jueves, 19 de julio de 2012

Ah, pero quería ser físico...


Hay más cosas en los cielos y en la tierra, Horacio, de las que puedas imaginar en tu filosofía.
-Hamlet

El libro que lo comenzó todo.
Leer textos complicados, no entender lo que dicen, volver a leerlos y nuevamente no entender, es algo que me ha sucedido varias veces en mi vida, de manera más o menos continua, desde mi infancia. Sin embargo, recuerdo muy pocos de esos textos; la gran mayoría no fueron comprendidos nunca, por lo que no quedó mucho qué recordar. Pero hubo un libro en particular—el primero de dichos textos impenetrables—que visité varias veces en mi vida, comprendiendo un poco más en cada una: Six Not So Easy Pieces (Seis Piezas No Tan Fáciles), del físico Richard Feynman. El libro era propiedad de mi padre, aunque hasta la fecha ignoro dónde lo consiguió. Desde que lo abrí por primera vez, siendo solo un puberto, quedé fascinado por los garabatos matemáticos imponentes en sus páginas; tanto, que unos años más tarde me las ingenié para conseguir las grabaciones de la voz del mismísimo Feynman explicándolas. (En realidad, el texto era una fiel transcripción de varias clases de Feynman, y el audio que conseguí fue la fuente original del libro.) Si bien era un texto imponente, se volvió aun más al escucharlo con el acento neoyorquino de Feynman. Recuerdo haber quedado fascinado por su entusiasmo al explicar la física; era palpable su gusto por entender y por enseñar su materia.
    Con el paso de los años, mis habilidades matemáticas fueron poniéndose al corriente con mi deseo de entender lo que estaba leyendo. En cada nueva lectura del libro, lograba asimilar más y más cosas. Eventualmente, los conceptos explicados en cada una de las “Piezas” quedaron claros, y obtuve un sentimiento de triunfo a partir de ello. Había logrado entender la relatividad, la simetría, la curvatura del espacio y la antimateria... o así lo creí.

* * *

Hace unas semanas tomé el examen de conocimientos para entrar a la Maestría en Ciencias en Física, en la Universidad de Guadalajara. Había estado preparándome desde hace meses, estudiando el libro conocido simplemente como “El Resnick” (en honor a su autor). Toda la física que llevé en la carrera de ingeniería la repasé de manera intensiva en cuestión de cuatro meses, hasta el día antes del examen. Y aun así, al salir del examen me sentí derrotado. Había podido sortear dos demostraciones matemáticas algo engorrosas, para luego llegar una sección de lectura y comprensión en inglés, que también despaché rápidamente, y luego fui fulminado con los problemas de física. ¡Y lo peor es que eran salidos del mismo Resnick! Dos problemas los dejé en blanco por completo; no me alcanzó el tiempo. De los otros tres, estaba seguro que solucioné uno correctamente, pero en los otros dos me quedaron dudas. Eso nunca había sido una buena señal en mis tiempos de estudiante de ingeniería. Me sentí derrotado; ya pensaba en volver a intentar el año siguiente.

* * *

Al día siguiente al examen, me pidieron a mí y a mis otros dos compañeros aspirantes que nos presentáramos a una entrevista con los profesores de la maestría—el “comité selectivo”, según los papeles que me habían dado. Al caminar hacia el salón donde seríamos notificados de nuestro resultado en el examen y luego interrogados por los maestros, dije en voz alta, mitad en broma y mitad en serio:
    —Tengo miedo.
    —Haces bien—me respondió el coordinador de la maestría.
    Imaginará entonces, amable lector, cuál fue mi sorpresa y alivio minutos más tarde, cuando me notificaron que mi desempeño en el examen había sido “suficiente”. A esas alturas, con eso me bastaba y sobraba. Después de una breve charla sobre lo que seguiría en el proceso de selección, fui liberado por mis interrogadores. Había logrado entrar a la maestría, pero las cosas habían tomado un giro infortunado: se esperaba de mí que le dedicara tiempo completo (ocho horas diarias) a la maestría. Inclusive tendría asignado un cubículo en la universidad, para trabajar ahí todo el día. Tal era la exigencia académica del plan de estudios, que prácticamente tenía asegurada una beca por parte de la CONACYT para dedicarme a la maestría y nada más. Y ese era el problema. “Mi esposa me va a matar”, fue lo que pensé. No estuve tan equivocado.

* * *

Justo al día siguiente regresé con el coordinador de la maestría, el Dr. Fermín Aceves, para notificarle que me sería imposible estudiar la maestría. Desde que salí de la entrevista el día anterior, había pasado momentos angustiantes pensando en todo lo que tendría que dejar para poder estudiar. También estuve sacando muchas cuentas de tiempo y dinero. La beca que se tramitaría no era nada despreciable, si se era un estudiante recién salido de la licenciatura; de hecho, era más dinero que el que ganan muchos recién egresados en su primer trabajo. Pero a estas alturas tengo más responsabilidades: pagar una hipoteca, comidas y servicios; aprovechar un trabajo relativamente sencillo, cómodo y bien pagado; y estar recién casado y diagnosticado con diabetes insulinodependiente. La vida de un adulto responsable y ocupado, pues.
    Le expliqué la situación al buen doctor.
    —Solo te pido que no faltes a las clases—me dijo—. Haz el esfuerzo. Tal vez sí puedas; si no, no pasa nada. Te das de baja más delante. Pero haz el esfuerzo.
    Enseguida, me prestó un libro de los que llevaría como texto de apoyo el primer semestre para mi materia de Electrodinámica: Classical Electrodynamics, de Jackson. Después de darle las gracias, salí sintiéndome como si hubiera conquistado al mundo: iba a estudiar física después de todo.

* * *

Las Ecuaciones de Maxwell.
En las semanas que han pasado desde que fui aceptado para la maestría—y de que yo acepté estudiarla, también—me he dedicado a estudiar aun más intensamente que en los meses previos. He vuelto al Resnick a seguir haciendo problemas de física, todavía a un nivel “básico”. Y digo básico, porque lo que viene en el Jackson es varias veces más sofisticado y complicado. Para dar una idea, la sección de electromagnetismo en el Resnick termina con las que se conocen como Ecuaciones de Maxwell, vistas a un nivel somero. En el Jackson, se da por hecho que se entienden y dominan desde el capítulo primero, para luego ver lo que sigue durante setecientas páginas más. Intenté leer el libro desde el principio, pero muy pronto me topé con que necesitaba más conocimientos; de ahí que volviera al Resnick a seguir practicando, pero también he estado buscando otros textos más avanzados.
    Las matemáticas de ingeniería son respetables, pero apenas alcanzan para lidiar con el principio de lo que voy a enfrentar. Encuentro que, para no llegar en ceros a las primeras dos materias de la maestría (la ya mencionada Electrodinámica y también la de Mecánica Clásica), necesito aprender cosas que en ingeniería ni sabía que existían. La lista de materias que se asumen como “vistas” es más o menos la siguiente:
  • Álgebra
  • Trigonometría
  • Probabilidad y Estadística
  • Álgebra Lineal
  • Cálculo Diferencial
  • Cálculo Integral
  • Cálculo Vectorial
  • Análisis Vectorial
  • Variable Compleja
  • Ecuaciones Diferenciales
  • Cálculo Tensorial
  • Estática
  • Dinámica
  • Termodinámica
  • Electroestática
    Varias de estas materias ya las había llevado en ingeniería, pero hay que resaltar que eso fue hace más de seis años y no he tenido práctica desde entonces. Otras, como variable compleja, las llevaban ingenieros de otras carreras; y otras más, como cálculo tensorial, apenas sabía que existían.

* * *

Hay un aspecto curioso de los físicos que ya empiezo a notar en mí mismo: detestan ser interrumpidos en su estudio, al grado de volverse altamente antisociales. En varias ocasiones me he sorprendido pensando cosas como: “Ahorita podría estar estudiando física, pero en vez de eso estoy perdiendo el tiempo haciendo esto.”
    Como ejemplo, de mis pocos años de estudios musicales, había logrado hacerme una modesta clientela de alumnos de guitarra clásica, armonía y contrapunto. Dar clases me es altamente gratificante pero, ante la falta de tiempo para mis estudios, le dejé mis alumnos a otros maestros o de plano los dí de alta. Bueno, hubo uno al que más bien lo dí de baja. Él sí que me estaba haciendo perder el tiempo. Pero eso es otro asunto.
    Lo que está claro es que prácticamente voy a desaparecer de las vidas de otras personas por un par de años. Deberé mantener mi empleo actual como desarrollador de software y a la vez lograr el equivalente a ocho horas diarias de estudio (en verdad, ahora que veo el material al que me voy a enfrentar, creo que necesitaré más). Todo eso, mientras pago una casa y atiendo las relaciones con mi esposa y mi diabetes (¿y a qué hora se supone que uno debe hacer ejercicio?).

* * *

¿Y qué obtiene uno a cambio de tal esfuerzo, tanto logístico como mental? Imagine, estimado lector, poder realmente entender las obras de Einstein. No me refiero a las tonterías simplistas que cualquier idiota puede balbucear, tales como “es que todo es relativo.” (Entre físicos, frases como ésta provocan sentimientos de frustración e impotencia, al ver ideas matemáticas tan bellas, claras y ciertas, reducidas a triviales sandeces filosóficas sin sentido). Me refiero a realmente entender; a adquirir conocimiento nuevo que cultive la mente y, por tanto, enriquezca la vida. Tengo las habilidades, o por lo menos la voluntad y la oportunidad, de hacer algo realmente grande con mi mente, ahorita que todavía puedo. Si de por sí, con lo poco que he aprendido recientemente tengo un gran sentimiento de cumplimiento y gratificación, ¿qué maravillas me esperan en todo lo que todavía no he contemplado? Ahora estaré siquiera unos pocos pasos más cerca de las fronteras del conocimiento humano.