jueves, 22 de mayo de 2014

¿Qué es la ciencia, y por qué nos debería importar? – Parte 3

Alan Sokal

Ver Parte 2

En todos los ejemplos discutidos hasta ahora me he esforzado por distinguir claramente entre asuntos empíricos y éticos o estéticos, porque las cuestiones epistemológicas que surgen son tan distintas. Y he restringido mi discusión casi completamente a cuestiones de hechos, simplemente por las limitaciones de mi propia competencia.

    Pero si estoy preocupado por la relación entre creencia y evidencia, no es solamente por razones intelectuales—no solamente porque soy un “viejo cascarrabias que aspira a la huraña alegría de hacer que se sepa que no tolero a los tontos alegremente” [18] (por tomar prestadas las palabras de mi amigo y compañero latoso Norm Levitt, quien muriera súbitamente hace cuatro años a la joven edad de 66). Más bien, mi preocupación de que el debate público se base en la mejor evidencia disponible es, sobre todo, ética.

    Para ilustrar la conexión que tengo en mente entre la epistemología y la ética, comenzaré con un ejemplo imaginario: supongamos que el líder de un país militarmente poderoso cree, sincera pero erróneamente, en base a “inteligencia” defectuosa, que un país más pequeño posee amenazantes armas de destrucción masiva; supongamos, además, que lanza una guerra preventiva en base a eso, matando a decenas de miles de civiles inocentes a manera de “daño colateral”. ¿No son él y sus promotores éticamente culpables de su descuido epistémico?

    Enfatizo que este ejemplo es imaginario. La abrumadora evidencia actualmente disponible sugiere que las administraciones de Bush y Blair primero decidieron derrocar a Saddam Hussein, y luego buscaron un pretexto presentable ante el público, usando “inteligencia” dudosa o inclusive espuria para “justificar” aquel pretexto y engañar al Congreso, Parlamento y el público en general para que apoyaran la guerra [19].

    Lo cual me lleva al último y, en mi opinión, más peligroso conjunto de adversarios de la visión del mundo científica en el mundo contemporáneo: los propagandistas, manejadores y comentaristas, junto con los políticos y corporaciones que les dan empleo—en resumen, todos aquellos cuya meta no es analizar la evidencia honestamente a favor y en contra de una política en particular, pero que simplemente manipulan al público para llegar a una conclusión predeterminada mediante la técnica que más convenga, sin importar cuán deshonesta o fraudulenta sea.

    Entonces la cuestión ya no es solamente el pensamiento embrollado o descuidado; es el fraude. El Diccionario Oxford define “fraude” como “el uso de representaciones falsas para obtener una ventaja injusta o lastimar lo derechos o intereses de otros.” En la legislación anglo-americana, una representación falsa puede tomar varias formas, incluyendo [20]:

  1. Una declaración empírica falsa, sabida como falsa al momento que fue hecha.
  2. Una declaración empírica sin sustento razonable.
  3. Una promesa de desempeño futuro con la intención, al momento de la promesa, de no cumplir.
  4. Una expresión de opinión que es falsa, hecha por uno que dice o implica tener conocimiento especial acerca del tema de la opinión—donde “conocimiento especial” quiere decir información superior a la que tiene el otro, y a la que el otro no tuvo acceso por igual.

    ¿Algo suena familiar? Estos son los estándares que usaríamos si Bush y Blair nos hubieran vendido un auto usado. De hecho, nos vendieron una guerra que al momento de este texto ha costado las vidas de 179 soldados británicos, 4486 soldados americanos, y algo entre 112,000 y 600,000 iraquíes—una pérdida humana equivalente a algo entre 35 y 200 veces las muertes del 11 de septiembre; que ha costado a los contribuyentes estadounidenses $810 mil millones de dólares (con costos totales esperados de entre 1 y 3 billones); y que ha fortalecido tanto a al-Qaeda e Irán—en resumen, una guerra que pudiera resultar ser el peor error de política exterior en la historia de E.U. (Por supuesto que los ingleses tienen una historia más larga, y por lo tanto una mayor colección de errores con los cuales competir.)

    Ahora, en la ley existen dos tipos de falsa representación: negligencia y fraudulenta. La representación fraudulenta es difícil probar, porque incluye el estado mental de la persona que está haciendo el fraude, esto es, lo que realmente supo o creyó en el momento. Esto significa que la cuestión es (como fue en el caso anterior de otro presidente acusado de crímenes y travesuras menores): ¿Qué sabían Bush y Blair, y cuándo lo supieron? Desafortunadamente, los documentos que pudieran elucidar esta cuestión son secretos, por lo que pudiéramos ignorar la respuesta por al menos 50 años más. Pero se han filtrado suficientes documentos hasta ahora para apoyar, considero, un veredicto de representación fraudulenta.

    Todo esto es seguramente muy conocido para los lectores de Scientia Salon. Sabemos perfectamente que nuestros políticos (o al menos algunos de ellos) nos mienten; lo damos por hecho; estamos acostumbrados a ello. Y eso puede ser precisamente el problema. Quizá nos hemos acostumbrado tanto a las mentiras políticas—tan obstinadamente malpensados somos—que hemos perdido nuestra habilidad de encolerizarnos apropiadamente. Hemos perdido la habilidad de llamar a las cosas por su nombre. En vez, lo llamamos “sesgo”.

    Nos hemos alejado mucho de la “ciencia”, entendida estrechamente como la física, química, biología y similares. Pero todo el punto es que tal definición estrecha de lo que es la ciencia es equivocada. Vivimos en un único mundo real; las divisiones administrativas usadas por conveniencia en nuestras universidades no corresponden a fronteras filosóficas naturales reales. No tiene sentido usar un conjunto de estándares de evidencia en física, química y biología, y luego súbitamente relajar los estándares cuando se trata de medicina, religión o política. Para que esto no suene como el imperialismo de un científico, quiero enfatizar exactamente lo contrario. Como lo observa lúcidamente la filósofa Susan Haack:

Nuestros estándares de lo que es una buena, honesta y exhaustiva investigación y lo que es buena y sólida evidencia complementaria no son internos a la ciencia. Juzgando por dónde la ciencia ha acertado y fallado, en qué áreas y en qué momentos le ha ido mejor o peor, apelamos a los estándares por los que juzgamos la solidez de creencias empíricas, o el rigor y minuciosidad de la investigación empírica en general [21].

    La verdad es que la ciencia no es meramente un costal de trucos ingeniosos que resultan ser útiles en investigar ciertas cuestiones arcanas sobre los mundos inanimados y biológicos. Más bien, las ciencias naturales son ni más ni menos que una aplicación en particular—aunque muy exitosa—de una visión del mundo racionalista más general, centrada en la modesta insistencia de que las declaraciones empíricas sean substanciadas con evidencia empírica.

    En cambio, las lecciones filosóficas aprendidas de cuatro siglos de trabajo en las ciencias naturales pueden ser de gran valor—si se entienden apropiadamente—en otros ámbitos de la vida humana. Por supuesto, no estoy sugiriendo que los historiadores o políticos deban usar los mismos métodos que los físicos—eso sería absurdo. Pero tampoco los biólogos usan precisamente los mismos métodos que los físicos; ni tampoco, a propósito, los bioquímicos usan los mismos métodos que los ecólogos, o los físicos de estado sólido los de los físicos de partículas. Los métodos detallados de investigación deben ser adaptados al tema que se está tratando. Lo que no cambia en todas las áreas de la vida, sin embargo, es la filosofía subyacente: acotar nuestras teorías lo más que se pueda por medio de evidencia empírica, y modificar o rechazar aquellas teorías que no se atienen a la evidencia. A eso es a lo que me refiero con una visión científica del mundo.

    Es debido a esta lección filosófica general, más que a descubrimientos específicos, que las ciencias naturales han tenido un efecto tan profundo en la cultura humana desde tiempos de Galileo y Francis Bacon. El lado afirmativo de la ciencia, consistiendo de su declaraciones verificadas acerca del mundo físico y biológico, puede ser lo que llega a mente primero cuando la gente piensa sobre “la ciencia”; pero es el lado crítico y escéptico de la ciencia que es más profundo, y más intelectualmente subversivo. La visión científica del mundo inevitablemente entra en conflicto con todos los modos de pensamiento no-científicos que hagan declaraciones supuestamente verídicas acerca del mundo. ¿Y cómo pudiera ser de otro modo? Después de todo, los científicos constantemente están poniendo a prueba las teorías de sus colegas con escrutinio conceptual y empírico severo. ¿Con qué base puede uno rechazar la química flogística, la inmutabilidad de las especies, o la teoría corpuscular luminosa de Newton—por no mencionar miles de otras teorías científicas posibles pero equivocadas—y aún así aceptar la astrología, homeopatía o nacimiento a partir de una virgen?

    El impulso crítico de la ciencia inclusive se extiende más allá del ámbito empírico, hacia la ética y la política. Por supuesto, como cuestión lógica uno no puede obtener un “debería ser” a partir de un “es”. Pero históricamente—comenzando en los siglos XVII y XVIII en Europa y expandiéndose gradualmente por casi todo el mundo—el escepticismo científico ha jugado el papel de un ácido intelectual, lentamente disolviendo las creencias irracionales que legitimaron el orden social establecido y sus supuestas autoridades, ya fueran el clero, la monarquía, la aristocracia, o supuestas razas y clases superiores. Cuatrocientos años después, parece triste pero evidente que esta transición revolucionaria de una visión dogmática hacia una científica está lejos de completarse.

Traducción: Héctor Mata

Artículo original en Scientia Salon

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Alan Sokal es profesor de física en la Universidad de Nueva York y profesor de matemáticas en el University College de Londres. Su libro más reciente es Beyond the Hoax: Science, Philosophy and Culture (Más Allá de la Estafa: Ciencia, Filosofía y Cultura).

[18] Levitt, Norman. 1996. “Response to Freudenberg.” Technoscience: Newsletter of the Society for Social Studies of Science 9, no. 2 (Spring).

[19] Rich, Frank. 2006. The Greatest Story Ever Sold: The Decline and Fall of Truth in Bush’s America. Penguin Press.

[20] Spencer Bower, George and K.R. Handley. 2000. Actionable Misrepresentation, 4th ed. Butterworths, chapter 2-5.

[21] Haack, Susan. 1998. Manifesto of a Passionate Moderate: Unfashionable Essays. University of Chicago Press, p. 94.

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