miércoles, 30 de enero de 2013

Hitchens Sobre el Cáncer, Parte 0

Tópico de Cáncer

Christopher Hitchens (1949-2011)
Septiembre, 2010


El autor un par de meses después de su diagnóstico.

Más de una vez en mis tiempos me he despertado sintiéndome como la muerte. Pero nada me preparó para la mañana este pasado junio cuando llegué a la conciencia sintiendo como si estuviera encadenado a mi propio cadáver. Parecía que mi pecho y tórax habían sido vaciados y rellenados con cemento de secado lento. Podía apenas escucharme respirar, pero no lograba llenar mis pulmones del todo. Mi corazón parecía estar latiendo demasiado rápido o demasiado lento. Cualquier movimiento, por más sutil, requería anticipación y planificación. Me tomó un esfuerzo extenuante cruzar el cuarto de mi hotel neoyorquino y llamar a los servicios de emergencia. Arribaron con gran prontitud y actuaron con inmensa cortesía y profesionalismo. Tuve tiempo de preguntarme por qué tenían necesidad de tantas botas y cascos y equipo pesado, pero ahora que veo la escena en retrospectiva, la veo como una gentil y firme deportación, llevándome del país de los sanos a la dura frontera que marca la tierra de la enfermedad. Tras unas cuantas horas, habiendo tenido que hacer bastantes procedimientos de emergencia sobre mi corazón y mis pulmones, los doctores en este triste puesto fronterizo me mostraron algunas otras postales de su interior, y me dijeron que mi próxima escala inmediata debería ser con un oncólogo. Alguna clase de sombra se mostraba en torno a los negativos.
    La noche anterior, había estado lanzando mi más reciente libro en un evento exitoso en New Haven. La noche de la terrible mañana, se suponía que debía aparecer en el Daily Show con Jon Stewart y luego aparecer en un evento abarrotado en la Calle 92 Y, en el Lado Este Superior, en conversación con Salman Rushdie.  Mi campaña de negación de corta duración tomó la siguiente forma: no cancelaría estas apariciones, ni decepcionaría a mis amigos, ni perdería la oportunidad de vender un montón de libros. Logré librar ambos trabajos sin que nadie notara nada fuera de lugar, aunque sí vomité dos veces, con un grado extraordinario de precisión, pulcritud, violencia y profusión, justo antes de cada evento. Esto es lo que los ciudadanos del país enfermo hacen cuando todavía se aferran desesperadamente a su viejo domicilio.
    La nueva tierra es muy acogedora, a su modo. Todos sonríen tratando de dar ánimos y no parece haber absolutamente nada de racismo. Un espíritu generalmente igualitario prevalece, y aquellos que administran el lugar obviamente han llegado ahí a base de mérito y trabajo duro. Contraponiéndose, el humor es un poco enclenque y repetitivo, parece no haber nada de plática acerca de sexo, y la comida es la peor de cualquier destino que haya visitado jamás. El país tiene su propio lenguaje—una lingua franca que parece ser tanto aburrida como difícil, y que contiene tales nombres como ondansetron, para medicamento antináusea—así como algunos gestos a los que uno se tiene que acostumbrar. Por ejemplo, un oficial conocido por primera vez podría encajar sus dedos en tu cuello abruptamente. Fue así como descubrí que mi cáncer se había esparcido a mis nodos linfáticos, y que una de estas bellezas deformes—localizada en mi clavícula izquierda—era lo suficientemente grande como para verse y palparse. No es bueno cuando tu cáncer es palpable desde afuera. Especialmente, como en este caso, si no saben realmente dónde estaba su fuente principal. El carcinoma trabaja vivazmente de dentro hacia fuera. La detección y tratamiento suelen ser más lentos y laboriosos, desde fuera hacia dentro. Muchas agujas fueron encajadas en el área de mi clavícula—"tissue is the issue" ["el tejido es el asunto", N. del  T.] siendo un eslogan en el lenguaje de Villa Tumor—y me dijeron que los resultados de la biopsia podrían tomar una semana.
    A partir de los resultados que arrojaron estas células cancerosas, tomó más tiempo llegar a la desagradable verdad. La palabra "metástasis" en el reporte fue la que primero captó mi vista, y mi oído. El alienígena había colonizado parte de mi pulmón, así como buena parte de mi nodo linfático. Y su base de operaciones se ubicaba—desde hacía ya bastante tiempo—en mi esófago. Mi padre había muerto—y muy rápidamente, también—de cáncer del esófago. Él tenía 79. Yo tengo 61. En cualquier clase de "carrera" que pudiera ser la vida, me he convertido abruptamente en un finalista.
    La notable teoría de etapas de Elisabeth Kübler-Ross, en la que uno progresa de negación a la ira, de la negociación a la depresión y a la eventual alegría de la aceptación, no ha tenido mucha aplicación en mi caso. En un modo, supongo, he estado "en negación" por bastante tiempo, conscientemente quemando la vela por ambos lados, y encontrando que da una linda luz. Pero por precisamente esa razón, no puedo verme desgarrado por el shock o escucharme quejándome de cómo es todo tan injusto: he estado tentando a la Muerte a que diera un zarpazo con su hoz en mi dirección, y ahora he sucumbido a algo tan predecible y banal que me aburre inclusive a mí. La ira estaría fuera de lugar, por la misma razón. En vez, soy oprimido por una molesta sensación de desperdicio. Tenía grandes planes para la próxima década, y sentía que había trabajado lo suficientemente duro para ganármelos. ¿Realmente no viviré para ver a mis hijos casados? ¿Para ver el World Trade Center erguirse de nuevo? ¿Para leer—si no es que escribir—los obituarios de villanos ancianos como Henry Kissinger y Joseph Ratzinger? Pero asumo esta clase de no-pensamiento como lo que es: sentimentalismo y lástima propia. Por supuesto que mi libro llegó a la lista de best-sellers el día que recibí el boletín informativo más sombrío, y a propósito, el último vuelo que tomé como una persona sana (hacia una multitud en la Feria del Libro de Chicago) fue el que me acumuló un millón de millas en United Airlines, con una vida de promociones por delante. Pero la ironía es mi trabajo y simplemente no veo ironías aquí: ¿sería menos apropiado tener cáncer el día que mis memorias fueran un fracaso total, o en el que hubiera sido echado de un vuelo de clase turista y abandonado en la pista? Para la pregunta tonta de '¿Por qué a mí?', el cosmos apenas se molesta en contestar: ¿Por qué no?
    El estado de negociación, sin embargo. Tal vez haya alguna escapatoria por ahí. El trueque oncológico es que, a cambio de la oportunidad de unos pocos años útiles, accedes a someterte a quimioterapia y después, si te va bien con eso, a radiación y quizá hasta una cirugía. Esta es la apuesta: durarás un poco más de tiempo, pero a cambio vamos a necesitar algunas cosas de ti. Éstas pueden incluir sentido del gusto, tu habilidad para concentrarte, tu habilidad para digerir, y el cabello en tu cabeza. Esto parece ser un trueque razonable. Desafortunadamente, implica confrontar uno de los clichés más atractivos de nuestro lenguaje. Seguro que lo ha oído. La gente no padece cáncer: se reporta que batallan contra él. Nadie que dé sus buenos deseos omite el lenguaje combativo: puedes vencerlo. Inclusive está en los obituarios de los que han perdido contra el cáncer, como si uno pudiera decir razonablemente que murieron después de una larga y valiente batalla contra la mortalidad. No se oye esto al respecto de pacientes crónicos de enfermedades cardiacas o renales.
    Por mi parte, amo la imagen de una lucha. A veces quisiera estar sufriendo por una buena causa, o arriesgando mi vida por el bien de los demás, en vez de solo ser un paciente en grave peligro. Permítame informarle, sin embargo, que cuando te sientas en un cuarto con otros finalistas, y gente amable te trae bolsas transparentes de veneno y te las enchufa en el brazo, y te pones o no te pones a leer un libro mientras los contenidos del saco de veneno llenan tu sistema, la imagen de un ardiente soldado o revolucionario es la última que se te va a ocurrir. Te sientes empantanado en pasividad e impotencia: disolviéndote sin poder, como un terrón de azúcar en agua.
    Es impresionante, este quimio-veneno. Ha provocado que baje unas 14 libras, aunque sin hacerme sentir más ligero. Me quitó una tremenda erupción en mis espinillas que ningún doctor había siquiera podido explicar, mucho menos curar. (Tremendo veneno, para despachar esos furiosos puntos rojos sin problema alguno.) Que por favor sea así de despiadado con el alienígena y sus colonias muertas. Pero como en contra de eso, las cosas que dan vida y las que dan muerte me han hecho extrañamente neutral. Estaba más o menos reconciliado con la pérdida de mi cabello, que empezó a soltarse en la ducha en las primeras dos semanas de tratamiento, y el cuál guardé en una bolsa de plástico para poder ayudar a llenar un dique flotante en el Golfo de México. Pero no estaba del todo preparado para la forma en que mi rastrillo se deslizaría sin resistencia alguna por mi cara. O para la manera en que mi recién lampiño labio superior comenzaría a parecer como si hubiera pasado por electrólisis, causando que pareciera la tía cotorra del alguien. (El pelo en pecho que alguna vez fue el brindis de dos continentes no ha cedido todavía, pero mucho de él fue rasurado en incisiones hospitalarias, así que es un asunto algo parchado.) Me siento molestamente desnaturalizado. Si Penélope Cruz fuera alguna de mis enfermeras, ni lo notaría. En la guerra en contra de Tánatos, si debemos nombrarla una guerra, la inmediata pérdida de Eros es un enorme sacrificio inicial.
    Estas son mis primeras y crudas reacciones a mi aflicción. He resuelto resistir corporalmente todo lo que pueda, aunque sea solo pasivamente, y buscar los consejos más avanzados. Mi corazón y presión sanguínea y otros signos vitales están fuertes de nuevo: de hecho, se me ocurre que si no tuviera una constitución tan resistente hubiera llevado una vida más sana hasta ahora. En mi contra se encuentra el ciego alienígena sin emociones, alentado por algunos que desde hace mucho me han deseado mal. Pero del lado de mi vida continuada está un grupo de generosos y brillantes doctores, así como un gran número de grupos de oración. Espero escribir acerca de estos dos la próxima vez si—como invariablemente solía decir mi padre—vivo para ello.

Traducción: Héctor Mata

Parte 1
Parte 2
Parte 3
Parte 4
Parte 5

martes, 22 de enero de 2013

Sobre las Fallas Morales Fundamentales del Cristianismo

Prácticamente existe un cristianismo distinto por cada persona que se dice cristiana.  Los tres grupos mayores son los católicos, los ortodoxos y los protestantes; entre ellos existen diferencias considerables.  Pero aun dentro de cada uno de éstos se encuentran más diferencias; por cada individuo que se dice cristiano, hay otro que dice que aquel no es un cristiano de verdad.  Sin embargo, existen algunas creencias de carácter fundamental comunes a la mayoría.
    Palabras más, palabras menos, los cristianos creen en un dios omnipotente, que todo lo sabe y que es perfectamente bueno.  Para lograr el perdón de los pecados de los humanos, este dios sacrificó a Cristo, su hijo (o él mismo, dependiendo del cristiano con el que se converse) y demostró la divinidad de éste resucitándolo al tercer día.  Cristo es considerado un ser humano moralmente ejemplar, si no es que el mejor de toda la historia.  Básicamente, eso es todo lo que se puede decir si se quiere abarcar la mayor cantidad de cristianismos posible.  Pudiéramos agregar, quizá, que muchos cristianos creen que la salvación de las personas--exactamente de qué, hay muchas creencias distintas--depende de que se acepte plenamente que este sacrificio se hizo teniéndolo a uno en cuenta, y la vida terrenal es básicamente una prueba.
    No quiero argumentar aquí acerca de la verdad o falsedad de éstas creencias; más bien, quiero analizarlas moralmente.  Mucha de la discusión en torno a la religión se centra en su veracidad, pero yo creo que vale la pena analizar más su desempeño moral, simplemente desde el punto de vista de una persona moralmente promedio que tiene algo de curiosidad al respecto.

*   *   *

Imaginemos al capitán de un barco al que le está entrando agua, quizá porque chocó con un iceberg, y que se hunde lentamente en aguas heladas e infestadas de tiburones.  El bote está bajo su responsabilidad, y toda la tripulación está dispuesta a seguir sus órdenes.  Para lograr salvar al barco, es necesario cerrar compuertas y escotillas para contener la inundación, cosa que el capitán puede ordenar.  El único problema es que, dentro del área que se va a aislar, se encuentra su hijo, quien moriría ahogado si procede.  ¿Cómo debe proceder?  Lamentablemente para el capitán, salvar su barco y las vidas de todos los demás tripulantes depende de que esté dispuesto a sacrificar a su hijo.  Su situación no es nada envidiable.
    Ahora, supongamos que el capitán de dicho barco es omnipotente.  ¿Cómo cambia la situación?  En primer lugar, podría simplemente reparar la fuga al instante, o evitar que sucediera en primer lugar.  Aun si optara por no repararla, podría encontrar una manera de sacar a su hijo del área que se inunda antes de que fuera indispensable sellarla.  Inclusive si sellara el área con su hijo dentro, podría todavía salvarlo de alguna manera.  Si agregamos que este capitán es perfectamente bueno, y que ama a su hijo y estima a su tripulación, necesariamente optaría por salvarlo y salvar al barco, por el método que fuera; la inacción sería lo único por lo que no optaría.
    Entonces, ¿porqué el sacrificio de Cristo?  ¿Acaso Dios no pudo  encontrar otra manera de perdonar los pecados de la humanidad mas que a través de un sacrificio humano (o de sí mismo)?  Al ser omnipotente y perfectamente bueno, hubiera podido lograr este propósito de una infinidad de maneras distintas que no implicaran la tortura y muerte de nadie.  "Hágase el perdón de los pecados" hubiera sido suficiente.  La conclusión debe ser que Dios no es omnipotente, o que no es perfectamente bueno.  Ambas opciones implicarían el derrumbe de la idea cristiana de Dios, pero la segunda también implicaría la inmoralidad de éste: teniendo el poder de evitar el sufrimiento, opta por él.  Pero hay una salida: quizá Dios simplemente no sabe cómo evitar el mal, aunque tenga el poder y la voluntad para hacerlo.  De cualquier manera, el supuesto sacrificio de Cristo--como ejemplo particular del Problema del Mal--demuestra una vez más cómo el dios cristiano pierde sentido cuando se ponen a prueba sus supuestos atributos de omnipotencia, omnisciencia y omnibenevolencia.
    ¿Y qué podemos decir de la tripulación?  En el caso del capitán común y corriente, los marineros obedecerían la orden de cerrar las compuertas, entendiendo que el sacrificio es por su bien, y admirando y compadeciendo al capitán.  Pero no es lo mismo si el capitán es omnipotente: al saber que su salvación no depende del sacrificio de nadie, se opondrían a tal sacrificio innecesario, aunque fuera por su bien.  Aunque alguno de ellos fuera responsable de poner al hijo del capitán en la zona de inundación, se opondría a su sacrificio, pues estaría consciente de que éste sería completamente innecesario.  Inclusive, podríamos decir que lo moral en ese caso sería que la tripulación se rehusara a cumplir la orden, y sobre todo a aceptar que el hijo del capitán está siendo sacrificado por culpa de ellos.*

*   *   *

Inclusive los seres humanos más sobresalientes son criticables en algún aspecto; es parte de su naturaleza humana ser imperfectos.  Tales son los casos de Isaac Newton, una de las mentes científicas más brillantes que ha dado la humanidad,  pero que era sumamente supersticioso e inclusive creía en la alquimia; los fundadores de Estados Unidos, hombres visionarios y auténticos intelectuales, autores de la primer constitución laica en la historia y también la primera en la que se estableció la libertad de expresión como un derecho fundamental, pero que dejaron pasar la oportunidad de abolir la esclavitud e inclusive la practicaron; o Ghandi, quien prácticamente inventó la resistencia civil, a pesar de ser un racista y fanático sectario.  Lo mismo aplica para personajes ficticios, tales como Hamlet o Fausto, a quienes vemos como más humanos gracias a sus defectos, y por ende valoramos y admiramos sus méritos.
    ¿Pero con qué estándar evaluamos a un personaje como Cristo?  Dejaré a un lado la cuestión de su dudosa existencia, al no ser necesaria para su evaluación moral, simplemente refiriendo al lector a que busque los trabajos de Richard Carrier, David Fitzgerald y Robert M. Price al respecto.  Para el próximo análisis basta suponerlo un personaje como Sócrates, que bien pudo existir solo en los Diálogos de Platón, pero a fin de cuentas son sus ideas las que importan.  Sin embargo, en este caso no se trata de un personaje histórico ni literario, sino uno religioso.  Por decir de sus seguidores, fue algo desde un humano sumamente iluminado hasta el mismísimo Dios hecho hombre (la naturaleza humana o divina de Cristo es una de las cuestiones que más dividen a los cristianos, inclusive a los teólogos más eruditos).  Bien, pues tomémosles la palabra.
    Dado que no existen fuentes históricas alternativas que hablen de Cristo (de nuevo refiero al lector a los autores antes mencionados, que abundan en este tema, además de Bart Ehrman), no queda opción mas que referirnos a los textos evangélicos, tal como nos referiríamos a los Diálogos de Platón para investigar las enseñanzas de Sócrates, y tal como supuestamente lo hacen los mismos cristianos.
    En primer lugar, Cristo nunca renuncia a las barbaridades del Viejo Testamento, desde las prohibiciones más absurdas hasta las órdenes más inhumanas; tan solo las recalca y las declara válidas para siempre, en Mateo 5:17-19:
"No creáis que he venido a anular la Ley o los Profetas.  No he venido a anularlos, sino a cumplirlos.  Porque yo os declaro solemnemente que aún cuando pasen el cielo y la tierra, ni una 'i' ni un puntito de la Ley pasará hasta que no se cumpla todo.  El que violare, pues, uno de esos pequeñísimos preceptos y enseñare eso a los hombres, pequeñísimo será considerado en el Reino de los Cielos..."
    Por si no había quedado claro, lo repite en Lucas 16:17: "Más fácil es que el cielo y la tierra se acaben, que anularse un solo punto de la Ley."  Quedan así validadas por Cristo la misoginia, la esclavitud, el genocidio, las ejecuciones por lapidación, el maltrato infantil y muchas otras barbaridades e inmoralidades que vimos por los cientos de páginas anteriores.
    Tomemos tan solo el caso de la esclavitud, tan promovida por Dios y practicada por los israelitas en el Viejo Testamento (y el Nuevo, por cierto).  Aquí se quedan cortos los pretextos usuales: que si eran otros tiempos, que si el contexto histórico, etcétera.  Se trata del hijo del omnipotente creador del universo.  Si tan solo les dijera a sus seguidores que la esclavitud estaba mal, le hubieran hecho caso.  De lo contrario, Dios podría mandar plagas o lo que fuera para hacer respetar la nueva ley; ciertamente era capaz.  Y vaya que hubiera ayudado al caso de Cristo como el perfecto redentor de la humanidad, si se hubiera adelantado siglos y proclamado a la esclavitud como un mal moral.  Pero Cristo no solamente no hizo esto, sino que hizo lo contrario.  Moralmente, reprobó.
    Otro ejemplo son sus enseñanzas en torno a la familia.  Contrario a lo que tantos cristianos dicen valorar, Cristo desprecia a las familias y se declara la causa de su ruptura (en eso sí ha tenido algo de éxito). Primero, da un incentivo a abandonar a los seres amados en Marcos 10:29:
"...En verdad os digo: no hay quien haya dejado casa, o  hermanos, o hermanas, o madre, o padre, o hijos, o tierras por mí y por el evangelio, que no reciba cien veces más ahora en esta vida, en casas y hermanos y hermanas y madre e hijos y tierras, con persecuciones, y la vida eterna en el otro mundo."
    Luego llega a lo siguiente, en Mateo 10:21:
"El hermano entregará a la muerte a su hermano, y el padre al hijo; y se levantarán los hijos contra los padres, y les darán muerte."
    Y remata enseguida, en 10:34: 
"No creáis que he venido a traer paz a la tierra.  No he venido a traer paz, sino guerra.  Porque he venido a dividir al hijo contra el padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra la suegra.  Y los enemigos del hombre, son los de su propia casa.  El que ame a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí.  Y el que ame a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí, y el que no tome su cruz y me siga, no es digno de mí."
    ¡El cordero de Dios, seguramente!  ¿Acaso es necesario abandonar a la familia para lograr la salvación?  (Vale la pena notar la sospechosa omisión de las esposas en estas proclamaciones.)  Recordemos la naturaleza del individuo del que estamos hablando: si fuera perfectamente bueno, y si fuera tan siquiera el hijo de un ser omnipotente, entonces encontraría una manera de acercar a la gente a él sin alejarla de sus seres queridos, y esto lo comunicaría de forma clara.  Moralmente vuelve a quedarse corto.
    Otro punto fundamental de debilidad moral en Cristo es la pasividad ante el mal que predicó.  En palabras de Edmund Burke, todo lo que se necesita para que triunfe el mal es que los hombres buenos no hagan nada.  ¿Qué hubiera sido de la Segunda Guerra Mundial si todos simplemente se rindieran ante los nazis?  Si Cristo fuera perfectamente bueno, entonces no soportaría la idea de que triunfara el mal, aunque fuera solo momentáneamente y solo en la vida terrenal.  Haría todo lo posible por evitarlo, aún cuando supiera que el bien triunfaría al final.
    Estos son tan solo unos pocos ejemplos de la inmoralidad de algunas de las enseñanzas de Cristo.  No todas son así, ciertamente, pero recordemos de quién estamos hablando.  Se supone que este fue un individuo tan puro y tan bueno, que su tortura y muerte valió más que la de cualquier persona que jamás haya existido.  De ser quien decía ser (o quienes sus creadores dijeron que era), no encontraríamos nada qué reprocharle en lo absoluto.  Aunque quizá haya sido moralmente novedoso para su época y su entorno, hoy el personaje de Cristo es moralmente primitivo.  Inclusive sus enseñanzas más benéficas fueron antecedidas--por varios siglos en algunos casos--por personajes más elocuentes y menos dogmáticos, tales como Sócrates, Demócrito, Epicuro y Confucio, por mencionar tan solo a unos pocos.

*   *   *

En cuanto a la salvación, las creencias varían bastante.   Para algunos cristianos, el alma de uno puede ir a dar al Infierno si no se acepta a Cristo plenamente antes de morir; para otros, el Infierno no es necesariamente un lugar real y quienes no crean son simplemente aniquilados.  Los criterios que determinan quién se salva y quién no son tantos como los hay cristianos, y las descripciones de lo que constituye a la salvación y a la perdición también.  Habiendo hecho esta concesión, analicemos la idea de la salvación un momento.**
    Primero, supongamos que Dios es omnipotente y que lo sabe todo.  Él determina los criterios para la salvación de las personas, sean los que sean.  Dado que lo sabe y lo puede todo, no hay nada que suceda sin que haya sido su intención.  Todo lo bueno que pasa, y todo lo malo, ya lo tiene previsto e inclusive planeado desde el inicio de los tiempos, pues lo sabe todo y lo puede todo.  Luego entonces, quienes rompan sus reglas lo están haciendo porque él lo planeó así; tan sólo están ejecutando su plan.
    ¿Qué sentido tiene entonces recompensar a los buenos y castigar a los malos?  ¿Podemos decir que un individuo merece la perdición, si fue diseñado así desde el principio, aunque él no lo quisiera?  Ciertamente, el dios bíblico es capaz de tal alevosía---continuamente manipula a las personas para luego castigarlas, por nada más que sadismo puro.  Pero la verdad es que la gran mayoría de los cristianos no creen en el dios bíblico, aunque digan que sí (esto es una consecuencia de que la mayoría de los cristianos simplemente no leen la Biblia; el dios en el que creen es perfectamente bueno, omnipotente y lo sabe todo, mientras que el dios bíblico no es ninguna de esas tres cosas).  La omnisciencia y omnipotencia de Dios automáticamente lo hacen responsable de todo; entonces, es injusto que él castigue a los individuos 'malos'.

*   *   *

¿Cuál es la importancia de estas conclusiones?  En general, los aspectos analizados aquí tienen poca relevancia para la vida práctica, inclusive la de un cristiano.  Las cuestiones que afectan más su visión moral son los detalles doctrinales secundarios, aquellos que son particulares de cada rama y denominación, e inclusive dependen del individuo.  Es cuando se consultan esos detalles que vemos que algunos cristianos sí consideran ciertas cosas como particularmente inmorales, como pudieran ser la homosexualidad, el aborto, la prostitución, la pornografía o la eutanasia.  Lo importante que hay que recalcar es que la mayoría de los cristianos son altamente éticos en su vida diaria a pesar de lo que dicen creer.  Esto se debe, quizá, a un alto grado de seccionamiento del pensamiento, en donde ciertas ideas están aisladas de la razón y la moral cotidianas, permitiendo al sujeto llevar una vida altamente funcional y ética, y rara vez dándose la disonancia cognitiva que debería surgir al criticar estas ideas con consistencia.



Un enlace sumamente útil: http://www.project-reason.org/scripture_project/

(*)La analogía del barco que se hunde tiene mucha tela de dónde cortar. Aquí dejo algunas consideraciones adicionales; seguramente puede sacársele aun más jugo, ejercicio que se le propone al amable lector.
    1. ¿Cómo cambiaría la situación si se tratara de un tripulante cualquiera al que se va a sacrificar, y no necesariamente al hijo del capitán, ya fuera el capitán común o el capitán omnipotente? ¿Acaso vale más la vida del hijo del capitán que la de otro tripulante que tuviera la mala suerte de encontrarse en el lugar equivocado, en el momento equivocado? El número total de vidas sacrificadas y salvadas sería el mismo.
    2. Suponiendo el caso del capitán omnipotente, ¿qué podemos decir acerca de un capitán que a propósito coloca a su hijo en el área de la inundación, sabiendo lo que iba a ocurrir y siendo esto innecesario para salvar al barco y al resto de la tripulación? ¿Y cómo afecta esto a la relación entre el capitán y el resto de la tripulación? Supongamos que la tripulación se negó a sacrificar a nadie, por ser esto innecesario para su salvación. Adicionalmente, supongamos que el capitán, haciendo uso de su omnipotencia, decidió cerrar las escotillas y compuertas él mismo--sin la tripulación--para sacrificar a su hijo y salvar al barco. Ciertamente, la tripulación le debe la vida al capitán, pero ¿es acaso responsable la tripulación por la muerte del hijo del capitán? Obviamente no.
    3. Acercando más la analogía a la situación que creen los cristianos, consideremos lo siguiente: solamente una porción pequeña de la tripulación sabe que (1) quien se encuentra en la mala posición de estar a punto de ser sacrificado es hijo del capitán y (2) que el capitán es omnipotente. Estas personas tendrían entonces el deber moral de oponerse al sacrificio y desobedecer las órdenes. Sin embargo, ninguna de estas personas se encuentra entre los que materialmente van a ejecutar la orden de sellar el área y contener la inundación, pues se encuentran en otra sección del barco o haciendo otras tareas. Los autores materiales de las órdenes sí saben que morirá alguien si obedecen, pero desconocen su relación con el capitán y desconocen la naturaleza omnipotente de éste. Hasta donde ellos saben, están siguiendo órdenes necesarias para salvar al barco, y la muerte de quien se encuentre en la zona inundada es un hecho trágico, pero necesario y éticamente justificado. ¿Qué responsabilidad puede atribuírsele a éstos tripulantes por el sacrificio del hijo del capitán (que además realmente es un sacrificio innecesario)? Acercando aún más la analogía a la creencia cristiana, ¿qué responsabilidad tienen las familias de los tripulantes, e inclusive sus descendientes, en las acciones de éstos? Acaso el tataranieto de alguno de ellos--que no estuvo presente en los hechos, que no tiene conocimiento de ellos y que, de haber estado presente e informado plenamente acerca de la situación, se hubiera opuesto al sacrificio innecesario--tiene alguna responsabilidad o culpa?
    4. Por último, supongamos que el capitán omnipotente se las ingenió para salvar a su hijo después de que sus tripulantes ingenuos cerraran las compuertas, y sin protesta de los pocos que estaban al tanto de lo que realmente estaba sucediendo. Supongamos que todo fue una simulación, planeada con anterioridad y alevosía, y que realmente el hijo del capitán alcanzó un bote salvavidas y escapó, e inclusive hubo gente que lo vio sano y salvo tres días después. ¿Qué pasaría si el sacrificio del hijo del capitán realmente no fuera un sacrificio? ¿Qué podría reclamarle el capitán entonces a su tripulación, tanto a los ingenuos como a los otros, en cuanto a que supuestamente su hijo murió por ellos? ¿Qué podría reclamarle a las familias de los tripulantes y sus descendientes, si todo fue un montaje para chantajearlos moralmente?
 
(**) Aquí vale la pena mencionar las condiciones que se imponen para lograr la salvación, según algunos cristianos.  Básicamente, Dios es como un jefe mafioso que hace a los humanos "una oferta que no puedan rechazar": por un lado les ofrece la salvación, a cambio de su sumisión/credulidad; por otro lado, les da la "libertad" de no someterse y de no creer, pero con la pena de pasar una eternidad en Infierno.  ¿Qué clase de libertad es esa?  En realidad no es más que una vil amenaza, tal como la haría un gángster, solo que en este caso es un gángster moral.  Por lo tanto, el perdón de los pecados que se ofrece no es un perdón auténtico, simple y llano; más bien es un perdón a medias, condicional y chantajista.


miércoles, 16 de enero de 2013

Sobre el Sueño y la Salud Mental

La diferencia entre un loco y yo, es que yo no estoy loco.
-Salvador Dalí

Uno pensaría que la diabetes tipo I, con todas sus condicionantes sobre quien la padece, sería el principal factor en determinar cómo es la vida de uno. Sin embargo, a casi un año de padecerla, todavía palidece en comparación con otras condiciones de salud que padezco: las de mi salud mental. Mientras que la diabetes representa inyecciones de insulina, restricciones alimentarias y la toma de unos pocos medicamentos, mi salud mental determina muchas más cosas de mayor impacto. Cómo interactúo con la gente, con los objetos y hasta con las ideas está determinado por mi manera de pensar. El contenido de lo que pienso es otro asunto, y se puede consultar en los otros artículos que están aquí publicados; por “manera de pensar” me refiero específicamente a la mecánica del pensamiento: sus engranes, pistones, palancas y, sobre todo, su motor. El hardware de la computadora, pues.

Los ratoncitos que no paran


A mediados de la secundaria comencé a desarrollar dificultades para dormir. Primero, me empezó a tomar cada vez más y más tiempo conciliar el sueño por las noches: veinte minutos, luego treinta, luego una hora, luego más. Después, comencé a despertar cada vez más temprano al día siguiente, aunque solía quedarme en la cama de todos modos tratando de volver a dormir—usualmente sin lograrlo. Para cuando llegué a la preparatoria, era común que mi sueño se interrumpiera varias veces durante la noche. Gradualmente, las porciones de tiempo de la noche que pasaba dormido y despierto fueron invirtiéndose, de modo que la mayor parte del tiempo la pasaba despierto—aunque acostado dando vueltas—y solo dormía algunos ratos aislados. Dos o tres noches a la semana no dormía nada en lo absoluto.

¿Y qué hacía durante el tiempo que no dormía? Pues pensar, pensar y pensar. Algunas cosas eran de alguna utilidad, pero la mayor parte eran basura, como la estática de un radio sin sintonizar. A pesar de la fatiga extrema y el deseo sincero de querer dormir, la cadena de pensamientos era imparable y muchas veces repetitiva. Podía quedarme varado sobre una idea por horas sin importar cuál fuera, analizando, examinando, repasando. Pero igual podía obtener alguna reflexión profunda sobre algún sofisticado problema filosófico, que desgastar neuronas en un perro que se oía ladrar a lo lejos en la noche.

Nunca me levantaba de la cama, mas que a orinar. Y siempre parecía que, cuando por fin lograba caer inconsciente, lo que me despertaba una y otra vez eran las ganas de orinar. Pero cuando iba al baño, salía un chorro débil y decepcionante, y me sentía frustrado de que algo tan mísero interrumpiera mi preciado sueño. Volvía a la cama, y de nuevo comenzaba el tren de pensamientos sin fin, encadenados unos a otros por cualquier pretexto cognitivo. Podía pasar de pensar sobre el grillo que cantaba en el jardín, a alguna escena de Shakespeare; luego, a una u otra mujer (dediqué muchas neuronas a ellas, como cualquier adolescente); después, a algún deporte; seguido, algún fragmento de un programa de televisión y luego quizá algo de música, lo que me regresaba al grillo... y así varias veces, hasta que llegara a alguna idea en la que me quedara atrapado por completo, analizando. Y pasaban horas.

Curiosamente, entre todo lo que pensaba nunca se me ocurrió que lo que me pasaba no era normal, quizá porque durante el día lograba ser altamente funcional, al grado de obtener buenas calificaciones en todas las materias y hacer mucho, pero mucho deporte. Me acostumbré a síntomas diurnos que no relacioné con el insomnio. Uno de estos era que estaba extremadamente alerta de día, y mis respuestas a los estímulos captados por mis sentidos eran agudas; tan solo que timbrara un teléfono o inclusive que alguien me llamara por mi nombre me sobresaltaba. Aparte, no disfrutaba la compañía de prácticamente nadie y estaba sumamente irritable la mayor parte del tiempo. Porque evitaba tener compañía, pocos notaban mi irritabilidad, y los que la detectaban la atribuían a algo pasajero. Pero en mi caso era algo crónico. Ah, y me dolía la cabeza. Vaya que me dolía a veces.

Fue el deporte lo que me llevó a sospechar que algo andaba mal. Durante viajes a otras ciudades a jugar baloncesto, tuve que compartir habitación con compañeros de equipo más de una vez. ¡Cómo dormían! Casi al tocar su cabeza la almohada ya estaban inconscientes y hasta roncando. Y mientras tanto, yo daba vueltas toda la noche, pensando y esperando a que amaneciera para que terminara la tortura.

Trastorno Obsesivo Compulsivo


El Trastorno Obsesivo-Compulsivo consiste en distintas conductas que algunas personas pueden presentar para aliviar ansiedad en torno a algo. Aunque estas conductas no estén lógicamente relacionadas con el motivo de ansiedad—el cuál suele ser poco claro para el individuo—realizarlas produce un alivio, por lo que quedan reforzadas. El TOC puede tener distintos enfoques, como la necesidad de acumular objetos u ordenarlos; la necesidad de verificar la seguridad del hogar; la sensación de que las cosas no están suficientemente limpias, entre muchos otros. Ocasionalmente se puede presentar alguna combinación de enfoques en una sola persona.

Las conductas obsesivo-compulsivas pueden llegar a afectar seriamente la vida social y profesional de quienes las padecen. A diferencia de otros padecimientos mentales, el individuo está consciente de que sus compulsiones no tienen sentido y son contraproducentes, pero se le es extremadamente difícil controlarlas. En muchos casos se trata al TOC con mucha efectividad con la ayuda de medicamentos.

Patrones, simetría, clasificación y orden


La identificación de los patrones, la búsqueda de simetrías, y la clasificación y el ordenamiento de los objetos y los conceptos son parte de los pensamientos “basura” o “estática” que mencioné anteriormente. En algunas pocas ocasiones resultan en acciones concretas de cierta utilidad. Por ejemplo, llegué a tener cientos de discos musicales organizados por género, artista y fecha. Si quería ubicar el álbum Dark Side of The Moon de Pink Floyd, por ejemplo, buscaba en la sección de rock progresivo, luego la letra “P”, y luego recorría de izquierda a derecha hasta llegar al que, todavía recuerdo, era el cuarto disco de mi discografía (ya he agregado otros desde entonces y, junto con un par de mudanzas, esto ha contribuido a que actualmente la colección ya no esté tan ordenada). Aún así, ubicaba el disco en la repisa simplemente por memoria, al “tanteo”. La clasificación era completamente innecesaria para ubicar el disco, pero era de suma importancia que estuviera en su lugar asignado; de lo contrario (si se lo prestaba a alguien, por ejemplo), me ponía sumamente ansioso. No solamente porque un álbum tan preciado estuviera en manos ajenas, como muchos lectores comprenderán, sino porque había un cierto grado de desordenen la colección, y esto producía ansiedad.

En cuanto a las simetrías, solía analizar objetos tratando de doblarlos en torno a distintos ejes imaginarios, para determinar sus ejes de simetría. Los doblaba de un lado a otro, verticalmente, horizontalmente, en torno a un punto, o inclusive de adentro hacia afuera (esto último requería bastante imaginación y podía volverse sumamente complicado). Así, catalogaba los objetos en mi mente según su simetría o falta de ella. Aun cuando un objeto fuera completamente asimétrico, podía imaginármelo junto a un espejo y eso produciría la simetría buscada. Fuera de unas pocas aplicaciones en matemáticas y física, esto era una completa ociosidad.

Pero la falta de simetría de un objeto tenía efectos adicionales: por ejemplo, si iba manejando de noche y el auto de enfrente tenía una luz de freno fundida. Esto rompía la simetría del auto, puesto que de un lado había una brillante luz roja y del otro no. Esto causaba ansiedad en mí hasta que lograra quitar a aquel auto de enfrente, por la manera que fuera. Otro efecto era el de evitar pisar las líneas del pavimento y ciertos pisos con diseños. Si por alguna razón debía pisar una de estas líneas con un pie, entonces procuraba pisar otra línea con el otro, para “emparejarlos”. Uno pensaría que esto resultaría en una forma curiosa de caminar por la calle, pero es sorprendente lo ágil que uno se vuelve con la práctica.

Notará el lector que hablo de estas manías en tiempo pasado. Sin embargo, aunque he logrado controlarlas o superarlas—con mucho trabajo y mucha ayuda, que describiré más adelante—, todavía persisten en mí algunas compulsiones de este tipo. Por ejemplo, tengo perfectamente bien ubicados e identificados los escalones en mi casa, la casa de mis padres, e inclusive en la oficina donde trabajo. No me refiero solamente a que sé cuántos son, sino que a cada uno lo reconozco por su forma y posición en la escalera. Cada vez que bajo o subo una de estas escaleras cuento cada paso, y procuro que el número del paso que doy coincida con el número que tiene asignado en mi mente el escalón que piso. En ocasiones cambio el conteo para darle variedad. Si son quince escalones, contaré tres veces de cinco en cinco, o quizá primero del uno al diez y luego los cinco últimos por separado. Nunca los cuento en combinaciones de números impares, a menos que sean combinaciones regulares o simétricas (si son catorce los puedo contar de siete en siete, por ejemplo). A veces estoy distraído—o mejor dicho, concentrado—con alguna cosa cuando empiezo a subir los escalones, y no me doy cuenta hasta que voy a media escalera (¡Mierda! ¿En qué número voy?). Entonces, interrumpo lo que fuera que estaba pensando por completo y rápidamente ubico en qué escalón estoy, ya sea por su apariencia o contándolos (veamos... aquél es el 9, y contando de ahí para abajo, debo estar en el 7...), y de ahí en adelante me dedico a seguir contando los pasos y escalones hasta llegar arriba, aunque ya sepa de antemano cuántos son (...8, 9, 10, 11, 12, 13 y !14! Tal como debía ser...). Sólo entonces puedo reanudar lo me tenía tan concentrado antes.

Un punto importantísimo, quizá el que más quisiera recalcar en este artículo, es que estos mismos procedimientos los hago con las ideas. Las tomo y las volteo, las doblo, las estiro, cuento sus partes y las catalogo. Las descompongo por distintos métodos, desde gramáticos hasta lógicos, tratando de detectar patrones (es decir, la estructura de la idea), simetrías (aciertos), asimetrías (errores) y todo tipo de atributos adicionales(maneras de clasificar o catalogar la idea en cuestión). Estos análisis los hago con suma rapidez y suelen ser poco precisos pero, como los repito tantas veces, de vez en cuando resulta algo interesante que me permite, por ejemplo, escribir un artículo.


Sobre la terapia, terapeutas y los medicamentos


Una vez que reconocí que el insomnio no era normal y que tenía un impacto directo en mi calidad de vida, no se requirió una gran labor de convencimiento para que me decidiera a buscar atención. Cuando lo hice, los especialistas que me trataron encontraron varios problemas: rasgos de ansiedad, depresión, conductas antisociales, manías, resistencia a cambiar patrones inútiles... Considerando lo importante que era el orden para mí, era todo un desorden. En un principio trabajaron conmigo una psicóloga y un psiquiatra de manera conjunta; la primera se encargaba de la terapia y el segundo de los medicamentos que la harían más efectiva. Y vaya que noté una diferencia, sobre todo después de la primer noche completa de sueño que tuve en años. Una vez que se determinó que el problema era de origen físico y de carácter crónico, cambiamos a medicamentos diseñados para uso más prolongado, y terapias enfocadas al manejo racional de mis compulsiones.

Siempre procurando las dosis mínimas efectivas, probé un catálogo variado de medicamentos con distintos mecanismos y efectos, a veces por sí solos y a veces en combinación con terapia. En varias ocasiones intenté dejar los medicamentos, tanto por iniciativa propia como por la de los médicos tratantes, siempre recayendo a condiciones de insomnio y ansiedad extremas. Por otro lado, dado que uno desarrolla resistencia a los efectos de inclusive los medicamentos más nobles, es necesario alternarlos y dosificarlos cuidadosamente para mantener la calidad del sueño en un nivel aceptable.

En un punto un neurólogo determinó, por medio de un estudio conocido como una polisomnografía, que aun con medicamentos mi calidad de sueño no era la óptima; de hecho, tenía una grave dificultad para respirar—conocida como apnea respiratoria—que resultaba en centenares de microdespertares cada noche, lo que impedía que mi sueño fuera lo suficientemente profundo. Antes de probar otros medicamentos o inclusive un aparato respirador (CPAP) para usarlo por las noches, me recomendó que me diera una vuelta con una otorrinolaringóloga. Cuando lo hice, ella determinó que andaba muy mal de la nariz y senos paranasales, que requería cirugía, y que era sorprendente que pudiera llevar una vida relativamente normal e inclusive hacer deporte con lo mal que estaba. Una vez realizada esta cirugía seguí requiriendo medicamentos para dormir, pero las dosis se redujeron en más de la mitad.

Desde que comencé a buscar ayuda para dormir y controlar mis compulsiones—hace ya más de diez años—, he estado bajo el cuidado y apoyo de muchos profesionales, dedicados a ayudarme con distintos aspectos (la calidad del sueño, las relaciones personales, el rendimiento deportivo y otros), y a cada uno de ellos le tengo una enorme gratitud [ACTUALIZACIÓN: 29/10/2018. Removí los nombres de mis terapeutas por su privacidad, por las dudas.]

Para dar una idea de lo complicado que ha sido el problema, aun en manos de profesionales, hago un recuento de los distintos medicamentos que he usado, así fuera una sola vez, desde el principio del tratamiento. Algunos los utilizo todavía y les debo mucho; otros no tuvieron efecto alguno o tuvieron demasiados efectos secundarios; y otros tantos fueron útiles en su momento pero ya no son necesarios:

  • Stilnox
  • Tafil
  • Rivotril
  • Prozac
  • Halción
  • Lyrica
  • Haloperil
  • Cronocaps
  • Vextor
  • Dormicum
  • Valdoxa


Hacia delante


A lo largo de los años de terapia y medicamentos han quedado claras dos cosas: que padezco TOC y que hay algún componente de hiperactividad adicional (aclaro que por hiperactividad no me refiero al déficit de atención, que es algo completamente distinto). Las causas de cada uno no están claras todavía, a pesar de que se realiza una gran cantidad de investigación al respecto. Ninguno de mis padres padece de estas condiciones, ni tampoco mi hermana. Tengo una abuela que bien pudiera ser una acumuladora obsesiva, pero pues casi todos los ancianos son así de todos modos.
5 gotas y media tableta cada noche, respectivamente. 
Lo importante es que existen remedios reales para mi padecimiento, y que son seguros y efectivos. Probablemente nunca duerma tan bien como otras personas—y vaya que a veces se me nota—, pero con lo que tengo ya soy altamente funcional, y puedo tener una calidad de vida bastante buena. Es imperativo mencionar que estos trastornos requieren la ayuda de profesionales de la salud mental, pues son padecimientos tan reales—y tan impactantes—como otras enfermedades “físicas”. En mi experiencia, los remedios supuestamente “naturales” son una completa pérdida de tiempo y dinero; llámense homeopatía, tés relajantes o lo que sean. En un periodo sin medicamentos me desesperé hasta el punto de probar con homeopatía—vaya que debía estar muy desesperado por dormir—y tan solo me sirvió para aprender la lección y arrepentirme de haber desperdiciado tiempo y dinero en semejante fraude, habiendo soluciones reales a mi alcance.

Con la ayuda de medicina real—medicina basada en ciencia y no superstición—puedo llevar una vida altamente funcional y gratificante. Tengo una esposa, un empleo que paga una hipoteca, y hasta estudio una maestría en física. Esto sería impensable si mi calidad de sueño fuera tan pobre como alguna vez lo fue antes del tratamiento.


[Actualización: 24 de septiembre de 2015]

Por casualidad revisaba las estadísticas del blog y noté, para mi sorpresa, que este artículo es de los más visitados. En vista de esto, he considerado que sería útil agregar algunas cosas que pueden complementar lo que ya he contado. Recibí el diagnóstico de personalidad esquizoide, la cual frecuentemente va acompañada de una serie de complicaciones en el ámbito de las relaciones interpersonales que puede considerarse un trastorno. Siempre he sabido que estoy varios niveles más allá de la simple introversión y esta información me ha ayudado a ponerle nombre a mi personalidad, aunque sea para agilizar la conversación con médicos o psicólogos que me pregunten al respecto.


jueves, 19 de julio de 2012

Ah, pero quería ser físico...


Hay más cosas en los cielos y en la tierra, Horacio, de las que puedas imaginar en tu filosofía.
-Hamlet

El libro que lo comenzó todo.
Leer textos complicados, no entender lo que dicen, volver a leerlos y nuevamente no entender, es algo que me ha sucedido varias veces en mi vida, de manera más o menos continua, desde mi infancia. Sin embargo, recuerdo muy pocos de esos textos; la gran mayoría no fueron comprendidos nunca, por lo que no quedó mucho qué recordar. Pero hubo un libro en particular—el primero de dichos textos impenetrables—que visité varias veces en mi vida, comprendiendo un poco más en cada una: Six Not So Easy Pieces (Seis Piezas No Tan Fáciles), del físico Richard Feynman. El libro era propiedad de mi padre, aunque hasta la fecha ignoro dónde lo consiguió. Desde que lo abrí por primera vez, siendo solo un puberto, quedé fascinado por los garabatos matemáticos imponentes en sus páginas; tanto, que unos años más tarde me las ingenié para conseguir las grabaciones de la voz del mismísimo Feynman explicándolas. (En realidad, el texto era una fiel transcripción de varias clases de Feynman, y el audio que conseguí fue la fuente original del libro.) Si bien era un texto imponente, se volvió aun más al escucharlo con el acento neoyorquino de Feynman. Recuerdo haber quedado fascinado por su entusiasmo al explicar la física; era palpable su gusto por entender y por enseñar su materia.
    Con el paso de los años, mis habilidades matemáticas fueron poniéndose al corriente con mi deseo de entender lo que estaba leyendo. En cada nueva lectura del libro, lograba asimilar más y más cosas. Eventualmente, los conceptos explicados en cada una de las “Piezas” quedaron claros, y obtuve un sentimiento de triunfo a partir de ello. Había logrado entender la relatividad, la simetría, la curvatura del espacio y la antimateria... o así lo creí.

* * *

Hace unas semanas tomé el examen de conocimientos para entrar a la Maestría en Ciencias en Física, en la Universidad de Guadalajara. Había estado preparándome desde hace meses, estudiando el libro conocido simplemente como “El Resnick” (en honor a su autor). Toda la física que llevé en la carrera de ingeniería la repasé de manera intensiva en cuestión de cuatro meses, hasta el día antes del examen. Y aun así, al salir del examen me sentí derrotado. Había podido sortear dos demostraciones matemáticas algo engorrosas, para luego llegar una sección de lectura y comprensión en inglés, que también despaché rápidamente, y luego fui fulminado con los problemas de física. ¡Y lo peor es que eran salidos del mismo Resnick! Dos problemas los dejé en blanco por completo; no me alcanzó el tiempo. De los otros tres, estaba seguro que solucioné uno correctamente, pero en los otros dos me quedaron dudas. Eso nunca había sido una buena señal en mis tiempos de estudiante de ingeniería. Me sentí derrotado; ya pensaba en volver a intentar el año siguiente.

* * *

Al día siguiente al examen, me pidieron a mí y a mis otros dos compañeros aspirantes que nos presentáramos a una entrevista con los profesores de la maestría—el “comité selectivo”, según los papeles que me habían dado. Al caminar hacia el salón donde seríamos notificados de nuestro resultado en el examen y luego interrogados por los maestros, dije en voz alta, mitad en broma y mitad en serio:
    —Tengo miedo.
    —Haces bien—me respondió el coordinador de la maestría.
    Imaginará entonces, amable lector, cuál fue mi sorpresa y alivio minutos más tarde, cuando me notificaron que mi desempeño en el examen había sido “suficiente”. A esas alturas, con eso me bastaba y sobraba. Después de una breve charla sobre lo que seguiría en el proceso de selección, fui liberado por mis interrogadores. Había logrado entrar a la maestría, pero las cosas habían tomado un giro infortunado: se esperaba de mí que le dedicara tiempo completo (ocho horas diarias) a la maestría. Inclusive tendría asignado un cubículo en la universidad, para trabajar ahí todo el día. Tal era la exigencia académica del plan de estudios, que prácticamente tenía asegurada una beca por parte de la CONACYT para dedicarme a la maestría y nada más. Y ese era el problema. “Mi esposa me va a matar”, fue lo que pensé. No estuve tan equivocado.

* * *

Justo al día siguiente regresé con el coordinador de la maestría, el Dr. Fermín Aceves, para notificarle que me sería imposible estudiar la maestría. Desde que salí de la entrevista el día anterior, había pasado momentos angustiantes pensando en todo lo que tendría que dejar para poder estudiar. También estuve sacando muchas cuentas de tiempo y dinero. La beca que se tramitaría no era nada despreciable, si se era un estudiante recién salido de la licenciatura; de hecho, era más dinero que el que ganan muchos recién egresados en su primer trabajo. Pero a estas alturas tengo más responsabilidades: pagar una hipoteca, comidas y servicios; aprovechar un trabajo relativamente sencillo, cómodo y bien pagado; y estar recién casado y diagnosticado con diabetes insulinodependiente. La vida de un adulto responsable y ocupado, pues.
    Le expliqué la situación al buen doctor.
    —Solo te pido que no faltes a las clases—me dijo—. Haz el esfuerzo. Tal vez sí puedas; si no, no pasa nada. Te das de baja más delante. Pero haz el esfuerzo.
    Enseguida, me prestó un libro de los que llevaría como texto de apoyo el primer semestre para mi materia de Electrodinámica: Classical Electrodynamics, de Jackson. Después de darle las gracias, salí sintiéndome como si hubiera conquistado al mundo: iba a estudiar física después de todo.

* * *

Las Ecuaciones de Maxwell.
En las semanas que han pasado desde que fui aceptado para la maestría—y de que yo acepté estudiarla, también—me he dedicado a estudiar aun más intensamente que en los meses previos. He vuelto al Resnick a seguir haciendo problemas de física, todavía a un nivel “básico”. Y digo básico, porque lo que viene en el Jackson es varias veces más sofisticado y complicado. Para dar una idea, la sección de electromagnetismo en el Resnick termina con las que se conocen como Ecuaciones de Maxwell, vistas a un nivel somero. En el Jackson, se da por hecho que se entienden y dominan desde el capítulo primero, para luego ver lo que sigue durante setecientas páginas más. Intenté leer el libro desde el principio, pero muy pronto me topé con que necesitaba más conocimientos; de ahí que volviera al Resnick a seguir practicando, pero también he estado buscando otros textos más avanzados.
    Las matemáticas de ingeniería son respetables, pero apenas alcanzan para lidiar con el principio de lo que voy a enfrentar. Encuentro que, para no llegar en ceros a las primeras dos materias de la maestría (la ya mencionada Electrodinámica y también la de Mecánica Clásica), necesito aprender cosas que en ingeniería ni sabía que existían. La lista de materias que se asumen como “vistas” es más o menos la siguiente:
  • Álgebra
  • Trigonometría
  • Probabilidad y Estadística
  • Álgebra Lineal
  • Cálculo Diferencial
  • Cálculo Integral
  • Cálculo Vectorial
  • Análisis Vectorial
  • Variable Compleja
  • Ecuaciones Diferenciales
  • Cálculo Tensorial
  • Estática
  • Dinámica
  • Termodinámica
  • Electroestática
    Varias de estas materias ya las había llevado en ingeniería, pero hay que resaltar que eso fue hace más de seis años y no he tenido práctica desde entonces. Otras, como variable compleja, las llevaban ingenieros de otras carreras; y otras más, como cálculo tensorial, apenas sabía que existían.

* * *

Hay un aspecto curioso de los físicos que ya empiezo a notar en mí mismo: detestan ser interrumpidos en su estudio, al grado de volverse altamente antisociales. En varias ocasiones me he sorprendido pensando cosas como: “Ahorita podría estar estudiando física, pero en vez de eso estoy perdiendo el tiempo haciendo esto.”
    Como ejemplo, de mis pocos años de estudios musicales, había logrado hacerme una modesta clientela de alumnos de guitarra clásica, armonía y contrapunto. Dar clases me es altamente gratificante pero, ante la falta de tiempo para mis estudios, le dejé mis alumnos a otros maestros o de plano los dí de alta. Bueno, hubo uno al que más bien lo dí de baja. Él sí que me estaba haciendo perder el tiempo. Pero eso es otro asunto.
    Lo que está claro es que prácticamente voy a desaparecer de las vidas de otras personas por un par de años. Deberé mantener mi empleo actual como desarrollador de software y a la vez lograr el equivalente a ocho horas diarias de estudio (en verdad, ahora que veo el material al que me voy a enfrentar, creo que necesitaré más). Todo eso, mientras pago una casa y atiendo las relaciones con mi esposa y mi diabetes (¿y a qué hora se supone que uno debe hacer ejercicio?).

* * *

¿Y qué obtiene uno a cambio de tal esfuerzo, tanto logístico como mental? Imagine, estimado lector, poder realmente entender las obras de Einstein. No me refiero a las tonterías simplistas que cualquier idiota puede balbucear, tales como “es que todo es relativo.” (Entre físicos, frases como ésta provocan sentimientos de frustración e impotencia, al ver ideas matemáticas tan bellas, claras y ciertas, reducidas a triviales sandeces filosóficas sin sentido). Me refiero a realmente entender; a adquirir conocimiento nuevo que cultive la mente y, por tanto, enriquezca la vida. Tengo las habilidades, o por lo menos la voluntad y la oportunidad, de hacer algo realmente grande con mi mente, ahorita que todavía puedo. Si de por sí, con lo poco que he aprendido recientemente tengo un gran sentimiento de cumplimiento y gratificación, ¿qué maravillas me esperan en todo lo que todavía no he contemplado? Ahora estaré siquiera unos pocos pasos más cerca de las fronteras del conocimiento humano.


martes, 26 de junio de 2012

Los Nuevos Mandamientos

Christopher Hitchens

¿Qué decimos cuando queremos volver a visitar una política o esquema de antaño que ya no parece estar sirviéndonos, o que ha dejado de producir resultados útiles? Comenzamos por decir tentativamente: “Bueno, no está escrito en piedra.”

Por eso, la gente se refiere a que no es una de las inmutables Tablas de la Ley. Por tanto, fetiches más recientes tales como el estándar de oro, o la supuestas leyes del libre mercado, pueden ser descartadas por no estar inscritas en granito o marfil. ¿Pero y qué si es la versión original, escrita en piedra, la que necesita una reedición? ¿Quién tomará un cincel revisionista?

Hay, de hecho, un buen precedente bíblico para hacer justamente eso, dado que la dación de las Leyes Divinas por parte de Moisés aparece en tres o cuatro descripciones grandemente distintas en las escrituras. (Cuando escuche que la gente quiere que los Diez Mandamientos sean inscritos en juzgados y escuelas, siempre asegúrese de preguntar cuáles. Siempre funciona.) El primer y más conocido conjunto aparece en Éxodo, capítulo 20, pero termina con el mismísimo Moisés rompiendo lo que serían los artefactos más sagrados en la historia del hombre: los paneles originales de Escritura Sagrada escritos por Dios mismo. La segunda edición ocurre en Éxodo, capítulo 34, cuando nuevas tablas son presentadas después de una sesión celestial de re-escritura y por primera vez se les refiere como “Los Diez Mandamientos”. En el quinto capítulo de Deuteronomio, Moisés vuelve a convocar a su gente y vuelve a recitar el discurso del Sinaí, si bien con una alteración altamente significativa (las justificaciones para el mandamiento sobre el Sábado difieren enormemente). Pero, descontento con el efecto de esto, convoca al rebaño otra vez 22 capítulos después, a la vez que el río Jordán se vislumbra, y da un conjunto adicional de órdenes—principalmente maldiciones tersas—que también son inscritas en piedra. Tal como con las placas de oro en las que Joseph Smith encontró el Libro de Mormón, no sobrevive ningún trazo de ninguna de estas tablas originales.

Por tanto, estamos completamente justificados en considerarlas una obra en proceso. ¿Pudiera ser que hay algunos viejos mandamientos que pudieran ser retirados, así como unos nuevos que pudiéramos adoptar? Tomando los “Top 10” en orden, encontramos (estoy usando la versión del Rey James, o la versión “Autorizada” del texto):

I y II

Estos mandamientos son realmente una mezcla de órdenes relacionadas. “Yo soy el Señor tu Dios... no tendrás otros dioses ante mí”. El uso de mayúsculas lleva la intrigante implicación de que quizá haya otros dioses, pero no tan merecedores de respeto y asombro. (Los estudiosos difieren acerca de la época en la que los Judíos se decidieron por el monoteísmo.) Entonces le sigue la prohibición sobre las “imágenes talladas”, y de hecho de “cualquier representación de lo que está en el cielo, o debajo de la tierra, o bajo el mar.” Esto parece prohibir el arte sacro, tal como algunos musulmanes interpretan al Corán como prohibitivo de cualquier forma humana, sobre todo las sagradas. (Ciertamente parece desincentivar la iconografía cristiana, con sus crucifijos y estatuas de vírgenes y santos.) Pero la prohibición es claramente enfática, ya que viene acompañada del recordatorio de que “yo el Señor soy un Dios celoso, castigando las iniquidades de los padres sobre sus hijos, hasta la tercera y cuarta generaciones.” El castigo colectivo de niños futuros, por el pecado de lèse-majesté, no le puede parecer a cualquiera una promesa especialmente moral.

III

“No tomarás el nombre del Señor en vano, porque el Señor no considerará libre de culpa a quien tome su nombre en vano.” Aquí se toca una nota ligeramente quejumbrosa y repetitiva, como de vanidad herida. Nadie sabe cómo obedecer este mandamiento, o cómo evitar la blasfemia o la profanidad. Por ejemplo, yo digo “sabrá Dios” cuando realmente quiero decir que “nadie sabe”. ¿Es esto ontológicamente peligroso? ¿No deberían ser las leyes inalterables más claras e inequívocas?

IV

“Recuerda santificar el sábado”. Éste mandamiento ostensiblemente breve se prolonga mucho—cuatro versos, de hecho—y enfatiza la importancia de un día dedicado al Señor, durante el cuál ni los niños, ni los siervos, ni los animales de uno deben tener permitido hacer ninguna tarea. (Pregunta: ¿Por qué se dirige específicamente a gente que tiene servidumbre?)

Nadie se opone a un día de descanso. El movimiento comunista internacional comenzó proclamando un paro en favor de una jornada de ocho horas el primero de mayo de 1886, en contra de patrones cristianos que usaban labores infantiles siete días a la semana. Pero en Éxodo 20:8-11, la razón para el día de descanso es que “en seis días el Señor hizo el cielo y la tierra, y todo lo que hay en ellos, y descansó en el séptimo.” Sin embargo, en Deuteronomio 5:15 se da una razón distinta para observar el asueto: “Recuerda que eras un sirviente en la tierra de Egipto, y que el Señor tu Dios te sacó de ahí con su mano poderosa: por lo tanto el Señor tu Dios te manda a tener un día de asueto”. Aunque esto pueda ser preferible, con su recordatorio de una servidumbre previa, nuevamente encontramos señales mixtas aquí. ¿Por qué no se puede descansar por su propio mérito? Además, ¿por qué no puede el infalible y omnisciente decidirse sobre cuál es la razón?

V

“Honra a tu padre y a tu madre”. Inocuo como parece ser, éste es el único mandamiento que viene con un aliciente en vez de una amenaza. Las versiones en Éxodo y Deuteronomio son las mismas: “para que tus días puedan ser largos en la tierra que el Señor tu Dios te da.” Esto quizá tiene la ligera sugerencia de ser respetuoso a Papá y Mamá para obtener una herencia—los Israelitas ya fueron prometidos a éstas alturas las tierras de los cananitas, así que el futuro botín de bienes raíces parece cuantioso. De nuevo, ¿por qué no proponer el amor a los padres como algo bueno por sí mismo?

VI

“No matarás”. Éste mandamiento tan celebrado obviamente no puede significar lo que parece decir en la traducción. En el hebreo original, resulta ser algo más equivalente a “No cometerás asesinato.” Podemos estar más bien seguros de que la intención original no es de ninguna manera pacifista porque, inmediatamente después de romper las tablas en un episodio de ira, Moisés convoca a su facción levita y le dice (Éxodo 32:27-28):

Dijo el Señor Dios de Israel, que cada hombre tome su espada, y que vaya de puerta en puerta por el campamento, y mate cada hombre a su hermano, y cada hombre a su amigo, y cada hombre a su vecino. Y los hijos de Leví hicieron como dijo Moisés; y murieron de la gente ahí aproximadamente tres mil hombres.

Con su introducción de seis palabras, ésa orden también constituía una clase de “mandamiento”. Todo el libro de Éxodo es un entorno rico en mandamientos, contaminado con otras feroces órdenes de matar gente por todo tipo de ofensas menores (incluyendo violaciones del Sábado) y también incluye el siniestro, ominoso verso “No tolerarás a los hechiceros,” que fue tomado por cristianos como una instrucción divina hasta hace poco en la historia humana. Algo de trabajo se requiere aquí: ¿Qué es asesinato en primer o tercer grado y qué no? Distinguir matar de asesinar no es un trabajo fácilmente apto para mortales: ¿qué vamos a hacer si Dios mismo no puede determinar la diferencia?

VII

“No cometerás adulterio”. Por alguna razón, “el séptimo” es el único de los mandamientos que es todavía bien conocido por su número. El conocimiento carnal extramarital probablemente era una amenaza mayor para la sociedad cuando las familias y tribus eran más cercanas y más unidas por estrictos códigos de honor. Habiendo proveído la materia prima para la mayoría de las obras de teatro y novelas publicadas fuera del Medio Oriente, el adulterio sigue siendo una gran fuente de miseria, júbilo y fascinación. La mayoría de los códigos criminales ya han dejado a un lado el intento de castigarlo por ley: sus recompensas y castigos son cuidadosamente administradas por sus practicantes y víctimas. Quizá no merezca estar agrupado con el asesinato y el perjurio, lo que nos lleva a:

VIII

“No robarás.” Nada qué alegar aquí. Aquellos que han trabajado duro para adquirir un poco de propiedad están justificados en resentir a aquellos que roban en vez de laborar, y cuando la sociedad evolucione a un punto en el que haya riqueza que no le pertenece a nadie—propiedad pública o social—aquellos que la saquean para obtener beneficio privado serán merecidamente tratados con odio y desprecio. Admitidamente, la prosperidad de algunas familias y haciendas también está fundada en un robo original, pero en ese caso el mismo principio de desaprobación puede aplicar.

IX

“No levantarás falso testimonio en contra de tu prójimo.” Ésta es quizás la ley más sofisticada en el Decálogo. La sociedad humana es inconcebible a menos que las palabras tengan un valor, y en disputas legales demandamos rigurosamente el tomar juramentos que conllevan serias penas por el perjurio. Hasta recientemente, mucho testimonio ante el Congreso se tomaba sin que los testigos “juraran”: esto llevó a muchas mentiras oficiales. Nada enfoca más la atención que un recordatorio de que uno está bajo juramento. La palabra “testigo” expresa uno de nuestros conceptos más nobles. “Atestiguar” es una alta responsabilidad moral.

Nótese también, cómo este mandamiento es relativamente flexible. Su fulcro es la frase “en contra”. Si se está bastante seguro de la inocencia de alguien, y se oscurece la verdad tan solo un poco en el estrado, se es entonces técnicamente culpable de perjurio y puede uno sentirse inquieto en privado. Pero si se miente de manera consciente para lograr culpar a alguien que no es culpable, se ha hecho algo irremediablemente profano.

X

“No codiciarás la casa de tu prójimo, ni su esposa, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea suyo.” Hay varios detalles que hacen de este quizá el más cuestionable de los mandamientos. Uno no puede evitar notar de nuevo que, tal como el mandamiento sobre el asueto, está dirigido a la clase poseedora de esclavos y propiedad. Además, se agrupa a la esposa con el resto de las pertenencias (y en una época donde además podía haber más de una esposa por cada prójimo).

Nótese también que no se está sancionando ni promoviendo un acto en específico. En vez de ello, esta es la primera—pero no la última—introducción en la Biblia del concepto totalitario del “crimen de pensamiento”. Se le está diciendo a uno, en efecto, que ni siquiera piense algo. (Jesús de Nazareth en el Nuevo Testamento lleva esto a otro nivel, anunciando que aquellos con lujuria en su corazón ya han cometido el pecado del adulterio. En ese caso, a uno lo podrían colgar—o lapidar—por un pensar en un buey o un asno.) Legisladores sabios saben que es un error promulgar legislación que es imposible obedecer.

Hay más cosas qué objetar. Desde el punto de vista “de izquierda”, ¿cómo es moral prohibirle a la gente que considere las ganancias de los ricos como indebidas, o de demandar una distribución más justa de la riqueza? Desde el punto de vista “de derecha”, ¿por qué es perverso el ser ambicioso y adquisitivo? ¿Y acaso no es la envidia un gran motivador de emulación y competencia? Alguna vez tuve un debate sobre estos puntos con el rabino Harold Kushner, autor de aquel texto consolador, Cuando Cosas Malas le Pasan a Gente Buena, y él me dijo que hay un argumento erudito Talmúdico, o midrash, que mantiene que “prójimo” en este caso realmente se refiere solamente al vecino de la casa de al lado. A propósito, hay argumentos persuasivos de que “prójimo” en la mayor parte de la Biblia se refiere solamente a “otros Judíos”. Pero parece un desperdicio de mandamiento si se acota solamente a los Joneses o los Semitas.

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Lo que emerge de este primer repaso es esto: los Diez Mandamientos fueron derivados de ética situacional. Muestran todos los síntomas de haber sido hechos por hombres e improvisados bajo presión. Se dirigen a una tribu nómada cuya principal economía es la agricultura primitiva, y cuya riqueza se cuenta en unidades de gente y también de animales. También son dirigidos a un grupo que ha sido prometido las tierras y rebaños de otras tribus: los amalecitas y medianitas y otros a los que Dios ordena matar, violar, esclavizar o exterminar. Y esto también es importante, porque en cada paso de su arduo viaje se le recuerda a los israelitas apegarse a las leyes; no porque son justas en sí, sino porque les llevarán a ser conquistadores (de la única parte del Medio Oriente que no tiene petróleo, por cierto).

Entonces: ¿cómo podar y cómo enmendar? Los números del I al III pueden simplemente suprimirse, ya que no tienen nada que ver con moralidad y son solamente una largo despeje de la garganta por un dictador excéntrico. El mero temor de una autoridad invisible no es una buena base para la ética. La prohibición sobre la escultura y arte pictóricos también debe ser levantada. El número IV pudiera quizá quedarse, aunque los periodos de descanso no son exactamente un imperativo ético y son demandados tanto por lo práctico como por lo divino. Por lo menos, si se remueven los redundantes versos primero, tercero y cuarto (ninguno de los cuales puede posiblemente aplicar para los no-judíos), el número IV sí parece implicar que hay derechos así como obligaciones. Para millones de personas por miles de años, el Sábado se convirtió en un pesado yugo de obligación y observación estricta, en vez de un día de recreación y ocio. También llevó a hipocresías absurdas que parecen tratar a Dios como un tonto: no se dará cuenta si hacemos que el elevador se detenga automáticamente en cada piso, para que ningún judío piadoso tenga que presionar un botón. Esto es malsano y excesivo.

En cuanto al número V, por supuesto que hay que respetar a los mayores, pero ¿por qué no hay nada prohibiendo el abuso infantil? (La insolencia por parte de los niños se castiga con la muerte, de acuerdo a Levítico 20:9; tan solo unos cuantos versos antes de que se dé la pena de muerte por la homosexualidad también.) Un niño cruel o grosero es algo molesto, pero un padre cruel o brutal puede hacer infinitamente más daño. Y aun así, en una larga y exhaustiva lista de prohibiciones, la negligencia o sadismo parentales nunca se condenan. Nota para el Sinaí: corregir esta omisión.

Número VI: Nótese que los sistemas meramente humanos han progresado desde que distinguen distintas escalas morales de homicidio. Nota para el Sinaí: ¿Eres moralmente absoluto o no? Si sí, ¿qué hay de los pobres medianitas masacrados?

Número VII: Me parece bien si es necesario, pero ¿es adulterio la poligamia? Además, ¿no pudo ser que la monogamia permanente fuera más consonante con la naturaleza humana? ¿Por qué crear gente con lujuria en sus corazones? Por otro lado, ¿qué hay de la violación? Parece ser muy recomendada, junto con el genocidio, esclavitud e infanticidio en Números 31:1-18, y seguramente parece una versión extrema del sexo fuera del matrimonio.

Números VIII y IX: Admirables. También cortos y al grano, con un matiz útil en el uso de la frase clave, “en contra”.

Número X: Le hace mal a las mujeres al considerarlas propiedad, y también requiere espionaje permanente de los pensamientos privados. Es siniestro y tiránico en cuanto a que no puede ser obedecido, y por lo tanto hace pecadores inclusive a gente atenta.

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Intento lo más que puedo el no ver las cosas a través de un cómodo prisma posterior. Sólo el Todopoderoso puede evaluar cuestiones sub specie aeternitatis: desde el punto de vista de la eternidad. Uno también debe evitar el relativismo cultural e histórico: no tiene caso pedirle retroactivamente a los Hijos de Israel que desarrollen una teoría de los gérmenes (para que dejen de confundir las enfermedades con castigos divinos) o que entiendan astronomía (para que no se hagan predicciones tontas y presumidas basadas en las estrellas y los planetas). Aun así, si pensamos de los males que pueden aquejar a la humanidad hoy en día, y que son creados por el hombre y no por la naturaleza, seríamos moralmente insensibles si no nos opusiéramos al genocidio, la esclavitud, la violación, el abuso infantil, la represión sexual, el crimen de las clases élites, la destrucción desconsiderada del mundo natural, y la gente que se la pasa parloteando en su celular en restaurantes. (Además, para la gente que se mata a sí misma y a otros mientras grita “Dios es grande”: ¿es eso tomar el nombre de Dios en vano o no?)

Es difícil tomarse a uno mismo con seriedad suficiente cuando empieza una frase con las palabras “No has de.” Pero uno puede decir con confianza:

  • No condenes gente en base a su etnicidad o color.
  • Nunca uses gente como popiedad privada.
  • Desprecia a aquellos que usan o amenazan violencia en una relación sexual.
  • Oculta tu rostro y llora si te atreves a lastimar a un niño.
  • No condenes a las personas por su naturaleza innata--¿por qué crearía Dios a tantos homosexuales, tan solo para torturarlos y destruirlos?
  • Sé consciente que tú también eres un animal y dependes de la red de la naturaleza, y piensa y actúa de acuerdo con ello.
  • No imagines que puedes escapar ser juzgado si le robas a la gente con un falso prospecto en vez de un cuchillo.
  • Apaga tu maldito celular—no tienes idea lo no importante de tu llamada para nosotros.
  • Denuncia a todos los yijadis y cruzados por lo que son: criminales psicóticos con feos delirios.
  • Estate dispuesto a renunciar a cualquier dios o religión si sus mandamientos contradicen cualquiera de los anteriores. En breve: no se trague su código moral en forma de tabletas.

 

Traducción: Héctor Mata

Conferencia de Hitchens sobre el Tema:

Video para la revista Vanity Fair (lugar original de publicación del artículo):