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sábado, 15 de junio de 2013

Los Méritos Morales del Ateísmo

Antes que nada, vale la pena hacer una breve aclaración acerca del título de este artículo. Por “ateísmo”, me pudiera referir únicamente a la definición más sencilla, que es la falta de una creencia en cualquier dios. Sin embargo, eso se presta a muchas interpretaciones incorrectas y lleva a discusiones incómodas (inclusive con otros ateos) acerca del significado del ateísmo y quiénes son ateos y quiénes no. Si dejamos la definición en eso, resulta que los bebés, niños pequeños, animales y piedras todos son ateos. No es ese el ateísmo al que me quiero referir aquí. Más bien, me referiré al ateísmo que surge como la conclusión de un proceso de escepticismo acerca del asunto de la existencia de dios.
     Los lectores frecuentes ya estarán habituados a los méritos intelectuales del ateísmo escéptico que tantas veces he descrito en distintos artículos en este espacio. Sin embargo, la crítica principal de los creyentes se suele centrar en las supuestas fallas morales del ateísmo. En sí, el ateísmo en su forma más sencilla es amoral, pues es solamente una conclusión acerca de una mera cuestión intelectual, como concluir que dos más dos son cuatro; pero cuando surge de un proceso crítico, y cuando se da en un entorno hostil a la crítica, y cuando el hecho mismo de llegar a dicha conclusión es sinónimo de osctracismo, resulta que el ateo pasa por un tortuoso proceso de maduración intelectual y emocional. Llegar al final de ese proceso y concluir que dios no existe implica necesariamente una serie de victorias y virtudes morales.

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En primer lugar, una premisa implícita en el escepticismo es que la fe no es una virtud. En este punto los creyentes suelen gastar mucho tiempo equivocando el significado de la palabra “fe”, defendiéndola convenientemente como sinónimo de “optimismo” y “esperanza”. No son el optimismo y la esperanza lo que critico; en dosis moderadas, suelen ser inofensivos. A lo que yo me refiero con “fe” es al acto de hacer de cuenta que sabes algo que no sabes. Eso es, en su nivel más fundamental, simplemente deshonesto. Es una forma de mentirse a sí mismo y, si se exterioriza (en una misa, por ejemplo), se miente a los demás. Es entonces virtuoso del escéptico identificar esa práctica como viciosa y evitarla a toda costa en su propia vida.
     A continuación, el escepticismo lleva a quien lo practica a cuestionar las distintas fuentes de conocimiento que existen. Entre las más fáciles de identificar como poco dignas de confianza está la autoridad. Todas las religiones tienen figuras de autoridad—que pueden ser personas o simplemente textos—, que por el simple hecho de ser lo que son, son considerados como algo más que meramente informativos. Esta falacia tan elemental conduce a la obediencia, que es otra falsa virtud promovida por los creyentes de todas las religiones (y especialmente por sus figuras de autoridad), prácticamente sin excepción. Basta con revisar la violenta historia del siglo XX, por poner un ejemplo claro, para darse cuenta de lo destructiva que puede ser la obediencia y cómo definitivamente el considerarla una virtud es un error moral grave.
     Entre otras fuentes de conocimiento cuestionadas por el escepticismo se encuentra el punto de vista popular: “si mucha gente lo cree, ha de ser cierto”. Nuevamente, basta revisar los libros de historia para darse cuenta de lo poco confiable que es la opinión de las masas. Entonces, se requiere no solamente de perspicacia intelectual para detectar los errores en el pensar común, sino que además es necesario un fuerte sentido de independencia y valor para remar contra la corriente (la cual puede incluir, en muchos casos, a la propia familia y amigos). En los países predominantemente religiosos (como México) se necesitan agallas para ser ateo—ya no digamos nada de las teocracias musulmanas.

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Un punto importante, que merece su propia sección aparte de los otros, es el del valor de la verdad para un ateo. Verá, estimado lector, que los ateos escépticos han llegado a su conclusión, en muchas ocasiones, anteponiendo la verdad a sus intereses personales. Es decir: hay muchos ateos que quisieran que fuera cierto que existe un dios—pero a pesar de lo que quisieran, le dan prioridad a lo que honestamente creen es verdad. Esto contrasta enormemente con la actitud de los creyentes—especialmente los “moderados”—que básicamente creen lo que les conviene, ignoran todo lo demás, y la verdad que se joda. Anteponer la verdad a la conveniencia es claramente una virtud moral.
     Nuevamente, los lectores frecuentes sabrán que yo no soy uno de esos ateos; de hecho, no he sabido de ningún dios que me gustaría que existiera: esta es la posición del antiteísmo, que ya he tratado con anterioridad también. Para más acerca del antiteísmo, pueden revisar mi artículo sobre el tema aquí.

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Como punto final, hay que regresar a la cuestión de la independencia y la libertad de pensamiento. Comúnmente se le otorga a las personas el derecho a adoctrinar a sus hijos ("inculcar" es un vil eufemismo que no usaré para describir semejante abuso) en su religión; yo considero esto un error grave y un pisoteo de los derechos de los niños en sí, en particular el derecho a decidir por sí mismos qué religión adoptar—si es que alguna—en una edad madura. Que los padres tomen esta decisión por los niños sin su consentimiento—o claramente en contra de él—es ni más ni menos que una forma de abuso infantil. Bautizar a un niño no es lo peor que se le puede hacer—ciertamente la Iglesia Católica les hace cosas peores—pero es una etiqueta indeleble que seguirá al chico o chica toda su vida, lo quiera o no. ¿Acaso no tendría más mérito evaluar la evidencia y los argumentos para una fe en particular, estando en plenitud intelectual y emocional, y entonces adoptar esa fe por convicción propia, y no por imposición? Sin embargo, los religiosos entienden bien que permitir que la gente crezca sin religión hasta una edad adulta sería sinónimo de la extinción de su fe; preferible para ellos abusar de un menor indefenso que poner en riesgo su negocio.
     Desde el punto de vista ateo, sin embargo, la educación es una cuestión de aprender a pensar, a hacer preguntas, a exigir evidencia. Por este método, la verdad y las buenas ideas tenderían a sobresalir naturalmente por encima de la basura intelectual y moral. Si lo que proponen los distintos religiosos es verdad, ¿por qué siempre se oponen a este proceso?



El filósofo Peter Boghossian hablando sobre la fe:

http://www.youtube.com/watch?v=WIaPXtZpzBw


martes, 22 de enero de 2013

Sobre las Fallas Morales Fundamentales del Cristianismo

Prácticamente existe un cristianismo distinto por cada persona que se dice cristiana.  Los tres grupos mayores son los católicos, los ortodoxos y los protestantes; entre ellos existen diferencias considerables.  Pero aun dentro de cada uno de éstos se encuentran más diferencias; por cada individuo que se dice cristiano, hay otro que dice que aquel no es un cristiano de verdad.  Sin embargo, existen algunas creencias de carácter fundamental comunes a la mayoría.
    Palabras más, palabras menos, los cristianos creen en un dios omnipotente, que todo lo sabe y que es perfectamente bueno.  Para lograr el perdón de los pecados de los humanos, este dios sacrificó a Cristo, su hijo (o él mismo, dependiendo del cristiano con el que se converse) y demostró la divinidad de éste resucitándolo al tercer día.  Cristo es considerado un ser humano moralmente ejemplar, si no es que el mejor de toda la historia.  Básicamente, eso es todo lo que se puede decir si se quiere abarcar la mayor cantidad de cristianismos posible.  Pudiéramos agregar, quizá, que muchos cristianos creen que la salvación de las personas--exactamente de qué, hay muchas creencias distintas--depende de que se acepte plenamente que este sacrificio se hizo teniéndolo a uno en cuenta, y la vida terrenal es básicamente una prueba.
    No quiero argumentar aquí acerca de la verdad o falsedad de éstas creencias; más bien, quiero analizarlas moralmente.  Mucha de la discusión en torno a la religión se centra en su veracidad, pero yo creo que vale la pena analizar más su desempeño moral, simplemente desde el punto de vista de una persona moralmente promedio que tiene algo de curiosidad al respecto.

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Imaginemos al capitán de un barco al que le está entrando agua, quizá porque chocó con un iceberg, y que se hunde lentamente en aguas heladas e infestadas de tiburones.  El bote está bajo su responsabilidad, y toda la tripulación está dispuesta a seguir sus órdenes.  Para lograr salvar al barco, es necesario cerrar compuertas y escotillas para contener la inundación, cosa que el capitán puede ordenar.  El único problema es que, dentro del área que se va a aislar, se encuentra su hijo, quien moriría ahogado si procede.  ¿Cómo debe proceder?  Lamentablemente para el capitán, salvar su barco y las vidas de todos los demás tripulantes depende de que esté dispuesto a sacrificar a su hijo.  Su situación no es nada envidiable.
    Ahora, supongamos que el capitán de dicho barco es omnipotente.  ¿Cómo cambia la situación?  En primer lugar, podría simplemente reparar la fuga al instante, o evitar que sucediera en primer lugar.  Aun si optara por no repararla, podría encontrar una manera de sacar a su hijo del área que se inunda antes de que fuera indispensable sellarla.  Inclusive si sellara el área con su hijo dentro, podría todavía salvarlo de alguna manera.  Si agregamos que este capitán es perfectamente bueno, y que ama a su hijo y estima a su tripulación, necesariamente optaría por salvarlo y salvar al barco, por el método que fuera; la inacción sería lo único por lo que no optaría.
    Entonces, ¿porqué el sacrificio de Cristo?  ¿Acaso Dios no pudo  encontrar otra manera de perdonar los pecados de la humanidad mas que a través de un sacrificio humano (o de sí mismo)?  Al ser omnipotente y perfectamente bueno, hubiera podido lograr este propósito de una infinidad de maneras distintas que no implicaran la tortura y muerte de nadie.  "Hágase el perdón de los pecados" hubiera sido suficiente.  La conclusión debe ser que Dios no es omnipotente, o que no es perfectamente bueno.  Ambas opciones implicarían el derrumbe de la idea cristiana de Dios, pero la segunda también implicaría la inmoralidad de éste: teniendo el poder de evitar el sufrimiento, opta por él.  Pero hay una salida: quizá Dios simplemente no sabe cómo evitar el mal, aunque tenga el poder y la voluntad para hacerlo.  De cualquier manera, el supuesto sacrificio de Cristo--como ejemplo particular del Problema del Mal--demuestra una vez más cómo el dios cristiano pierde sentido cuando se ponen a prueba sus supuestos atributos de omnipotencia, omnisciencia y omnibenevolencia.
    ¿Y qué podemos decir de la tripulación?  En el caso del capitán común y corriente, los marineros obedecerían la orden de cerrar las compuertas, entendiendo que el sacrificio es por su bien, y admirando y compadeciendo al capitán.  Pero no es lo mismo si el capitán es omnipotente: al saber que su salvación no depende del sacrificio de nadie, se opondrían a tal sacrificio innecesario, aunque fuera por su bien.  Aunque alguno de ellos fuera responsable de poner al hijo del capitán en la zona de inundación, se opondría a su sacrificio, pues estaría consciente de que éste sería completamente innecesario.  Inclusive, podríamos decir que lo moral en ese caso sería que la tripulación se rehusara a cumplir la orden, y sobre todo a aceptar que el hijo del capitán está siendo sacrificado por culpa de ellos.*

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Inclusive los seres humanos más sobresalientes son criticables en algún aspecto; es parte de su naturaleza humana ser imperfectos.  Tales son los casos de Isaac Newton, una de las mentes científicas más brillantes que ha dado la humanidad,  pero que era sumamente supersticioso e inclusive creía en la alquimia; los fundadores de Estados Unidos, hombres visionarios y auténticos intelectuales, autores de la primer constitución laica en la historia y también la primera en la que se estableció la libertad de expresión como un derecho fundamental, pero que dejaron pasar la oportunidad de abolir la esclavitud e inclusive la practicaron; o Ghandi, quien prácticamente inventó la resistencia civil, a pesar de ser un racista y fanático sectario.  Lo mismo aplica para personajes ficticios, tales como Hamlet o Fausto, a quienes vemos como más humanos gracias a sus defectos, y por ende valoramos y admiramos sus méritos.
    ¿Pero con qué estándar evaluamos a un personaje como Cristo?  Dejaré a un lado la cuestión de su dudosa existencia, al no ser necesaria para su evaluación moral, simplemente refiriendo al lector a que busque los trabajos de Richard Carrier, David Fitzgerald y Robert M. Price al respecto.  Para el próximo análisis basta suponerlo un personaje como Sócrates, que bien pudo existir solo en los Diálogos de Platón, pero a fin de cuentas son sus ideas las que importan.  Sin embargo, en este caso no se trata de un personaje histórico ni literario, sino uno religioso.  Por decir de sus seguidores, fue algo desde un humano sumamente iluminado hasta el mismísimo Dios hecho hombre (la naturaleza humana o divina de Cristo es una de las cuestiones que más dividen a los cristianos, inclusive a los teólogos más eruditos).  Bien, pues tomémosles la palabra.
    Dado que no existen fuentes históricas alternativas que hablen de Cristo (de nuevo refiero al lector a los autores antes mencionados, que abundan en este tema, además de Bart Ehrman), no queda opción mas que referirnos a los textos evangélicos, tal como nos referiríamos a los Diálogos de Platón para investigar las enseñanzas de Sócrates, y tal como supuestamente lo hacen los mismos cristianos.
    En primer lugar, Cristo nunca renuncia a las barbaridades del Viejo Testamento, desde las prohibiciones más absurdas hasta las órdenes más inhumanas; tan solo las recalca y las declara válidas para siempre, en Mateo 5:17-19:
"No creáis que he venido a anular la Ley o los Profetas.  No he venido a anularlos, sino a cumplirlos.  Porque yo os declaro solemnemente que aún cuando pasen el cielo y la tierra, ni una 'i' ni un puntito de la Ley pasará hasta que no se cumpla todo.  El que violare, pues, uno de esos pequeñísimos preceptos y enseñare eso a los hombres, pequeñísimo será considerado en el Reino de los Cielos..."
    Por si no había quedado claro, lo repite en Lucas 16:17: "Más fácil es que el cielo y la tierra se acaben, que anularse un solo punto de la Ley."  Quedan así validadas por Cristo la misoginia, la esclavitud, el genocidio, las ejecuciones por lapidación, el maltrato infantil y muchas otras barbaridades e inmoralidades que vimos por los cientos de páginas anteriores.
    Tomemos tan solo el caso de la esclavitud, tan promovida por Dios y practicada por los israelitas en el Viejo Testamento (y el Nuevo, por cierto).  Aquí se quedan cortos los pretextos usuales: que si eran otros tiempos, que si el contexto histórico, etcétera.  Se trata del hijo del omnipotente creador del universo.  Si tan solo les dijera a sus seguidores que la esclavitud estaba mal, le hubieran hecho caso.  De lo contrario, Dios podría mandar plagas o lo que fuera para hacer respetar la nueva ley; ciertamente era capaz.  Y vaya que hubiera ayudado al caso de Cristo como el perfecto redentor de la humanidad, si se hubiera adelantado siglos y proclamado a la esclavitud como un mal moral.  Pero Cristo no solamente no hizo esto, sino que hizo lo contrario.  Moralmente, reprobó.
    Otro ejemplo son sus enseñanzas en torno a la familia.  Contrario a lo que tantos cristianos dicen valorar, Cristo desprecia a las familias y se declara la causa de su ruptura (en eso sí ha tenido algo de éxito). Primero, da un incentivo a abandonar a los seres amados en Marcos 10:29:
"...En verdad os digo: no hay quien haya dejado casa, o  hermanos, o hermanas, o madre, o padre, o hijos, o tierras por mí y por el evangelio, que no reciba cien veces más ahora en esta vida, en casas y hermanos y hermanas y madre e hijos y tierras, con persecuciones, y la vida eterna en el otro mundo."
    Luego llega a lo siguiente, en Mateo 10:21:
"El hermano entregará a la muerte a su hermano, y el padre al hijo; y se levantarán los hijos contra los padres, y les darán muerte."
    Y remata enseguida, en 10:34: 
"No creáis que he venido a traer paz a la tierra.  No he venido a traer paz, sino guerra.  Porque he venido a dividir al hijo contra el padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra la suegra.  Y los enemigos del hombre, son los de su propia casa.  El que ame a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí.  Y el que ame a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí, y el que no tome su cruz y me siga, no es digno de mí."
    ¡El cordero de Dios, seguramente!  ¿Acaso es necesario abandonar a la familia para lograr la salvación?  (Vale la pena notar la sospechosa omisión de las esposas en estas proclamaciones.)  Recordemos la naturaleza del individuo del que estamos hablando: si fuera perfectamente bueno, y si fuera tan siquiera el hijo de un ser omnipotente, entonces encontraría una manera de acercar a la gente a él sin alejarla de sus seres queridos, y esto lo comunicaría de forma clara.  Moralmente vuelve a quedarse corto.
    Otro punto fundamental de debilidad moral en Cristo es la pasividad ante el mal que predicó.  En palabras de Edmund Burke, todo lo que se necesita para que triunfe el mal es que los hombres buenos no hagan nada.  ¿Qué hubiera sido de la Segunda Guerra Mundial si todos simplemente se rindieran ante los nazis?  Si Cristo fuera perfectamente bueno, entonces no soportaría la idea de que triunfara el mal, aunque fuera solo momentáneamente y solo en la vida terrenal.  Haría todo lo posible por evitarlo, aún cuando supiera que el bien triunfaría al final.
    Estos son tan solo unos pocos ejemplos de la inmoralidad de algunas de las enseñanzas de Cristo.  No todas son así, ciertamente, pero recordemos de quién estamos hablando.  Se supone que este fue un individuo tan puro y tan bueno, que su tortura y muerte valió más que la de cualquier persona que jamás haya existido.  De ser quien decía ser (o quienes sus creadores dijeron que era), no encontraríamos nada qué reprocharle en lo absoluto.  Aunque quizá haya sido moralmente novedoso para su época y su entorno, hoy el personaje de Cristo es moralmente primitivo.  Inclusive sus enseñanzas más benéficas fueron antecedidas--por varios siglos en algunos casos--por personajes más elocuentes y menos dogmáticos, tales como Sócrates, Demócrito, Epicuro y Confucio, por mencionar tan solo a unos pocos.

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En cuanto a la salvación, las creencias varían bastante.   Para algunos cristianos, el alma de uno puede ir a dar al Infierno si no se acepta a Cristo plenamente antes de morir; para otros, el Infierno no es necesariamente un lugar real y quienes no crean son simplemente aniquilados.  Los criterios que determinan quién se salva y quién no son tantos como los hay cristianos, y las descripciones de lo que constituye a la salvación y a la perdición también.  Habiendo hecho esta concesión, analicemos la idea de la salvación un momento.**
    Primero, supongamos que Dios es omnipotente y que lo sabe todo.  Él determina los criterios para la salvación de las personas, sean los que sean.  Dado que lo sabe y lo puede todo, no hay nada que suceda sin que haya sido su intención.  Todo lo bueno que pasa, y todo lo malo, ya lo tiene previsto e inclusive planeado desde el inicio de los tiempos, pues lo sabe todo y lo puede todo.  Luego entonces, quienes rompan sus reglas lo están haciendo porque él lo planeó así; tan sólo están ejecutando su plan.
    ¿Qué sentido tiene entonces recompensar a los buenos y castigar a los malos?  ¿Podemos decir que un individuo merece la perdición, si fue diseñado así desde el principio, aunque él no lo quisiera?  Ciertamente, el dios bíblico es capaz de tal alevosía---continuamente manipula a las personas para luego castigarlas, por nada más que sadismo puro.  Pero la verdad es que la gran mayoría de los cristianos no creen en el dios bíblico, aunque digan que sí (esto es una consecuencia de que la mayoría de los cristianos simplemente no leen la Biblia; el dios en el que creen es perfectamente bueno, omnipotente y lo sabe todo, mientras que el dios bíblico no es ninguna de esas tres cosas).  La omnisciencia y omnipotencia de Dios automáticamente lo hacen responsable de todo; entonces, es injusto que él castigue a los individuos 'malos'.

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¿Cuál es la importancia de estas conclusiones?  En general, los aspectos analizados aquí tienen poca relevancia para la vida práctica, inclusive la de un cristiano.  Las cuestiones que afectan más su visión moral son los detalles doctrinales secundarios, aquellos que son particulares de cada rama y denominación, e inclusive dependen del individuo.  Es cuando se consultan esos detalles que vemos que algunos cristianos sí consideran ciertas cosas como particularmente inmorales, como pudieran ser la homosexualidad, el aborto, la prostitución, la pornografía o la eutanasia.  Lo importante que hay que recalcar es que la mayoría de los cristianos son altamente éticos en su vida diaria a pesar de lo que dicen creer.  Esto se debe, quizá, a un alto grado de seccionamiento del pensamiento, en donde ciertas ideas están aisladas de la razón y la moral cotidianas, permitiendo al sujeto llevar una vida altamente funcional y ética, y rara vez dándose la disonancia cognitiva que debería surgir al criticar estas ideas con consistencia.



Un enlace sumamente útil: http://www.project-reason.org/scripture_project/

(*)La analogía del barco que se hunde tiene mucha tela de dónde cortar. Aquí dejo algunas consideraciones adicionales; seguramente puede sacársele aun más jugo, ejercicio que se le propone al amable lector.
    1. ¿Cómo cambiaría la situación si se tratara de un tripulante cualquiera al que se va a sacrificar, y no necesariamente al hijo del capitán, ya fuera el capitán común o el capitán omnipotente? ¿Acaso vale más la vida del hijo del capitán que la de otro tripulante que tuviera la mala suerte de encontrarse en el lugar equivocado, en el momento equivocado? El número total de vidas sacrificadas y salvadas sería el mismo.
    2. Suponiendo el caso del capitán omnipotente, ¿qué podemos decir acerca de un capitán que a propósito coloca a su hijo en el área de la inundación, sabiendo lo que iba a ocurrir y siendo esto innecesario para salvar al barco y al resto de la tripulación? ¿Y cómo afecta esto a la relación entre el capitán y el resto de la tripulación? Supongamos que la tripulación se negó a sacrificar a nadie, por ser esto innecesario para su salvación. Adicionalmente, supongamos que el capitán, haciendo uso de su omnipotencia, decidió cerrar las escotillas y compuertas él mismo--sin la tripulación--para sacrificar a su hijo y salvar al barco. Ciertamente, la tripulación le debe la vida al capitán, pero ¿es acaso responsable la tripulación por la muerte del hijo del capitán? Obviamente no.
    3. Acercando más la analogía a la situación que creen los cristianos, consideremos lo siguiente: solamente una porción pequeña de la tripulación sabe que (1) quien se encuentra en la mala posición de estar a punto de ser sacrificado es hijo del capitán y (2) que el capitán es omnipotente. Estas personas tendrían entonces el deber moral de oponerse al sacrificio y desobedecer las órdenes. Sin embargo, ninguna de estas personas se encuentra entre los que materialmente van a ejecutar la orden de sellar el área y contener la inundación, pues se encuentran en otra sección del barco o haciendo otras tareas. Los autores materiales de las órdenes sí saben que morirá alguien si obedecen, pero desconocen su relación con el capitán y desconocen la naturaleza omnipotente de éste. Hasta donde ellos saben, están siguiendo órdenes necesarias para salvar al barco, y la muerte de quien se encuentre en la zona inundada es un hecho trágico, pero necesario y éticamente justificado. ¿Qué responsabilidad puede atribuírsele a éstos tripulantes por el sacrificio del hijo del capitán (que además realmente es un sacrificio innecesario)? Acercando aún más la analogía a la creencia cristiana, ¿qué responsabilidad tienen las familias de los tripulantes, e inclusive sus descendientes, en las acciones de éstos? Acaso el tataranieto de alguno de ellos--que no estuvo presente en los hechos, que no tiene conocimiento de ellos y que, de haber estado presente e informado plenamente acerca de la situación, se hubiera opuesto al sacrificio innecesario--tiene alguna responsabilidad o culpa?
    4. Por último, supongamos que el capitán omnipotente se las ingenió para salvar a su hijo después de que sus tripulantes ingenuos cerraran las compuertas, y sin protesta de los pocos que estaban al tanto de lo que realmente estaba sucediendo. Supongamos que todo fue una simulación, planeada con anterioridad y alevosía, y que realmente el hijo del capitán alcanzó un bote salvavidas y escapó, e inclusive hubo gente que lo vio sano y salvo tres días después. ¿Qué pasaría si el sacrificio del hijo del capitán realmente no fuera un sacrificio? ¿Qué podría reclamarle el capitán entonces a su tripulación, tanto a los ingenuos como a los otros, en cuanto a que supuestamente su hijo murió por ellos? ¿Qué podría reclamarle a las familias de los tripulantes y sus descendientes, si todo fue un montaje para chantajearlos moralmente?
 
(**) Aquí vale la pena mencionar las condiciones que se imponen para lograr la salvación, según algunos cristianos.  Básicamente, Dios es como un jefe mafioso que hace a los humanos "una oferta que no puedan rechazar": por un lado les ofrece la salvación, a cambio de su sumisión/credulidad; por otro lado, les da la "libertad" de no someterse y de no creer, pero con la pena de pasar una eternidad en Infierno.  ¿Qué clase de libertad es esa?  En realidad no es más que una vil amenaza, tal como la haría un gángster, solo que en este caso es un gángster moral.  Por lo tanto, el perdón de los pecados que se ofrece no es un perdón auténtico, simple y llano; más bien es un perdón a medias, condicional y chantajista.


martes, 26 de junio de 2012

Los Nuevos Mandamientos

Christopher Hitchens

¿Qué decimos cuando queremos volver a visitar una política o esquema de antaño que ya no parece estar sirviéndonos, o que ha dejado de producir resultados útiles? Comenzamos por decir tentativamente: “Bueno, no está escrito en piedra.”

Por eso, la gente se refiere a que no es una de las inmutables Tablas de la Ley. Por tanto, fetiches más recientes tales como el estándar de oro, o la supuestas leyes del libre mercado, pueden ser descartadas por no estar inscritas en granito o marfil. ¿Pero y qué si es la versión original, escrita en piedra, la que necesita una reedición? ¿Quién tomará un cincel revisionista?

Hay, de hecho, un buen precedente bíblico para hacer justamente eso, dado que la dación de las Leyes Divinas por parte de Moisés aparece en tres o cuatro descripciones grandemente distintas en las escrituras. (Cuando escuche que la gente quiere que los Diez Mandamientos sean inscritos en juzgados y escuelas, siempre asegúrese de preguntar cuáles. Siempre funciona.) El primer y más conocido conjunto aparece en Éxodo, capítulo 20, pero termina con el mismísimo Moisés rompiendo lo que serían los artefactos más sagrados en la historia del hombre: los paneles originales de Escritura Sagrada escritos por Dios mismo. La segunda edición ocurre en Éxodo, capítulo 34, cuando nuevas tablas son presentadas después de una sesión celestial de re-escritura y por primera vez se les refiere como “Los Diez Mandamientos”. En el quinto capítulo de Deuteronomio, Moisés vuelve a convocar a su gente y vuelve a recitar el discurso del Sinaí, si bien con una alteración altamente significativa (las justificaciones para el mandamiento sobre el Sábado difieren enormemente). Pero, descontento con el efecto de esto, convoca al rebaño otra vez 22 capítulos después, a la vez que el río Jordán se vislumbra, y da un conjunto adicional de órdenes—principalmente maldiciones tersas—que también son inscritas en piedra. Tal como con las placas de oro en las que Joseph Smith encontró el Libro de Mormón, no sobrevive ningún trazo de ninguna de estas tablas originales.

Por tanto, estamos completamente justificados en considerarlas una obra en proceso. ¿Pudiera ser que hay algunos viejos mandamientos que pudieran ser retirados, así como unos nuevos que pudiéramos adoptar? Tomando los “Top 10” en orden, encontramos (estoy usando la versión del Rey James, o la versión “Autorizada” del texto):

I y II

Estos mandamientos son realmente una mezcla de órdenes relacionadas. “Yo soy el Señor tu Dios... no tendrás otros dioses ante mí”. El uso de mayúsculas lleva la intrigante implicación de que quizá haya otros dioses, pero no tan merecedores de respeto y asombro. (Los estudiosos difieren acerca de la época en la que los Judíos se decidieron por el monoteísmo.) Entonces le sigue la prohibición sobre las “imágenes talladas”, y de hecho de “cualquier representación de lo que está en el cielo, o debajo de la tierra, o bajo el mar.” Esto parece prohibir el arte sacro, tal como algunos musulmanes interpretan al Corán como prohibitivo de cualquier forma humana, sobre todo las sagradas. (Ciertamente parece desincentivar la iconografía cristiana, con sus crucifijos y estatuas de vírgenes y santos.) Pero la prohibición es claramente enfática, ya que viene acompañada del recordatorio de que “yo el Señor soy un Dios celoso, castigando las iniquidades de los padres sobre sus hijos, hasta la tercera y cuarta generaciones.” El castigo colectivo de niños futuros, por el pecado de lèse-majesté, no le puede parecer a cualquiera una promesa especialmente moral.

III

“No tomarás el nombre del Señor en vano, porque el Señor no considerará libre de culpa a quien tome su nombre en vano.” Aquí se toca una nota ligeramente quejumbrosa y repetitiva, como de vanidad herida. Nadie sabe cómo obedecer este mandamiento, o cómo evitar la blasfemia o la profanidad. Por ejemplo, yo digo “sabrá Dios” cuando realmente quiero decir que “nadie sabe”. ¿Es esto ontológicamente peligroso? ¿No deberían ser las leyes inalterables más claras e inequívocas?

IV

“Recuerda santificar el sábado”. Éste mandamiento ostensiblemente breve se prolonga mucho—cuatro versos, de hecho—y enfatiza la importancia de un día dedicado al Señor, durante el cuál ni los niños, ni los siervos, ni los animales de uno deben tener permitido hacer ninguna tarea. (Pregunta: ¿Por qué se dirige específicamente a gente que tiene servidumbre?)

Nadie se opone a un día de descanso. El movimiento comunista internacional comenzó proclamando un paro en favor de una jornada de ocho horas el primero de mayo de 1886, en contra de patrones cristianos que usaban labores infantiles siete días a la semana. Pero en Éxodo 20:8-11, la razón para el día de descanso es que “en seis días el Señor hizo el cielo y la tierra, y todo lo que hay en ellos, y descansó en el séptimo.” Sin embargo, en Deuteronomio 5:15 se da una razón distinta para observar el asueto: “Recuerda que eras un sirviente en la tierra de Egipto, y que el Señor tu Dios te sacó de ahí con su mano poderosa: por lo tanto el Señor tu Dios te manda a tener un día de asueto”. Aunque esto pueda ser preferible, con su recordatorio de una servidumbre previa, nuevamente encontramos señales mixtas aquí. ¿Por qué no se puede descansar por su propio mérito? Además, ¿por qué no puede el infalible y omnisciente decidirse sobre cuál es la razón?

V

“Honra a tu padre y a tu madre”. Inocuo como parece ser, éste es el único mandamiento que viene con un aliciente en vez de una amenaza. Las versiones en Éxodo y Deuteronomio son las mismas: “para que tus días puedan ser largos en la tierra que el Señor tu Dios te da.” Esto quizá tiene la ligera sugerencia de ser respetuoso a Papá y Mamá para obtener una herencia—los Israelitas ya fueron prometidos a éstas alturas las tierras de los cananitas, así que el futuro botín de bienes raíces parece cuantioso. De nuevo, ¿por qué no proponer el amor a los padres como algo bueno por sí mismo?

VI

“No matarás”. Éste mandamiento tan celebrado obviamente no puede significar lo que parece decir en la traducción. En el hebreo original, resulta ser algo más equivalente a “No cometerás asesinato.” Podemos estar más bien seguros de que la intención original no es de ninguna manera pacifista porque, inmediatamente después de romper las tablas en un episodio de ira, Moisés convoca a su facción levita y le dice (Éxodo 32:27-28):

Dijo el Señor Dios de Israel, que cada hombre tome su espada, y que vaya de puerta en puerta por el campamento, y mate cada hombre a su hermano, y cada hombre a su amigo, y cada hombre a su vecino. Y los hijos de Leví hicieron como dijo Moisés; y murieron de la gente ahí aproximadamente tres mil hombres.

Con su introducción de seis palabras, ésa orden también constituía una clase de “mandamiento”. Todo el libro de Éxodo es un entorno rico en mandamientos, contaminado con otras feroces órdenes de matar gente por todo tipo de ofensas menores (incluyendo violaciones del Sábado) y también incluye el siniestro, ominoso verso “No tolerarás a los hechiceros,” que fue tomado por cristianos como una instrucción divina hasta hace poco en la historia humana. Algo de trabajo se requiere aquí: ¿Qué es asesinato en primer o tercer grado y qué no? Distinguir matar de asesinar no es un trabajo fácilmente apto para mortales: ¿qué vamos a hacer si Dios mismo no puede determinar la diferencia?

VII

“No cometerás adulterio”. Por alguna razón, “el séptimo” es el único de los mandamientos que es todavía bien conocido por su número. El conocimiento carnal extramarital probablemente era una amenaza mayor para la sociedad cuando las familias y tribus eran más cercanas y más unidas por estrictos códigos de honor. Habiendo proveído la materia prima para la mayoría de las obras de teatro y novelas publicadas fuera del Medio Oriente, el adulterio sigue siendo una gran fuente de miseria, júbilo y fascinación. La mayoría de los códigos criminales ya han dejado a un lado el intento de castigarlo por ley: sus recompensas y castigos son cuidadosamente administradas por sus practicantes y víctimas. Quizá no merezca estar agrupado con el asesinato y el perjurio, lo que nos lleva a:

VIII

“No robarás.” Nada qué alegar aquí. Aquellos que han trabajado duro para adquirir un poco de propiedad están justificados en resentir a aquellos que roban en vez de laborar, y cuando la sociedad evolucione a un punto en el que haya riqueza que no le pertenece a nadie—propiedad pública o social—aquellos que la saquean para obtener beneficio privado serán merecidamente tratados con odio y desprecio. Admitidamente, la prosperidad de algunas familias y haciendas también está fundada en un robo original, pero en ese caso el mismo principio de desaprobación puede aplicar.

IX

“No levantarás falso testimonio en contra de tu prójimo.” Ésta es quizás la ley más sofisticada en el Decálogo. La sociedad humana es inconcebible a menos que las palabras tengan un valor, y en disputas legales demandamos rigurosamente el tomar juramentos que conllevan serias penas por el perjurio. Hasta recientemente, mucho testimonio ante el Congreso se tomaba sin que los testigos “juraran”: esto llevó a muchas mentiras oficiales. Nada enfoca más la atención que un recordatorio de que uno está bajo juramento. La palabra “testigo” expresa uno de nuestros conceptos más nobles. “Atestiguar” es una alta responsabilidad moral.

Nótese también, cómo este mandamiento es relativamente flexible. Su fulcro es la frase “en contra”. Si se está bastante seguro de la inocencia de alguien, y se oscurece la verdad tan solo un poco en el estrado, se es entonces técnicamente culpable de perjurio y puede uno sentirse inquieto en privado. Pero si se miente de manera consciente para lograr culpar a alguien que no es culpable, se ha hecho algo irremediablemente profano.

X

“No codiciarás la casa de tu prójimo, ni su esposa, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea suyo.” Hay varios detalles que hacen de este quizá el más cuestionable de los mandamientos. Uno no puede evitar notar de nuevo que, tal como el mandamiento sobre el asueto, está dirigido a la clase poseedora de esclavos y propiedad. Además, se agrupa a la esposa con el resto de las pertenencias (y en una época donde además podía haber más de una esposa por cada prójimo).

Nótese también que no se está sancionando ni promoviendo un acto en específico. En vez de ello, esta es la primera—pero no la última—introducción en la Biblia del concepto totalitario del “crimen de pensamiento”. Se le está diciendo a uno, en efecto, que ni siquiera piense algo. (Jesús de Nazareth en el Nuevo Testamento lleva esto a otro nivel, anunciando que aquellos con lujuria en su corazón ya han cometido el pecado del adulterio. En ese caso, a uno lo podrían colgar—o lapidar—por un pensar en un buey o un asno.) Legisladores sabios saben que es un error promulgar legislación que es imposible obedecer.

Hay más cosas qué objetar. Desde el punto de vista “de izquierda”, ¿cómo es moral prohibirle a la gente que considere las ganancias de los ricos como indebidas, o de demandar una distribución más justa de la riqueza? Desde el punto de vista “de derecha”, ¿por qué es perverso el ser ambicioso y adquisitivo? ¿Y acaso no es la envidia un gran motivador de emulación y competencia? Alguna vez tuve un debate sobre estos puntos con el rabino Harold Kushner, autor de aquel texto consolador, Cuando Cosas Malas le Pasan a Gente Buena, y él me dijo que hay un argumento erudito Talmúdico, o midrash, que mantiene que “prójimo” en este caso realmente se refiere solamente al vecino de la casa de al lado. A propósito, hay argumentos persuasivos de que “prójimo” en la mayor parte de la Biblia se refiere solamente a “otros Judíos”. Pero parece un desperdicio de mandamiento si se acota solamente a los Joneses o los Semitas.

*   *   *

Lo que emerge de este primer repaso es esto: los Diez Mandamientos fueron derivados de ética situacional. Muestran todos los síntomas de haber sido hechos por hombres e improvisados bajo presión. Se dirigen a una tribu nómada cuya principal economía es la agricultura primitiva, y cuya riqueza se cuenta en unidades de gente y también de animales. También son dirigidos a un grupo que ha sido prometido las tierras y rebaños de otras tribus: los amalecitas y medianitas y otros a los que Dios ordena matar, violar, esclavizar o exterminar. Y esto también es importante, porque en cada paso de su arduo viaje se le recuerda a los israelitas apegarse a las leyes; no porque son justas en sí, sino porque les llevarán a ser conquistadores (de la única parte del Medio Oriente que no tiene petróleo, por cierto).

Entonces: ¿cómo podar y cómo enmendar? Los números del I al III pueden simplemente suprimirse, ya que no tienen nada que ver con moralidad y son solamente una largo despeje de la garganta por un dictador excéntrico. El mero temor de una autoridad invisible no es una buena base para la ética. La prohibición sobre la escultura y arte pictóricos también debe ser levantada. El número IV pudiera quizá quedarse, aunque los periodos de descanso no son exactamente un imperativo ético y son demandados tanto por lo práctico como por lo divino. Por lo menos, si se remueven los redundantes versos primero, tercero y cuarto (ninguno de los cuales puede posiblemente aplicar para los no-judíos), el número IV sí parece implicar que hay derechos así como obligaciones. Para millones de personas por miles de años, el Sábado se convirtió en un pesado yugo de obligación y observación estricta, en vez de un día de recreación y ocio. También llevó a hipocresías absurdas que parecen tratar a Dios como un tonto: no se dará cuenta si hacemos que el elevador se detenga automáticamente en cada piso, para que ningún judío piadoso tenga que presionar un botón. Esto es malsano y excesivo.

En cuanto al número V, por supuesto que hay que respetar a los mayores, pero ¿por qué no hay nada prohibiendo el abuso infantil? (La insolencia por parte de los niños se castiga con la muerte, de acuerdo a Levítico 20:9; tan solo unos cuantos versos antes de que se dé la pena de muerte por la homosexualidad también.) Un niño cruel o grosero es algo molesto, pero un padre cruel o brutal puede hacer infinitamente más daño. Y aun así, en una larga y exhaustiva lista de prohibiciones, la negligencia o sadismo parentales nunca se condenan. Nota para el Sinaí: corregir esta omisión.

Número VI: Nótese que los sistemas meramente humanos han progresado desde que distinguen distintas escalas morales de homicidio. Nota para el Sinaí: ¿Eres moralmente absoluto o no? Si sí, ¿qué hay de los pobres medianitas masacrados?

Número VII: Me parece bien si es necesario, pero ¿es adulterio la poligamia? Además, ¿no pudo ser que la monogamia permanente fuera más consonante con la naturaleza humana? ¿Por qué crear gente con lujuria en sus corazones? Por otro lado, ¿qué hay de la violación? Parece ser muy recomendada, junto con el genocidio, esclavitud e infanticidio en Números 31:1-18, y seguramente parece una versión extrema del sexo fuera del matrimonio.

Números VIII y IX: Admirables. También cortos y al grano, con un matiz útil en el uso de la frase clave, “en contra”.

Número X: Le hace mal a las mujeres al considerarlas propiedad, y también requiere espionaje permanente de los pensamientos privados. Es siniestro y tiránico en cuanto a que no puede ser obedecido, y por lo tanto hace pecadores inclusive a gente atenta.

*   *   *

Intento lo más que puedo el no ver las cosas a través de un cómodo prisma posterior. Sólo el Todopoderoso puede evaluar cuestiones sub specie aeternitatis: desde el punto de vista de la eternidad. Uno también debe evitar el relativismo cultural e histórico: no tiene caso pedirle retroactivamente a los Hijos de Israel que desarrollen una teoría de los gérmenes (para que dejen de confundir las enfermedades con castigos divinos) o que entiendan astronomía (para que no se hagan predicciones tontas y presumidas basadas en las estrellas y los planetas). Aun así, si pensamos de los males que pueden aquejar a la humanidad hoy en día, y que son creados por el hombre y no por la naturaleza, seríamos moralmente insensibles si no nos opusiéramos al genocidio, la esclavitud, la violación, el abuso infantil, la represión sexual, el crimen de las clases élites, la destrucción desconsiderada del mundo natural, y la gente que se la pasa parloteando en su celular en restaurantes. (Además, para la gente que se mata a sí misma y a otros mientras grita “Dios es grande”: ¿es eso tomar el nombre de Dios en vano o no?)

Es difícil tomarse a uno mismo con seriedad suficiente cuando empieza una frase con las palabras “No has de.” Pero uno puede decir con confianza:

  • No condenes gente en base a su etnicidad o color.
  • Nunca uses gente como popiedad privada.
  • Desprecia a aquellos que usan o amenazan violencia en una relación sexual.
  • Oculta tu rostro y llora si te atreves a lastimar a un niño.
  • No condenes a las personas por su naturaleza innata--¿por qué crearía Dios a tantos homosexuales, tan solo para torturarlos y destruirlos?
  • Sé consciente que tú también eres un animal y dependes de la red de la naturaleza, y piensa y actúa de acuerdo con ello.
  • No imagines que puedes escapar ser juzgado si le robas a la gente con un falso prospecto en vez de un cuchillo.
  • Apaga tu maldito celular—no tienes idea lo no importante de tu llamada para nosotros.
  • Denuncia a todos los yijadis y cruzados por lo que son: criminales psicóticos con feos delirios.
  • Estate dispuesto a renunciar a cualquier dios o religión si sus mandamientos contradicen cualquiera de los anteriores. En breve: no se trague su código moral en forma de tabletas.

 

Traducción: Héctor Mata

Conferencia de Hitchens sobre el Tema:

Video para la revista Vanity Fair (lugar original de publicación del artículo):



miércoles, 20 de junio de 2012

El Antiteísmo: Felicidad Y Alivio De Que Dios No Existe

Comúnmente, las razones para dudar de la existencia de Dios son más bien del tipo intelectual.  Por medio de un análisis lógico riguroso de los argumentos, aunado a un escrutinio de la evidencia, en conjunción con algo de honestidad intelectual, concluir que el Dios de Abraham no existe es no solamente fácil sino, para muchos, inevitable.  Sin embargo, existe un gran número de ateos y agnósticos—difícil saber exactamente qué proporción—que quisieran que fuera cierto que Dios existe.  Inclusive llegan al punto de expresar decepción en sí mismos por no ser capaces de creer, y de admirar y respetar a la “gente de fe”.
    Sin embargo, existimos muchos ateos más para los cuales este no es el caso—también es difícil estimar cuántos somos, pero definitivamente no somos la mayoría.  Para algunos cuantos, la existencia de Dios les es indiferente desde un punto de vista emotivo o moral una vez que se concluye que no existe (Después de todo, ¿cuánta gente está “feliz” de que no exista, digamos, Drácula?).  Para otros, sin embargo, nos provoca auténtica felicidad y alivio nuestra conclusión.  Sobra decir que no tenemos ni el menor deseo de “poder creer” como los fieles e, inclusive, nos atrevemos a despreciar y faltar el respeto a la “fe”.  Ésta posición, rara vez articulada en voz alta o medios impresos por inclusive los más atrevidos de los ateos, es conocida como antiteísmo.
*   *   *
¿Qué lleva a uno a sentir tal alivio?  ¿Es acaso consolador el pensar en que esta vida es la única, y en que nuestros seres amados desaparecerán de nuestras vidas para siempre, y nosotros de las de ellos, sin posibilidad de una reunión?  ¿Es reconfortante el prospecto de la aniquilación definitiva?  ¿Tiene propósito una vida a la que no le sigue nada al final, sin ninguna evaluación, premio, castigo, ni rendición de cuentas?  Éstas y muchas preguntas más son lo que lleva a muchos creyentes a pensar que los ateos somos seres deprimidos, atormentados, pesimistas y nihilistas; que somos psicópatas latentes al borde de pegarse un tiro en la boca después de hacer explotar un autobús lleno de niños; o bien, libertinos económicos y depravados maniáticos sexuales, sin amor ni respeto por nada más que el placer hedonista más vulgar, así sea a costa del bienestar de los demás.
    Sin embargo, los ateos somos tan morales—o más, diría yo, por razones que mencionaré más delante—que cualquier creyente.  Como mencionó Sam Harris—y como es bien sabido en la tradición de la filosofía y la ética desde hace miles de años—la moral humana precede por mucho a la religión.  (Para empezar, amable lector, considere el siguiente experimento mental: ¿Hubieran llegado los supuestos israelitas al Monte Sinaí pensando que el asesinato, robo y perjurio estaban bien?  ¿Acaso se sintieron sorprendidos y decepcionados de que resultara que ya no debían matar a su prójimo?)  Es precisamente este sentido moral el que nos permite evaluar—juzgar, inclusive—no solamente a los religiosos, sino a su Dios también.
    El hecho de no creer en Dios no es obstáculo para poder estudiarlo, del mismo modo que podemos estudiar a los personajes de los grandes clásicos de la literatura, por ejemplo.  Que Hamlet haya sido una invención de Shakespeare no trivializa—ni mucho menos invalida—los dilemas morales a los que se enfrenta, ni reduce el aprendizaje y disfrute del lector.  Así mismo, son los creyentes mismos los que nos cuentan la historia de su Dios y sus profetas; que Dios hizo esto, que Dios dijo aquello, que Moisés fue a tal lugar, que Jesús murió por tal razón.  Y tal como con un buen libro—o uno malo—podemos pensar en la trama, en los personajes, en las ironías, en los simbolismos; todo sin tener que creer que realmente sucedió.
    Es tan grande y constante la insistencia de los creyentes acerca de la verdad de sus religiones, que es para mí inevitable pensar en ello.  Desde que era niño y me di cuenta de que todos mis compañeritos en la escuela creían y yo no, me preguntaba qué pasaría si fuera cierto.  Diálogos internos como el siguiente merodeaban mi mente:
¿Y si fuera cierto que Dios me ama?  Yo no lo amo de regreso; ni siquiera creo en Él.  Suena como un tipo al que más vale amar, porque si no, te va a mandar al infierno.  Un momento: ¿por qué me manda al infierno si me ama?  Si el amor es incondicional, ¿por qué me pone la condición de que me someta a él?  Mi amigo Fulanito dice que es nuestra libre decisión, pero me suena más bien a una amenaza o un chantaje.  ¿Quién “escoge” irse al infierno?  ¿Y quién carajos “escoge” amar? Y si Dios todo lo puede y todo lo sabe, ¿puede alguien irse al infierno por error, contra sus planes? Evidentemente no.  Entonces, Él tiene previsto—no, planeado—desde un principio que ciertas personas no se van a salvar.  ¿Y cómo es eso entonces mi libre decisión, si Él sabe de antemano lo que voy a decidir?  ¿Y así es como me ama? Lo siento, mejor yo paso.

La lectura de la Biblia

Los creyentes cristianos, por tomar los más conocidos para un servidor, continuamente lo remiten a uno a leer la Biblia.  Supuestamente, dicho libro es una representación confiable—si no es que exacta, según algunos de ellos—de la naturaleza y carácter de Dios.  Por eso es frustrante que uno, cuando se pone a leer dicho largo y tediosísimo volumen, les mencione cosas incómodas y entonces empiecen a poner todo tipo de pretextos.  Considere el siguiente diálogo, basado en conversaciones reales que he tenido en mi vida con cristianos:
Yo: Oye, en la Biblia dice que Dios es amor.
Cristiano: Sí.
Yo: En la Biblia dice que Jesús murió por mis pecados y resucitó al tercer día.
Cristiano: Efectivamente, eso es lo que dice.
Yo: Acá en la Biblia dice que Dios creó el universo y todo lo que hay en él, incluyendo al hombre.
Cristiano: Sí, eso creemos.
Yo: OK, bien.  También dice en el Segundo Libro de Reyes, segundo capítulo, versos 23 en adelante, que unos niños se burlaron de un profeta porque estaba pelón.  Entonces, el profeta le pidió a Dios que interviniera—los maldijo en su nombre—y Dios mandó dos osos a despedazar 42 niños.
En ese momento, el cristiano ofrece cualquiera de los siguientes pretextos, en un intento ahora de decir que la Biblia no dice lo que dice:
  • Es que no estás leyendo el contexto. (Como si hubiera situaciones en las que está justificado despedazar niños.)
  • Es que eran otros tiempos. (Sócrates y Confucio también eran de otros tiempos, y no hubieran hecho eso.)
  • Es que eso es del Viejo Testamento. (Los Diez Mandamientos también: ¿entonces no cuentan tampoco?)
  • Es que tienes que interpretarlo, quizá solo fue una muerte espiritual. (Oh, vaya.  Qué consuelo.  ¿Y qué es eso del “espíritu”, exactamente? ¿Me lo puede mostrar?)
  • Es que tienes que ver el idioma original. (Como si la muerte en otro idioma fuera más agradable.)
  • Es que no tienes los conocimientos teológicos para interpretar. (¿Interpretar qué? Como si uno no supiera leer y ver que dice lo que dice.  ¿Y qué tal si le pregunto a un “teólogo” musulmán, o a un budista? ¿Acaso no son estudiosos ellos también?).
  • Es que como Dios es infinito, su justicia es infinita. (Entonces hubiera matado a una infinidad de niños.  ¿Y desde cuándo es más y más justo dar un castigo más y más desproporcionado?)
  • Y cuando se delatan por completo es cuando contestan con una pregunta, usualmente ésta: ¿Y quién eres para cuestionar a Dios?
    Digo que se delatan, porque ponen en evidencia que ellos no cuestionan a Dios.  Ese es el origen la religión y tantos otros problemas: que la gente no cuestiona.  Demasiadas veces, demasiada gente está contenta con ser ovejas; harán lo que sea, con tal de que El Gran Líder se haga cargo de ellas.  Pueden aniquilar a los pueblos vecinos (véanse los primeros 50 libros de la Biblia para muchos ejemplos); pueden estar dispuestos a matar a su propio hijo por capricho del Líder (véase la historia del idiota moral llamado Abraham); pueden quemar gente viva por pensar diferente (véase la Inquisición); en fin, abandonan no solamente su intelecto, sino también su moral, con tal de que el Gran Líder les dé un premio o no los castigue.  Y si no hay un Gran Líder, pues entonces a inventarlo.
    Y nótese también la disposición a poner el pretexto que sea para justificar la inmoralidad que sea, siempre que sea cometida por el Gran Líder.  Si un mortal cualquiera despedaza 42 niños, es un monstruo; pero si lo hace Dios, entonces es “infinitamente justo”.  Es el más descarado y vil relativismo moral masoquista.  (Es como si Dios dijera, cual jefe mafioso: “Haz lo que se te dice, no lo que se te muestra.  Yo te hice, yo te puede deshacer.  Sin mí no eres nada.”  Y entonces el idiota moral que es el religioso agacha la cabeza—o se pone de rodillas, más bien—y crea apologías para las atrocidades de su amo.)

El Dictador Omnipotente


¿Y cómo se compara la maldad del dios de Abraham con la de, digamos, los grandes genocidas de la historia?  Bien, una rápida búsqueda en Google de la frase “cuántos muertos en la biblia” es un buen punto para empezar, si no se ha leído la Biblia (algo que recomiendo enormemente; es la manera más rápida y confiable de crear ateos).  Dos de los enlaces más inmediatos están aquí y aquí.  Vale la pena mencionar que no son solo muertos; son gente que Dios mató Él mismo (si es omnipotente y omnisciente, en cierto modo Él es responsable de matar a todos, pero ese es otro artículo).
    En resumidas cuentas lo que quiero comunicarle al lector es lo siguiente: imagine al dictador más despiadado y cruel de la historia (Husein, Stalin, Hitler, Pol Pot, Mao) y entonces hágalo omnipotente.  Ése es el Dios de la Biblia.  ¿No es acaso un alivio saber que no existe?


lunes, 4 de junio de 2012

El Mito del Caos Moral Secular

Sam Harris

Uno no puede criticar el dogmatismo religioso por mucho tiempo sin encontrarse con la siguiente aclamación, avanzada como si fuera un hecho evidente de la naturaleza: que no hay una base secular para la moralidad. Violar y matar niños solo puede estar mal, dice la idea, si hay un Dios que dice que así es. De otro modo, el bien y el mal serían solamente cuestiones de construcción social, y cualquier sociedad podría estar en libertad de decidir que violar y matar niños es realmente una sana forma de diversión familiar. En la ausencia de Dios, John Wayne Gacy podría ser una mejor persona que Albert Schweitzer, si tan solo más gente estuviera de acuerdo con él.

Es simplemente sorprendente qué extendido es este miedo al caos moral secular, dadas cuántas ideas falsas sobre la moral y naturaleza humana se necesitan para lograr que dé vueltas en el cerebro de una persona. Hay, sin duda, mucho qué decir en contra del espurio enlace entre la fe y la moral, pero los siguientes tres puntos deberán ser suficientes.

1.  Si un libro como la Biblia fuera el único plano confiable para la decencia humana que tenemos, sería imposible (tanto prácticamente como lógicamente) criticarlo en términos morales. Pero es extraordinariamente fácil criticar la moral que uno encuentra en la Biblia, ya que la mayor parte es simplemente odiosa e incompatible con una sociedad civilizada.

La noción de que la Biblia es una guía perfecta para la moral es realmente sorprendente, dado el contenido del libro. Sacrificio humano, genocidio, esclavitud y misoginia son consistentemente celebrados. Por supuesto, el consejo de Dios para los padres es refrescantemente directo: si nuestros hijos se comportan mal, deberemos golpearlos con una vara (Proverbios 13:24, 20:30 y 23:13-14). Si son tan desvergonzados como para atreverse a respondernos, debemos matarlos (Éxodo 21:15, Levítico 20:9, Deuteronomio 21:18-21, Marcos 7:9-14, Mateo 15:4-7). También debemos lapidar gente por herejía, adulterio, homosexualidad, trabajar en el Sábado, adorar imágenes grabadas, practicar brujería y gran variedad de otros crímenes imaginarios.

Muchos cristianos imaginan que Jesús se deshizo de todo este barbarismo y nos dio una doctrina de puro amor y tolerancia. No lo hizo. (Ver Mateo 5:18-19, Lucas 16:17, 2 Timoteo 3:16, 2 Pedro 20-21, Juan 7:19). Cualquiera que crea que Jesús solo enseñó la Regla de Oro y amar al prójimo debería volver a leer el Nuevo Testamento. Debe poner particular atención a la moral que estará en despliegue si Jesús regresa a la tierra en nubes de Gloria (por ejemplo, 2 Tesalonicenses 1:7-9; Hebreos 10:28-29; 2 Pedro 3:7; y todo Revelaciones).

No es un accidente que Santo Tomás de Aquino creyera que los herejes deberían ser matados y que San Agustín enseñara que debían ser torturados. (Pregúntese: ¿cuales son las probabilidades de que estos buenos doctores de la iglesia no hubieran leído el Nuevo Testamento como para descubrir un error en sus creencias?) Como una fuente de moral objetiva, la Biblia es uno de los peores libros que tenemos. Pudiera de hecho ser el peor, de no ser porque también tenemos el Corán.

Es importante señalar que nosotros decidimos lo que es bueno en El Buen Libro. Hemos leído la Regla de Oro y la juzgamos ser una destilación brillante de muchos de nuestros impulsos éticos; leemos que una mujer que no es virgen en su boda debe ser lapidada y, si somos civilizados, decidimos que ésta es una vil locura. Nuestras propias intuiciones éticas son, por lo tanto, primarias. Así que la elección ante nosotros es simple: podemos tener una conversación del siglo XXI acerca de la ética—avalándonos con todos los argumentos y descubrimientos científicos de los últimos dos mil años—o podemos tener una conversación del siglo I, como se presenta en la Biblia.

2.  Si la religión fuera necesaria para la moral, debería haber algo de evidencia de que los ateos son menos morales que los creyentes. La gente de fe regularmente alega que el ateísmo es responsable de algunos de los peores crímenes del siglo XX. ¿Son los ateos realmente menos morales que los creyentes? Mientras es cierto que los regímenes de Hitler, Mao, Stalin y Pol Pot fueron irreligiosos en varios grados, no eran precisamente racionales. De hecho, sus posturas en público eran poco más que letanías delirantes—delirantes en cuanto a raza, economía, identidad nacional, el paso de la historia, o los peligros morales del intelectualismo. En muchos sentidos, la religión fue culpable inclusive aquí. Considere el Holocausto: el antisemitismo que construyó las cámaras de gas nazis ladrillo por ladrillo fue una herencia directa del cristianismo medieval. Por siglos, los europeos cristianos habían considerado a los judíos como la peor especie de herejes, y le atribuyeron todos los malestares sociales a su presencia entre los fieles.

Mientras que el odio hacia los judíos en Alemania se expresó principalmente en forma laica, sus raíces fueron sin duda religiosas—y la demonización explícitamente religiosa de los judíos de Europa continuó por todo el periodo. (El Vaticano en sí perpetuó la responsabilidad por la muerte de Cristo a los judíos en sus periódicos hasta 1914.) Auschwitz, el Gulag y los campos de muerte no son ejemplos de lo que pasa cuando la gente se vuelve crítica de creencias injustificadas; por el contrario, estos horrores testifican contra los peligros de no pensar con suficiente crítica acerca de ideologías seculares específicas. Sobra decir que un argumento racional contra la fe religiosa no es un argumento a favor de la aceptación ciega del ateísmo como un dogma. El problema que el ateo expone es ni más ni menos que el problema del dogmatismo en sí—del cual todas las religiones tienen su parte. No sé de ninguna sociedad en la historia que sufrió porque sus habitantes se volvieron demasiado racionales.

De acuerdo con el Reporte de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas (2005), las sociedades más ateístas—países como Noruega, Australia, Canadá, Suecia, Suiza, Bélgica, Japón, Holanda, Dinamarca y el Reino Unido—son de las más sanas, según los índices de esperanza de vida, alfabetismo, ingreso por persona, escolaridad, equidad de género, tasa de homicidios y mortalidad infantil. Por otro lado, los cincuenta países peor clasificados por la ONU en términos de desarrollo humano son religiosos sin titubeos. Por supuesto, datos correlacionales como estos no resuelven cuestiones de causalidad—creer en Dios puede llevar a disfunción social, la disfunción social puede llevar a creer en Dios, cada factor puede propiciar al otro, o ambos pueden surgir de otra fuente. Dejando de lado la cuestión de causa y efecto, estos hechos prueban que el ateísmo es perfectamente compatible con las aspiraciones básicas de una sociedad civilizada; también prueban, contundentemente, que la fe religiosa no hace nada para asegurar la salud de una sociedad.

3.  Si la religión realmente provee la única fuente concebible de moral, debería ser imposible proponer una base ateísta para la moralidad. Pero no es imposible; de hecho, es bastante sencillo.

Claramente, podemos pensar en fuentes objetivas de orden moral que no requieren de la existencia de un Dios que proclama leyes. En El Fin de la Fe, propongo que las cuestiones de moral son realmente cuestiones de felicidad y sufrimiento. Si hay formas objetivas mejores y peores de vivir para maximizar la felicidad en el mundo, éstas serían verdades objetivas morales que vale la pena saber. Si estaremos en posición de descubrir estas verdades y de estar de acuerdo en torno a ellas, no puede ser sabido de antemano (y este es el caso para todas las cuestiones de verdad científica). Pero si hay leyes psicofísicas que subrayan el bienestar humano--¿y por qué no las habría?--entonces estas leyes pueden ser descubiertas potencialmente. Conocimiento de estas leyes nos daría una base duradera para la moral objetiva. Mientras tanto, todo acerca de la experiencia humana parece sugerir que el amor es mejor que el odio para propósitos de vivir felizmente en este mundo. Ésta es una evaluación objetiva acerca de la mente humana, la dinámica de las relaciones sociales, y el orden moral de nuestro mundo. Mientras que no tenemos algo como un enfoque científico para maximizar la felicidad humana, parece ser seguro decir que violar y matar niños no sería uno de sus pilares.

Uno de los mayores retos a los que se enfrenta la civilización en el siglo XXI es que los humanos aprendan a hablar acerca de sus preocupaciones éticas más profundas—acerca de la ética, la experiencia espiritual y la inevitabilidad del sufrimiento humano—en formas que no sean flagrantemente irracionales. Nada se opone a este proyecto más que el respeto que le damos a la fe religiosa. Doctrinas religiosas incompatibles han balcanizado nuestro mundo en comunidades morales separadas, y estas divisiones se han convertido en una fuente continua de conflicto humano. La idea de que hay un enlace necesario entre la fe religiosa y la moral es uno de los principales mitos manteniendo a la religión en buenos ojos ante gente de otro modo racional. Y sin embargo, es un mito que es fácilmente disipado.

 

Traducción por Héctor Mata