Un Poco Sobre los Sacerdotes

Los siguientes capítulos nos muestran algunas de las normas que regían la consagración, derechos y deberes sacerdotales.  Si bien resulta una lectura algo tediosa, hay dos elementos que saltan a la vista: primero, la mención de las piedras Urin y Tumin, que desde esos tiempos se consideraba daban poderes de adivinación a quien las portara.  Son estas piedras (o piedras como ellas) las que supuestamente usaría el charlatán Joseph Smith para interpretar las placas de oro divinas tantos años más tarde y fundar así el mormonismo.

     En segundo lugar, hay un pasaje vago en el que los hijos de Aarón, sacerdote principal de los israelitas y hermano de Moisés, pusieron ante el Señor “fuego profano” (Capítulo 10).  Acto seguido y sin más explicaciones, Dios los mató, para variar.

Tercera Parte: Reglas de Pureza

La parte más extensa de Levítico es ésta, y es aquí donde aparecen gran cantidad de edictos de Dios hacia los israelitas.  La gran mayoría nos parecerían de suma trivialidad o primitivismo.  He aquí algunos ejemplos:

  • Entre las aves impuras se encuentran águilas, buitres, cuervos, avestruces, lechuzas, gaviotas y gavilanes, búhos, cisnes y murciélagos (11:13).
  • Entre los reptiles impuros tenemos a las comadrejas, ratones, ranas, erizos, lagartos, caracoles, babosas y topos. (11:29).
  • Prohibidos los tatuajes (19:28).
  • Prohibida la carne de cerdo (11:4)

SI bien estos versos delatan la ignorancia del autor (y, necesariamente, la de Dios también), los versos misóginos son los que más delatan el origen no solamente humano de las escrituras, sino masculino:

  • Cuando una mujer da a luz a un niño, queda impura durante 40 días más; si es niña, quedará impura durante un total de 66 días (Capítulo 12).
  • La mujer es impura durante su menstruación, se le debe apartar durante 7 días y nadie puede tocarla (15:18).
  • Si algún hombre ocupa carnalmente a una mujer (de veras, así dice), la cual es esclava, y desposada a otro, pero no rescatada ni liberada, les darán azotes a los dos, pero no sufrirán la pena de muerte porque ella no era una mujer libre (19:20).

Finalmente, se nos hace notar varias penas de muerte en los capítulos 20 y 21:

  • Muerte por adulterio para los dos.
  • Muerte por homosexualidad.
  • Muerte por tener como mujer a madre e hija, y a ellas también (todos quemados vivos).
  • Muerte al que fornique con un animal, y al animal también (vaya sorpresa).
  • Muerte al que copule con una mujer menstruante y a ella también.
  • Si la hija de un sacerdote es sorprendida fornicando con un hombre, deshonra el nombre de su padre y debe ser quemada viva.
  • Muerte por blasfemia (lapidación).

Se agrega de manera algo superflua, en el capítulo 26, que si no se obedece a Dios, los castigará con siete calamidades hasta que se coman a sus hijos y sus hijas.  ¡Ah, pero Dios es amor!



domingo, 19 de febrero de 2012

Ni Gordo, Ni Viejo

 

Hay ciertos padecimientos que uno espera, hasta cierto punto, tener en la vida.  No como un deseo en sí, obviamente, sino como una cuestión de probabilidad.  Es un simple y triste hecho de la vida que nuestros cuerpos se irán deteriorando poco a poco a partir de cierta edad—para muchos alrededor de los 25 a 30 años—y a partir de ahí todo se convertirá en un perpetuo control de daños.  La pérdida de la visión, de la condición física, de la memoria, de la capacidad de digerir; la aparición de quistes, verrugas, canas y hernias discales; los estragos del cáncer, el Alzheimer’s, el Parkinson’s y las cirugías que nos hicimos y que nunca quedaron del todo bien.  Todos estos males y más se van acumulando, inexorables, sigilosos, hasta que nuestro cuerpo queda convertido en un campo minado, con las minas entrelazadas de modo que la explosión de una desencadene la de las demás.

    Como niños, difícilmente apreciamos la gravedad de situaciones que nos describen nuestros tutores. “Tu abuela tiene cáncer” no significa casi nada, aparte de que está “enferma”.  Y desde que tenemos noción de la muerte, en nuestra infancia, la semilla de preocupación por estos malestares queda implantada por información como la frase anterior, aunque para muchos ésta no germina hasta décadas después, cuando varios de estos malestares se hacen presentes en la madurez.    Aun así, casi todos logramos posponer el crecimiento de esta semilla de preocupación, hasta el punto que pareciera estar congelada, durante la mayor parte de nuestras vidas adultas.  Prevalece el optimismo, la idea de que uno de algún modo es especial (o por lo menos afortunado) y no tendrá que enfrentarse con la descomposición del propio cuerpo como lo hicieron nuestros abuelos y desafortunados familiares de otras personas.

    Aunado a lo anterior, tenemos el hecho de que hay personas que simplemente son saludables.  No toman, no fuman, no se desvelan, hacen ejercicio, tienen niveles sanos de colesterol, azúcar y peso.  Ciertamente, estas personas tienen poco o nada qué temer a su porvenir, por lo menos por su entera vida adulta y, en muchos casos, hasta bien entrada su vejez.

*     *     *

El domingo 12 de febrero fue el inicio de una semana entera de días nublados, lluviosos y fríos en la ciudad de Guadalajara, México.  Había terminado de desayunar y me disponía a hacerme útil de algún modo mientras mi esposa preparaba lo que algunas horas más tarde sería la comida.  Sentado en el sillón de la sala, sentí sed como pocas veces en mi vida y tenía una sensación pastosa en la boca.  Al ponerme de pie, sentí un piqueteo en las piernas como de docenas de microscópicas agujas, y el cansancio de cien sentadillas.  En el transcurso de la semana anterior había tenido malestares de diversos tipos, incluyendo una tremenda contractura en la espalda baja que me tenía casi incapacitado, visión borrosa y tremenda sed.  Aun así había desarrollado mis actividades usuales de la semana sin demasiados contratiempos.  Pero esa mañana de febrero ya no podía más.

    —¿Quieres ir al doctor ahora—preguntó mi esposa—, o esperas a que termine de preparar?

    Quienes me conozcan sabrán que siempre he sido especialmente necio para ir con doctores.  Ya había acudido con el ortopedista y con el oculista esa semana, lo cuál para mí era todo un récord.  Y a pesar de mi renuencia general a acudir con un profesional de la salud, mi condición era tal que hasta yo aprecié la gravedad de la situación.

    —Mejor vamos ahorita—dije.  Dejamos la comida a medio preparar y salimos hacia el hospital.

*     *     *

Llevábamos casi una hora en un sencillo consultorio de la sala de urgencias del Jardines Hospital de Especialidades (de veras, así se llama), que quedaba a solo unas cinco cuadras de la casa.  Un doctor sumamente joven nos había recibido (probablemente no había terminado sus estudios todavía) y, después de hacernos preguntas, de inspeccionarme y darme dos litros de agua para beber, había mandado tomar muestras de sangre para analizar en el laboratorio.  Inicialmente dijo que tomarían unos 30 minutos en obtener resultados, pero ya había pasado mucho más que eso.  En el inter, yo había ido al baño a orinar por lo menos tres veces, y mi condición no estaba mejorando.  Mis manos temblaban y era incapaz de cerrarlas siquiera a la mitad para hacer un puño.

    Finalmente, el niño doctor entró al consultorio y, de manera casi triunfal y hasta jovial, declaró:

    —¡Ya sé por qué te sientes así!  Eres diabético, tienes 1140 de glucosa.  A los analistas no les daba, pero hicieron correcciones y ya a los dos les dio el mismo resultado.  Ahorita te vamos a canalizar.

    Si analizamos las palabras anteriores, sin duda lo más importante es la parte que dice “eres diabético”.  Pero yo no la escuché, o por lo menos no la tomé en cuenta.  El número 1140 fue lo que llamó mi atención y provocó que el resto de sus palabras e inclusive su espíritu jovial ante una situación tan grave pasaran a segundo plano.  Pensé: “1140 de glucosa.  ¡Eso suena muy alto!  ¿Qué no se supone que arriba de unos 500 debería estar inconsciente?”.  Más tarde encontraría que no estaba tan equivocado en mis cuentas.

    Antes de que pudiera llegar muy lejos en mis cálculos, fui llevado a una sala donde me canalizaron y, una vez que mi esposa hubo terminado el papeleo—y el pago correspondiente—fui formalmente internado y llevado a la habitación 102.

*     *     *

El siguiente texto describe la condición de un choque diabético (el estado previo al coma) como el que experimenté aquel domingo de febrero, y es tomado desde Wikipedia:

El coma diabético es precedido por un período de síntomas premonitorios que puede durar de algunas horas hasta varios días. La persona inicialmente pierde el apetito (síntoma poco habitual en los diabéticos), sufre nerviosismo, dolor de cabeza, debilidad o apatía que aumenta de forma progresiva, presentando en casos más severos sueño excesivo, desorientación y coma. También son frecuentes al inicio la sed intensa, micciones frecuentes y dolor abdominal, que llega incluso a confundirse con peritonitis o apendicitis. Los signos que se observan son principalmente de deshidratación: lengua y boca secas, ojos hundidos, pulso acelerado, respiración rápida, micciones frecuentes y una pérdida de peso visible.

    La evolución del coma en la hiperglucemia (glucosa alta) es habitualmente más lenta que en la hipoglucemia (glucosa baja). Sin embargo, no deja de considerarse una urgencia, ya que suele acompañarse de alteraciones como deshidratación, acidosis, infecciones, sepsis o choque, las cuales pueden volver impredecible y fatal su evolución.

    ¡Ciertamente tuve algunos de esos síntomas y complicaciones!  Además—y creo que debería aparecer en el artículo de Wikipedia—, los niveles altos de glucosa en la sangre pueden llevar a cambios en la visión.  De hecho, llegué a tomar prestados los lentes de mi esposa (quien padece una leve miopía), para poder manejar durante los días previos al episodio.  Fue esta la razón que había acudido al oculista, ya que la pérdida de la visión fue súbita, de un día para otro.  Inclusive durante mis días en el hospital tuve todavía una visión borrosa.

    De haber sabido estas cosas antes, me habría ahorrado la crisis que me llevó al hospital, aunque ya tuviera diabetes.

*     *     *

Hacia la tarde del lunes yacía yo en mi habitación, siempre acompañado de mi esposa, en espera de que apareciera el doctor al cual me habían encargado.  Era un hombre robusto y bien alimentado, grande, que vi solo brevemente al momento de ser internado y por la tarde del domingo también.  Había pasado toda mi estancia en el hospital hasta ese punto sin nada de alimento: tan solo el suero, medicamentos y botellas de agua.  En una de sus visitas anteriores, el doctor dijo que harían estudios para determinar qué tipo de diabetes tenía, a fin de definir el curso a seguir.  Habían tomado muestras de sangre, pero no aparecieron por varias horas.  En la habitación, teníamos la esperanza de que fuera otra cosa, solo una anomalía médica por la que sufrimos un susto pero nada más.

    Cuando finalmente apareció el doctor la tarde del lunes, fue escueto y fulminante:

    —Ya hicimos las pruebas.  Tienes diabetes tipo 1. La tienes desde hace tres meses.  Mañana te mandaré al nutriólogo para que te asesore.  Siento mucho que tengas esta enfermedad.

    Acto seguido salió de la habitación, y mi esposa y yo lloramos un poco.

*    *    *

Según nos explicó más tarde el doctor, y tal como he averiguado en mis investigaciones desde entonces, la diabetes tipo 1 resulta de una incapacidad del páncreas para producir insulina.  Dicha incapacidad surge probablemente de una infección viral, seguida de una reacción autoinmune en la que el propio cuerpo, en afán de derrotar al virus invasor, termina por destruir las células productoras de insulina en el páncreas también.  Una vez que esto sucede no se recupera la función del páncreas nunca más, y la insulina que haya quedado en el cuerpo (principalmente almacenada en los músculos) se consume a lo largo de semanas o meses, hasta que un día se termina y la persona acaba en una crisis como la que me tocó a mí.

    Cabe mencionar que no queda claro todavía si hay alguna predisposición genética a la diabetes tipo 1, a diferencia de la más común diabetes de tipo 2.  Lo que sí queda claro, es que no es algo que el paciente se provoque a sí mismo por sus descuidos en dieta y ejercicio.  En ocasiones, los que la padecen llevaban vidas medidas e inclusive ejemplares desde el punto de vista de su salud.  No es mi caso que fuera la persona más sana del mundo, pero definitivamente he estado muy lejos de ser la menos sana.  He sido deportista desde que tengo memoria, omnívoro y sin vicios aparte de unas pocas bebidas azucaradas que, a diferencia de la diabetes tipo 2, nada tuvieron que ver con mi infortunio.

    Si supusiéramos un estancamiento en la ciencia médica (lo que nuestros hermanos conservadores y religiosos luchan constantemente por lograr, a pesar de ignorar que lo hacen), de ahora en delante seré dependiente de inyecciones de insulina diarias por el resto de mi vida.  Además, deberé tener muchos cuidados en mi alimentación para controlar mis niveles de azúcar, tanto a la alza como a la baja.  El ejercicio moderado y constante se ha vuelto ahora obligatorio, así como mantener un peso bajo.  Un glucómetro se ha vuelto mi mejor nuevo amigo, y es necesario tomar muestras frecuentemente para cerciorarme que mis niveles de glucosa en la sangre sean los adecuados.

    Si bien pueden surgir graves complicaciones debido a la enfermedad, los cuidados anteriores pueden lograr que lleve una vida relativamente normal durante muchos años.  Las complicaciones suelen ser mala cicatrización, pérdida de la visión, pérdida de función renal y, en ocasiones, amputación de alguna extremidad.  Todos tenemos algún conocido, o inclusive pariente, que vive hasta edad avanzada con diabetes; por otro lado, todos tenemos otro conocido o familiar que tiene una muerte temprana por diabetes también.  Todo está en el cuidado que se tenga una vez que se haya contraído la enfermedad.  Por mi parte, suelo ser una persona muy cuidadosa.



miércoles, 25 de enero de 2012

Más Sobre la Omnipotencia

 

Hace unos meses escribí acerca de cómo la omnipotencia y la omnipresencia son incompatibles, y cómo eso ayudaba a darnos cuenta de que no podían ser ciertas.  Sin embargo, el argumento se centraba en la combinación de ambas propiedades para ilustrar su incompatibilidad. Sin embargo, la omnipotencia, por sí sola, puede analizarse para ilustrar cómo es un concepto necesariamente falso e inclusive es contraproducente para quienes la creen un atributo de su dios.

    En la lógica, los argumentos se construyen a partir de premisas, silogismos y conclusiones.  Para que un argumento sea considerado como plausible, debe estar absolutamente libre de errores lógicos, o falacias.  Una vez que se identifica una falacia en un argumento, éste queda considerado como erróneo a partir de ese punto.  Puede ser que una de las premisas esté mal, o alguno de los silogismos, o quizá las conclusiones mismas.  No importa dónde ocurra el error, el argumento como un todo queda descartado una vez que se identifica una falacia y ésta no es clarificada por quien hace el argumento. En el caso de los conceptos, las propiedades falaces indican una contradicción o inconsistencia.  Igual que los argumentos, se descarta por completo que un concepto pueda ser verdadero una vez que se identifica un atributo falaz.

    Entonces, primero hay que recordar que la omnipotencia es la capacidad de hacer absolutamente cualquier cosa.  Si podemos formular una pregunta como “¿Puede…”, entonces la respuesta debe ser sí.  En el caso del dios omnipotente de la Biblia, podríamos formular preguntas del tipo siguiente:

  • ¿Puede Dios hacer llover en cualquier momento?
  • ¿Puede Dios resucitar a los muertos?
  • ¿Puede Dios leer mis pensamientos?
  • ¿Puede Dios...?

…y así sucesivamente, para cualquier pregunta que se nos ocurra.  Dado que es omnipotente, en cada caso la respuesta a las preguntas anteriores debe ser “sí”.

    El problema clásico que se formula es el siguiente, y también toma la forma de una pregunta:

¿Puede Dios hacer una piedra tan grande que no pueda levantarla?

Aquí hemos llegado a una paradoja:  si la respuesta a la pregunta es sí, como se supone que debe ser, entonces Dios no es omnipotente porque no puede levantar la piedra.  Si la respuesta es no, entonces Dios tampoco es omnipotente, ya que no puede hacer la piedra.  En este punto, desde el punto estrictamente lógico, la omnipotencia está muerta como concepto, dado que se entra en una contradicción: si la premisa es que Dios es omnipotente, ésta es negada por cualquier respuesta a la pregunta que formulamos arriba.

    Desgraciadamente, los teólogos y apologistas “sofisticados” son incapaces de reconocer este sencillísimo ejercicio como una demostración de que la omnipotencia es un concepto falso.  En vez de eso, intentan aclarar la paradoja anterior, argumentando lo siguiente:

    Dentro de las características de Dios están, además de la omnipotencia, la perfección y la lógica.  Entonces, no está dentro de su naturaleza realizar actos ilógicos como en el ejemplo de la piedra.  Tampoco hace círculos cuadrados, ni sube hacia abajo, ni se mete afuera, ni ninguna otra acción ilógica.  Siempre maneja dentro del carril de la lógica.

    Aunque los teólogos apologistas suelen considerar esto como una defensa efectiva de la omnipotencia de Dios, lo que acaban de hacer es darse un disparo en sus pies conceptuales. 

    Primero, Dios queda limitado a lo que la lógica permite (obviamente, ellos no usan la palabra “limitado”, sino que lo maquillan diciendo que su “naturaleza” es ser lógico).  Pero, ¿qué hace Dios, que sea divino y que además siga las leyes de la lógica siempre?  Dado que la lógica de la naturaleza es la física, ¿Dios no hace nada que sea físicamente imposible?  ¿Qué puede hacer que no sea ya una consecuencia natural de las leyes de la física o, por extensión, la química y la biología?  ¿Qué lugar le queda a Dios para actuar en un universo lógico y, por ende, mecánico?

    Segundo, los apologistas acaban de caer en un deicidio total: Si Dios no hace nada ilógico, entonces no hace milagros.  ¿Qué es un milagro si no una suspensión—una contradicción, mejor dicho—de la lógica?  Si una persona está muerta varios días, no es lógico que vuelva a andar (¿son lógicos los zombis?).  De la misma manera, lo lógico es que una virgen no tenga hijos.  Lo mismo podemos decir de todos los supuestos milagros que se le atribuyen a Dios—y a su hijo—en la Biblia y, no olvidemos, en pleno siglo XXI.

    Juntos, los dos puntos anteriores son devastadores para el concepto de un Dios omnipotente.  No solamente demuestran que Dios no es omnipotente: demuestran qué, irónicamente, Dios no puede hacer nada.  Así, pasamos de un Dios que todo lo puede pero no existe, a un Dios que pudiera existir, pero no hace nada.  En conclusión: Dios no es omnipotente, porque no puede.

    ¿Y qué dicen los teólogos de esto?  Su reacción es la más irrisoria y reveladora de todas: encogen los hombros y dicen que “es un misterio” y lo creen de todos modos.  Todos sus malabares lógicos son tirados a la basura en favor de la “fe”.  Eso es lo que pasa cuando uno se obliga a creer cosas que no son ciertas, supongo.